13 de octubre. San Eduardo (1004-1066)

Llamado el Confesor para distinguirle de su tío, el homónimo rey mártir, Eduardo es el último de los monarcas anglosajones antes de la conquista normanda, el fundador de la abadía de Westminster donde aún se veneran sus restos. Fue antes que San Jorge el patrón de Inglaterra y de la familia real. Depuesto y asesinado su padre, vive en el destierro de Normandía desde los diez años, su madre se casa con el usurpador y le da un heredero que será rey, y su hermano Alfredo muere al tratar de recuperar el trono; hasta que a los cuarenta años, la súbita muerte del hermanastro le permitirá ceñir la corona. No se venga de su madre más que recluyéndola en un monasterio.

Su atributo es «el anillo que estuvo siete años en el Cielo»: para poner a prueba la caridad de Eduardo, San Juan Evangelista se disfrazó de mendigo y pidió limosna al rey, quien al tener vacía la bolsa le dio su anillo. Al cabo de siete años, a un peregrino inglés que se encontraba en Palestina se le apareció San Juan y le dio el mismo anillo para que se lo entregara al rey, anunciándole que no tardaría en entrar en el Paraíso.

Hasta el fin de sus días será un soberano ansioso de justicia y modelo de piedad. En los episodios de crueldad y pasiones desatadas que rodearon su vida, San Eduardo se mueve en este sangriento clima como un espíritu cristiano que desconcierta a los historiadores: bondadoso y débil, dicen unos, santo en la firmeza, la misericordia y los afanes de paz, según otros. Lo cierto es que su tremenda historia personal es un acicate para hacer el bien en las peores circunstancias.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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