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Educación ante el fracaso

El científico español, Darío Gil, vicepresidente de Ciencia y Tecnología de IBM Research, manifestaba recientemente en una conferencia sobre innovación abierta y colaborativa organizada por el Instituto Tomás Pascual, que en Estados Unidos predomina mucho más que en España una cultura de tolerancia y comprensión hacia el fallo y el fracaso. En España, se tiene, además, miedo al fracaso. Damos más importancia, decía el científico, a los objetivos y a los procedimientos que a las personas. En efecto, los españoles tenemos temor a cometer errores, nos mostramos temerosos a fracasar. Y ello, porque enfrente suele haber otro españolito o muchos españolitos que se ríen abiertamente del fallo. En lugar de palabras de ánimo hacia el errado se pronuncian palabras de burla. Es como si el fracasado fuera un maldito.

Recuerdo la anécdota vivida en un viaje de estudios a Berlín con un grupo de compañeros universitarios. Estábamos descansando en el banco de una plaza berlinesa cuando frente a nosotros apareció un muchacho adolescente con su monopatín intentando hacer una pirueta sobre aquél artilugio con ruedas. No solo lo intentó varias veces sin conseguirlo, sino que en uno de los intentos se vino abajo dando con sus huesos sobre el duro suelo. Los españoles que presenciamos la escena rompimos a carcajadas. Uno de los nuestros tenía una risa tan ruidosa, que parecía un mariscal de campo. Hacia él se vino el teutón y sin mediar palabra le extendió el monopatín para que lo agarrara y le hizo un gesto como que debía salir al centro de la plaza a hacer lo que él no había podido lograr. Evidentemente, nuestro amigo, que carecía de habilidades para colocarse sobre aquellas cuatro ruedas, meneó su cabeza en señal negativa al mismo tiempo que frenó sus risotadas. Entonces, el que comenzó a reír a mandíbula batiente fue el chico de Berlín, que volvió al centro de la plaza y nos deleitó con toda una exhibición de cómo deslizarse sobre un monopatín. Aquél alemán no tuvo miedo al fracaso. Y seguro que pronto lograría culminar la pirueta difícil que ante nosotros no consiguió rematar.

Nuestro amigo, el mariscal de campo, y también todos nosotros, aprendimos una sabia lección: un fracaso es un error que no se ha sabido transformar en experiencia.

Mejorar la educación

“España perdió el tren de la Ilustración, perdió el tren de la industrialización y puede perder el tren de la sociedad del conocimiento. Hay varias cosas sobre las que estoy seguro que todos los partidos políticos están de acuerdo.

Primera.– Necesitamos someter nuestra escuela a un proceso de transformación y mejora, no sólo porque la que tenemos es mediocre (no terriblemente mala, como con frecuencia se dice), sino porque en un mundo que cambia aceleradamente, los sistemas educativos también tienen que hacerlo para cumplir las expectativas de la sociedad.

Segunda.– En educación no hay milagros ni enigmas. Hay buenas y malas formas de hacer las cosas. En el año 2010, la revista Newsweek publicó un estudio comparando 32 naciones. En educación, Finlandia estaba en primer lugar y España, en el último. En cambio, en Sanidad, España ocupaba el tercer puesto, y Finlandia, el 18. ¿Por qué esa diferencia? Porque las administraciones educativas han sido ineficientes en la gestión, confusas en la planificación y casi siempre ideologizadas en su idea de la educación. Todos los ministros han pensado que con el BOE puede mejorarse la escuela, y eso es una ingenuidad, como sabe quien entienda algo de gestión del cambio en organizaciones. Para mejorar la educación hay que cambiar lo que sucede en las aulas y para eso hay que estar muy cerca de ellas.

(Objetivo 5-5-5)

España puede tener un sistema educativo de alto rendimiento en el plazo de cinco años, dedicando a Educación un presupuesto mínimo del 5% y cumpliendo cinco objetivos educativos:

1º.– Reducir el fracaso escolar al 10% de la población estudiantil. Es insoportable tener, como en la actualidad, una tasa superior al 20%.

2º.– Subir 35 puntos en la evaluación PISA. Sin duda, PISA no es perfecta, pero nos permite conocer la evolución histórica de nuestra educación y compararnos con otros países.

