Juan Kuncewicz nace en Vladimir, en el centro de la vieja Rusia, de una familia que se había adherido, como la mayoría de los rusos, al cisma ortodoxo, y en su adolescencia se trasladó a Vilna, la capital lituana, para ser dependiente de comercio. Allí el ambiente religioso era confuso y apasionado, y las disputas entre rutenos cismáticos, alentados por Constantinopla, y los católicos que a fines del siglo XVI habían vuelto a la obediencia de Roma, eran muy vivas.
Juan se haría católico, y a los veinticuatro años, después de entrar en un monasterio basilio y, siguiendo la tradición oriental, cambiar de nombre por otro que empezase por la misma letra (Josafat), se propone dedicar su vida a la causa católica, apostólica y romana. Se ordena sacerdote y con una incansable actividad todos los días, desde las dos de la madrugada (penitencia, estudio, plegaria, predicación, confesionario, controversia), y con su fuerza persuasiva logra miles de conversiones. «Ladrón de almas», le llaman sus enemigos.
En 1614 es archimandrita de la Santísima Trinidad de Vilna, en 1617 obispo de Polotsk, llegando a ser el hombre más amado y más aborrecido en la región. Este resurgir del catolicismo en Rusia provocó una conjura de los cismáticos, y en el curso de un motín fue muerto a hachazos al grito de ¡Muera el papista! Pío IX le canonizó en 1867 como el gran santo de los rutenos católicos, hoy casi exterminados en Rusia, pero que conservan la fe de San Josafat en las nutridas comunidades del exilio, sobre todo en Norteamérica.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
