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El Gobierno del pueblo

“Si tuviera que elegir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, elegiría, sin duda, esto último”. Esta sentencia pronunciada por Thomas Jefferson, prohombre de la independencia de Estados Unidos y tercer presidente del país, cobra trágica vigencia entre unos despavoridos y perplejos ciudadanos que aún padecen los devastadores efectos de una descomunal riada de la que no fueron alertados con la suficiente premura por quienes debían hacerlo: sus gobernantes.  

Pero no sólo falló la alerta, también la prevención. En una zona habitualmente proclive a este tipo de desastres meteorológicos, fueron también los gobernantes quienes impusieron como demagógico dogma el preservar la naturaleza antes que proteger al ser humano. Y en una fatídica cadena de desaciertos y traspiés se hizo dejación de la tarea previsora de construir obras de contención ante las recurrentes crecidas de las aguas, se abandonaron  las labores de limpieza de los cauces de ríos y arroyos, (no era agua, sino barro, maleza, troncos, ramas lo que inundaba y atascaba las calles y plazas de las poblaciones expuestas a la catástrofe), y se llevó a cabo una alegre y confiada maniobra de demolición de presas, diques y azudes porque, según ese idolatrado ecologismo progre de salón que enaltece a la naturaleza y desprecia al hombre, el agua ha de fluir libremente a fin de no alterar el hábitat natural de tantas especies animales y vegetales, aunque esa estrategia destructiva conlleve, por el contrario, la fatal alteración de la vida de muchos ciudadanos que lo han perdido todo, y algunos, hasta la propia vida.   

Han sido también los gobernantes quienes, ya por negligencia o torpeza, ya por miserable cálculo electoral, se han visto envueltos en un inútil e impotente rifirrafe que clama al cielo cuando una desgarradora evidencia muestra la imperante necesidad de que todas las Administraciones públicas posibles, todos los recursos públicos posibles, todos los funcionarios públicos posibles, todos los efectivos militares posibles acudieran con urgente premura a arrimar el hombro y paliar lo que ha sido la mayor tragedia sufrida en muchos años por España a causa del clima, que no del cambio climático.

Y cuando un pueblo, una ciudadanía en estado de indigencia se ve abandonada y desasistida por sus gobernantes, primero, ocupa indignada el lugar de éstos para hacer lo que éstos no hacen y lograr así, satisfacer sus necesidades más básicas y realizar las apremiantes tareas de reconstrucción. España entera está siendo testigo de cómo un pueblo organizado, que no masa, con legiones de voluntarios se lanza a la loable y heroica tarea solidaria de ayudar a quienes son parte de ese mismo pueblo. Una realidad viva y no una entelequia ideológica fabricada por factorías populistas. Y segundo, ese mismo pueblo asimismo indignado exige cuentas a quienes como gobernantes responsables de su bienestar han omitido el deber de socorro ante una extrema y letal calamidad. Los españoles no debiéramos olvidar nunca la infamia perpetrada por unos gobernantes a los que bien cabe calificar con el adjetivo de criminales.

Fuente gráfica: Europa Press

7 de noviembre. San Wilibrordo (658-739)

Anglosajón de la Nortumbria, Wilibrordo era hijo de un noble, se formó en el monasterio de Ripon con San Wilfrido, y de éste aprendió los dos ideales que fueron el norte de su vida: la fidelidad a Roma y las ansias misioneras, el ancla y el vuelo, la raíz y las alas.

Pasó a Irlanda y allí le encontramos en Rathmelsigi, donde es ordenado sacerdote en el 688. Dos años después, con doce monjes más, irá a evangelizar aquella Europa bárbara e idólatra por la que se sentía llamado. Frisia ya había oído la voz de Wilfrido, pero será Wilibrordo el gran apóstol de estas tierras. El Papa Sergio I le consagra arzobispo con sede en Utrecht, y hacía el año 700 establece un segundo centro misional en el monasterio de Echternach, en Luxemburgo.

