En la Rusia soviética se contaba la anécdota de una vieja visitando el zoológico que se detuvo ante la jirafa y tras observarla con extrema atención, exclamó: ¡Dios mío, lo que han hecho los bolcheviques con un caballo! La izquierda en el poder siempre hace experimentos. Con los números, el resultado es la ruina. Con las personas también. Hace tiempo que el movimiento proletario perdió la confianza en ella y en sus estadísticas, según las cuales, los obreros nadaban en la abundancia cuando realmente lo hacían en la miseria. Aquella aspiración de la vieja izquierda a una mejor distribución de la riqueza permanece hoy como polvoriento cachivache olvidado en el desván. Lo que prima ahora es toda esa gama de productos de moderno diseño con los que engatusar a cándidos y papanatas: multiculturalismo, antirracismo, feminismo, homosexualismo, ecologismo, animalismo y, por supuesto, la ideología de género. Como diseñadores de la sociedad y del hombre nuevo (tabarra permanente del “progre”), los dirigentes de izquierdas olvidan lo esencial para la ciudadanía: prosperidad y concordia.
El nivel de incompetencia embalsada en Moncloa ya rebosa derramándose torrencialmente por doquier. Con tantos Ministerios y cientos de asesores, el Gobierno es incapaz de enderezar el rumbo económico. Con una inflación desbocada, un presupuesto no creíble, además de confiscatorio, y a la espera de unos fondos europeos, ya “intervenidos” porque en Bruselas desconfían, los españoles portan una losa sobre sus hombros. Las generaciones venideras también. Estas, además, serán más ignorantes que las actuales, debido al perverso igualitarismo con que este desgobierno ha desmantelado el sistema educativo imponiendo la mediocridad al reducir la exigencia y suprimir el mérito. Tampoco las relaciones internacionales son su fuerte, no pasando del mero saludo protocolario con los mandamases del mundo en un pasillo y siendo irrelevantes ante la toma de decisiones capitales sobre acontecimientos como la guerra de Ucrania. Marruecos nos provoca una crisis diplomática por falta de criterio ante el asunto del Frente Polisario. Y nuestro ministro del Interior causa una crisis humanitaria en la valla de Melilla. En orden y seguridad, un destrozo. El Tribunal Constitucional declaró que el estado de alarma fue inconstitucional. Pero lo peor está por venir: injusticia disfrazada de justicia. Con ese aprecio vil de Sánchez por la cuerda de presos, diferente al que tuvo el Quijote con los galeotes, están en la calle o lo estarán muy pronto golpistas, terroristas, violadores y agresores sexuales. ¿Liberará también a los malversadores o Griñán ingresará finalmente en prisión? Parafraseando a la vieja del zoológico: ¡Dios mío, lo que han hecho los sanchistas con el Código Penal!
Algunos pretenden ahora que el Tribunal Supremo les saque las castañas del fuego, cuando ni los jueces han prendido el fuego ni echado en él las castañas. Otros esperan que Sánchez actúe y deshaga el disparate de la feministraMontero. No nos engañemos. “No es no¨, dijo Sánchez. ¨Solo sí es sí¨, asiente también Sánchez, por la cuenta que le tiene. A su ineptitud, suma su malicia.
Siendo Francisco Cambó concejal del Ayuntamiento de Barcelona en 1902, presentó una propuesta para que en las escuelas sostenidas por el municipio se establecieran clases de lengua catalana. La moción fue rechazada por los votos de sus propios compañeros del consistorio. El régimen de Franco practicó una política de lengua oficial única que, aunque postergaba el catalán, sin embargo nunca prohibió éste. El filólogo catalán Martín de Riquer impartía su docencia en catalán en la Universidad Central de Barcelona en 1942. Aún pueden verse en Barcelona edificios públicos que contienen placas conmemorativas en catalán fijadas en la década de los cincuenta del pasado siglo. Cuando muere el general Franco en 1975, muchos catalanes son bilingües. De hecho, el que fuera presidente del Barcelona, Agustín Montal, y artífice del lema “más que un club”, solía presumir de que, aún vivo Franco, el Barcelona se adhirió a la campaña “catalá a l´escola”; de que en el Nou Camp se instaló la primera senyera y que los avisos desde los altavoces del estadio eran en catalán; de que el capitán del Barcelona llevaba como distintivo de su rango la bandera catalana y de que en el funcionamiento interior del club se adoptó el catalán como idioma. Pero en los últimos treinta años, si hay en Cataluña una lengua que oficialmente se margina, se impide usar o, incluso, su empleo se sanciona es la castellana.
