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18 de noviembre. San Odón de Cluny (879-942)

Hijo de un noble turenés, debió de nacer en Tours y muy pronto se acogió a la basílica de San Martín, en su ciudad natal. En el 909 se hizo monje de un apartado monasterio borgoñón, Baume-les-Mes-sieurs y en el 927 fue elegido abad de Cluny, bajo cuyo gobierno se convirtió en el gran foco espiritual y cultural de Europa.

Odón comenzó su labor depurando la vida de los propios monjes: clausura más estricta, más horas de rezo, austeridad, silencio. Hizo de Cluny un lugar para la entrega exigente a Dios, a quien se honraba también con los esplendores litúrgicos. Pero un abad de estos tiempos no podía ser sólo contemplativo, y tuvo que viajar mucho, visitando y reformando comunidades, poniendo paz entre querellas de monjes y haciendo de Cluny la cabeza de una vasta federación de monasterios. También los papas reclamaban su presencia, estuvo en Roma, fue consejero de León VII y Esteban IX.

Montado en su asnillo y cantando salmos, San Odón de Cluny recorría Europa imponiendo la serena visión de un hombre que resolvía los problemas mundanos y las cuestiones humanamente más intrincadas aplicando el criterio de la prioridad absoluta del Espíritu Santo, absorto en éxtasis como quien sobrevuela con la ligereza del alma los menudos accidentes de su camino.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

17 de noviembre. Santa Isabel de Hungría (1207-1231)

Hija del rey de Hungría Andrés II, casó a los catorce años con el landgrave de Turingia Luis IV, y el suyo parece que fue un matrimonio por amor, además que unión con fines políticos. Los esposos fueron muy felices en su castillo de Wartburg, cerca de Eisenach, pero durante poco tiempo porque Isabel enviudó a los veinte años cuando su marido se disponía a partir a la cruzada y murió súbitamente en Otranto. Hubo que defender los derechos dinásticos de sus hijos, amenazados por parientes codiciosos.

La viuda, que ya había dado muestras de de piedad y caridad, atribuyéndosele el milagro de las rosas en que se convirtieron los alimentos que escondía para los pobres en su delantal, se negó a volver a casarse, decidiendo dedicarse a Dios e ingresando en la orden tercera de San Francisco. Se retira a Marburgo y vive consagrada a los pobres, enfermos y leprosos. Murió muy joven y el último período de su vida fue muy duro, no sólo por reservarse las tareas caritativas más repugnantes, sino porque la rigidez de su confesor, el maestro Conrado de Marburgo ensombreció con métodos brutales el crepúsculo de su vida.

Pero Santa Isabel siempre dio ejemplo de paciencia y tras cada tormenta que abatía su espíritu, éste volvía a levantarse hacia el cielo más fuerte que nunca, como la hierba después del vendaval. Fue canonizada cuatro años después de su muerte y es una de las santas más populares de Alemania.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

¿Quo vadis Munilla?

Se dice del obispo José Ignacio Munilla que es un hombre de su tiempo porque utiliza las redes sociales para hacer más incisiva su labor evangelizadora. La expresión “hombre de su tiempo” no deja de ser una solemne cursilería. Cursi sería decir que Erasmo de Rotterdam fue un hombre de su tiempo porque publicaba sus obras a través de la imprenta o que el doctor Gregorio Marañón también lo era porque visitaba a sus pacientes conduciendo un automóvil inventado por Henry Ford. Si el prelado Munilla es un hombre de su tiempo es porque sabe muy bien interpretar el signo de los tiempos, expresión evangélica introducida por el Papa Juan XXIII en la terminología del magisterio pontificio. Y que hoy debe ser aprendida y aplicada por todo católico para no ser tildado de indiferente ante el mundo en que vive y no ser considerado un fariseo a los ojos de Dios. Cuando los fariseos exigían una señal del cielo, Jesús les responde: “Al atardecer decís: Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo. Y a la mañana: Hoy lloverá, porque el cielo está rojo oscuro. ¿Sabéis distinguir el aspecto del cielo y no sois capaces de distinguir los signos de los tiempos?” (Mt 16. 2-3).

