25 de enero. Conversión de San Pablo (siglo I)

Fue «el hombre escogido». Así se refiere Ernest Hello a Saulo de Tarso, a quien describe en su Fisonomía de los Santos con especial dureza: «El suyo era un furor sanguinario que había bebido sangre y que quería beber más, era la rabia inexorable del soberbio, instruido y feroz a la vez, en quien el viento de las pasiones humanas que le excitan aviva un fanatismo que no conoce perdón».

Camino de Damasco «una luz del cielo» le descabalga. Ya en tierra oye la voz: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres? pregunta desconcertado. La voz le responde: Yo soy Jesús. Tras el deslumbramiento, la rendición incondicional: ¿Qué he de hacer, Señor»? De entre todas las conversiones que recogen las Escrituras y la historia, la de San Pablo es la conversión paradigmática y emblemática. De efectos incalculables, porque aquél judío vehemente, cazador de hombres, se transforma en irresistible instrumento de la Providencia.

El que se había reconciliado con Dios, nunca dejó de decir: «Dejaos reconciliar con Dios». En su Epístola a los Efesios apela admirablemente a la unidad cristiana: «Un solo cuerpo y un solo espíritu. Un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo». Humilde y magnánimo lo describe Albino Luciani en Ilustrísimos señores. Humilde cuando escribe: «Soy el más pequeño de los apóstoles». Magnánimo cuando afirma: “Todo lo puedo en aquél que me conforta”.

En tiempos siempre convulsos, aún resuenan sus palabras «Habéis sido llamados a la libertad» y permanece vigente el plan divino de salvación que propuso: «Recapitular en Cristo todas las cosas, tanto las celestiales como las terrenales».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol. Ilustrísimos señores. Albino Luciani.

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