En su libro El País Vasco, José Miguel de Azaola escribe que en el siglo XIX existían ocho dialectos vascos, veinticinco subdialectos, cuarenta variedades y muchas más modalidades locales. La tradición vasca consistía en que las familias enseñaban vascuence en sus propias casas y enviaban a sus hijos a la escuela a aprender castellano. Ello hizo del euskera una lengua familiar, coloquial pero nunca una lengua de cultura para los vascos. Así, el primer diario publicado en euskera fue el Eguna en 1937. Según afirma Azaola las ikastolas empiezan a proliferar en pleno franquismo, de forma que en los últimos veinticinco años de dicho régimen estudiaron vascuence en centros privados de las provincias vascas un número de niños muy superior al de cuantos aprendieron esa lengua desde el principio de los tiempos hasta 1936.
La periferia secesionista plantea la exigencia de respetar un supuesto espíritu histórico de los pueblos a los que dicen representar alegando que esos territorios han sido más o menos soberanos, salvo los períodos de opresión que en los últimos siglos, y especialmente, durante el franquismo, ejerce España sobre los ciudadanos de dichos territorios. Y citan como ejemplo momentos en los que nunca tuvieron una autoridad superior. Pero ante reclamación tan candorosa, hay que oponer que cualquier parte de España, ya sea región, comarca o ciudad, no solo las zonas con reivindicación soberanista, ha sido independiente en algún momento determinado de la Historia, y no por ello, alega la defensa de un supuesto derecho histórico a ser ahora independiente. Y es que hay regiones que llevan veinte siglos sin ser nación y seguirán igual.
Hace más de un siglo, Filippo Tommaso Marinetti escribió: “un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo, un automóvil que ruge, que parece correr como la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”. La rotunda y sonora frase pertenecía a un artículo que fue portada del periódico Le Figaro bajo el título El Futurismo. Nacía así un movimiento artístico de vanguardia original, rompedor con la tradición, con el pasado y con lo convencional. Pero también anunciaba que la proeza es un buen conductor de arte. Batir récords es toda una proeza. Y el escritor francés Jean Giraudoux relató como máxima que los héroes de los cuentos de hadas se pasaban la vida batiendo récords.
Hoy en Silverstone, Carlos Sainz ha vivido un cuento de hadas. Con su rugiente automóvil Ferrari tan rápido como la metralla ha protagonizado una proeza y ha obtenido una victoria, su victoria, que tanto tiempo llevaba persiguiéndola, una feliz victoria y tan bella como la de Samotracia. Y ha roto con nueve años de sequía de triunfos españoles en la Fórmula 1, dinamitando esquemas y quebrando todos los pronósticos, en especial, los favorables al neerlandés Verstappen. Ciento cincuenta carreras con la de hoy, y sus veintisiete años, marcan la trayectoria del piloto español en los grandes premios de Fórmula 1.
La de Sainz ha sido una victoria muy trabajada y de continuo esfuerzo. Esfuerzo tras esfuerzo para lograr triunfo tras triunfo. Porque a través de una carrera desfilan triunfos parciales que completan el triunfo total. Y para lograr todos es necesario un abnegado y silencioso esfuerzo de disciplina e inteligencia (la precipitación es hija del mejor deseo), pero también de confianza en uno mismo. Así ha obtenido su premio, primero, insistiendo con constancia en el dinamismo de su posición, sin abatirse por contratiempos ni desconcertarse por contrariedades. Luego, abriendo hueco entre sus perseguidores, sin caer en el engañoso limbo de la primera posición ni cegarse por sus prósperos movimientos; y, finalmente, perseverando en el empeño, sin desfallecer hasta acabar bien lo emprendido y haber alcanzado la victoria final. El esfuerzo ha sido también colectivo; de quien estaba al volante y de quienes se hallaban en boxes: estrategas y, por supuesto, mecánicos. Cuenta Jacinto Miquelarena en su obrita Stadium, notas de Sport que el deporte empieza verdaderamente en los hombres del aire, en los icarios…almas nuevas y frescas en cuerpos de mecánicos, un poco arcaicos, de garajistas, de maníacos del invento, de iluminados”. A todos les ha guiado la misma intención y el mismo afán: la victoria.
