Deseo compartir con todos vosotros esta reflexión. Un grupo de hombres buenos, reunidos en nombre de Dios, pueden cambiar unas estructuras, una sociedad, e incluso, en un momento dado, la historia de una nación. Recordemos que sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo.
De nuevo el CEU y la ACdP, la ACdP y el CEU se erigen en atalaya privilegiada desde la que alzar la voz del laicado católico español, para que se oiga con brío en el siempre agitado y bullicioso espacio público el mensaje de Dios, mensaje que es mucho más actual que el periódico de la mañana. Otra vez, el Congreso Católicos y Vida Pública proyecta el foco de luz que emiten las perdurables enseñanzas de la Iglesia, a fin de aportar claridad y nitidez a las circunstancias siempre necesitadas de luminosidad que acontecen a nuestro alrededor.
En esta décimo quinta edición, como en ediciones anteriores, nuestro empeño es el mismo: ser la plaza mayor del catolicismo social, por supuesto, patrio, pero también europeo y, acaso, mundial. Porque, aun tratando un asunto tan nuestro y muy entrañable: España, razones para la esperanza, es un asunto propio de los terrenos del hombre, y por tanto, un asunto integral y global. En esta época de fuertes tensiones espirituales, de confusionismo ideológico, de crisis materiales espectaculares, nos interesa España, como españoles y como católicos. Y en ambos casos perseveramos en la defensa de los derechos humanos, en la extensión del bienestar y del progreso económico, y en la promoción de la paz y la justicia social.
Aquí y ahora, rescato un fragmento de la homilía que pronunciara el Cardenal Tarancón en la Misa de Espíritu Santo con motivo de la Proclamación de S.M. el Rey don Juan Carlos I el 27 de noviembre de 1975.
La Iglesia se siente comprometida con la Patria. Los miembros de la Iglesia de España son también miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que su tarea de trabajar como españoles y de orar como cristianos son dos tareas distintas, pero en nada contrapuestas y en mucho coincidentes.
Por cierto, invito a leer la referida homilía. Homilía acertada y oportuna en aquella hora difícil; y propicia, quizás, para la excepcional importancia de la hora presente.
El Concilio Vaticano II advierte de la misión preferencial de los seglares católicos en la configuración de un orden social y político más justo. Y se cataloga como un deber del católico instaurar el orden temporal y actuar en dicho orden a la luz del Evangelio. El decisivo momento histórico que vivimos reclama el esfuerzo de los cristianos y exige su responsabilidad como hombres y como fieles con vocación para la vida pública. No malgastemos esta oportunidad y entendamos nuestra misión como servicio. El cristiano o es hombre público o no es cristiano. Hoy los retos decisivos se libran en los campos de la vida pública. Y ahí debemos estar y aceptar las condiciones del juego. Nos gusten o no esas condiciones. No es cristiano replegarse. Menos aún tener miedo. La Iglesia que no evangeliza deja de ser Iglesia. El católico que no actúa en el espacio público deja de ser católico y malogra el triunfo de sus ideas. Su ámbito idóneo de acción es la calle, la plaza. Mas que la sacristía. Lo público es el hábitat natural del católico: el lugar en el que como hombre se siente evangélicamente realizado.
La religión no es cuestión de cristianos reunidos en las iglesias, sino de tener cristianos en la política, la economía, la educación, la cultura y hasta en los deportes. Cristianos permanentemente en las calles. Saliendo al encuentro del mundo y de los desafíos que nos plantea. Abriendo nuevos caminos de anuncio. Creando, en fin, cauces de diálogo con quien no piensa ni cree como nosotros, sin imposiciones, pero tampoco sin renunciar a nuestras verdades absolutas. El púlpito ya no está en las iglesias; a las iglesias vamos los convencidos; hay que buscar la verdad y compartirla; acompañar a los que dudan, a los que no creen, a los que transitan sin rumbo por la vida; a los que no ven a Dios, pero le buscan a todas horas. Son muchos los que al rezar encuentran con el corazón al Dios que luego rechazan con la inteligencia.
Queridos congresistas, la Asociación Católica de Propagandistas y sus obras educativas desean promover un auténtico diálogo con los agentes de la intelectualidad contemporánea. Por eso, las aulas del CEU son espacios abiertos para que los estudiantes encuentren un camino a su formación, una guía a sus inquietudes y un cauce a su religiosidad. Todo ello, de conformidad con nuestro carisma de formar hombres que luego crearán obras. Crear obras sin hombres capacitados para dirigirlas es como edificar sobre arena.
La incertidumbre sigue rodeando la vida nacional. Parece que nada es seguro y que todo está en juego. Nosotros tenemos la suerte de gozar de la esperanza y, a la vez, de la certeza de la fe. Pero no basta con gozar de la luz sobrenatural de la fe; no es suficiente con el deseo de promover el bien; se requiere, además, nuestra presencia y participación en la misma vida pública. Los católicos tenemos sitio y espacio en la democracia. Y debemos ocuparlo. Solo pedimos respeto. Respeto a nuestra fe. Porque la fe no es un obstáculo para la convivencia democrática. Todo lo contrario, es un estímulo, un acicate en la defensa de los derechos humanos.
Termino citando, de nuevo, a Tarancón. España, con la participación de todos avanza en su camino y será necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que ese camino sea el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos.
Palabras pronunciadas por Raúl Mayoral Benito en la inauguración de XV Congreso Católicos y vida pública. Madrid, 15 de noviembre de 2013