En su intervención durante la vigésimo sexta edición del Congreso Católicos y vida pública, bajo el título ¿Quo vadis? Pensar y actuar en tiempos de incertidumbre, Munilla ha demostrado distinguir con magistral tino el signo de los tiempos, realizando un certero diagnóstico de la sociedad actual: “nos hemos vuelto enemigos de la Cruz”. Según él, esto provoca una crisis imperante: cultural, antropológica, política, eclesial porque sin la Cruz no hay gloria; hay un error grande que es hacer una dicotomía entre la Cruz y la felicidad; la Cruz nos lleva a la gloria, y la gloria es la felicidad plena”. Munilla nos enseña que una teología de la Cruz conduce a una teología de la Gloria. Sabe que, si se hace abstracción de todo lo que en la historia de la Humanidad se debe a la Cruz y a la fe ¿Qué quedará? Solía decir el humanista y jurista José Corts Grau que la única situación comprometida del hombre desde que el mundo es mundo y la única actitud en que, desde hace veinte siglos, ha podido la Humanidad conjurar la rosa de los vientos de sus males es en Cruz. La Cruz representa la firmeza vertical de la verdad sin confusión posible con el error ni con el mal, los brazos abiertos de la caridad, una comprensiva tolerancia, propicia a cuantos yerran y delinquen.

Nuestro obispo también señala como signo de los tiempos esa “imposición sistemática de una nueva cosmovisión” advirtiéndonos de que para hacer frente a ello “se requiere un movimiento de conversos. Sólo vamos a salir de esta crisis por una renovación de santidad”. Porque los propios católicos también padecemos la infiltración de una mentalidad mundana. También respiramos en esa enrarecida atmósfera de relativismo, materialismo y hedonismo. La consecuencia es que hemos reducido nuestra fe a una doctrina, a un fervoroso moralismo. La nuestra parece una fe por motivos extra religiosos, sobre todo de índole social o política, lo que lleva a impregnarnos de lo mundano despojando así a lo religioso de toda gravedad en sí. Debemos volver a un catolicismo auténticamente religioso y místico, al encuentro con Jesucristo. Estar en el mundo sin ser del mundo y no atrincherarnos frente al mundo. La batalla a librar es espiritual. El obispo Munilla sabe muy bien a dónde va él y a dónde va el mundo. Nosotros también debiéramos saber a dónde vamos: Volver a Jerusalén, a la Cruz.  

16 de noviembre. Santa Gertrudis la Magna (1256-1302)

Debió de nacer en Eisleben, la cuna de Lutero, a los cinco años ingresó para su educación en el monasterio cisterciense de Helfta, muy cerca del lugar de su nacimiento, y al parecer nunca salió de allí. Gertrudis profesó en esta orden, pero no tuvo ningún cargo en ella y su vida transcurrió sin ningún accidente externo digno de noticia.

Hasta los veinticinco años estuvo ávida por adquirir una gran cultura, pero después de tener una visión de Jesucristo, se dedicó exclusivamente a la Biblia, a los Padres de la Iglesia y a la liturgia. Renunció a los saberes humanos por sabiduría superior, haciéndose una pura contemplativa. Sus Revelaciones, el Heraldo del amor divino y otros escritos tuvieron una enorme influencia en la espiritualidad medieval, sobre todo en la mística alemana, y se le atribuyen también los primeros atisbos de lo que luego será una devoción tan difundida entre los católicos como la del Sagrado Corazón de Jesús.

«In corde Gertrudis invienietis me», en el corazón de Gertrudis me encontraréis, Cristo como habitante del corazón humano que le es fiel. El atributo por el cual se representa a Santa Gertrudis es un corazón en llamas habitado por el Niño Jesús. De ahí los versos finales del soneto que compuso en su honor Lope de Vega:

Custodia sois mientras gozáis el suelo,

y puesto que todo Dios en él se esconde,

Mayor tenéis el corazón que el cielo.

Fuente: La Casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

15 de noviembre. San José de Pignatelli (1737-1811)

Nacido en Zaragoza, de nobilísima familia entre napolitana y aragonesa, José ingresó en la Compañía de Jesús y, tras estancias de formación en Tarragona, Calatayud y Manresa, se ordenó en 1762, poco antes de que Carlos III decretara el destierro de los jesuitas. A pesar de que su hermano, el conde de Fuentes, influyente embajador y gran amigo del ministro Aranda, consiguió que se hiciera una excepción con José, sin embargo, él entre vómitos de sangre y muy enfermo de tisis, pidió que le llevaran a Salou para embarcar junto a sus hermanos expulsados y compartir con ellos sus penalidades.