Sainz ya ocupa su lugar de honor en la galería de las glorias deportivas españolas. Perfiles de excelentes deportistas consagrados al deporte con su voluntad, tenacidad, constancia, energía, disciplina y, sobre todo, humildad. Esa elegante humildad que se trasluce cuando al narrar sus conquistas hablan de la suerte y ocultan el esfuerzo. A diferencia de la de Samotracia, la victoria de hoy tenía sus dos brazos al volante.
Gutmaro Gómez Bravo es profesor titular de Historia Contemporánea de laUniversidad Complutense, lleva 17 años dando clase. Este curso ha tenido que cambiar su forma de evaluar a sus alumnos porque se ha dado cuenta de que la mayoría, incluso los que se sientan en primera fila en el aula, utilizan ChatGPT (inteligencia artificial), para hacer los trabajos. Ha vuelto al examen tradicional a pesar de que según él, es un retroceso. Así comienza su entrevista en el diario El Mundo de 11 de septiembre de 2023, página 16, por la periodista Olga R. Sanmartín.
Cuando la “rabiosa” actualidad del día viene marcada por noticias como el terremoto en Marruecos, la dimisión del presidente de la Real Federación Española de Fútbol o la exigencia de amnistía del separatismo catalán, conviene leer entre líneas para dar con informaciones del máximo interés, no tanto para «el día a día», pero sí para «el década a década». De la citada entrevista del profesor Gómez Bravo les resumo lo que ha llamado mi atención:
Que tras la pandemia y debido al exceso de clases on line, los alumnos llegan a la universidad peor preparados. “Si pones una imagen o un PowerPoint te siguen, pero, si les mandas leer, hay un vacío: desconectan. Veo que no resuelven problemas y no reconocen los bulos”.
Que la lectura y la escritura han sido desplazadas. “A mis clases de 3º y 4º vienen estudiantes con faltas de ortografía, e incluso se cometen en las tesis doctorales. Utilizan un lenguaje coloquial y hay un uso constante de la primera persona en los trabajos”.
Que como profesor, él usa la tecnología en apoyo a la docencia, pero hay que poner un límite. “El problema es que(la tecnología), está sustituyendo la capacidad crítica de los alumnos”.
De lo descrito me inquietan dos circunstancias: A los alumnos no les resulta posible reconocer los bulos y la tecnología está sustituyendo su capacidad crítica. Un ciudadano con un perfil así está intensamente expuesto a la intemperie de la manipulación, resultando fácilmente ser sometido y controlado por el poder.
Aunque hace años no se hablaba de tecnología, sino de técnica, sin embargo, el efecto es el mismo. Por ello, les traigo dos botones de muestra
“Las dictaduras de otros tiempos precisaban de hombres de grandes cualidades, incluso en los puestos inferiores, hombres que supieran pensar y actuar por su cuenta. El sistema autoritario de los tiempos de la técnica puede prescindir de ellos; los medios de telecomunicaciones permiten mecanizar el trabajo del mando inferior. La consecuencia de todo ello es el tipo de hombre que se limita a obedecer órdenes sin cuestionarlas. Los hechos criminales de aquellos años no se debían solo a la personalidad de Hitler. La enormidad de aquellos delitos también debía atribuirse a que Hitler fue el primero en poder servirse de los medios de la técnica para multiplicarlos. Pensé en las consecuencias que podía tener en el futuro un poder ilimitado que actuara en complicidad con el de la técnica, dejándose asistir pero también dominar por ella. Nada impediría a una técnica y a una ciencia que hubieran escapado a nuestro control, consumar la obra de aniquilación del ser humano que han iniciado ya en esta guerra tan terrible. Todos los Estados del mundo corren hoy riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una dictadura ese peligro me parece ineludible. Cuanto más se tecnifique el mundo, será más necesario que, en contrapartida se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre a su propia dignidad” (Albert Speer, Memorias).
