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Referéndums

Como las finales en fútbol, los referéndums en política se convocan para ganarlos. Si no, como diría José Motaconvocarlos pa na, es tontería, además de una pérdida de tiempo y dinero. En la ENA debiera enseñarse a quienes aspiran a ser enarcas lo que no debe hacerse si se quiere ganar un referéndum analizando los casos del británico Cameron, del colombiano Santos y del húngaro Orban. También ha de explicarse el caso De Gaulle si lo que se persigue es perder la consulta. Si lo que se pretende es ganarla hay que aplicar el método de Franco, que no perdió ningún referéndum. De él ya contaban los rifeños que tenía baraka, cosa que parece estar perdiendo Zidane, que con más ocasiones que el rival, acaba los partidos en empate técnico. Franco, sin ni siquiera ser candidato, llegó a jefe de los sublevados tras los accidentes mortales de Sanjurjo y Mola, y como no se metía en política pudo estar cuarenta años en el poder. Cimentaba su victoria creando el ambiente propicio para la consulta. Los que voten sí, al Ayuntamiento; y los que voten no, al cuartel de la Guardia Civil. Quienes acudían al cuartelillo luego justificaban su voto negativo gritando ¡Que Franco no se vaya! Todos tan contentos y la jornada transcurría tranquila y sin incidentes como en una democracia avanzada. El apoyo a la consulta, o sea, al régimen, en suma, a Franco solía ser del 99´9% de los sufragios. Con el tiempo, la vía española del referéndum siguió dando triunfos como el de Felipe González y su consulta sobre la entrada en la OTAN. Aquella pregunta era más fácil contestarla que comprenderla. Hasta Manuel Fraga dudó en el momento de rellenar la papeleta. Con la papeleta y la pataleta andan algunos catalanes, que amenazan con un referéndum para la desconexión. Nada serio porque siguen sin querer afrontar la cuestión nuclear, ¿contra qué equipos jugará el Barça si hay independencia? No se puede condenar a las estrellas azulgranas del balompié a jugar ante el Manlleu, la Pobla de Mafumet o el Palamós. Queda, además, el fleco del Valle de Arán, que puede pedir también su desconexión de Cataluña. Se ve que hay falta de unanimidad.

Salvador de Madariaga en Bosquejo de Europa dice que el español ha sido siempre rebelde a la unanimidad. Narra el caso del republicano exiliado en Méjico tras la guerra civil que con el paso del tiempo llegó a concejal del municipio que le había acogido. En una sesión del consistorio, propuso razonadamente la colocación de una farola en una calle de las afueras del pueblo. Tras analizarse la propuesta, el alcalde dio comienzo a la votación. Todos los presentes votaron a favor de la nueva iluminación y al llegar el turno al español, éste votó contra su propia propuesta para sorpresa de los ediles reunidos. El alcalde le pidió explicaciones por su acción. “No soporto la unanimidad”, contestó.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 9 de octubre de 2016. https://www.elimparcial.es/noticia/170476/opinion/referendums.html

El orden y la ley

No dejará de conmoverme que el sargento de la Guardia Civil que encontró agonizante el cuerpo de Miguel Angel Blanco se llamara Jesús María Justo. Para quienes profesamos la fe católica no hay casualidades sino diosidades. Aquél asesinato removió nuestra conciencia colectiva transformando la entreguista visión y el blandengue tratamiento que algunos tenían sobre el terrorismo de ETA. Fue como una potente luz que permitió percibir con la transparencia de las aguas limpias y claras quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Quiénes los demócratas y quiénes los totalitarios. ¡Qué pronto volvimos a la siniestra oscuridad del borroso relativismo zapateril!

En Democracia y revolución, Raymond Aron nos enseña que las nociones de democracia y revolución son antitéticas. La democracia es la pluralidad de partidos, el procedimiento electoral, la aceptación del otro. La revolución es exactamente lo contrario, es la negativa de aceptar al otro en tanto que piensa distinto de uno, es la ruptura de la legalidad. ¡Cuántos necesitan hoy leer a Aron! ¡Y que lo entiendan! Ante lo revolucionario, antidemocrático y dantesco de los ataques a la libertad cometidos por perturbados niñatos, legatarios de siniestras Juventudes hitlerianas, nuestro hartazgo y, a la vez, valentía debieran movernos a gritar ¡Basta Ya! Y como aquel sanador Espíritu de Ermua, regenerar nuevamente las aguas del constitucionalismo español estancadas y casi putrefactas por la esquizofrenia política de un presidente del Gobierno, pertinaz relativista, empeñado en interpretar el papel de Norman Bates en Psicosis.

