El 11 de octubre de 1962, a las pocas horas de inaugurarse el Concilio, una multitud de fieles se congregó en la Plaza de San Pedro. Cada uno portaba una pequeña antorcha que iluminaba la oscuridad de la noche. Se palpaba la esperanza del aggiornamiento, el sueño de una Iglesia rejuvenecida. El Papa Roncalli oyó el murmullo del gentío y se asomó a la ventana. ¿Acaso era un signo? La luna casi llena brillaba en el firmamento y soplaba un aire ligero que jugueteaba con las llamas. El viento es la suavidad de Dios para con sus hijos, debió de pensar.
En aquel momento, quizás, recordó el famoso pasaje del profeta Elías: «Un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave»,
Una brisa suave: ahí está todo. El Papa ordenó abrir la ventana y poner el tapiz rojo. Quería dirigirse a aquella muchedumbre exultante de gozo. Dijo: «Queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí de hecho, está representado todo el mundo». Así empieza el discurso más conocido de Juan XXIII, una alocución improvisada que se recordará sobre todo por estas palabras, dichas ya al final: «Regresando encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del Papa». Aquel anciano pedía un gesto cotidiano que expresara el amor a la fragilidad humana, esa dulce brisa de Dios. Si hoy recordamos a San Juan XXIII como el «papa bueno», es porque supo testimoniar que en la delicadeza de una mano se encuentra oculta la santidad. Santidad que se resume en un pequeño gesto.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
