19 de julio. Santas Justa y Rufina (… – 287)

Eran hermanas, hijas de un alfarero que vivía en la Trajana de entonces, la Triana actual. Su padre era gentil pero ellas habían abrazado el cristianismo, de forma discreta para evitar conflictos familiares y alborotos en la vecindad. Cierto día entró en su tienda un hombre pidiendo donativos para el ídolo que llevaba. En ese momento, la discreción puede convertirse en traición. Justa y Rufina se niegan rotundamente a participar en la idolatría, declarando que adoran a un Dios que «no es semejante al oro o a la plata o a la piedra» (San Pablo dixit), «obra de arte o del ingenio humano».

Criadas en un alfar, ¿quién va a saber mejor que ellas lo que vale y lo que significa un objeto, lo que han visto salir del barro informe y sucio, aunque luego se venere? Les rompen todas sus vasijas, ellas a su vez destrozan al ídolo, y el escándalo, el sacrilegio de pulverizar lo que el mundo adora hace que se las conduzca a presencia de Diogeciano, gobernador de la ciudad. Al negarse a renegar de su fe, se las atormenta, se las obliga a andar descalzas por los caminos y acaban en una mazmorra donde Justa muere. Rufina será arrojada a las fieras, que se amansan prodigiosamente a sus pies, y por fin la decapitan y queman sus restos.

Un poeta andaluz cantó:

Itálicas y alfareras

nimbadas de luz la sien

con la palma entre las manos

con el león a los pies.

Y el pintor Murillo las inmortalizó en un lienzo como patronas de Sevilla rodeadas de cacharrería y sosteniendo las dos, anacronismo delicioso en el que casi no reparamos, nada menos que la Giralda. El recuerdo de estas santas alfareras sigue vivo en Sevilla y en El Puente del Arzobispo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

18 de julio. Santa Sinforosa (siglo II)

Matrona romana, cuyo esposo, San Getulio, que era tribuno militar, murió mártir en la época de Adriano. El matrimonio tenía siete hijos varones cuyos nombres conserva la tradición: Crescencio, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio. Todos, junto con la madre viuda, se retiraron a la ciudad de Tívoli, donde se mostraba a los visitantes de siglos después una cisterna seca en la cual parece que estuvieron escondidos durante un tiempo mientras arreciaba la persecución.

Por fin, cayeron en manos de sus enemigos, y como Sinforosa no se dejó persuadir con promesas y amenazas para sacrificar a los ídolos, comenzaron a martirizarla. Pero ella animaba a sus hijos a permanecer firmes en la fe. Se le ató al cuello una pesada piedra y se la arrojó al río Teverone, afluente del Tíber que pasa por Tívoli, y sus hijos recibieron muerte al siguiente día.

En su memoria se levantó una iglesia en la Vía Tiburtina. Algunos sostienen que la historicidad de tales hechos es discutible. Cierto que los antiguos cristianos confundían a menudo historia y símbolo, pero su equívoco además de noble se acercaba más a las verdades últimas. San Sinforosa y sus hijos que permanecieron en la Verdad hasta sus último momentos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

17 de julio. San Alejo (siglo V).

Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador romano. Estaba adornado con todas las gracias y virtudes. El mismo día que se casa, Alejo abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eufrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.

Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patrio de su casa. Allí, ejemplo de paciencia y de humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.

La historia de San Alejo es como una novela bizantina y desde la Edad Media, la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje. Otro mendigo de Dios, en medio del esplendor de Roma, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Selección de ofendidos

Todo tiempo histórico tiene un tipo de hombre con el que se corresponde. El de la hora presente es el tipo del ofendido. La estructura mental de un sujeto ofendido es el victimismo. Todo relato victimista sitúa en su cúspide a un ofensor. Psicológicamente, una víctima suele desconfiar de todo lo que le rodea, proyectando también sus filias y fobias a su alrededor. El ofendido no razona. Su estado permanente es la sinrazón mantenida a base de emociones y sentimientos. Sugestión y obsesión.

La Selección española de fútbol se ha proclamado Campeona de la Eurocopa. Ante semejante logro, los ofendidos se obstinan en demostrar que ello ha sido gracias a dos hijos de inmigrantes y también a uno o dos vascos. En su delirio victimista pareciera que el empeño del ofendido es restregar al resto de españoles que la victoria se ha alcanzado gracias a futbolistas que… ¡son españoles!

En su deriva emocional, al ofendido no le importa aniquilar el espíritu de equipo, propio del fútbol, con tal de enaltecer de manera inconcebible las hazañas individuales de miembros del combinado nacional en el altar identitario, ya sea racial o territorial. En su pronunciada curva martirial, el ofendido derrapa para certificar la conquista del antirracismo y hasta del antifascismo, por encima del éxito de la Selección. Si bien, el expuesto resulta ser el cuadro leve de la enfermedad que padece la persona ofendida, existe un cuadro aún más severo con que se muestra aquélla. Los efectos de mayor gravedad consisten en ofenderse y atacar en manada ante aquel futbolista del equipo nacional que osa ser austero y poco efusivo en el saludo institucional, o excesivamente patriótico al reivindicar la españolidad de una roca. ¡Qué ofensas más ofensivas para los ofendidos!