“¿Y cuál es el gran peligro que nos amenaza a todos?, preguntó el magistrado. El esclavo técnico, prosiguió Traian Koruga. El esclavo técnico es el criado que nos hace cada día mil servicios de los cuales no sabríamos prescindir. Empuja nuestro auto, nos da luz, nos echa agua para lavarnos, nos da mensajes, nos cuenta historias para divertirnos en cuanto damos la vuelta al botón de la radio, traza carreteras y desplaza montañas. Los esclavos técnicos obran con leyes propias, diferentes a las de los humanos. Su influencia se hace sentir cada vez más. Con el fin de poder tenerlos a su servicio los hombres se esfuerzan en conocer e imitar sus hábitos y sus leyes. Y así, poco a poco, sin darnos si quiera cuenta renunciamos a nuestras cualidades humanas, a nuestras leyes propias. Nos deshumanizamos, adoptamos el estilo de vida de nuestros esclavos técnicos y terminamos por imitarlos. El primer síntoma de esa deshumanización es el desprecio al ser humano. Y ahí es donde comienza el drama. Los seres humanos están obligados a vivir y comportarse según leyes técnicas, extrañas a las leyes humanas. Y quienes no respetan las leyes de una máquina, llevadas a rango de leyes sociales, son verdaderamente castigados. Es acaso la época más sombría de toda la historia de la Humanidad. Jamás ha estado tan bajo el nivel del hombre. Desde el momento en que el hombre ha sido reducido a la sola dimensión de valor técnico social puede sucederle cualquier cosa. Pueden detenerle y enviarle a hacer trabajos para un plan quinquenal, para la mejora de la raza u otros fines necesarios a la sociedad técnica sin ningún miramiento para su persona. Sin la complicidad de un hombre, los esclavos técnicos no pueden atacar a los seres humanos. Teniendo como cómplice a un ciudadano, que no es un ser humano, los esclavos técnicos se convierten automáticamente en monstruos del Apocalipsis. ¿Qué entiendes por ciudadano? Ciudadano es el ser humano que no vive la dimensión social de la vida. Posee la crueldad del hombre y del animal y la fría indiferencia de la máquina. Los rusos han logrado crear el tipo más perfecto de toda la especie: el comisario” (Gheorghiu C. Virgil, La hora 25).
Ojala no perdamos el sentido crítico ante esta vida tan tecnológica y una tecnología tan enaltecida.
– ¿Quién vive? – España – ¿Qué gente? – La Ronda de pan y huevo – Siga la Ronda en paz.
Este brusco y tajante diálogo solía rasgar el silencio de la noche en las oscuras y mugrientas calles del Madrid del siglo XVII. Transitar por ellas sin guía ni escolta, sin espada ni puñal era toda una temeridad ante el riesgo de toparse con ladrones y asesinos, que lejos de intimidar, franqueaban el paso a una benemérita comitiva de varios hombres pertrechada de faroles, sillas de mano, camillas, banastas atestadas de panes y de huevos cocidos, recipientes rebosantes de cordiales, bebida reconstituyente de la época, y, por supuesto, presidida por un Crucifijo. Era la misericordiosa Ronda de pan y huevo, que, integrada por un sacerdote y varios seglares, recorría diariamente la vía pública, dedicándose a socorrer, alimentar, recoger y albergar y, en su caso, administrar los últimos sacramentos a pobres y menesterosos de toda clase y condición que, acurrucados sobre el suelo a la nocturna intemperie, malvivían y, desgraciadamente, morían en las calles de la villa y corte.
Fue la Ronda una bienhechora iniciativa de la Santa, Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, la de más abolengo y solera de todas las obras caritativas y piadosas de la capital. Que el cristiano no puede permanecer indiferente ante la miseria ajena, lo sabía bien Bernardino de Antequera, hombre de Iglesia, sacerdote jesuita, que en 1615, ayudado por dos nobles de condición social, pero también de insignes virtudes, Pedro Laso de la Vega y Jerónimo Serra, se lanza con audacia y talento a la acción por las cosas de Dios: el amor al prójimo y el auxilio a los necesitados. El Padre Bernardino, hoy siervo de Dios y en proceso de beatificación, funda la Hermandad del Refugio, la castiza cofradía del Refugio, que pronto dejó de ser una novedad en el Viejo Madrid para convertirse, primero, en magnánimo acontecimiento y, desde entonces, en sagrada misión de apostolado.
Poco a poco el Refugio recluta más y más apóstoles y crece como la espuma por sus propios esfuerzos. Jamás pidió favor a Gobiernos ni importunó a particulares con exigencias de ayuda. Durante aquellos primeros años, la benéfica corporación se mantiene gracias a las limosnas, una de sus virtudes primeras, que los propios Hermanos solicitaban y recogían, pero que también daban, porque ellos encarnaban la gran paradoja del cristiano: para tener hay que dar, para ganar hay que perder. Predicar y dar trigo nunca fueron incompatibles en la Hermandad. Sus miembros dando trigo predican; predican con su abnegado ejemplo, con su testimonio de vida al servicio de los demás, que es el más alto servicio a Dios. No se conoce mejor forma de liderazgo que el servicio.
