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26 de noviembre. San Leonardo de Puerto Mauricio (1676-1751)

Nacido en Puerto Mauricio, ciudad en la Liguria italiana, hoy conocida como Impera, Leonardo, que fue bautizado como Paolo-Girolamo, era hijo de marineros, se formó en Roma, franciscano en el convento de San Buenaventura, en el Palatino, donde se conservan sus reliquias. Fue uno de los grandes santos de la era de la Ilustración, contemporáneo de Voltaire, aunque no fue un combatiente de ideas, sino de piedad, porque a pesar de nacer en un siglo atronador de ideas, él no quiso discutir con nadie.

Según la tradición, la Virgen le sanó de una tisis mortal. Entonces, en la treintena, decidió dedicar el resto de su vida a la predicación ambulante, a las misiones, más de trescientas, que le llevaron a recorrer de forma incansable una y otra vez Italia entera, empleando así el tiempo que le había regalado Nuestra Señora en convertir a los demás. «Gran cazador del Paraíso», le llamaba su amigo el Papa Benedicto XIV, porque tenía una palabra irresistible a la que acompañaba con una calidez sencilla y emotiva, produciendo efectos inmensos en su auditorio cuando hablaba sobre la piedad.

El centro de sus pláticas era la Pasión y el Vía Crucis, devoción que se extendió por todo el mundo gracias a él. Asimismo fue un celoso propagador de la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Cuando contrajo su última enfermedad se negó a dejar de celebrar la misa, «que vale más que todos los tesoros de la tierra». San Leonardo no entró en polémicas intelectuales o filosóficas propias del Siglo de las Luces, pero cuidó de la intendencia de la espiritualidad manteniendo viva la fe del pueblo en medio de la tormenta. Voltaire ignoró su nombre, pero no tuvo peor enemigo que este humilde franciscano.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

25 de noviembre. Santa Catalina de Alejandría

Dicen los sabios hagiógrafos que Catalina nunca existió, atribuyendo su historia a un tardío relato de fines edificantes. Es posible, porque no hay pruebas de que existiera, salvo el antiquísimo monasterio ortodoxo levantado en el Sinaí y que lleva su nombre. Sin embargo, es una de las Santas, que más hondo ha calado en la sensibilidad religiosa de Oriente y de Occidente.

En su vida, popularizada por pormenores como el de la rueda, en que sufrió tormento, y cuyas cuchillas acabaron hiriendo a los propios verdugos, concurre el testimonio valiente de la verdad, siendo esto lo más atrayente del personaje. No es su muerte a manos de infames sicarios, sino su ansiosa búsqueda de la verdad en aquel ambiente blando y cosmopolita, corrompido y ecléctico de la Alejandría de su época.

Insatisfecha con las ideas comúnmente admitidas, fluctuantes, acomodaticias, un poco de Platón, unas gotas de panteísmo, algo de misticismo barato, los Evangelios adaptados, residuos de la enseñanza pagana, todo bien aderezado, Santa Catalina estudia, investiga y una vez bautizada confunde en un debate público a los teólogos a la moda y muere por lo que cree. Si Catalina no existió, hubiera debido existir entonces y ahora, sin conformarse con la mezcla impura que todos dan por buena, y pagar con su vida la proclamada Verdad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

24 de noviembre. Santas Flora y María de Córdoba (851)

Flora era cordobesa, huérfana de un padre musulmán y educada por una madre cristiana. El fanatismo de su hermano mayor la condujo a presencia del cadí, quien la hizo azotar sin conseguir que renegara de su fe. Así lo cuenta su biógrafo San Eulogio que la conoció. María era de padres cristianos que se retiraron a un pueblo de las montañas cordobesas con sus dos hijos, ella y Walabonso; éste fue confiado a un sacerdote para que le educase en un monasterio y María entró en el cenobio de Cuteclara. Tras el martirio de Walabonso, María se lanzó a la calle para proclamar su fe y entró a orar en la iglesia de San Acisclo, donde estaba Flora, quien también se encomendaba a los mártires tras oír a Cristo que le decía: «Otra vez vengo a ser crucificado».