¡Cómo se echa de menos oír en el solar patrio el grito de Basta Ya proferido desde La Moncloa! Con él podría insuflarse a la vida nacional un nuevo espíritu de libertad que robustezca con contrafuertes de dignidad y orgullo nuestro agrietado edificio constitucional. Pero esa voz jamás se pronunciará. Parafraseando a Julián Marías, lo que le pasa al Gobierno de España es que no sabe lo que le pasa. Inmersos en cálculos electoralistas tratando de redondear votos y escaños, distraídos con ensayos de laboratorio intentando teñir de blanco maquiavélicas alianzas con ERC, Sánchez y sus ministros esperan que otros les saquen las castañas del fuego cuando son ellos quienes han prendido el fuego y echado en él las castañas. Y como pésimos aprendices de estadistas, se balancean en la mecedora del sótano de un partidismo sectario. Zanganean entre una fatídica moderación y una fantasiosa normalidad. Deambulan desde una bobalicona y confiada proporcionalidad hasta perversas conjeturas que pretenden disfrazar bajo una firme prudencia. Ignorantes de que el apaciguamiento espolea a los fanáticos a progresar en su imparable escalada de violencia. Cuando la libertad de los ciudadanos no puede garantizarse hay que aplicar más seguridad que proporcionalidad.

Resulta hilarante la dureza que ahora muestra Sánchez contra Torra cuando éste es ya más cadáver político que Franco. Qué obsesión en ser implacable con los muertos. Lamentablemente, el Gobierno de España practica esa nefasta política de apaciguar a la fiera, permitiendo que la fiera devore a valientes servidores del orden y la ley. Cuando posiblemente la fiera engulla también al PSOE.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 20 de octubre de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/206133/el-orden-y-la-ley.html

Velada real

Abilio se levantó muy temprano. Quiso ver cómo las lluvias caídas habían dañado su huerto. Desesperado ante las hortalizas cubiertas de barro, reparó algún estrago, maldiciendo aquel torrente sobre su cercado. Resignado, se protegió del gélido viento con su capote y enfiló hacia el palacio por la huerta de Palma. Le esperaba Cándido, guarda mayor del marqués de Velada, para preparar los pertrechos y municiones para la cacería. Abilio Díaz era de los pocos habitantes del pueblo, que sabía que aquél 21 de diciembre de 1803 los Reyes de España llegarían a Velada a disfrutar de una jornada de caza. Buen ojeador de perdiz y cernícalo y gran conocedor de los montes circundantes, propiedad del marqués, fue requerido por Cándido, a fin de guiar a la comitiva real por donde fuera más probable cobrar el mayor número de piezas.

     
Rayando mediodía, Sus Majestades, Carlos IV y María Luisa de Parma, junto con su séquito, se detienen a descansar en la casa de postas situada frente a Cazalegas. Allí mismo reciben un oficio remitido por el Ministerio de Estado y firmado por Godoy en el que se les comunica las dificultades que podía acarrear llegar a Velada, ya que el arroyo Bárrago discurría con abundante agua a causa de las continuas lluvias y conllevaba peligro pasarlo. El Ministro les recomendaba quedarse en Talavera, cuyos alrededores son de gran interés cinegético. Es la insistencia de la reina, ferviente devota de la Virgen de Gracia, patrona de Velada, y cuya protección demandaba, la que tumba la recomendación de la Corte. La de Parma convence a su esposo de que con tan buen propósito nada había que temer. En efecto, sin ningún contratiempo, cruzan el arroyo, a través del Casar del Ciego, dejando a la derecha el monte de la Atalaya de Segurilla y a la izquierda Gamonal. Al caer la tarde el cortejo es recibido en el Ayuntamiento de Velada por el conde de Altamira y marqués de la villa, D. Vicente Osorio de Moscoso y Guzmán, con jurisdicción en plaza, el obispo de Ávila, D. Manuel Gómez de Salazar, a cuya diócesis pertenece el pueblo, así como por los dos alcaldes ordinarios, el síndico personero procurador del Común, el alcalde de la Hermandad y el alguacil Mayor.