3º.– Aumentar el número de alumnos excelentes y acortar las distancias entre los mejores y los peores, que en España es muy grande dentro de un mismo centro.

4º.– Favorecer que todos los niños y adolescentes –tanto los niños con dificultades de aprendizaje, como los niños con altas capacidades– puedan alcanzar su máximo desarrollo personal, con independencia de su situación económica.

5º.– Fomentar la adquisición de los conocimientos y las habilidades para favorecer su realización personal, su inserción en el mundo laboral y su participación en la vida pública”.

(De la Carta de José Antonio Marina al próximo Gobierno. Diario El Mundo 1-2-2016).

La educación, siempre presente, no siempre visible

La educación siempre está presente, aunque no sea visible, en diversos ámbitos de lo cotidiano. Si tomamos como ejemplo el círculo familiar, a todo padre le acosan tres inquietudes. La primera y más elemental sería la relativa a su supervivencia y la de los suyos. Más fácilmente garantizadas en entornos pacíficos y tranquilos frente a los hostiles y convulsos por la concurrencia de desórdenes públicos y violencia social. La educación incide sobremanera en este aspecto, pues allí donde se goza de elevados niveles de educación resultan menores las probabilidades de altercados que provoquen riesgos para la seguridad física. Recordemos las palabras del Primer Ministro británico, David Cameron, con motivo de la ola de disturbios que sufrieron hace pocos años algunas ciudades inglesas: “El desastre moral de Europa tiene su origen en la educación”.

Una segunda inquietud de un padre es que sus hijos consigan el día de mañana un trabajo digno que les sirva de sustento igualmente digno. Aquí, la influencia del factor educativo es notablemente más determinante y capital que en el apartado anterior. No sólo la experiencia y práctica diarias, también el sentido común, nos dicen que aquéllas personas con más y mejor educación y con alto nivel de formación acceden a empleos de mayor cualificación profesional y bien remunerados. El saber no ocupa lugar pero determina el lugar que una persona ocupará o desocupará en la sociedad.

La inquietud por disfrutar de una existencia apacible y sosegada tras una larga e intensa vida profesional o laboral, preocupa asimismo a un padre de familia. Buena parte de ese disfrute se logra a través de cierto recreo o entretenimiento cultural en el que la educación y la formación recibida, o aún por recibir, se revela como un factor decisivo. La visita a un museo constituye una experiencia mucho más grata y fascinante para un conocedor de las corrientes culturales que para un un lego en conocimientos artísticos.

Podríamos concluir, amigo lector, que hay un espacio de seguridad, cohesión, satisfacción, progreso y felicidad alrededor de una persona y su familia en el cual la educación está siempre presente aunque en ocasiones no resulte visible. Una buena educación es suelo firme. Y de firmezas estamos necesitados en la hora actual ante tantas catástrofes humanitarias y naturales. Y termino con aquello apuntado por el escritor H.G. Wells: la Historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.

Recuperar la educación

Nuestro sistema educativo padece anemia de voluntad, constancia, y disciplina.  Por eso, ni vive ni convive, sobrevive. Está casi reducido a escombros. Sin recompensar el mérito, sin premiar el trabajo bien hecho no puede construirse con solidez un sistema educativo. En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao denuncia que la enseñanza en España está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. “Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.

Creo amigo lector, que se ha perdido el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Por ello, en las actuales circunstancias resultan más urgentes los alumnos voluntariosos que los inteligentes apáticos. La educación no marcha bien en España. Presentamos una situación escolar desoladora. Ahí están los informe PISA o de la OCDE para poner en evidencia el mal funcionamiento de nuestra enseñanza media y bachillerato. Los estudiantes tienen dificultades en matemáticas y en lengua; su lectura es precaria y ello acarrea que su escritura también lo sea.

