Archivo por meses: agosto 2024

3 de agosto. San Pedro Julián Eymard (1811-1868)

Nació en La Mure, en el departamento de Isère, al este de Francia, hijo de un antiguo labrador arruinado, Pedro creció en el ambiente de la Restauración con el afán de reconstruir la conciencia cristiana después de los estragos que habían causado los nuevos paganismos revolucionarios e imperiales. Su propósito es señalar la primacía absoluta de lo espiritual; mientras el mundo se vuelca en el utilitarismo y diviniza la razón.

En su familia no encontró apoyo para su vocación religiosa, pero, por fin, pudo estudiar en el seminario de Grenoble y se ordenó en 1834. Contemporáneo y amigo del Cura de Ars, de quien tan cerca está en le calendario, fue también un cura rural como San Juan Bautista Vianney, luego marista en Lyon. Y en 1856 le vemos fundando una orden eucarística, el Instituto de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, que difunde la práctica de la adoración perpetua, buscando el núcleo mismo de la fe en la presencia real de Jesucristo en las especies sacramentadas.

Ante los males del siglo es una iniciativa a simple vista sorprendente. No hace nada práctico y visible en lo que la sociedad vea frutos, cuidar ancianos o enfermos, o fundar escuelas. Para algunos, una pérdida de tiempo, aunque, el anteponer a todo la presencia invisible de Dios, como hace San Pedro Julián de Eymard, es para Jesucristo haber elegido la mejor parte.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de agosto. San Eusebio de Vercelli (…-371)

Sardo de nacimiento, Eusebio vivió en Roma, se ordenó sacerdote y por sus virtudes se le nombró obispo de Vercelli, en el Piamonte, diócesis en la que fue, además de pastor y organizador, algo parecido a un abad para con sus clérigos, que vivían bajo su dirección en una especie de comunidad monástica.

El arrianismo, que había sido condenado en Nicea, rebrotó fortísimamente con la ayudad del emperador Constancio, a quien se atribuye la famosa frase cesaropapista de «el canon es mi voluntad». En el sínodo de Milán de 335 San Eusebio se opuso a las pretensiones heréticas de Constancio y fue desterrado. Vivió en Palestina, Capadocia y Egipto sufriendo humillaciones y malos tratos. Por fin, a la muerte del emperador pudo volver con su grey.

De nuevo en Italia, junto con Hilario de Potiers, siguió combatiendo con toda energía el arrianismo pero con cordura y caridad, demostrando que el destierro no le había hecho fanático. La intransigente defensa de la verdad era conciliable con el afán de concordia y respeto a los demás. Nunca quiso ser un hombre de banderías, sino que sólo quiso ser un hombre de Dios. Su bando era la ortodoxia y su política el amor fraterno. Este santo merece que se le recuerde como ejemplo de conducta episcopal no siempre imitada.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de agosto. San Alfonso María de Ligorio (1696-1787)

Retoño de nobles napolitanos con larga y fecunda vida en la que fue abogado brillante, sacerdote, fundador, misionero, músico, poeta, obispo, un poco arquitecto, gran predicador, penitente, y todo ello en el siglo de Voltaire; fue también teólogo de la Virgen en medio de los equívocos de un Iglesia janseanizada, y el campeón de la misericordia de Dios. Murió nonagenario tras una larga tarea dedicada a reparar, a rehacer y reconstruir todo lo que la Ilustración y el janseanismo estaban socavando.

Alfonso María fue un santo tenaz y resistente que acude a cerrar todas las brechas que abre en la casa un tiempo descristianizado y sin Dios. Autor de un tratado de teología moral, guía duradera e insustituible durante muchísimos años, apoyo de los inseguros, faro de los atormentados por luchas oscuras. No obstante, al final de su vida, él fue probado precisamente en ese terreno en el que era maestro. Pasó años terribles de aridez y tiniebla espiritual en los que de poco le valió su sabiduría.

El que había fijado los criterios de la conciencia, el que iluminaba con la fe, pierde así el norte y vive el desamparo. El gran teólogo moral no acierta a orientarse a sí mismo. Pero la lección que saca San Alfonso María es la de que nadie ha de enorgullecerse de saber mucho de Dios y de las almas, recordando que su negocio mayor es personal y frágil, que no depende del saber, sino del vivir.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.