24 de octubre. San Antonio María Claret (1807-1870)

Empieza siendo un joven entregado al trabajo con un ardor singular, luego hay como una conversión, con dos intentos de entrar en órdenes tan dispares, cartujos y jesuitas, hasta quedarse en cura de pueblo, que es donde Antonio María da toda su medida de apóstol. El arzobispado de Cuba es una ampliación gigantesca de su actividad en Viladrau. Por fin, llega a Madrid, etapa que termina con el destierro y con su intervención, ya al borde la muerte, en el Concilio Vaticano I.

Fue el último confesor de reyes que hay en el santoral, el último confesor regio en una época en la que parece que no hay ya monarcas santos; confesor además de una reina, la española Isabel II, que no se distinguió por su ejemplaridad. Toda una hazaña la de este catalán de aspecto campesino y algo tosco en cuya vida se ha cebado la calumnia. Lo cual era inevitable, porque en pleno siglo XIX y en la turbulenta España isabelina, vivir en el centro de la corte, aun sin querer hacer política, era influir en la política nacional. Al Padre Claret no se lo perdonaron.

La santidad entre las intrigas de una historia muy reciente le hizo ser uno de los hombres más odiados del país, víctimas de numerosos atentados. Su ejemplo lo dio San Antonio María Claret en el más ingrato y resbaladizo de los terrenos que puede pisar un santo: las cercanías al poder humano, siempre frágil, discutido y corrupto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

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