Francia, Europa, el mundo: Nada es seguro, todo está en riesgo

El 6 de febrero de 1934, Francia vivió una jornada convulsa, consecuencia de la grave situación por la que atravesaba la política francesa. Ligas Patrióticas, de carácter paramilitar y tendencia profascista, intentaron disolver violentamente la Asamblea Nacional, siendo duramente reprimidas por la policía. Los disturbios causaron una quincena de muertos y dos mil trescientos heridos provocando la dimisión del primer ministro Daladier, de centro izquierda, y la formación de un Gobierno de unidad nacional. La izquierda se agruparía en torno a un Frente Popular, alcanzando el poder en 1936.

Ante un escenario que se revelaba trágico, un grupo de más de cincuenta escritores e intelectuales católicos, entre los cuales se encontraban Gilson, Maritain, Du Bos, G. Marcel, Madaule, Roland Manuel, J. Hugo, Copeau, Mounier… publicó un manifiesto bajo el título Por el bien común, definido y concretado por el subtítulo Las responsabilidades del cristiano y el momento presente. Los autores exponían sus inquietudes ante la hora crítica de Francia, haciendo un llamado de conciencia con miras al porvenir. “Nosotros luchamos, afirman al inicio del texto, contra un antiguo error mortal, que es el que pretende levantar una barrera infranqueable entre lo político y lo espiritual, como entre lo humano y lo divino. Es necesario hacer que este error desaparezca. Tienen, lo político y lo temporal, muchos más recursos a que acudir que aquellos tan sólo debidos a las energías exclusivamente materiales, que son las que no escapan nunca al juego de las combinaciones y de las complicidades si no es para pasar a las violencias de la guerra civil. Será reintegrar al orden político en toda su fuerza y su dignidad, acrecentándolas, el destacar aquellos otros recursos espirituales, de más alto rango, recordándole que son los que deben penetrarle y envolverle con una vida superior”. Estas primeras líneas ya advierten de los posibles riesgos latentes en el país vecino, que dos años después se materializarían trágicamente en España, desembocando en una fratricida contienda civil, seis años más tarde, ya en plena II Guerra Mundial, desembocarían en dos Francias: la de Vichy y la de la Resistencia, y expondrían al mundo a caer en las garras de dos diablos: el totalitarismo nazi-fascista o el totalitarismo comunista.

Sobre la jornada del 6 de febrero, los firmantes sostienen que Francia corre el riesgo de hallarse, mañana, dividida en dos campos enemigos, cada uno de los cuales olvida que el otro es también Francia. Cada una de estas dos formaciones políticas se define mucha más por su hostilidad a la otra que por su propio programa respectivo. Cada una de ellas aparenta estar decidida o poner en juego contra la otra todo cuanto la violencia encierra de pasión más exasperada. Ninguna de las dos, sin embargo, desea dar el primer paso cargando con la responsabilidad de lo que pudiera suceder. A pesar de todo, las enemistades van creciendo durante este tiempo, reforzándose cada vez que la incertidumbre es mayor. El adversario se aparece para ambas partes como la encarnación de todos los males. Las pasiones no han desarmado; al contrario, se arman. Se ha impuesto una tregua a los partidos, pero no hay que hacerse ilusiones sobre su carácter precario. Una tregua no es una paz.

Los manifestantes prosiguen: “Nosotros estimamos que, frente a la situación descrita, el cristianismo no puede servir de fuerza de apoyo a ninguno de los partidos en lucha. Las fuerzas espirituales no deben ceder bajo el peso de los elementos sociológicos: lo que deben es dominarlos, llevándolos consigo; y si los hombres no quieren entenderlo así, señalar, por lo menos, cuál es la verdadera dirección que debe seguirse. Nunca el cristianismo ha callado. Tiene el deber de recordar su mensaje de paz y amor con tanto más empeño cuando este mensaje se vea desconocido. No podemos aceptar el dilema que el presente estado de cosas parece querer obligarnos a que aceptemos cuando nuestra conciencia nos lo prohíbe. Lejos de ser una deserción o una retirada, nuestra negativa lo es a la ambigüedad y a la claudicación. Debemos responder con un NO a todos aquellos que, tratando de cortarle el paso al fascismo, pretenden arrastrar a Francia al comunismo, Pero también debemos responder con un NO a aquellos otros, que para cortarle el paso al comunismo enrolen a Francia en el fascismo”. Sería una quiebra moral para los católicos franceses si confundieran la violencia con la virtud de la fortaleza que les corresponde, y que no existe fuera, ni separada, de la justicia y de las demás virtudes del alma; si se dejaran embaucar en esas reacciones biológicas, por las cuales un mundo anticristiano trata de defenderse de sus propias contradicciones internas. De este modo, se encontrarían prisioneros de ese mismo mundo corrompido, y en un momento en el que más que nunca necesitan ser ellos mismos lo que son, dispuestos para el porvenir.

Noventa años después, Francia parece hallarse inmersa de nuevo en el juego de las combinaciones y de las complicidades. Cierto es que en aquel tiempo el totalitarismo era una moda y la democracia un anatema. También es cierto que hoy la democracia está expuesta a toda suerte de fraudes y vulneraciones. Y se tiene la sensación de que nada es seguro y todo está en riesgo. No solo en Francia, también en España, en Europa. Acaso, en el mundo. Impera la fragmentación social, la división en banderías y grupos humanos, culturales, ideológicos. Porque como diría Mounier, uno de los firmantes del manifiesto, vivimos bajo la tiranía de “un desorden establecido» que compromete en provecho propio los valores espirituales mientras asistimos a una crisis natural de las formas de la civilización contemporánea. Como católicos, debiéramos permanecer en alerta, en vela, decía el Cardenal Newman. Somos indispensables en esta humanidad en crisis. La hora actual parece favorable para proponer soluciones cristianas a un mundo fatigado por el espectáculo de desórdenes políticos, económicos, sociales… Cuando en la encrucijada actual, se repliegan los pueblos hoscamente tras sus fronteras empeñándose en descubrir al enemigo en el colindante, nosotros, los cristianos, los católicos, exaltamos el valor universal de una caridad que ya supo enlazar al griego y al judío, al romano y al bárbaro. Y es que la más grande falta de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin Dios o contra él. Por eso, la tarea fundamental es la insistencia en el dinamismo de nuestra propia posición y no la oposición estéril. Los católicos debemos ser una minoría preñada de cultura y no una cultura fríamente intelectual, sino sabrosa y vitalmente humana. Tenemos el deber de sacar otra vez a la Iglesia al primer plano de la eficacia apostólica, recuperar el tiempo perdido y aspirar a un puesto de vanguardia en España, en Europa y en el mundo. Esa es nuestra responsabilidad como cristianos, como católicos en el momento presente.

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