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15 de noviembre. San Alberto Magno (1206-1208)

Es el Doctor Universal, es decir, el más sabio de todos, tenía fama de saberlo todo. Alberto vivió el saber de una manera honda y cristiana, sin orgullo ni lucimiento personal, viendo en la ciencia un servicio a los demás. Fue alquimista, filósofo, naturalista, teólogo, además de predicador y buen obispo.

Su perfil definitivo es el de maestro, gran maestro de las Universidades de Colonia y París, volcando sus conocimientos en la juventud estudiosa, afable, abierto, servicial, enseñar para él es darse, repartir con otro el mayor bien de que disponía, y hacerlo por amor. La Providencia premió ya aquí al gran maestro dándole un discípulo a su medida, el mejor discípulo posible, que debía ser por lo tanto superior a él. Lo que en Alberto es preparación, descubrimiento, en Tomás de Aquino es ya sistema desarrollado en toda su plenitud.

Maestro de maestros, San Alberto Magno alcanza su máxima grandeza en el hecho de ayudar a otros a ir más lejos que él mismo. A los setenta y cuatro años, ya retirado, se entera de que la Universidad de París amenaza con condenar las tesis de Tomás de Aquino, que ha muerto hace poco. Y emprende un largo viaje para defender la memoria del discípulo genial, para servir a la verdad, y basta su presencia para que se reconoca públicamente la razón que le asiste.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

14 de noviembre. San Serapión. (1178-1240).

Santo poco conocido pero con una vida de las más azarosas de su tiempo con una parte bélica y otra de compasión servicial. Se le supone inglés nacido el Londres, hijo de un noble escocés, pariente de los reyes. Junto a su padre participó en 1190 en la tercera cruzada que dirigía Ricardo I Corazón de León, distinguiéndose en las batallas contra el sultán Saladino. Más tarde estuvo al servicio de Alfonso VIII de Castilla y volvió a guerrear en Tierra Santa.

Serapión regresó a España y tomó el hábito de la Merced en Barcelona y se convirtió en uno de los frailes más fieles de San Pedro Nolasco. Pero no se hizo religioso para vivir tranquilo: acompaña al rey don Jaime en la conquista de Mallorca, vuelve a la Gran Bretaña, cae en manos de unos piratas que le azotan hasta creerle muerto, corre gravísimos peligros en Escocia, y, de nuevo en España, se dedica con tanto ardor a la redención de cautivos que parece milagroso que salga a salvo de sus empresas. Morirá mártir en Argel después de largas torturas en una cruz aspada.

¡Qué vértigo de guerras, viajes, aventuras y misericordia el del inglés San Serapión, servidor de reyes primero, de humildes frailes (como su amigo San Ramón Nonato), y de pobres cautivos después! Infatigable en la violencia por la fe hasta que se hace víctima al servicio de los que no necesitan la fuerza, sino el suficiente amor para morir por ellos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de noviembre. San Estanislao de Kostka (1550-1568)

Polaco de buena familia, Estanislao era un adolescente que desconcertaba por su recogimiento y piedad. Cuando pasó a estudiar con su hermano Pablo en el colegio vienés de los jesuitas se esperaba que cambiase amoldándose a los usos discretamente libertinos de los muchachos de su condición. No fue así, y los cuatro años de Humanidades que cursó en Viena fueron una dura escuela de malos tratos, desprecios y humillaciones.

Pero su decisión de ser jesuita estaba tomada. Como en el colegio, temiendo las iras de su padre, no estaban por la labor de aceptarle, no tuvo otro camino que la fuga. Disfrazado de campesino recorrió setecientos kilómetros a pie perseguido por los suyos, y en Tréveris encontró a un jesuita capaz de comprenderle, el holandés San Pedro Canisio, provincial de Alemania, quien le recomendó al padre General de la Compañía, un ilustre español, Francisco de Borja. Este también supo apreciar lo que valía aquel jovencito que ahora vivía en el noviciado de San Andrés del Quirinal y que era conocido como «el ángel de Polonia».

