1 de junio. San Justino (100-165)

Palestino de Samaria, natural de Nabulus, Flavia Neápolis, pero de familia griega pagana, Justino fue un filósofo que buscó incesantemente la verdad en los más diversos sistemas filosóficos y que desespera al no hallarla. Durante muchos años fue pasando de un sistema a otro, decepcionándose siempre por los resultados de sus reflexiones. Pitagórico, aristotélico, estoico y finalmente platónico, nada le convencía, hasta que ya en la treintena descubrió la Sagrada Escritura y se hizo cristiano.

No era sacerdote, pero consideraba que su obligación era dar a conocer a todos las señas de aquel tesoro que tanto le había costado encontrar, y se convirtió en predicador ambulante del Evangelio para difundir la buena nueva de la salvación con el ardor de un converso y el saber y la elocuencia de un profesional de la filosofía. A partir del año 130 comienza a escribir sus célebres obras.

Nos dejó dos Apologías de la fe cristiana, una dirigida a los emperadores Antonio y Marco Aurelio, y otra la mundo pagano, y el famoso Diálogo con Trifón, para el mundo judío, por lo cual se le incluye entre lo Padres de la Iglesia, pero tan elocuente como sus escritos es su misma muerte en Roma, tras negarse a sacrificar a los ídolos, cuando fue acusado por un rival envidioso de ser culpable de «ateísmo y de impiedad».

San Justino fue decapitado junto con otros seis mártires, y sus reliquias fueron depositadas por Urbano VIII en la iglesia de la Virgen de la Concepción (o de los Capuchinos), en lo que hoy es Via Vittorio Veneto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol y Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez, S.J.

San Iñigo

Cuando Navarra con Sancho el Mayor se hizo como un Imperio, tronco robusto de los demás reinos y dinastías de España, una de las figuras más representativas fue San Iñigo, que supo escuchar en el llamamiento del rey temporal la voz del Rey eterno.

Nacido en Calatayud, vivía el nuevo modo cluniacense en el monasterio benedictino de San Juan de la Peña. Movido de su prestigio, Sancho el Mayor en persona consigue, del abad de San Juan de la Peña, que Iñigo sea destinado a Oña, tal y como lo pedían los monjes de aquella nueva fundación burgalesa. Durante treinta y cinco años, hasta su muerte el 1 de junio de 1068, rige santamente el monasterio de Oña y las muchas iglesias a él encomendadas.

Y su presencia aparece frecuente junto al Rey navarro García, hijo de Sancho el Mayor, tanto en las tierras riojanas de Nájera, su Corte, como en la fratricida batalla de Atapuerca, a cuatro leguas de Burgos, donde sucumbió traidoramente don García, que vino a morir en los mismos brazos y oraciones de San Iñigo, quien no se separó de su rey, lo mismo anteriormente en el sitio victorioso de Calahorra, que en su desastre final, hasta confiarlo al sepulcro en Santa María la Real de Nájera.

Dentro de una arqueta de plata y piedras preciosas, se conservan en la iglesia de Oña las reliquias de San Iñigo, un patrono medieval de los cautivos, que enrejaron los exvotos el altar del Patrono de Calatayud y de Oña. Su popularidad taumatúrgica le siguió durante los siglos de la Reconquista y del esplendor de España, cuando todas las familias nobles imponían a alguno de sus hijos el nombre del abad de Oña. Iñigo de Loyola se llamaba el fundador de la Compañía de Jesús y un autor de finales del siglo XVI, llama al abad de Oña San Ignacio de Calatayud. 

Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez, S.J.

 

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