Eran orientales, concretamente, persas, Abdón y Senén fueron llevados a Roma en condición de cautivos y como allí fueron pertinaces en la fe, se les echó a las fieras, y como no se atrevieron a tocarles, fueron degollados. Tuvieron mucha veneración en la antigüedad y sus reliquias se conservan hoy en San Marcos, dentro del Palazzo Venezia de Roma.
San Abdón y San Senén llegaron a Roma para el propio sacrificio aportando sangre persa. Traídos como cautivos, recorrieron enormes distancias, sólo para morir en la capital de aquél mundo. Quizás en el Coliseo, quizás ante la estatua colosal de Nerón que había junto a él, pero seguro que a Dios le daba exactamente igual.
Per lo cierto es que ellos mismos son una resplandeciente conjetura que acaba en la certeza de la muerte por la fe.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
