Nacido en Puerto Mauricio, ciudad en la Liguria italiana, hoy conocida como Impera, Leonardo, que fue bautizado como Paolo-Girolamo, era hijo de marineros, se formó en Roma, franciscano en el convento de San Buenaventura, en el Palatino, donde se conservan sus reliquias. Fue uno de los grandes santos de la era de la Ilustración, contemporáneo de Voltaire, aunque no fue un combatiente de ideas, sino de piedad, porque a pesar de nacer en un siglo atronador de ideas, él no quiso discutir con nadie.
Según la tradición, la Virgen le sanó de una tisis mortal. Entonces, en la treintena, decidió dedicar el resto de su vida a la predicación ambulante, a las misiones, más de trescientas, que le llevaron a recorrer de forma incansable una y otra vez Italia entera, empleando así el tiempo que le había regalado Nuestra Señora en convertir a los demás. «Gran cazador del Paraíso», le llamaba su amigo el Papa Benedicto XIV, porque tenía una palabra irresistible a la que acompañaba con una calidez sencilla y emotiva, produciendo efectos inmensos en su auditorio cuando hablaba sobre la piedad.
El centro de sus pláticas era la Pasión y el Vía Crucis, devoción que se extendió por todo el mundo gracias a él. Asimismo fue un celoso propagador de la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Cuando contrajo su última enfermedad se negó a dejar de celebrar la misa, «que vale más que todos los tesoros de la tierra». San Leonardo no entró en polémicas intelectuales o filosóficas propias del Siglo de las Luces, pero cuidó de la intendencia de la espiritualidad manteniendo viva la fe del pueblo en medio de la tormenta. Voltaire ignoró su nombre, pero no tuvo peor enemigo que este humilde franciscano.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