La delicada situación por la que atraviesa nuestro país debiera servir de acicate a los políticos y a la sociedad civil, en suma, a todos los que estamos comprometidos con la educación en España para concertar ese gran pacto nacional tan deseado, a fin de lograr de una vez por todas una  enseñanza con rigor, libre y plural. Decía Salvador de Madariaga en su Ensayo “España” que “el rasgo más típico del español es un individualismo rebelde a la solidaridad. De dos maneras cabe refrenar esa tendencia: Una, por la evolución de los hombres determinada por la enseñanza y la educación; otra, por la evolución de las cosas, determinada por el desarrollo económico”. Dos necesidades que otro español brillante, Joaquín Costa, resumió en estas palabras: “Escuela y Despensa”; Educación y Economía, perentorias para que España elimine el feroz egoísmo y el estéril individualismo de sus habitantes y adquiera la virtud sin la que no hay existencia sana: la solidaridad.

Educar para la vida

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, estimado lector, resulta conveniente una precisión. Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo.

El filósofo Spaemann advierte que el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. “Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. Sin ninguna duda, afirma Spaemann, el Tercer Reich alemán fue una comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos -nación, raza y salud- se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y lo que es peor, por encima de la persona; y, al igual que en los países marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos”.

En lugar de valores, algunos preferimos hablar de virtudes. Como creyentes y sin afán de imposición, entendemos que para una educación integral del hombre resulta beneficioso el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda de la persona, el sentido de lo trascendental, que le abre a un orden de realidad sagrado.

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso. Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.

La educación como derecho II

La educación es un derecho. No un servicio público. Sí es un servicio público la obligación del Estado de garantizar la igualdad de todos los ciudadanos en el acceso a la educación. El derecho a educar corresponde a la familia, a los padres. No es predicable del Estado. Así, lo enuncian la Constitución española de 1978 y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Existieron razones históricas que provocaron que el Estado asumiera un papel protagonista y hegemónico en la educación. Hoy aquellas razones han desaparecido y las Administraciones públicas deben adoptar en materia de enseñanza una posición subsidiaria con respecto a la sociedad civil. Ello evitaría que la educación siga siendo objeto de la batalla ideológica dejando, por fin, de ser una cuestión política; un capítulo en los programas electorales de los partidos; un resorte de control e intervención en manos del poder público, para pasar a ser lo que realmente es: una función social, familiar, no estatal. Por ello, es una prioridad de cada una de las familias, de cada uno de los padres.

El derecho a la educación entronca con el libre desarrollo de la personalidad y con la propia esfera de libertad personal. La libre elección por los padres del tipo de escuela que quieren para sus hijos es un derecho inherente al derecho anterior que requiere para su garantía de un pluralismo y de una viabilidad económica en las ofertas escolares. De ahí, esa interdependencia entre la libertad de elección de centro escolar y la libertad de creación y dirección de centros escolares.

La buena educación

El escritor François Mauriac visitó un convento de benedictinos en el Midi francés. Fue recibido con todos los honores entre la comunidad y el superior le agasajó con una amable invitación a comer. Terminado el almuerzo, Mauriac preguntó:

¿Me permite usted fumar, padre?

Lo lamento muchísimo mi querido maestro, – respondió el superior -; pero nuestra regla prohíbe fumar en el refectorio.

Entonces, ¿Qué significa eso? – dijo Mauriac, señalando un cenicero lleno de colillas e insistiendo tenazmente en su propósito.

El superior sonrió y dijo:

Eso lo han hecho otros visitantes que no teniendo la misma educación que usted, maestro, no han pedido permiso.

Ante tan fina diplomacia, Mauriac se dio por vencido.

La educación superior

Las Universidades, como centros de alta cultura, deben afanarse en la investigación científica y en la instrucción humanista.

La formación de excelentes investigadores constituye una riqueza primordial para las naciones, pero también la alta ciencia produce efectos benefactores para el mundo empresarial. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros…, y demás profesionales aprendieron en las instituciones de enseñanza superior.

La promoción y difusión de las disciplinas y ramas que constituyen el humanismo resulta asimismo de importancia capital. Los filósofos e intelectuales alumbran las ideas, que transmitidas a la política y concretadas en realizaciones sociales, mueven la Historia.

Ciencia y Humanismo deben colaborar mutuamente en sus avances y hacerlo de manera congruente con la moral. Así, las Universidades, como centros de educación superior, se erigen en un factor de progreso y prosperidad de los pueblos. Es, quizás, la primera y más grave deficiencia de nuestro tiempo la ausencia de colaboración entre científicos y humanistas.

Educación: valor y valores

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.