Recta, honrada y sabiamente regida por la doctrina del Evangelio, la Hermandad del Refugio da de comer al hambriento, lleva a los enfermos a hospitales, costea los baños medicinales a todo desesperado que los necesita, da hospedaje a los desamparados, socorre con limosnas a parturientas, recoge a niñas abandonadas proporcionándoles enseñanza e instrucción a través del Colegio Purísima Concepción, que funda en 1651. La Hermandad, en fin, cumple todos los preceptos de la ley divina: «Porque tuve hambre y me disteis de comer… cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25.40). Y lo hace con tal celo, entusiasmo y humildad que asombra. Como aquella labor callada y altruista no pasa desapercibida para la Corona, ésta decide otorgar su regia protección a la pía institución, además de gratificarla con la iglesia de San Antonio de los Alemanes, verdadera joya del barroco madrileño. Reyes e Infantes se convierten en Hermanos protectores. Por su vínculo con la romanidad, también ingresan como miembros natos los Nuncios apostólicos de su Santidad en España, algunos de los cuales alcanzarían el ministerio petrino, con lo que el Refugio se enorgullece de que en sus fraternas filas militen varios Papas.
A finales del siglo XIX, la Hermandad fija su sede adosada a los muros del incomparable templo dedicado a San Antonio de Padua, el santo franciscano de la sencillez y del amor por las cosas humildes. Hoy es una popular manzana triangular que, delimitada por las madrileñas Calles de la Puebla, de la Ballesta y de la Corredera Baja de San Pablo, alberga comedor social, colegio, museo y archivo. Un benefactor espacio de «caridad, culto y cultura», de acogimiento y recogimiento impregnado de una viva y rica tradición de más de cuatro siglos dando y recibiendo. Una tradición de socorro y auxilio al desvalido, tan actual como el periódico de la mañana, que obliga y estimula, exige y reconforta. Cuando hoy el trepidante ritmo de los tiempos plantea nuevos retos presentes en el campo social, la infatigable Hermandad del Refugio exhibe su sólida y acreditada experiencia en fecundas adaptaciones y renovaciones para proseguir orando y laborando como una perenne obra de Dios.
Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Debate el 5 de julio de 2023.
En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao escribe: “Nuestra enseñanza está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.
“La educación es un tema crucial para todas las generaciones, ya que de ella depende, tanto el sano desarrollo de cada persona, como el futuro de toda la sociedad. Por esta razón, representa una tarea de primer orden en estos tiempos difíciles y delicados. La educación necesita de lugares. El primero es la familia. En la familia, la persona se abre al mundo y a la vida, y la apertura a la vida es signo de la apertura al futuro. El segundo son las instituciones educativas, las primeras instancias que colaboran con la familia; y para desempeñar esa tarea adecuadamente sus objetivos han de coincidir con los de la realidad familiar”. Quien así se expresa es el Papa Benedicto XVI.
Sostiene Fernando Savater que “España es uno de los países más habitables de Europa, sólo nos falta educación cívica, lo que nos ha llevado a la corrupción”. Yo añadiría: y al acoso escolar o laboral, y a la violencia machista, y a la okupación de viviendas, y al ultraje a los símbolos de la nación, y a la injuria vía Twiter y, por supuesto, al insulto en los terrenos de juego, que en muchos casos presupone un comportamiento racista. Son claros ejemplos de faltas de educación que nos retrotraen a estadios asilvestrados. ¿Hay algo peor que un político cargado de ideología y sin educación? Sí, un aficionado cargado de fanatismo y sin educación.
