Tercer sucesor de San Pedro, Clemente I fue papa durante diez años a fines del siglo I. Se le recuerda por la espléndida carta que como obispo de Roma dirige a los cristianos de Corinto (ya San Pablo se lamentaba de las pugnas internas que había en esta comunidad), exhortándoles a poner fin a sus disensiones y a vivir según el Evangelio en un tono dignísimo y de gran solicitud paternal.
Según Eusebio de Cesárea esta carta «universalmente admitida, larga y admirable se leyó en la mayor parte de las iglesias, no sólo antiguamente sino también en nuestro días», y es un testimonio indiscutible de la autoridad del papa que, en medio de persecuciones y herejías, es la voz suprema del magisterio.
Se le atribuyen una multitud de hechos prodigiosos y se supone que el emperador Trajano le desterró al Quersoneso, en Crimea, condenándole a trabajos forzados en una cantera. Como su atributo es un ancla, símbolo de la firmeza de la fe, también se decía que fue arrojado al Mar Negro con un ancla atada al cuello, y que unos ángeles construyeron en el fondo del mar un magnífico sepulcro de mármol; todos los años en el aniversario del martirio de San Clemente las aguas se retiraban para que los devotos pudieran llegar a pie enjuto hasta esta capilla submarina (cuando una madre olvidó allí a su hijo, al siguiente volvió a encontrarlo vivo al pie del altar).
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
