2 de febrero. Santa Catalina de Ricci (1522-1590)

Monja, pero no una monja como las demás. En el convento se pensaron muy en serio en expulsarla por loca o alborotadora. Catalina, hija de unos patricios florentinos, ingresa a los trece años en un convento dominico de Prato, en la Toscana, en donde pasaría su vida entera, llevando, primero, la dirección espiritual de las novicias y luego, como priora, la dirección de toda la comunidad.

Pero desde 1542, con veinte años, todos los jueves y viernes sor Catalina entra en éxtasis reviviendo la Pasión de Cristo: azotes, corona de espinas, magulladuras por la cruz, heridas de los clavos, todo ello deja huellas visibles en su cuerpo, mientras levita del suelo en medio de resplandores. Al principio, debía esconderse en el palomar o en el jardín huyendo de las miradas indiscretas. Ella rezaba día y noche para que no se repitieran esos fenómenos que durarían doce años.

Finalmente, no estaba loca ni era una histérica. Santa Catalina fue una mujer lúcida, inteligente, equilibrada y audaz. En la orden vieron con recelo su veneración por la memoria de Savonarola, un fraile que acabó en la hoguera y su correspondencia epistolar con grandes santos contemporáneos: San Felipe Neri, San Carlos Borromeo o Pío V. En Catalina, como en Teresa de Jesús, el misticismo nunca fue un estorbo para sus deberes habituales, sino un hecho superior que centuplica la actividad de toda su vida.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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