Devotísimo de la Virgen, «Gran Señora» de los polacos, espejo de todas las virtudes, San Estanislao de Kostka cultivaba de un modo especial la de la obediencia: «Más vale hacer cosas pequeñas por obediencia que cosas grandes siguiendo la propia voluntad». Una repentina y extraña enfermedad se lo llevó a los dieciocho años, pero su breve paso por Roma es todavía inolvidable como un perfume único traído de muy lejos contra el que el tiempo nada puede.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de noviembre. San Josafat (1580-1623)

Juan Kuncewicz nace en Vladimir, en el centro de la vieja Rusia, de una familia que se había adherido, como la mayoría de los rusos, al cisma ortodoxo, y en su adolescencia se trasladó a Vilna, la capital lituana, para ser dependiente de comercio. Allí el ambiente religioso era confuso y apasionado, y las disputas entre rutenos cismáticos, alentados por Constantinopla, y los católicos que a fines del siglo XVI habían vuelto a la obediencia de Roma, eran muy vivas.

Juan se haría católico, y a los veinticuatro años, después de entrar en un monasterio basilio y, siguiendo la tradición oriental, cambiar de nombre por otro que empezase por la misma letra (Josafat), se propone dedicar su vida a la causa católica, apostólica y romana. Se ordena sacerdote y con una incansable actividad todos los días, desde las dos de la madrugada (penitencia, estudio, plegaria, predicación, confesionario, controversia), y con su fuerza persuasiva logra miles de conversiones. «Ladrón de almas», le llaman sus enemigos.

En 1614 es archimandrita de la Santísima Trinidad de Vilna, en 1617 obispo de Polotsk, llegando a ser el hombre más amado y más aborrecido en la región. Este resurgir del catolicismo en Rusia provocó una conjura de los cismáticos, y en el curso de un motín fue muerto a hachazos al grito de ¡Muera el papista! Pío IX le canonizó en 1867 como el gran santo de los rutenos católicos, hoy casi exterminados en Rusia, pero que conservan la fe de San Josafat en las nutridas comunidades del exilio, sobre todo en Norteamérica.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

11 de noviembre. San Martín de Tours (315-397)

San Martín anuncia el invierno, nos lo trae con su cortejo de fiestas campesinas que celebran la matanza; hay que probar el vino nuevo y encender hogueras lo mismo que para San Juan. Se invoca al santo que va a caldear con su presencia caritativa la gelidez de noviembre. El frío es también protagonista de la gran anécdota por la que se le reconoce: Ocurre en Amiens, donde Martín, soldado a la sazón, está de guarnición; un día de invierno ve a un pobre que tirita, y él con la espada corta expeditivamente en dos su capa para abrigarlo con la mitad (la única de que podía disponer, la que él había pagado, porque la otra mitad era del emperador). Aquella noche el mendigo se le aparece envuelto en luz, es Cristo con quien había compartido sin saberlo su clámide.

De familia idólatra y nacido en la lejana Panonia, hoy Hungría, Martín era sólo catecúmeno; se hace bautizar, renuncia a las armas y lleva durante un tiempo vida de eremita, hasta que en Poitiers le acoge San Hilario y funda la comunidad de Ligugé, el primer monasterio de la Galia. Luego le harían obispo de Tours.

Fue un prelado austerísimo que sigue vistiendo como un monje y que usa como trono un cascabel de madera; tiene una gran actividad misionera y su fama de taumaturgo se extiende por toda Europa; a su muerte es uno de los primeros santos públicamente venerados sin ser mártires, se le dedican miles de iglesias y su tumba en Tours atrae a una infinidad de peregrinos. Es el «decimotercer apóstol» del que nos hablan su amigo Sulpicio Severo y Gregorio de Tours, pero permanece en la memoria de todos por aquel gesto del soldado que un día de invierno da sin dudar la mitad de su capa a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

10 de noviembre. San León I Magno (…-461)

Conocido por el Magno, León I maravilló al mundo consiguiendo lo imposible con sólo su presencia. Italiano, quizá natural de Volterra, ya como simple clérigo se le consideraba como uno de los personajes más influyente de la corte pontificia y el mejor de sus diplomáticos, tan hábil como virtuoso, y desde el 440, como Papa, fue la piedra que resistió los embates más duros de su siglo.

En primer lugar contra la fe; los maniqueos en Italia, el arrianismo en África, los priscilianos en España, los monofisitas en Oriente, la ortodoxia se veía amenazada por todas partes y él acudía a todas las brechas haciéndose catequista, comentando la Escritura, dando enérgicas normas, convocando un concilio en Calcedonia para impedir el cisma.

Pero también peligraba la misma vida de los romanos, la propia Ciudad Eterna hacia la cual se dirigía Atila con sus hordas; San León, montado en una mula blanca y con un modesto séquito, salió al encuentro del caudillo de los hunos y no se sabe cómo le convenció para que respetase Roma. Años después intentará otro tanto con los vándalos de Genserico, que saquean la ciudad durante catorce días sin causar ningún daño a sus habitantes. ¿Qué debió de decirles? Quizá no medió ni una palabra, la historia tiene episodios inexplicables a lo que ha de acompañar el silencio.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de noviembre. Dedicación de la basílica de Letrán (324)

Muy cerca de la iglesia romana de los Cuatro Coronados que evocábamos ayer, está la gran basílica de Letrán, catedral de Roma, «madre y cabeza de todas las iglesias de la urbe y del orbe», según se lee en su fachada, y que forma parte de un conjunto en el que los papas tuvieron su residencia hasta el período de Aviñón. Allí hubo en la antigüedad uno de los palacios más suntuosos del monte Celio, el de la familia de los Lateranos, a quienes fue confiscado debido a conspirar contra Nerón; a comienzos del siglo IV pertenecía a la esposa del emperador Constantino, Fausta, quien en el año 313 prestó el lugar al Papa San Milcíades para que reuniese allí un concilio.

El 9 de noviembre del 324 fue la primera iglesia consagrada en toda la Cristiandad, y se le dio el nombre del Salvador, aunque más tarde se le añadiera los de San Juan Bautista y San Juan Evangelista. En su historia hay de todo: destrucción por los bárbaros en el siglo V y el terremoto del 896, cinco concilios ecuménicos y el recuerdo de la presencia de San Francisco en 1210 para que Inocencio III aprobase su regla, el incendio de 1308 y la firma de los acuerdos entre Pío XI y Mussolini en 1929.

Entre los santos de carne y hueso, Letrán, santo de piedra, símbolo de la Iglesia, invisible esposa de Cristo, contiene y resume todo lo que ésta ha sido y es: persecuciones y desastres, dogma y santidad, arte y política, mezcla a menudo un tanto confusa y extraña, como debida a afanes humanos que, bajo la guía del Espíritu Santo, buscan a tientas el camino de Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

8 de noviembre. Los cuatro Santos coronados. (306)

Es posible que fueran más, porque en la identificación de estos mártires se mezclan noticias muy confusas. Tal vez sean dos grupos diferentes, cinco canteros de la Panonia inferior, tierra de los Balcanes, y cuatro suboficiales romanos, cornicularii, que llevaban una insignia de metal llamada corniculum, lo que explica el nombre de coronados. Sea como fuere, ya en el siglo IV se levantó en Roma, muy cerca del Coliseo, una iglesia en su honor que fue destruida por los normandos, pero rehecha y restaurada en varias ocasiones. Allí se conservan unas reliquias veneradas desde antiguo.

Los cinco canteros se llamaban Claudio, Nicostrato, Sinforiano, Castorio y Simplicio, y al negarse a esculpir un ídolo fueron metidos en cajas de plomo selladas que se arrojaron a un río. Más incierta parece ser la historia de cuatro hermanos (Severo, Severiano, Carpóforo y Victorino), todos cornicularii, a quienes se exigió que quemaran incienso ante una estatua del dios Escapulario en las termas de Trajano. Se les supone muertos a consecuencia de bárbaros azotes.

Los cuatro (o cinco) canteros, que durante la Edad Media fueron patronos de las cofradías de canteros y albañiles, nos parecen mártires de una concepción muy alta en su oficio, ya que murieron por no creer que el artes es neutral y que lo purifica todo. Por encima del arte, y del deber militar en el caso de los cornicularii estos Santos afirmaban una responsabilidad mayor de la que nada ni nadie podía eximirles, y ésta es la razón de su corona de gloria que hoy celebra el calendario.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

El Gobierno del pueblo

“Si tuviera que elegir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, elegiría, sin duda, esto último”. Esta sentencia pronunciada por Thomas Jefferson, prohombre de la independencia de Estados Unidos y tercer presidente del país, cobra trágica vigencia entre unos despavoridos y perplejos ciudadanos que aún padecen los devastadores efectos de una descomunal riada de la que no fueron alertados con la suficiente premura por quienes debían hacerlo: sus gobernantes.  

Pero no sólo falló la alerta, también la prevención. En una zona habitualmente proclive a este tipo de desastres meteorológicos, fueron también los gobernantes quienes impusieron como demagógico dogma el preservar la naturaleza antes que proteger al ser humano. Y en una fatídica cadena de desaciertos y traspiés se hizo dejación de la tarea previsora de construir obras de contención ante las recurrentes crecidas de las aguas, se abandonaron  las labores de limpieza de los cauces de ríos y arroyos, (no era agua, sino barro, maleza, troncos, ramas lo que inundaba y atascaba las calles y plazas de las poblaciones expuestas a la catástrofe), y se llevó a cabo una alegre y confiada maniobra de demolición de presas, diques y azudes porque, según ese idolatrado ecologismo progre de salón que enaltece a la naturaleza y desprecia al hombre, el agua ha de fluir libremente a fin de no alterar el hábitat natural de tantas especies animales y vegetales, aunque esa estrategia destructiva conlleve, por el contrario, la fatal alteración de la vida de muchos ciudadanos que lo han perdido todo, y algunos, hasta la propia vida.   

Han sido también los gobernantes quienes, ya por negligencia o torpeza, ya por miserable cálculo electoral, se han visto envueltos en un inútil e impotente rifirrafe que clama al cielo cuando una desgarradora evidencia muestra la imperante necesidad de que todas las Administraciones públicas posibles, todos los recursos públicos posibles, todos los funcionarios públicos posibles, todos los efectivos militares posibles acudieran con urgente premura a arrimar el hombro y paliar lo que ha sido la mayor tragedia sufrida en muchos años por España a causa del clima, que no del cambio climático.

Y cuando un pueblo, una ciudadanía en estado de indigencia se ve abandonada y desasistida por sus gobernantes, primero, ocupa indignada el lugar de éstos para hacer lo que éstos no hacen y lograr así, satisfacer sus necesidades más básicas y realizar las apremiantes tareas de reconstrucción. España entera está siendo testigo de cómo un pueblo organizado, que no masa, con legiones de voluntarios se lanza a la loable y heroica tarea solidaria de ayudar a quienes son parte de ese mismo pueblo. Una realidad viva y no una entelequia ideológica fabricada por factorías populistas. Y segundo, ese mismo pueblo asimismo indignado exige cuentas a quienes como gobernantes responsables de su bienestar han omitido el deber de socorro ante una extrema y letal calamidad. Los españoles no debiéramos olvidar nunca la infamia perpetrada por unos gobernantes a los que bien cabe calificar con el adjetivo de criminales.

Fuente gráfica: Europa Press

7 de noviembre. San Wilibrordo (658-739)

Anglosajón de la Nortumbria, Wilibrordo era hijo de un noble, se formó en el monasterio de Ripon con San Wilfrido, y de éste aprendió los dos ideales que fueron el norte de su vida: la fidelidad a Roma y las ansias misioneras, el ancla y el vuelo, la raíz y las alas.

Pasó a Irlanda y allí le encontramos en Rathmelsigi, donde es ordenado sacerdote en el 688. Dos años después, con doce monjes más, irá a evangelizar aquella Europa bárbara e idólatra por la que se sentía llamado. Frisia ya había oído la voz de Wilfrido, pero será Wilibrordo el gran apóstol de estas tierras. El Papa Sergio I le consagra arzobispo con sede en Utrecht, y hacía el año 700 establece un segundo centro misional en el monasterio de Echternach, en Luxemburgo.

La evangelización se apoya, como suele ocurrir, en situaciones políticas más o menos inestables, y cuando los frisones se alzan contra los francos Wilibrordo y los suyos deben replegarse por un tiempo. Vuelven a su labor, exploran Dinamarca y otros reinos vecinos, y antes de morir ve asegurada la continuidad con el joven San Bonifacio, otro anglosajón que evangelizará la Germania. El camino que señaló Wilfrido lo anduvo San Wilibrordo hasta que otro misionero de las islas, San Bonifacio, amplía el horizonte sabiendo que otros también le sucederán. Así se anuncia el Reino de Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol