Calixto I, además de Papa, fue antes esclavo, director de banca, condenado a las minas de Cerdeña, luego diácono y por fin secretario del Papa Ceferino. Después de haber sido elevado a la silla de Pedro, tras unos años de tormentoso pontificado, murió en una algarada popular, obra de paganos, que se supone le arrojaron a un pozo del Trastévere, cerca de donde hoy se levanta la basílica de Santa María in Trastévere, iuxta Calixtum.
Todo esto lo sabemos por su acérrimo enemigo, San Hipólito (sí, también entre los santos hay discusiones y riñas como para pasar a la historia), apasionado polemista que es muy probable que retuerza los hechos contra él. Ambos mantuvieron una controversia durísima y fundamental. San Hipólito representaba ciegamente el rigorismo ante la pregunta: ¿Hay pecados imperdonables? Por el contrario, Calixto respondía que no, lloviéndole ataques y sarcasmos acusándole de laxitud.
Hay que perdonar setenta veces siete, dice el Evangelio, es decir, sin limitación. Esta es la única doctrina segura y fue la que defendió Calixto, aunque no fue el único ni mucho menos, recordemos a Cornelio y a Cipriano. Aunque siempre ha habido católicos fanáticos que se complacían imaginando a casi todo el mundo entre las llamas del Infierno, en sus mejores figuras, San Calixto es una de ellas, la Iglesia ha sido madre misericordiosa frente a puritanos, abriendo de para en par las puertas del perdón, a semejanza del padre del hijo pródigo.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