Los criados y subalternos disponen las estancias del palacio para el alojamiento. El edificio no es de gran dimensión, pero sí acogedor y bien acondicionado para huéspedes de alto linaje, ya que el conde de Altamira lo cede como residencia de verano al infante don Luis de Borbón y su esposa María Teresa de Vallabriga. Mientras, los reyes, el príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, los infantes y demás acompañantes visitan la iglesia, dedicada a San Bernardino de Siena. El rey queda gratamente sorprendido ante el espacioso templo y su techo de maderas ensambladas con mucha perfección. La reina se interesa por la capilla consagrada a la Virgen de Gracia. D. Prudencio, el cura párroco, informa que a diferencia de las ermitas de Santa Ana y del Santo Calvario, allí cercanas, ese otro santuario de devoción queda a pocas leguas de distancia del pueblo, prestándose a acompañar a la reina en una visita, si así lo desea.

En palacio cunde la inquietud, pues quienes debían portar las viandas para la cena no han llegado aún, acaso por las impertinentes lluvias. Entonces Abilio, hábil ante los imprevistos, propone a Cándido traer a Juana, su mujer, con buena mano en los fogones, para preparar una buena olla de ricas carillas y unas cuantas tortillas de suculentas criadillas. El administrador del conde ordena que un carro recoja a la imprevista cocinera real, que llega al palacio con sendos sacos de carillas y criadillas procedentes de su bodega. La cena que se ofrece a los regios comensales no es la prevista, pero al concluir, todo son agasajos y lisonjas para la lugareña, que tuvo tiempo de elaborar deliciosos y dulces postres a base de sapillos y leche migá.

 
El día 22 amanece soleado. Al mediodía, la armada real guiada por Abilio inicia la batida por los montes. La reina, junto a sus damas de compañía y D. Prudencio, había partido tiempo antes camino de la ermita. Cerca de ésta y bajo unos frondosos árboles esperaba la amable Juana con un cántaro de agua fresca de la fuente del convento. Los caminantes saciaron su sed física y la reina su sed espiritual orando ante la velaína Virgen de Gracia. El cura elevó una plegaria por los monarcas y advirtió lo que el Canciller Metternich consagraría años mas tardes como máxima política: “Si las monarquías desaparecen es porque ellas mismas se entregan”. Cazadores y peregrinos volvieron a palacio y se iniciaron los preparativos para la partida hacia Talavera.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el semanario local La Voz del Tajo el 26 de abril de 2016.

La página en blanco

Genaro Montes avanzó con decisión hacia la tribuna. Disponía de quince minutos para disertar sobre el título asignado: “Los españoles ante la adversidad”. Al abrir el portafolios un sudor frío recorrió su cuerpo. Las cuartillas que debían contener el discurso estaban en blanco. Lejos de descomponerse mantuvo el tipo. Incluso, se atrevió a mostrar sin rubor las hojas vacías ante aquél repleto auditorio de quinientas almas, al mismo tiempo que exclamaba:

  • Como pueden comprobar todos ustedes, la impresora no tenía tinta.

La perplejidad del público duró milésimas de segundo. Inmediatamente, el estruendo de las carcajadas invadió la sala. Genaro, allí frente a todos, musitó casi sin querer:

  • Tinta es lo que yo voy a sudar ahora.

Pero el micrófono ya encendido lo captó. El resultado: más y más risas ahogadas con algunos tímidos aplausos. Sin saber por qué razón, el orador empezó a sentirse cómodo y recordó lo que su abuelo le había enseñado de niño: “En tus apuros y afanes, pide consejo a los refranes” y con cierta dosis de seguridad dijo:

  • Señoras y señores, a mal tiempo buena cara, que Dios aprieta pero no ahoga, pero a Dios rogando y con el mazo dando, porque haciendo y deshaciendo se va aprendiendo, así es que borrón y cuenta nueva, que por probar nada se pierde y querer es poder.  

La gente continuaba riendo y aplaudiendo. Genaro miró su reloj. No había transcurrido ni siquiera un minuto. Aún le restaban catorce. Y con resignación se dijo para sí, esta vez sin micrófono de por medio: Soy como Genaro, el de los catorce, un tipo con suerte; y comenzó serenamente su intervención con estas palabras:

  • En tiempos de adversidad el optimismo es una necesidad. Debiera ser un objetivo  justo y anhelado por cada uno de nosotros acabar con el negativismo de la ineficacia, con el pesimismo de la impotencia y con el derrotismo de la incapacidad. Tengamos confianza. Que la inquietud perenne de la mente y el corazón humanos siembre termina por aportarnos luz y norma, orientación y método, que son reserva y esperanza con que afrontar el incierto  porvenir.