Las dos doncellas se dan el ósculo de la paz, se descubren una a otra su propósito y se juran amistad indisoluble y no separarse por ninguna causa hasta que las dos vayan a reunirse en el Cielo. Luego se presentan resueltamente ante los jueces desafiándolos con la proclamación de su fe. De los calabozos, donde se mezclan con prostitutas, las sacan para el martirio.

«Ellas se santiguaron», escribe San Eulogio, «después alargando los cuellos al verdugo cayó Santa Flora y a continuación Santa María. Sus sagrados cuerpos quedaron expuestos allí para pasto de los perros y de las aves, y un día después los arrojaron al Guadalquivir. Sus santas cabezas se conservan en la basílica del mártir San Acisclo. Allí el pueblo cristiano siente visiblemente su protección».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

23 de noviembre. San Clemente I (…-97)

Tercer sucesor de San Pedro, Clemente I fue papa durante diez años a fines del siglo I. Se le recuerda por la espléndida carta que como obispo de Roma dirige a los cristianos de Corinto (ya San Pablo se lamentaba de las pugnas internas que había en esta comunidad), exhortándoles a poner fin a sus disensiones y a vivir según el Evangelio en un tono dignísimo y de gran solicitud paternal.

Según Eusebio de Cesárea esta carta «universalmente admitida, larga y admirable se leyó en la mayor parte de las iglesias, no sólo antiguamente sino también en nuestro días», y es un testimonio indiscutible de la autoridad del papa que, en medio de persecuciones y herejías, es la voz suprema del magisterio.

Se le atribuyen una multitud de hechos prodigiosos y se supone que el emperador Trajano le desterró al Quersoneso, en Crimea, condenándole a trabajos forzados en una cantera. Como su atributo es un ancla, símbolo de la firmeza de la fe, también se decía que fue arrojado al Mar Negro con un ancla atada al cuello, y que unos ángeles construyeron en el fondo del mar un magnífico sepulcro de mármol; todos los años en el aniversario del martirio de San Clemente las aguas se retiraban para que los devotos pudieran llegar a pie enjuto hasta esta capilla submarina (cuando una madre olvidó allí a su hijo, al siguiente volvió a encontrarlo vivo al pie del altar).

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Un siglo de agonía del cristianismo

María Zambrano siempre consideró a Miguel de Unamuno como el incansable poeta de la angustia española. Martin Heidegger aclaró la diferencia entre angustia y miedo. “Angustia es radicalmente distinto de miedo. Cuando se tiene miedo se pierde la seguridad para todo lo demás, es decir, se pierde la cabeza. La angustia no permite que sobrevenga semejante confusión. Lejos de ello, háyase penetrada por una especial tranquilidad”. En 1924 durante su destierro en Fuerteventura Unamuno, que perforaba el tipo social hasta llegar a las honduras del individuo, se excava a sí mismo en búsqueda de un asidero en las profundidades de su alma, y lo halla en el sentir de su íntima lucha religiosa, de la que cobra conciencia, sacándola a la luz de su obra. Meses después, durante su exilio en París, escribe: “La agonía de mi patria, que se muere, ha removido en mi alma la agonía del cristianismo”. En Unamuno la cuestión sobre la esencia de España coincide con el problema fundamental de su vida personal, no abordando una cuestión ajena, sino su propia existencia. Le duele Dios y España, resultándoles inseparables españolidad y cristianismo. Su españolidad es una manera de ser cristiano.