Que no fueron pocas en Italia, sin recursos, viviendo como apestados, y cuando se disolvió la Compañía reducidos a la condición de simples sacerdotes seculares en tierra extranjera. En 1797 pudo renovar sus votos cuando la orden se reconstruyó en el ducado de Parma. Lugo en Ferrara y Bolonia desplegó una gran actividad reorganizando la Compañía, de la que pronto será provincial.

En tiempos tan adversos, es el hombre de la serenidad, la fortaleza y la prudencia, espiritual por encima de todo, caritativo de forma legendaria y tenaz. Piadosísimo, cortés y afable, con una distinción natural que no desmiente su cuna, muy docto en antigüedades, gran conocedor de lenguas, amante de los libros, San José Pignatelli es un ilustrado de la santidad. Murió en Roma durante la invasión napoleónica sin ver rehecha la Compañía, de la que fue como el segundo padre, y sus cenizas se veneran en una capilla del Gesú.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

15 de noviembre. San Alberto Magno (1206-1208)

Es el Doctor Universal, es decir, el más sabio de todos, tenía fama de saberlo todo. Alberto vivió el saber de una manera honda y cristiana, sin orgullo ni lucimiento personal, viendo en la ciencia un servicio a los demás. Fue alquimista, filósofo, naturalista, teólogo, además de predicador y buen obispo.

Su perfil definitivo es el de maestro, gran maestro de las Universidades de Colonia y París, volcando sus conocimientos en la juventud estudiosa, afable, abierto, servicial, enseñar para él es darse, repartir con otro el mayor bien de que disponía, y hacerlo por amor. La Providencia premió ya aquí al gran maestro dándole un discípulo a su medida, el mejor discípulo posible, que debía ser por lo tanto superior a él. Lo que en Alberto es preparación, descubrimiento, en Tomás de Aquino es ya sistema desarrollado en toda su plenitud.

Maestro de maestros, San Alberto Magno alcanza su máxima grandeza en el hecho de ayudar a otros a ir más lejos que él mismo. A los setenta y cuatro años, ya retirado, se entera de que la Universidad de París amenaza con condenar las tesis de Tomás de Aquino, que ha muerto hace poco. Y emprende un largo viaje para defender la memoria del discípulo genial, para servir a la verdad, y basta su presencia para que se reconoca públicamente la razón que le asiste.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

14 de noviembre. San Serapión. (1178-1240).

Santo poco conocido pero con una vida de las más azarosas de su tiempo con una parte bélica y otra de compasión servicial. Se le supone inglés nacido el Londres, hijo de un noble escocés, pariente de los reyes. Junto a su padre participó en 1190 en la tercera cruzada que dirigía Ricardo I Corazón de León, distinguiéndose en las batallas contra el sultán Saladino. Más tarde estuvo al servicio de Alfonso VIII de Castilla y volvió a guerrear en Tierra Santa.

Serapión regresó a España y tomó el hábito de la Merced en Barcelona y se convirtió en uno de los frailes más fieles de San Pedro Nolasco. Pero no se hizo religioso para vivir tranquilo: acompaña al rey don Jaime en la conquista de Mallorca, vuelve a la Gran Bretaña, cae en manos de unos piratas que le azotan hasta creerle muerto, corre gravísimos peligros en Escocia, y, de nuevo en España, se dedica con tanto ardor a la redención de cautivos que parece milagroso que salga a salvo de sus empresas. Morirá mártir en Argel después de largas torturas en una cruz aspada.

¡Qué vértigo de guerras, viajes, aventuras y misericordia el del inglés San Serapión, servidor de reyes primero, de humildes frailes (como su amigo San Ramón Nonato), y de pobres cautivos después! Infatigable en la violencia por la fe hasta que se hace víctima al servicio de los que no necesitan la fuerza, sino el suficiente amor para morir por ellos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de noviembre. San Estanislao de Kostka (1550-1568)

Polaco de buena familia, Estanislao era un adolescente que desconcertaba por su recogimiento y piedad. Cuando pasó a estudiar con su hermano Pablo en el colegio vienés de los jesuitas se esperaba que cambiase amoldándose a los usos discretamente libertinos de los muchachos de su condición. No fue así, y los cuatro años de Humanidades que cursó en Viena fueron una dura escuela de malos tratos, desprecios y humillaciones.