Pasados unos minutos, Genaro Montes había cautivado a la audiencia con su verbo jugoso y sentido y con un estilo preciso y directo. Su lenguaje optimista creó una atmósfera de convicción y agrado entre los oyentes.

Tras echar un vistazo al reloj comprobó que su tiempo estaba a punto de expirar.

  • Termino con un ruego: No renuncien a aquello por lo que vale la pena luchar en sus vidas. Empleen todas sus energías y todos sus recursos: conocimientos, talento, voluntad, constancia, sacrificio… . No decaigan ante la contrariedad, no sucumban al desencanto, no se acobarden por las críticas; manténganse firmes en su empeño, no cesen hasta haber alcanzado su objetivo. Y procuren terminar el día habiendo elevado la mirada al Cielo. Solo así triunfan las grandes causas, que siempre comienzan, no lo olviden, por una página en blanco. Pónganse a escribir su misión. Nunca es tarde si la dicha es buena. Les agradezco su atención.

Salamanca y la Hispanidad

La Universidad de Salamanca (1218), nuestra decana de la alta cultura, ha cumplido ochocientos años y perdura como potente faro para España y para el mundo, especialmente, el americano. Siempre resultará inabarcable el espectacular niágara de fecundidad que aquél magistral foco de estudios universitarios y conocimientos científicos ha proporcionado a la Humanidad. Un aspecto poco tratado ha sido el de la silenciosa contribución de la Universidad salmantina al concepto, que se acuñará centurias más tarde, de Hispanidad. Sin aquella aportación, no se entendería este.

A partir del siglo XI Europa vive una era con predominante tendencia al imperio y a la unidad. Los europeos tienen en común religión, lengua, soluciones políticas, estilos artísticos y modos de vida. Prima un fortísimo y unitario imperio espiritual: la Cristiandad, en cuya cúspide de las jerarquías residen el Papa y el emperador, aunque los templos son aún más relevantes que los palacios, cuyos salones se decoran como las naves de las iglesias. Es la época de las grandes Universidades, corporaciones de maestros y escolares en donde se universalizan y perfeccionan los métodos de la venerable tradición de las escuelas (schola) monacales y catedralicias medievales. Es también la época del triunfo de la liturgia romana, de las peregrinaciones a Roma y a Compostela, de las cruzadas como ideal colectivo. En este contexto surge la Universidad de Salamanca, impregnada de espíritu católico al servicio de la verdad católica y cuyo trabajo constante de investigación y docencia se conforma con las supremas leyes que rigen el desarrollo de la verdad científica. España asciende a gendarme de todo ese orbe ampliado con la doble gesta del Descubrimiento y de la Evangelización. Nuestra fortaleza no eran solamente tierras infinitas, sino sobre todo maestros en las Universidades europeas, teólogos en los concilios ecuménicos, literatos en las academias, políticos en los Tratados o misioneros y colonizadores en todos los continentes.

España y Portugal, dos pueblos tan afines por lengua, religión y cultura, que cruzarán en ultramar grandes rutas por su espíritu común de aventuras, temple épico y vocación universalista, se dan las manos en la Universidad de Salamanca. Hombro con hombro y sin volverse de espaldas, sientan en su bello claustro a Vitoria, Soto, Molina y Suárez, sin cuyo alto pensamiento hubiera sido quizás hoy tenue balbuceo y tanteo vacilante lo que es firme línea de justicia internacional y de Derecho de gentes. Desde Bartolomé de las Casas a Junípero Serra, todos los ejemplares misioneros españoles no fueron a América a buscar oro, sino a llevarlo, trasplantando a las montañas, valles y planicies del Nuevo Mundo el hogar cristiano. Sobre aquél intrépido apostolado diría Pío XII siglos después que la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

En el primer tercio del siglo XX, Ramiro de Maeztu se erige en constructor de las bases graníticas de las ideas de España y de Hispanidad. Maeztu concibe ésta adaptándola del vocablo, “Raza”, imperfecta palabra propuesta en Buenos Aires por el gran vasco, monseñor Zacarías de Vizcarra. La idea de Hispanidad se funda sobre la fe católica, sobre la armonía del poder temporal y el espiritual, sobre la justificación histórica de la obra de España en América, sobre la concepción de la independencia americana como una guerra civil, sobre la idea de Patria como un valor del espíritu y sobre la tesis de que la misión de todos los pueblos hijos de la gran España, incluida también la madre, es reanudar la obra católica allí realizada, depurarla de sus imperfecciones y continuarla hasta el fin de los tiempos. Buena parte de estos materiales se cocieron en Salamanca.