Asistir hoy a un campo de fútbol y presenciar un partido da para doctorarse cum laude en una escuela de salvajismo. La situación se agrava cuando a los cafres no se les impone una severa lección de autoridad que detenga la humillante catarata de gritos o gestos malsonantes y ofensivos con que se retratan partido tras partido. Y las bestias campan a sus anchas con total impunidad. Porque de esta sociedad hemos expulsado a la autoridad: en la familia, en la escuela, en las calles…y por supuesto, en los estadios de fútbol. La autoridad ha ido achicándose, encerrándose en su área, a la defensiva y renunciando a su noble ejercicio bien por complejo (autoridad no es autoritarismo), por un malentendido espíritu de apaciguamiento (no queriendo molestar a la fiera, hemos sido devorados por ella), o por impotencia (¡qué se la va a hacer! como dice Viñao en su citada obra). Y cuando nos disponemos a actuar con contundencia, además de cometer torpemente una cadena de despropósitos, lo hacemos con retraso. Hemos tardado tanto en cargar la escopeta, que la perdiz ya está fuera de tiro. Los bárbaros terminan ganando y los civilizados perdiendo.
Pero en ocasiones, surge un héroe civilizado entre mil, no, diez mil que planta pie en pared y dice: “Por ahí no paso”. Como hizo Guus Hiddink, una tarde de 1992 siendo entrenador del Valencia, en el campo de Mestalla. En los prolegómenos de un partido entre su equipo y el Albacete, al observar que unos aficionados de una peña albaceteña portaban una bandera con la cruz gamada nazi, ordenó rápidamente su retirada advirtiendo que su equipo no disputaría el encuentro con aquél escalofriante símbolo en los graderíos. Ojala hubieran surgido tiempo atrás muchos Hiddink para acabar con la barbarie de tanto odio y fanatismo acumulados en los gradas de los estadios de fútbol, convertidas en cuadras con abundancia de coces más que de voces. Hoy habría más gente educada en el fútbol. Más héroes civilizados como Hiddink.
El que fuera portero del Athletic de Bilbao y de la Selección española, José Angel Iríbar, nos legó esta instructiva y enriquecedora reflexión: “La educación es la única riqueza que no le pueden quitar a un hombre”. Hay magníficos futbolistas que juegan magistralmente, corren como la pólvora y driblan con exquisita destreza al rival, resultando muy difícil quitarles el balón. Que cuando lo pierdan, al menos, retengan la educación.
Prestos los partidos políticos a elaborar sus programas electorales y abordar la pugna que se aproxima convendría que sus dirigentes reflexionaran sobre la necesidad de cambiar el rumbo que llevamos. Que la educación en España no va bien es una de las cuestiones de mayor conformidad entre la ciudadanía. Muchos años llevamos polemizando sobre un sistema educativo manifiestamente mejorable. Enseñanza concertada sí o no; religión en las aulas sí o no; castellano sí o no; por no hablar de la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas o el derecho de los padres a la educación de sus hijos.
Últimamente, la polémica siempre ha estado viciada por una inquietante ideología en combinación con un término talismán: la empleabilidad, más propio de la mercadotecnia que de la academia. Pero muy pocos han reparado en el maestro, la clave del arco educativo, que, a diario, postergado, desarmado de autoridad y arrebatado de reconocimiento y prestigio, vive presionado entre el corsé ideológico y el apremio mercantilista. Nada hay más dañino para las aulas que la ideología. Advierte el sociólogo Pierre Bourdieu que la escuela no puede ser una reproducción de las creencias de la clase que ostenta el poder porque entonces se convierte en un foco de filias y de fobias. Y lo que es más grave, vulnera el derecho de los padres a dar a sus hijos una educación acorde con sus creencias.
Los ingenieros ideológicos diseñan perfiles sobre la juventud que circulan como mercancía de contrabando: Los adolescentes y jóvenes desean con impaciencia protagonizar sus roles de género, no de sexo. La castidad es un hábito medieval. La mujer engendra vida, pero en sus primeros estadios es algo humanizado, no humano; por ello, la interrupción del proceso del nasciturus es un derecho. Los padres no deben torturar a sus hijos dando órdenes. Los profesores no pueden humillar a los alumnos imponiendo aprendizajes y, mucho menos, calificaciones discriminatorias en contra de una sociedad igualitaria. Hay quienes incluso exigen, en fervoroso afán de irracionalidad, la supresión del profesor y su sustitución por un animador turístico.
El reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, Nuccio Ordine, escribe en una de sus obras “Clásicos para la vida”, que la rapidez de las mutaciones económicas es tanta que no es posible adaptar con la misma celeridad los currículos escolares, que la formación requiere plazos largos y más que reformas genéricas es preciso asegurar una buena selección de los docentes. Los jóvenes reclaman profesores que vivan con pasión y con verdadero interés la disciplina que imparten. El amor por la literatura o la filosofía, por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés.