Los ofendidos no saben ni quieren saber que desde hace años futbolistas negros han integrado la Selección española. No saben ni quieren saber que en el fútbol español han militado decenas de futbolistas de color. Incluso, militó Ben Barek, un negro marroquí, que jugaba como los ángeles, y fue muy querido en España y, especialmente, en Madrid. No saben ni quieren saber que el holandés Johan Cruyff fue expulsado de un terreno de juego por referirse despectivamente a un futbolista argentino llamándolo “indio”. Los ofendidos no saben ni quieren saber que hace años en una concentración de la Selección, un futbolista agarró por el cuello a otro por despreciar y humillar a un tercer futbolista, simplemente porque éste era hijo de Guardia Civil. Además, el protagonista del desprecio, proetarra, y el despreciado, militaban en el mismo equipo. No saben ni quieren saber que los proterroristas de Bildu han señalado como traidores a dos futbolistas vascos de la Selección española. Desde el Gobierno de la nación aún no se ha censurado la infamia. Pero los ofendidos persisten en instrumentalizar con su mezquino manoseo la gloria del fútbol español.

16 de julio. Santa María Magdalena Postel (1765-1846).

Hija de un cordelero normando, Julie Postel era conocida como «la santita» por las gentes de Barfleur impactadas por su piedad. Se educó con las benedictinas de Valogne, que le propusieron quedarse con ellas, pero la abadía no le pareció suficientemente pobre. Porque su ideal era enseñar a niñas que no pudiesen pagar colegio alguno, quería recristianizar Francia partiendo de la formación de mujeres, y a los dieciocho años se instaló en Barfleur, en una choza, humilde origen de sus futuras escuelas para alumnas también muy humildes.

Durante la Revolución francesa se convirtió en la «virgen-sacerdote», pues estaba autorizada para distribuir la comunión, ocultaba los vasos sagrados, facilitaba lugares de culto clandestino, daba albergue a los curas fugitivos y seguía enseñando el Catecismo en cuevas y graneros. En 1805 fundó en Cherburgo las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Merced, congregación para la que adquirió años después la abadía de Saint-Sauveur-le-Vicomte, cerca de Coutances, y gobernó su orden hasta una edad muy avanzada con criterios tan espirituales y de tanta ternura maternal, que fue canonizada en 1925.

La Hermana María Magdalena, «la santita», que a su muerte había fundado treinta y siete casas, desplegando una enorme actividad a pesar del asma que sufría y de las penitencias que solía imponerse, fue una mujer fuerte y humilde, con la testarudez que se atribuye a los normandos, convencida de ser un pobre instrumento de Dios con el cual Él podía hacer maravillas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

15 de julio. San Buenaventura (1221-1274)

Nacido en la aldea toscana de Bagnorea, Juan de Fidanza llega a París para completar sus estudios y se hace franciscano, pasando a ser fray Buenaventura. En la capital francesa se vivía por entonces una enconada guerra entre teólogos rivales que derrochan orgullo y hasta violencia. Frailes que iban a la greña entre injurias, calumnias y hasta palizas discutiendo sobre Aristóteles y Averroes.

En este guirigay tan poco ejemplar se forma Buenaventura. Esa experiencia inolvidable le proporcionaría un santo equilibrio: sin renunciar a la inteligencia y al saber, insistió siempre en que cualquier mujeruca ignorante puede amar y conocer mejor a Dios que un sabio teólogo. Él y Tomás de Aquino serán el Doctor Seráfico y el Doctor Angélico resumiendo fraternalmente en aquel agitado París el esfuerzo por unir verdad y caridad.

San Buenaventura será un franciscano antes que nada, y cuando le elijan general de su orden, también muy dividida, y se convierta en una gran personalidad (obispo de Albano, cardenal y legado pontificio), antepondrá a todos los honores el espíritu de sencillez del fundador. Lavaba la vajilla de su convento, cerca de Florencia, cuando los enviados del Papa fueron a anunciarle que era cardenal, y según la tradición les pidió que colgaran el capelo de la rama de un árbol porque él tenía las manos grasientas y sucias. Esto será más duro, suspiró.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

14 de julio. San Francisco Solano (1549-1610)

Nacido en Montilla, Córdoba, Francisco estudia en los jesuitas y en 1659 se hace franciscano, pasa al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla, y luego se hace maestro de novicios y superior en San Francisco del Monte.