La evangelización se apoya, como suele ocurrir, en situaciones políticas más o menos inestables, y cuando los frisones se alzan contra los francos Wilibrordo y los suyos deben replegarse por un tiempo. Vuelven a su labor, exploran Dinamarca y otros reinos vecinos, y antes de morir ve asegurada la continuidad con el joven San Bonifacio, otro anglosajón que evangelizará la Germania. El camino que señaló Wilfrido lo anduvo San Wilibrordo hasta que otro misionero de las islas, San Bonifacio, amplía el horizonte sabiendo que otros también le sucederán. Así se anuncia el Reino de Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

6 de noviembre. San Severo de Barcelona (…-304)

Era ya sacerdote cuando hacia el año 300 se le consagró obispo de Barcelona. De hecho, todos los barceloneses conocen la iglesia de San Severo, pequeña joya barroca y uno de los escasísimos templos de la ciudad que se salvaron de las destrucciones de las hordas marxistas en 1936. Está en la calle del mismo nombre, donde según la tradición vivía el santo, y el padre Villanueva afirma en su Viaje literario haber visto en esta iglesia una piedra con la inscripción: «Esta es la casa de San Severo, obispo y mártir».

A comienzos del siglo IV estalla la tormenta de la persecución de Diocleciano, y el prefecto Daciano llega a la ciudad para extirpar el cristianismo. Severo y dos de sus diáconos van a refugiarse al otro lado de las montañas, en el Castro Octaviano (hoy San Cugat), y en su huida les presta ayuda un labrador, San Medín. Hoy una ermita se alza en ese lugar, al que acuden en tradicional romería los barceloneses para recordar el milagro de unas habas milagrosamente crecidas para desorientar a los perseguidores.

En San Cugat el obispo se entrega a los soldados, que para intimidarle decapitan a San Medín y a los diáconos; luego le tientan ofreciéndoles riquezas y honores a cambio de renegar de su fe, al verle inconmovible le hunden a mazazos un gran clavo en la cabeza (por ello, es invocado ante jaquecas y neuralgias). San Pedro Nolasco, el Martín el Humano, a quien su intercesión curó una piedra gangrenada, y Fernando el Católico fueron devotos de este Santo humilde, puro, sabio, prudente y magnánimo, un verdadero pastor de almas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de noviembre. San Zacarías y Santa Isabel (siglo I).

Son los padres de Juan el Bautista, él, sacerdote del templo de Jerusalén, ella, prima de la Virgen María. «Eran ambos justos en la presencia de Dios«, nos dice San Lucas de este matrimonio sin hijos y en edad avanzada. Mientras Zacarías ejerce sus funciones sacerdotales, se le aparece un ángel y le dice: «Tu plegaria ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo al que pondrás por nombre Juan«.

Aun siendo varón tan piadoso, Zacarías parece opinar que algunos milagros son excesivos, imposibles, por más que lo diga el arcángel Gabriel. Podría aceptar un milagro mayor, pero que su propia mujer ya anciana concibiera un hijo… Como castigo quedará mudo hasta que nazca ese vástago tardío. Recuperará el uso de la palabra y entonará un canto profético. Luego no sólo habla, sino que canta, no sólo canta, sino que profetiza, sobreabundancia de los dones de Dios por fin aceptados. E Isabel, cuando estando encinta es visitada por la Virgen, prorrumpe también en una jubilosa exclamación que repetimos en el Avemaría: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!; dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor».

Poco más sabemos de los padres de Juan, que encarna la fe dubitativa y el clamor maravillado que exalta esta virtud. Dicen que a Zacarías lo hizo matar Herodes al saber que su hijo había escapado a la matanza de los Inocentes. Su atributo es un incensario y es patrón de Venecia, donde la iglesia de San Zaccaria se levanta cerca de la Riva degli Schiavoni.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de noviembre. San Carlos Borromeo (1538-1584)

No hay que idealizar a ningún Santo, pero Carlos Borromeo es el menos idealizable por sus aparatosas limitaciones humanas y la ausencia de brillo al ser una personalidad poco atractiva. Tímido, silencioso, con un defecto en el habla que nunca superó, lento en razonar, parece deberlo todo a la tenacidad y al esfuerzo. Todo no, porque además de ser un gran señor por su cuna, muy pronto es objeto de una de las tradicionales medidas de nepotismo de los antiguos papas: su tío Pío IV le hace cardenal y secretario de Estado a los veintidós años, sin ser siquiera sacerdote.