Pero su decisión de ser jesuita estaba tomada. Como en el colegio, temiendo las iras de su padre, no estaban por la labor de aceptarle, no tuvo otro camino que la fuga. Disfrazado de campesino recorrió setecientos kilómetros a pie perseguido por los suyos, y en Tréveris encontró a un jesuita capaz de comprenderle, el holandés San Pedro Canisio, provincial de Alemania, quien le recomendó al padre General de la Compañía, un ilustre español, Francisco de Borja. Este también supo apreciar lo que valía aquel jovencito que ahora vivía en el noviciado de San Andrés del Quirinal y que era conocido como «el ángel de Polonia».

Devotísimo de la Virgen, «Gran Señora» de los polacos, espejo de todas las virtudes, San Estanislao de Kostka cultivaba de un modo especial la de la obediencia: «Más vale hacer cosas pequeñas por obediencia que cosas grandes siguiendo la propia voluntad». Una repentina y extraña enfermedad se lo llevó a los dieciocho años, pero su breve paso por Roma es todavía inolvidable como un perfume único traído de muy lejos contra el que el tiempo nada puede.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de noviembre. San Josafat (1580-1623)

Juan Kuncewicz nace en Vladimir, en el centro de la vieja Rusia, de una familia que se había adherido, como la mayoría de los rusos, al cisma ortodoxo, y en su adolescencia se trasladó a Vilna, la capital lituana, para ser dependiente de comercio. Allí el ambiente religioso era confuso y apasionado, y las disputas entre rutenos cismáticos, alentados por Constantinopla, y los católicos que a fines del siglo XVI habían vuelto a la obediencia de Roma, eran muy vivas.

Juan se haría católico, y a los veinticuatro años, después de entrar en un monasterio basilio y, siguiendo la tradición oriental, cambiar de nombre por otro que empezase por la misma letra (Josafat), se propone dedicar su vida a la causa católica, apostólica y romana. Se ordena sacerdote y con una incansable actividad todos los días, desde las dos de la madrugada (penitencia, estudio, plegaria, predicación, confesionario, controversia), y con su fuerza persuasiva logra miles de conversiones. «Ladrón de almas», le llaman sus enemigos.

En 1614 es archimandrita de la Santísima Trinidad de Vilna, en 1617 obispo de Polotsk, llegando a ser el hombre más amado y más aborrecido en la región. Este resurgir del catolicismo en Rusia provocó una conjura de los cismáticos, y en el curso de un motín fue muerto a hachazos al grito de ¡Muera el papista! Pío IX le canonizó en 1867 como el gran santo de los rutenos católicos, hoy casi exterminados en Rusia, pero que conservan la fe de San Josafat en las nutridas comunidades del exilio, sobre todo en Norteamérica.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

11 de noviembre. San Martín de Tours (315-397)

San Martín anuncia el invierno, nos lo trae con su cortejo de fiestas campesinas que celebran la matanza; hay que probar el vino nuevo y encender hogueras lo mismo que para San Juan. Se invoca al santo que va a caldear con su presencia caritativa la gelidez de noviembre. El frío es también protagonista de la gran anécdota por la que se le reconoce: Ocurre en Amiens, donde Martín, soldado a la sazón, está de guarnición; un día de invierno ve a un pobre que tirita, y él con la espada corta expeditivamente en dos su capa para abrigarlo con la mitad (la única de que podía disponer, la que él había pagado, porque la otra mitad era del emperador). Aquella noche el mendigo se le aparece envuelto en luz, es Cristo con quien había compartido sin saberlo su clámide.

De familia idólatra y nacido en la lejana Panonia, hoy Hungría, Martín era sólo catecúmeno; se hace bautizar, renuncia a las armas y lleva durante un tiempo vida de eremita, hasta que en Poitiers le acoge San Hilario y funda la comunidad de Ligugé, el primer monasterio de la Galia. Luego le harían obispo de Tours.

Fue un prelado austerísimo que sigue vistiendo como un monje y que usa como trono un cascabel de madera; tiene una gran actividad misionera y su fama de taumaturgo se extiende por toda Europa; a su muerte es uno de los primeros santos públicamente venerados sin ser mártires, se le dedican miles de iglesias y su tumba en Tours atrae a una infinidad de peregrinos. Es el «decimotercer apóstol» del que nos hablan su amigo Sulpicio Severo y Gregorio de Tours, pero permanece en la memoria de todos por aquel gesto del soldado que un día de invierno da sin dudar la mitad de su capa a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.