Esa tranquilidad angustiosa que mantiene a raya a la confusión, como refería Heidegger, la encontraba Unamuno en el valioso depósito del misticismo. Lecturas españolas de carácter religioso dejaron huella en la inagotable obra unamuniana: libros de ascética y de mística, de historia monástica, obras de teólogos y moralistas. Unamuno leyó siempre como moralista. Su moral lo fue de mártir, de apóstol. En su libro, ahora centenario, Agonía del cristianismo, culminado en el exilio parisense, Unamuno escribe las páginas mejor acabadas que recuerdan a aquellos místicos españoles referidos magistralmente en su primera obra En torno al casticismo. Para moldear la palabra agonía, (que es lucha, y el agonizante no está moribundo), se funden en un todo el profesor de filología, el filósofo, el escritor y el cristiano. La visión mística es el hilo que enhebra esa urdimbre. La verdadera contienda que se desata en Unamuno no es entre intelecto y sentimiento, sino entre Cristo y Lucifer. Esa lucha religiosa consiste en combatir por una divinidad que le vive por la fe y que por lo mismo está constantemente amenazada de morir por incredulidad. Este depender Dios del poder creer del hombre representa el nudo gordiano de su combate. Por eso lo concluyente para Unamuno es la agonía de un alma sobre la agonía de su Dios. En la inanidad de nuestra existencia alejada de Dios apreciamos la necesidad de Él, no como una necesidad lógica, sino vital, y este es el comienzo del acto de fe, en el que el hombre crea a su Creador.

En Agonía del cristianismo el autor nos muestra un cristianismo profundamente individualista, ya que de lo que se trata es de la salvación del alma individual. El grandioso individualismo de la mística española lo aprende preferentemente de San Pablo. Por eso no concibe al cristianismo como doctrina, sino como preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna. Unamuno renuncia al cristianismo social en todas sus formas: “El cristiano, en cuanto cristiano, no tiene que ver con eso”. Su cristianismo es de los que como San Pablo tratan de vivir y sobrevivir en Cristo. Unamuno se preguntaba: “Y las verdades, ¿se poseen o se viven?” A los católicos nunca nos bastará con conocer las verdades de nuestra fe, hay que vivirlas, porque si las viviéramos de veras, no nos dejaríamos cazar como moscas en los sofismas de la modernidad. Tanto espiritual como cultural, el combate continúa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 28 de octubre de 2024. https://www.abc.es/opinion/raul-mayoral-siglo-agoniadel-cristianismo-20241028101146-nt.html

Los dogmas culturales de Kamala Harris

Solía decir el Sabio de Hortaleza, Luis Aragonés, que del subcampeón no se acuerda nadie. En efecto, todos los focos alumbran al vencedor, Donald Trump. Pero sirvan estas líneas para acordarse de la vencida, Kamala Harris. La tenebrosa ama de llaves de esa horrible y tétrica mansión global en la que se quiere encerrar a toda la Humanidad: la Agenda 2030. Un endiablado proyecto con una gobernanza y una ciudadanía mundiales basado en una pseudo religión mundial: la sostenibilidad. Este remilgado y pretencioso término, tan manoseado hasta las náuseas, que aún fascina a una alegre y confiada progresía y excita permanentemente a los dementes del movimiento woke, los camisas pardas del siglo XXI.

De haber alcanzado Harris la Casa Blanca, se habría consolidado en Estados Unidos el proceso de remodelación cultural iniciado por el grotesco Joe Biden. Y toda una tropa de ingenieros sociales habría completado y ejecutado el diseño de nuevos modelos de deconstrucción cultural, marginando a aquellos grupos sociales discrepantes y tachándolos de incompatibles con la dinámica del progreso. Con la derrota de la candidata del Partido Demócrata, cada vez menos demócrata y más socialista, la nación americana parece revertir una inquietante trayectoria que enfilaba hacia su autodestrucción y también a la del propio Occidente. Aquella tendencia iniciada en la década de los sesenta a consecuencia de las nefastas teorías difundidas por la Escuela de Frankfurt en tres grandes áreas: familia, educación y cultura. A esta fatídica década se refiere el historiador inglés Paul Johnson en su libro Intelectuales como “una de las décadas más cruciales de la historia moderna en todos los países del primer mundo. Afectó el cambio a casi todos los aspectos de la vida social, cultural y sexual. Cambio cuyo intento era la eliminación virtual del fundamento cristiano de la sociedad y su reemplazo por la búsqueda universal del placer”. En España, el filósofo Julián Marías escribe en La España real: “Es muy posible que en el siglo próximo haya en los libros de historia algún capítulo que comience con estas palabras: Hacia 1960 o 1965 los europeos y los americanos empezaron a no exigirse a sí mismos”.