Finalmente, tras ordenarse llega como arzobispo a la diócesis de Milán, que rigió con mano muy firme (tan firme que no faltaron intentos de asesinarle). Fue piadosísimo y austero, vivió para la oración, el ayuno y, por supuesto, el trabajo. Es el santo de la eficiencia espiritual y material (no en vano es patrón de la banca y de la bolsa), pastor que se ocupa sin descanso de la enseñanza religiosa creando escuelas y seminarios, de la ejemplaridad del clero, de los pobres y enfermos, sobre todo durante la peste de 1576, y de los que viven fuera de la Iglesia.

Es una de las grandes figuras que aplicaron inmediatamente los decretos de Trento, concilio en cuyas sesiones finales desempeñó un importante papel. San Carlos Borromeo es un santo hecho a fuerza de puños, con el hándicap de sus visibles limitaciones y de la influencia familiar que le encumbró. Trento sin santos, sólo con teólogos y organizadores, no hubiera sido nada, él se hizo espejo de la Contrarreforma trabajando oscuramente en reformarse a sí mismo hasta morir extenuado.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

 

3 de noviembre. San Martín de Porres (1579-1639)

En la Lima de Santa Rosa nació también Martín, hijo natural de un caballero español, don Juan de Porres, y de una esclava mulata llamada Ana Velázquez. Él y su hermana Juana acabaron siendo reconocidos por el padre.

Martín era barbero y hacia el año 1600 ingresó como donado en el convento dominico de Rosario. Llegó a ser popularísimo en la ciudad por su solicitud con los enfermos, atribuyéndoles muchas curaciones milagrosas, así como por su humildad y su piedad. Además, demostró un clarísimo criterio que le hacía muy apto para conciliar matrimonios desavenidos, resolver pleitos, aconsejar al virrey o al obispo en materias delicadas, y, en resumen, buscar soluciones para intrincados conflictos del tipo más diverso.

Pero San Martín tenía una peculiarísima especialidad que le hacia extender sus afanes caritativos a los animales, que merecían su atención incorporándolos a un universo en el que el mandato del amor no conocía límites. Dialogaba persuasivamente con ellos, sanando a los seres más inútiles o dañinos de la creación, como permitiéndose la delicadeza de no desechar ni uno solo de los cabos que parecen sueltos y más desdeñables de la obra de Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de noviembre. Fieles difuntos

Después de la fiesta universal de Todos los Santos, existe en la Iglesia desde San Odilón de Cluny este recuerdo particularizado para «los que no precedieron con la señal de la fe», como dice la liturgia, y esperan en un misterioso ámbito, más allá de esta vida, su purificación para entrar en el Reino de los Cielos.

¿Quién habrá sido completamente fiel? Fundándose en una creencia de la que hay testimonios en el Antiguo Testamento y que aparece en numerosos autores de los primeros siglos, como San Agustín, Trento definió el dogma del Purgatorio como lugar de expiación definitiva, último crisol de las almas.

Los fieles difuntos, «nuestras amigas, las almas del Purgatorio», no se evocan entre brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe. Imaginamos un inmenso espacio de sombras, ausente de la luz que ya se conoce con certeza y y que se ansía. A tientas, con una dolorosa impaciencia de Bien, el ejército de la purificación es nuestro valedor, como nosotros pedimos «que brille pronto para ellos la luz eterna de la Gloria»

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de noviembre. Todos los Santos

La fiesta de hoy se dedica a lo que San Juan describe como «una gran muchedumbre que nadie puede contar, de todas las naciones tribus y lenguas»; los que gozan de Dios, canonizados o no, desconocidos las más de las veces por nosotros, pero individualmente amados y redimidos por Dios, que conoce a cada uno de sus hijos por su nombre y su afán de perfección.

Hay quien pone reparos a éste o aquél, reduce el número de las legiones de mártires, supone un origen fabuloso para tal o cual figura venerada. La Iglesia puede permitirse esos lujos, un solo santo en la tierra bastaría para llenar de gozo al universo entero y hay carretadas. ¡Aquellos veinticuatro carros repletos de huesos de mártires que Bonifacio IV hace trasladar al Panteón del paganismo para fundarlo de nuevo sobre cimientos de santidad!

