27 de marzo. San Juan de Egipto (304-394)

Nacido en Licópolis, hoy Asiut, de profesión carpintero, Juan se dedicó en edad madura, a hacer vida de ermitaño, adquiriendo una reputación de santidad solo inferior a la del famosísimo San Antonio, y profetizando las victorias del emperador Teodosio.

Cierto día el eremita acogió en su caverna del desierto a una mujer errante y extenuada que le conmovió con la dulzura de sus palabras; siguieron otras más dulces aún, mezcladas con risas y caricias, y hasta la mujer tuvo el atrevimiento de tocar las barbas y el mentón de Juan. Y cuando éste, cediendo a los impulsos de una pasión desordenada, tendió sus brazos hacia ella, el demonio, revestido de aquella apariencia, pero cuyo cuerpo fantasmagórico no era más que aire, se esfumó lanzando alaridos espantosos, y un tropel de malos espíritus acudió para presenciar entre burlas la confusión del hombre de Dios.

Para el recuerdo nos queda la escena pintada por el sienés Pietro Lorenzetti en un fresco del camposanto de Pisa: una mujer de hermosura extraña y glacial fija su mirada obsesionante en el monje barbudo que le aprieta la mano. Una atmósfera como de sueño, voluptuosa y fatídica, envuelve a la bella y al solitario. Es la imagen de la debilidad, la compasión peligrosa que permite la caída y que el Diablo le enternezca. No es malo ver también a los santos apeados de sus altares y de su impasibilidad aparente, turbados y zarandeados por el instinto, débiles como todos hasta querer incluso abrazar la fantasmagoría que se deshace en un estrépito infernal, en humo y arrepentimiento.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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