En su leyenda, tardía y llena de despropósitos, que hace de Juliano el Apóstata su verdugo, no hay mucho creíble, pero Bibiana sí existió, y posiblemente también su hermana Demetria y su madre Dafrosa, cuyos restos se descubrieron en una excavación junto a las reliquias de la santa en dos vasos de vidrio, y la Iglesia ha venerado desde hace siglos el recuerdo de esta mártir desconocida.
Bernini, cumpliendo el encargo del infatigable Urbano VIII, la representó con los atributos de su martirio; la columna de la flagelación, los azotes, la corona de mártir y una sonrisa angelical que asombra o desconcierta; es la felicidad en la muerte, o, mejor dicho, la felicidad entrevista por la fe más allá de la muerte.
Desconocida por la Historia, Santa Bibiana es bien conocida por Dios, y en último término todo un símbolo de la verdad de los Santos; lo que sabemos de ellos, lo que es público y notorio, viene a ser una débil aproximación más o menos aparatosa de lo que fueron, suficiente para convencernos de sus virtudes, pero que está muy lejos de la misteriosa vida de la santidad, cuya grandeza y secreto pertenecen tan sólo a Dios, y no dejan huella en archivos, inscripciones ni testimonios.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