Por eso hoy se aglomeran en la gran fiesta común. Los humanamente ilustres, Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio y los oscuros: el enfermo, el niño, la madre de familia, un oficinista, un albañil, la monjita que nadie recuerda, gente que en vida parecía tan gris, tan irreconocible, tan poco llamativa, la gente vulgar y buena de todos los tiempos y todos los lugares.

Cualquiera que en cualquier momento y situación supo ser fiel sin que a su alrededor se enterara casi nadie, cualquiera sobre quien, al morir, alguien quizá comentó una frase convencional: Era un santo. Y no sabíamos que se había dicho con tanta propiedad. Cristianos anónimos que a su manera, a escala humana, se parecían a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Como los fallecidos bajo las aguas. Hoy nos acordamos, especialmente, de ellos. Que El Altísimo los acoja en su Gloria.

31 de octubre. San Wolfgango (995-994)

El del extraño nombre, significa el que anda como un lobo, pero él se lo latinizó en Lupámbulo. Era de noble familia suaba, en la Alemania del sur, se educó en la abadía de Reichenau, junto al lago de Constanza, y en el 956, ya famoso por su saber, fue nombrado director de las escuelas de la catedral de Tréveris. En este oscuro período de la cultura de Occidente es una de las luminarias de Europa.

Wolfgango dejó atrás la luz de la fama para encerrarse en un monasterio benedictino, el de Einsiedeln. Más tarde se le encomiendan tareas misionales, primero en la Panonia, entre los feroces húngaros paganos, y luego como obispo de Ratisbona, en donde tiene que ponerse al frente de una enorme diócesis gran parte de cuyos habitantes están aún por cristianizar. El recuerdo que nos deja no es ni de sabio ni de monje, sino de misionero, de organizador, de obispo que ha de mandar, predicar ante multitudes, reprimir abusos y proveer a mil necesidades de orden práctico.

Su actividad se funda en un criterio de puro sentido común: para evangelizar a las gentes hay que asegurarse primero que están evangelizados los monjes, y en consecuencia la reforma monástica y la rigurosa sujeción a la regla de San Benito es el punto de partida de San Wolfgango. Cristianizar a los cristianizadores puede ser aún el primer paso para cualquier empeño de que el mundo se parezca un poco más a Jesucristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de octubre. San Alonso Rodríguez (1531-1617)

En medio de una tan larga lista de jesuitas ilustres, éste es el jesuita insignificante por antonomasia, un don nadie, un Rodríguez cualquiera que sin dejar de serlo se elevó a las alturas de la mística. Alonso era segoviano, hijo de un pañero, cuando Castilla era famosa por sus telares. Muy joven aún tuvo que ponerse al frente del negocio para el que parece que no tenía aptitudes comerciales.

Se había casado y era padre de dos hijos. Su esposa, María Juárez, le reprochaba su poco espíritu comerciante, así no vamos a llegar a ninguna parte, y en efecto, Alonso no llegó a ser nada; peor aún, enviudó, sus hijos murieron, y entonces renunció a los paños y quiso entrar en religión. Pero los jesuitas de Valencia dudaron de aquél hombre cercano a la cuarentena, de pocas letras, ausencia de capacidad para los estudios y escasa salud. Por fin, como simple hermano coadjutor fue enviado al colegio de Montesión en Palma de Mallorca.

En la isla permaneció cuarenta y seis años haciendo de portero. Sus atributos son una llave y un Rosario al cinto. La llave para cumplir alegremente con su modesta obligación («obediencia a lo asno», decían que era la suya), pensando que cada vez que sonaba la campanilla quien llamaba era Cristo; el Rosario para rezar y meditar, convirtiéndose desde aquel puesto tan oscuro y humilde en una gran místico que hoy asombra los estudiosos. Hopkins, el poeta inglés de la Compañía de Jesús, dedicó a San Alonso Rodríguez un soneto que termina así:

«Se acumulan los años sin que nada pasase

cuando Alonso en Mallorca atendía la puerta.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.