El duque jesuita, de la noble y turbulenta estirpe de los Borgia, bisnieto del Papa Alejandro VI, de no muy feliz memoria, gran señor, cortesano, amigo del emperador Carlos, dichoso en su matrimonio del que tuvo ocho hijos, admirado por todos, virrey de Cataluña, rico en títulos, dignidades, saber, palacios y buena fama, no podía pedirse más.
La muerte de la emperatriz Isabel, su bienhechora, provocó una de las frases más célebres en los anales de la santidad: «No servir a señor que se pueda morir», y años después, al enviudar, Francisco ingresa en la Compañía de Jesús con gran escándalo, porque según San Ignacio «el mundo no tiene orejas para oír tal estampido». Se convertirá en el tercer general de la Compañía, tras San Ignacio y Laínez, contribuyendo al crecimiento de la orden: Noviciado, multitud de colegios (ocho en Francia, once en España, tres en Alemania), nueva edición de las reglas, misiones en América y en el Lejano Oriente, en sólo siete años demostró ser un organizador formidable. No sin razón se le conoce como el segundo fundador.
San Francisco de Borja ilustró así el apellido de su familia, puntal de la leyenda negra de la Iglesia, en un sentido opuesto al de sus famosos antepasados; no sólo porque opuso santidad a libertinaje y cinismo, sino también porque contrapesa la pompa mundana y señorial de los suyos con su aniquilamiento voluntario, desgastándose en ingratas tareas que le consumen hasta morir. Siglos después, como para borrar cualquier residuo de grandezas visibles, los revolucionarios aventarán sus reliquias en el Madrid bárbaro de 1936.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