En 1589 embarca en Cádiz con once religiosos más y empieza la ventura americana, en la que se suceden naufragios, calamidades y peligros, llega a Tucumán por la ruta de los conquistadores y durante diez años misiona entre los indios convirtiendo a muchísimos de ellos. Aprendió la lengua de la tierra peruana y su predicación popular y sencilla causaba un efecto imborrable en sus oyentes. Desde 1601 le encontramos en Lima, donde sus superiores tienen que amonestarle porque sus palabras conmueven de tal manera que se suscitan tumultos.

En los altares se representa a este fraile con un violín, instrumento del que se servía para atraer a los indios americanos, quizás entonando también alguna canción porque se sabe que además de ser aficionado a la música tenía muy buen voz. En Lima, San Francisco Solano morirá tras una breve enfermedad. Ya tenía entonces fama de santo este fraile viajero del violín y del crucifijo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de julio. San Enrique (973-1024)

Hijo del duque de Baviera, Enrique heredó el ducado a la muerte de su padre, y en el 1002, al morir sin descendientes directos Otón III, le sucedió en el trono del Imperio Romano-Germánico; posteriormente su apoyo al Papa Benedicto VIII, que tuvo que enfrentarse a un antipapa, le valió ser coronado en Roma.

De San Enrique se decía que tenía una firme vocación de monje y que repetidas veces intentó ingresar en un monasterio. Si está en el santoral no es por ser religioso frustrado, sino emperador reinante al que se le recuerda por favorecer a los cluniacenses y por su empeño en contribuir a la reforma del clero y sus fundaciones eclesiásticas, entre ellas el obispado de Bamberg, en cuya catedral está enterrado.

Canonizado en 1146, aun suponiéndole una indudable piedad y un fervoroso celo por la causa de la Iglesia, hoy se le evoca por santificarse al frente de un imperio, haciendo política, en el altísimo puesto humano que se le asignó, sin renunciar a sus turbiedades y peligros. Santo emperador para que de todo haya.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de julio. San Juan Gualberto (… -1073)

Este santo florentino protagonizó una llamativa anécdota a la que se atribuye su decisión de abrazar el estado religioso. Su familia andaba enzarzada en sangrientas venganzas, y cierto día topó en un camino solitario con el mayor enemigo de los suyos, que se encontraba inerme ante él. El hombre se arrodilló para suplicarle que le perdonase la vida por amor de Jesucristo en la cruz, y Juan Gualberto, conmovido, le abrazó diciéndole que no podía haberse buscado un abogado mejor. Luego, al entrar en una iglesia, vio que el crucifijo inclinaba la cabeza ante él, dándole las gracias.

Ingresó en San Miniato de Florencia, pero se dice que huyó de allí cuando los monjes quisieron elegirle abad, prefiriendo obedecer que mandar, y huir del peligro en que están los que ocupan lugares altos. Con un compañero fue en busca de otros parajes y fundó una comunidad en Vallombrosa, en la Toscana, con una adaptación personal de la regla de San Benito, extendiéndose por toda la península italiana. En Vallombrosa tuvo que resignarse a la dignidad abacial.

Manso, benigno, grave, modesto, severo con los rebeldes y suave con los flacos, muy compasivo con los enfermos, celoso de la santa pobreza, San Juan Gualberto presenta una estampa de monje que sólo vive para la oración y la caridad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

11 de julio. San Benito de Nursia (480-547)

Monje barbudo de hábito negro, con el rostro iluminado por una luz indecible, con ojos limpios y profundos, pendientes de una lejanía que está más allá de lo que podemos ver, y portando una pluma en la mano con la que escribe santas palabras sobre la humildad y la obediencia, así retrató un anónimo español del siglo XVI a Benito en un cuadro que se conserva en el monasterio de Leyre. Nacido en Nursia, en la Umbría, estudió en Roma, cuyo ambiente debió sentir tan amenazador para su fe que prefirió retirarse a la soledad para hacer vida ascética. En Subiaco, se le unen discípulos y funda doce monasterios de los que es superior.

Hasta que, después de graves vicisitudes ente las que no faltan la calumnia y un intento de envenenamiento, se instala en las alturas de Montecasino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levante el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí escribe su famosísima regla que iba adoptar todo el orbe cristiano, modelo de espiritualidad y discreción, que es como uno de los documentos fundacionales de la antigua Europa.

Patrón de Europa le nombró precisamente el Papa Pablo VI, ya que su regla, por la que se rigen millares de monjes en todo el mundo, ha hecho que el patriarca del monacato occidental fuera uno de los grandes constructores de la personalidad europea; como Montecasino es nuestro símbolo de cultura cristiana, sobre cimientos paganos, arrasado por los bárbaros y destruido nuevamente en la Segunda Guerra Mundial, persistiendo en medio de las peores tormentas como una lámpara encendida por San Benito y que no se apaga.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol