El pasado 28 de octubre, minutos después de las 9:00 horas, dos autobuses partían del Colegio CEU Sanchinarro de Madrid con rumbo al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. Viajaban alumnos de bachillerato con sus profesores y capellanes. Minutos antes de las 8:00 horas, un tren había salido de la madrileña estación de Atocha con dirección a Sevilla. A bordo iba don Carlos, director y profesor del Colegio CEU. Los peregrinos a tierras portuguesas conocieron durante el trayecto dos trágicas noticias: la colisión de dos trenes en la vía Madrid-Sevilla, a la altura del municipio toledano de Urda, famoso por el Santísimo Cristo de Urda, y que en uno de ellos viajaba don Carlos. A veces, la Providencia parece indescifrable, pero no lo es. Fátima y Urda. Madre e Hijo. Y en medio, alumnos, profesores y su maestro y director.
Desde el instante del fatídico accidente ferroviario hasta la confirmación del fallecimiento de Carlos Ortiz Sanchidrián han transcurrido más de dos angustiosos días, horas de zozobra e incertidumbre sin saber nada de él. Cuando los dos autobuses procedentes de Fátima regresaron al Colegio a las 20:00 horas del viernes 30 de octubre, el recibimiento fue silencioso, taciturno. Abrazos y besos mudos entre padres e hijos. Algo faltaba en el desangelado recinto escolar. Y no era sólo la alegría del reencuentro. La esperanza es lo único que queda al final. Pero como creyentes sabemos que la muerte no es el final. “En estos momentos tan dolorosos, hemos estado en el mejor lugar donde podíamos estar”, dijo uno de los sacerdotes al bajarse del autobús. Los peregrinos pasaron horas y horas rezando a la Madre por su director y profesor en la “Capelinha”.
En una de sus magistrales charlas a jóvenes, Carlos aludía a la frase “No tengáis miedo”, que aparece trescientas sesenta y cinco veces en la Biblia, y comparaba esa cifra con otra exactamente igual, la de los días que tiene un año, exhortando a sus oyentes a que nunca tuvieran miedo, ni siquiera a morir, porque “sois de Cristo”. Como buen discípulo del pontificado de San Juan Pablo II, para él la tarea de educar fue siempre un apostolado compartiendo con los demás lo mejor que tenía: su fiel vocación, su leal servicio y su genuina pasión por enseñar. “La educación consiste, en efecto, en ser el hombre cada vez más hombre, proclamaba el Papa, para esto es necesario que el hombre sepa ser más, no solamente con los otros, sino también para los otros”. Cervantes pone en boca de Don Quijote, libro de cabecera de todo profesor, que “no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”.
Los maestros hacen mucho por los demás. Su magisterio permanece como huella indeleble en la memoria de los alumnos. Estos son guiados durante su niñez y adolescencia por las enseñanzas académicas, pero también vitales, que sus profesores les brindan: paciencia, indulgencia, comprensión, cariño… Al llegar a adultos, el ejemplar recuerdo persiste en sus vidas. Por eso, don Carlos seguirá vivo entre ellos. También entre los suyos: su mujer, Mónica, sus familiares, amigos, compañeros y padres del Colegio no le olvidaremos. Sin miedo a morir, Carlos Ortiz Sanchidrián murió accidentalmente en Urda, junto a su Cristo, que siempre recluta a los mejores instalando el banderín de enganche en espacio y tiempo que se nos muestran indescifrables, pero que no lo son, porque como buen Maestro, Dios tiene hechos sus números para la eternidad. Junto a Él, don Carlos, maestro de saberes y de humildad, ya los ha descifrado. Descansa en paz y gracias por tu magisterio.

Bonito panegírico.