La Hispanidad no es tanto un recuerdo como una esperanza; no es la mera conmemoración de un pasado, sino la estirpe ibérica como vigoroso elemento de paz y de orden para el mundo futuro; no es el solar vacío, sino el edificio que puede levantarse. Es la solidez del vínculo familiar que nos une en comunidad de naciones, en hermandad de pueblos, enlazados por el mismo idioma y sentido de la vida, los mismos valores éticos y la común fe cristiana. Conservamos el lazo espiritual de servir a un ideal colectivo. Quizás tras ocho siglos impartiendo cátedra, la Universidad de Salamanca sí pueda exceptuar la regla del proverbio latino: lo que la naturaleza no da, Salamanca sí lo otorga: La Cristiandad de naciones hispánicas rezando a Dios en lengua castellana sobre las dos orillas del mar de la Hispanidad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de Hoy el 12 de enero de 2019. https://eldebatedehoy.es/historia/la-universidad-de-salamanca/

Educación y familia

La Subcomisión para el Pacto Social y Político por la Educación creada en el Congreso de los Diputados al iniciarse la legislatura ha concluido su período de audiencia. Por ella han desfilado profesionales, expertos y representantes de la comunidad educativa aportando sus opiniones y visiones sobre la enseñanza. Se dispone ahora a elaborar un documento que enviará al Gobierno y a partir de ahí se gestará una nueva Ley de Educación. Entre los distintos Grupos parlamentarios hay cuestiones muy controvertidas sobre las cuales las opiniones son muy diferentes; la enseñanza concertada, la presencia de la religión en las aulas, el castellano como lengua vehicular en el sistema educativo, la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas o el derecho de los padres a la educación de los hijos provocarán relevantes discusiones parlamentarias.

Un sólido sistema educativo debe estar al margen de visiones partidistas. En una sociedad, la formación de hombres de porvenir debe permanecer a cubierto de los delirios ideológicos con los riesgos que entrañan: adoctrinamiento, contenidos sesgados o manipulación de la realidad que tan funestos y trágicos perjuicios han causado a la humanidad. Inevitablemente, toda la vida humana es tanto más insegura e incierta cuanto más se la hace depender de los caprichos de la vida política. Quienes en nombre del progreso propugnan una creciente intervención del Estado en la vida del hombre están consiguiendo ciertamente que nadie tenga la menor sensación de seguridad. Si se destruye dicha sensación se destruye también la vida del propio individuo y en mayor grado la de la familia.

Como advirtió el sociólogo Pierre Bourdieu la escuela no puede ser una reproducción de las creencias de la clase que ostenta el poder porque entonces se convierte en un foco de filias y de fobias. Y lo que es más grave, vulnera el derecho de los padres a dar a sus hijos una educación acorde con sus creencias. No se puede prescindir de la familia en la educación de los hijos. Debe favorecerse el acercamiento de los padres a la vida de los centros. No resulta razonable una escuela regida por la costumbre de separar al individuo de la familia. La escuela debiera concebirse como una cierta prolongación del hogar y no como una institución estatal en donde los niños no son instruidos por representantes de los padres y en lo que los padres quieren que sean instruidos, sino por agentes del Estado que les enseñan lo que al Estado interesa para hacer de ellos buenos ciudadanos y trabajadores productivos.

Educar en ciencia, no en conciencia

En su novela Vida y destino, Vasili Grossman pone en boca de unos de sus personajes lo siguiente: antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia siente una alegría inmensa.

El derecho a educar a los hijos es de los padres, de la familia. Lo reconoce nuestra Constitución en su artículo 27 y es una exigencia del Derecho internacional y del Derecho natural. Ciertas ideologías son partidarias de erigir la descarada figura del Estado docente permitiendo a éste imponer su criterio y su doctrina en cuestiones morales y en asuntos más propios de la conciencia que de la ciencia, como si fuera un salvador para el cuerpo social. El resultado es el adoctrinamiento en las aulas, es decir, una clara intromisión ideológica en espacios propios de la personalidad provocando una usurpación de funciones estrictamente parentales. Se arrolla así el principio de subsidiariedad, al invadir un ente superior la esfera de acción de otro inferior. Pero lo más grave es que con las enseñanzas y contenidos impartidos se estaría vulnerando el derecho a la libertad de conciencia de los padres y del hijo en su condición de estudiante.

¿Quién es el Estado: una instancia neutral, objetiva, imparcial en lo ideológico y en lo filosófico, o un partido político o, acaso, una corriente de pensamiento que difunde su propia cosmovisión de la vida? Si el Estado es neutral nada hay de malo en establecer una asignatura que enseñe valores cívicos propios de las sociedades democráticas respetando la libertad y la dignidad de quien piensa de modo diferente. Pero cuando el Estado no es neutral, sino que persigue imponer sus propios puntos de vista, nos encontramos ante un Estado totalitario. Es entonces legítima la defensa de las libertades de educación y de conciencia contra formas abusivas de adoctrinamiento más que de conocimiento, impidiendo el monopolio e imposición de la enseñanza por una autoridad estatal. ¿De qué sirve declarar que el domicilio físico o geográfico de una persona es inviolable, si la conciencia, su domicilio espiritual o moral, no lo es?

Educación libre de odio

Si quien desea educar pretende hacerlo sembrando odios y discordias, entonces no habrá educación posible. Tampoco existirá sociedad libre. Educar tiene algo de solidario, acaso de caridad entendida como amor y entrega; enseñar al que no sabe es un acto de dedicación y ofrecimiento hacia los demás. Compartir el saber y la verdad con el otro, no la ignorancia ni la mentira, es la mejor forma de extinguir resentimientos y animadversión entre los hombres y no enturbiar la convivencia.

Con motivo de los atentados terroristas del yihadismo islámico en Barcelona y Cambrils, el que fuera consejero de Interior del gobierno autonómico de Cataluña, Joaquín Forn, diferenció en sus extravagantes declaraciones entre víctimas catalanas y víctimas de nacionalidad española. Este impertinente gesto es un síntoma que denota la presencia de una enfermedad mayor: una política rencorosa hacia la idea de España, que como una infección social, se propaga a la educación y a la cultura ideologizándolas y, por tanto, manipulándolas para ser impuestas a los catalanes. Y en un clima hostil y de ofuscación como ese, en donde las aulas se han convertido en instrumentos ideológicos, no puede germinar ni la educación ni la cultura.

Recabar la singularidad y el reconocimiento de lo propio es uno de los mayores embrujos que han hechizado a los nacionalismos y, en especial, a los movimientos independentistas que anidan en España. Los partidarios, tanto del separatismo vasco como del catalán, siempre han experimentado un pueril regodeo con sus alborotadores intentos de rivalizar contra lo hispánico dentro del hogar común que nos acoge. Las manipuladoras palabras del político catalán pertenecen al mismo lenguaje vengativo y de permanente desquite que ya emplearon los nacionalistas vascos en el exilio cuando en noviembre de 1949 tuvo lugar el trágico naufragio del vapor español Monte Gurugú  frente a las costas británicas del Condado de Devon. En un chocante panfleto publicado por los separatistas al recogerse la lista de los fallecidos en el siniestro se decía así: “El tercer maquinista, don Juan Ibarrarán, de Guernica, de 49 años, casado; los agregados don Javier Gladis, de Bilbao, de 21 años, soltero, y don Sabino Zubieta Aldámiz, de Elanchove, de 20 años, soltero y dos fogoneros y dos marineros de Galicia y de Canarias”. Al desposeer a las víctimas no vascas del derecho a una filiación, el humillante y cicatero texto venía a certificar la existencia de muertos de tercera. Y es que el odio contra lo español no respeta ni siquiera la demoledora igualdad que implacablemente asigna la muerte. Una muestra más de mala educación.