Harris es producto de aquellas disolventes teorías que postulaban el relativismo, el hedonismo o el permisivismo creando una mentalidad antioccidental y tendente a la destrucción de la misma civilización occidental. El 18 de marzo de 1993, cuando Kamala era una mujer a punto de llegar a la treintena, el diario norteamericano The Wall Street Journal publicó un editorial contra el permisivismo de la sociedad americana señalando 1968 como inicio del decaimiento moral de Estados Unidos. En su libro El dogma woke, la escritora norteamericana Noelle Mering explica cómo los postulados de la Escuela de Frankfurt, en particular la llamada “teoría crítica”, se diseminan por los campus universitarios americanos con el objetivo de corroer la fe de los estudiantes en los pilares de la cultura occidental para así socavar la futura estabilidad de esa cultura. El hecho de hacerlo desde las propias instituciones académicas y no desde organizaciones explícitamente políticas, no levantaba tantas sospechas, y los agentes de esta operación gozaban así de una mayor libertad de movimientos. La teoría crítica según Mering no tiene como meta el conocimiento, sino el cambio. Los educadores se convierten en activistas que adiestran a legiones de estudiantes en un espíritu revolucionario que somete todo a la crítica. Hay que inspeccionarlo todo. Ello trae consigo la politización de cada uno de los aspectos de la sociedad, “desde el deporte hasta el modo de hacer calceta”. Concluye Mering que la teoría critica ha sido la base de la educación de élite en Estados Unidos desde la década de los sesenta, La eficacia y el fervor de aquellos maestros y discípulos (la candidata derrotada fue alumna aventajada), ha desembocado en el movimiento woke de nuestros días con sus tres dogmas: mengua de la persona, rechazo a la razón y desprecio de la autoridad. Justo lo contrario a la triada autoridad-tradición-religión, expuesta en 1956 por Hannah Arendt en La autoridad en el siglo XX, y que ha constituido los cimientos de la civilización cristiana occidental. Afortunadamente, la derrota de Kamala Harris ha acarreado la caída de aquellos tres dogmas. Por ahora, pero la contienda cultural continúa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Imparcial el 13 de noviembre de 2024. https://www.elimparcial.es/noticia/276469/opinion/los-dogmas-culturales-de-kamala-harris.html

22 de noviembre. Santa Cecilia

De esta Santa no se sabe casi nada. Su devoción data tan sólo del siglo VI. Ni siquiera su patronazgo sobre los músicos tiene bases muy sólidas, ya que procede de un equívoco: «cantaba a Dios en su corazón», lo que hizo suponer que era cantante y que se acompañaba con música instrumental, y así se la representa por lo común con un órgano.

Según la tradición era una doncella patricia que se desposó con un joven pagano, Valeriano, a quien en su noche de bodas informó que había consagrado su virginidad a Dios; Valeriano y su hermano Tiburcio, ambos documentados como mártires en Roma, abrazaron la fe y murieron por ella, y algo después Cecilia fue condenada también a muerte por decapitación, aunque los tres primeros golpes del verdugo milagrosamente no cortaron su cabeza.

En el altar mayor de la iglesia de Santa Cecilia, en el Trastévere romano, junto a las reliquias de la mártir, puede admirarse la escultura de la santa, esculpida por el artista Stefano Maderno. La doncella muerta que parece dormir, tendida sobre el costado derecho ocultando modestamente el rostro, con las rodillas un poco dobladas por pudor. Tres dedos de una mano y uno en la otra indican su fe inquebrantable en Dios y en la Santísima Trinidad. Refiriéndose a los cuerpos gloriosos, dice San Agustín que serán «como música», y así podemos imaginar a Santa Cecilia, convertida en su propio himno y cantando la eterna alabanza del Señor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

21 de noviembre. San Gelasio (…-496)

Elegido papa en el 492, Gelasio I tuvo un pontificado de cuatro años y medio, distinguiéndose por su energía y una actitud muy firme hacia los herejes: combatió implacablemente a pelagianos, nestorianos y monofisitas, e hizo quemar los libros de los maniqueos. También realizó reformas litúrgicas, pero parece que no es obra suya el Decreto gelasiano que contiene una lista de los libros del canon bíblico.

Intervino en el conflicto que le enfrentó a un obispo cismático de Constantinopla, afirmando en todo momento la primacía de la sede romana y formuló con claridad, quizá por primera vez, la supeditación que en último término debe el poder temporal al espiritual. Fue un Papa que no perdía el tiempo y que en menos de un lustro dejó huella en todas las cuestiones relativas a la fe y a la disciplina. Un aura de inflexibilidad lo rodea.

La idea más común que se tiene acerca de ser santo se relaciona con blandas efusiones teñidas de sentimentalismo, pero la santidad radica muchas veces en ser duro. San Gelasio fue inflexible defendiendo el depósito de la fe y la Iglesia de Roma, no retrocedió ni una pulgada. Pero también ha pasado a la historia como el «padre de los pobres» porque para él la caridad significaba tanto ser de hierro custodiando la herencia de Dios como ser de cera y miel atendiendo a las necesidades de sus hermanos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

20 de noviembre. San Edmundo (841-869)

El último rey de Estanglia. La desdicha idealizó a este monarca que en el año 869 tuvo que hacer frente a una invasión de daneses que se instalaron en Thetford, Norfold. Edmundo les atacó con su ejército, fue derrotado y murió posiblemente después de que le hicieran prisionero sus enemigos. Se supone que le azotaron y y que fue asaeteado hasta que no hallando lugar del santo cuerpo para nuevas heridas, por una misma herida entraban de nuevo muchas saetas, tantas que causaba horror y compasión mirarlo, porque parecía un erizo, siendo otro nuevo San Sebastián.

Según la leyenda, sus súbditos acabaron encontrando su cuerpo, pero la cabeza del rey no aparecía, hasta que en medio de los campos oyeron una voz que gritaba «Aquí estoy». Como siguieran sin verla y todos preguntasen «¿Dónde estás?», la cabeza respondió tres veces : «Aquí, aquí, aquí», hasta orientarles en su búsqueda.

Venerado como mártir, como caritativo, virtuoso y humilde, su culto fue muy popular en la Inglaterra medieval, y sus reliquias se conservaron en Bury Saint Edmunds, en West Suffolk, donde en el año 1020 se fundó una gran abadía. San Edmundo tiene como atributo una flecha.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

19 de noviembre. San Barlaán (…-304)

El santo de hoy es una figura bastante borrosa y descolorida por el paso de los siglos. Incluso, su nombre, Barlaán, se confunde con el de un homónimo puramente legendario que se empareja con San Josafat. Pero el San Barlaán de hoy es auténtico y real, de él hablan elogiosamente San Basilio y San Juan de Crisóstomo, pero es muy poco lo que se sabe.

Era labrador que trabajaba los campos cerca de Cesárea de Capadocia, en las proximidades de la actual ciudad turca de Kayseri, y a comienzos del siglo IV debió de ser un cristiano más de las numerosas comunidades de Asia menor, desaparecidas hace ya mucho tiempo, casi sin dejar más rastro que ruinas y estos testimonios de la fe.

Durante la persecución de Diocleciano fue conminado por las autoridades a que renunciara a sus creencias y diera culto a los dioses, y cuando se negó quisieron obligarle poniéndole incienso en la mano derecha, de tal modo que bastaría abrirla para el gesto idolátrico. Hay que encomendarse a él cuando los ídolos contemporáneos exigen su incienso.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.