Rigor y vigor en la educación

En la educación no hay que conformarse con lo bueno cuando se puede alcanzar lo mejor. Aquí radica la clave de la excelencia. A la excelencia se llega mediante la disciplina y el esfuerzo. La mejora y la perfección se obtienen con tenacidad y constancia. En el proceso de aprendizaje ha de imperar el rigor y no la condescendencia; la exigencia y no el conformismo.

Hay padres empeñados en alejar a sus hijos de las dificultades y de los obstáculos. Gran error, porque si los maleducan mimándolos mientras son niños, cuando de adultos se topen con la adversidad no estarán preparados para afrontarla y superarla. Terminarán convertidos en personas inmaduras y dependientes en lugar de responsables y autosuficientes. El presidente de la Federación Alemana de Profesores, Josef Kraus, ha acuñado el concepto de  pedagogía peluche, para referirse a ese modelo de enseñanza que mantiene entre algodones a los alumnos evitándoles escollos y problemas; y se refiere con el término de padres helicópteros, a esos progenitores siempre prestos a rescatar a sus hijos cuando se hallan en apuros.

Lo más nefasto del error es la persistencia en el mismo. Eso es lo que se vislumbra en el nuevo, pero ya viejo, sistema educativo de nuestra nación que propugna la poda de cualquier atisbo de exigencia académica en aras de un desviado pacto de Estado en materia educativa. A la desaparición de las pruebas de revalida, justificada en el equivocado principio de que la escuela ha de ser una reunión de iguales (principio que se quiebra cuando se objeta: iguales como personas, pero no como estudiantes), se añade ahora la permisividad de aprobar la Enseñanza Secundaria Obigatoria (ESO), suspendiendo dos asignaturas y con una nota media inferior al cinco. Lo que supone abocar a las aulas del Bachillerato a un acentuado desnivel de conocimientos y formación. Si vinculamos este hecho con el informe PISA, que indica que el 22% de los alumnos españoles de 15 años está más de seis horas diarias en internet tras salir del colegio, concluimos que el vigor y el rigor están ausentes en la escuela española.  

El compromiso social de la Universidad

Hace un siglo, Ortega y Gasset en Misión de la Universidad identificó los dos retos que debía abordar la Universidad: Universalizarse, en el sentido de universalizar el saber, democratizarlo, a fin de que cualquiera pudiera acceder al conocimiento y a la ciencia. Este logro es hoy una realidad. Y su plenitud se ha alcanzado de la mano de las tecnologías digitales tanto de la información y la comunicación (TIC), como del aprendizaje y del conocimiento (TAC). Una persona dotada de un terminal digital puede acceder desde cualquier lugar del planeta a cursar los denominaos MOOC (Massive Online Open Courses = Cursos online masivos y abiertos).

El segundo reto de la Universidad según Ortega era el de actualizarse, lo que exigía que los campus universitarios fueran permeables a una realidad cambiante. A diferencia del primer reto, éste sigue aún pendiente. Hoy las Universidades parecen ser meros edificios en donde impartir cursos y otorgar títulos universitarios. Como foros de debate cultural y focos de investigación no logran relevantes repercusiones sociales. Son pocos los universitarios que, al concluir sus estudios, se convierten en verdaderos agentes de dinamización y transformación social. Pero ¿Cómo se actualiza la Universidad? Abriéndose a la realidad, introduciéndose en el contexto social, sumergiéndose en los grandes asuntos del día. Es decir, situándose en medio de la vida para poder alumbrar soluciones a los desafíos de la sociedad. Si la Universidad logra actualizarse vivirá la realidad y ésta vivirá de la Universidad.

Hasta ahora la Universidad ha funcionado como espacio de conocimiento y de ciencia. Sin dejar de serlo, debe actuar, además, como un ecosistema favorable para el emprendimiento y  la innovación social. Y en esta nueva misión debiera contar con un buen aliado como es la empresa, que ha demostrado en las últimas décadas una portentosa capacidad de adaptación a los cambios. La Universidad, así, volvería a recuperar su compromiso social, ejerciendo plenamente su doble misión: por un lado, formar profesionales eficaces, pero también íntegros y honestos (según el Informe Universidad-Empresa de la Fundación Everis, la honestidad y el compromiso ético de los graduados son las cualidades más valoradas por los empleadores), y por otro, contribuir al desarrollo y mejora del tejido social. Es ese su reto para el siglo XXI: Una Universidad que se transforma y, a la vez, transforma la sociedad. Buena manera de actualizarse y de ser permeable a la realidad.