George Steiner nos recuerda que una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato. Bastantes asesinatos ocurren ya en el seno materno. Para evitar los que ocurren en el aula reconozcamos la figura del maestro y su autoridad.
La extraordinaria labor, mucho más que humanitaria, protagonizada por Polonia en esta guerra del tirano Putin, acogiendo fraternalmente a miles de refugiados ucranianos, constituye un colosal testimonio colectivo de amor al prójimo. Un caritativo ejemplo de socorro ante la desdicha del hermano necesitado que está despertando a las conciencias más tibias.
Con perspicaz anticipación a la II GM, escribía Chesterton en El fin del armisticio que entre todos los pueblos del Este europeo, hay uno en que la Europa occidental puede confiar de veras: Polonia, que es cultura católica clavada como una especie de larga espada entre la tradición bizantina de Moscú y el materialismo prusiano. A Polonia, Occidente no le ha prestado nunca el reconocimiento que se merece, ya por osada indiferencia, ya por cruel desconocimiento. El propio Chesterton cuenta la anécdota del inglés educado que escribió a un polaco y puso las siguientes señas: “Fulano de tal. Varsovia. Rusia”. Me siento satisfechísimo, decía Chesterton, de poder añadir que el polaco contestó así su carta: “Zutano de tal. Londres. Alemania.”
En su solidario apoyo a Ucrania, el pueblo polaco, tantas veces crucificado en el transcurso de su historia, actúa impulsado verdaderamente por el corazón porque la propia historia le ha graduado en un magisterio de decepción y dolor sobre lo que es sentirse abandonado por la comunidad internacional. En tan graves momentos como los actuales, los polacos recuerdan el drama que supuso aquél procedimiento calculado, cruel y frío, a través del cual la Rusia soviética de Stalin mutiló el cuerpo y el alma de Polonia, con la complicidad de los aliados occidentales, que paradójicamente levantaron en Londres y en París la falsa bandera de la defensa del pueblo polaco, para entregarlo atado de pies y manos a Moscú. Luego, el verdugo soviético no toleraría la persistencia de esencias y valores polacos sobre aquellas tierras desoladas y calcinadas por la guerra y la tortura que acaso pudieran suponer raíces para un renacimiento futuro. Con saña se persiguió todo cuanto podía significar matriz y crisol del espíritu de Polonia. Fue raída la fe cristiana, aglutinante de este pueblo generoso, destruidos los centros depositarios de la cultura milenaria del país, o destrozado el propio ejército de la nación, previamente reducido en las fosas de Katyn con la marca indeleble del tiro en la nuca. Libros como Derrota en la victoria, de Jau Ciechanowsky, embajador polaco en EEUU durante la II GM, La violación de Polonia, de Stanislaw Mikolajczyk, Jefe del Gobierno polaco en el exilio y Sin capítulo final, del general Wladislaw Anders, certifican el sufrimiento de Polonia en la posguerra.
Sin embargo, Polonia resucitó. El 14 de agosto de 1980 trabajadores de los astilleros Lenin de Gdansk, liderados por Lech Walesa, iniciaban una huelga marcando la senda de la libertad. Un año más tarde, otro titán polaco, San Juan Pablo II, realizó el primer viaje de su pontificado a su Polonia natal, reforzando así un movimiento clave en el derribo del comunismo. Es esa Polonia, llena de resurrección y vida, la que hoy valientemente tiende la mano al infortunado pueblo ucraniano, aún a riesgo de enojar al tirano.
Hubo un tiempo en que las tarjetas de invitación a un baile llevaban impresas las siglas SAM (Sin Acompañantes Molestos, es decir, ¡sin los padres!). Cierto que aquello no era, ni por asomo, el borrado de la figura paterna, propio del extremismo de la Revolución francesa, en donde la ejecución de Luis XVI representó en Francia la muerte de los padres, la tradición y la autoridad divina. En vez de esto, surgió una razón divinizada. Porque frente a la Edad Media, que siempre deseó hacer como los padres, la modernidad deseaba hacer cosas distintas de los padres, liberarse del primitivismo y la coacción de éstos. Se inicia lo que Romano Guardini describe como “una lucha sin cuartel contra la mentalidad autoritaria medieval y el hombre, antes adorador y servidor, se convierte en creador”.
Tampoco debe relacionarse el acrónimo SAM con la convulsa obra de Turgenev, Padres e hijos, en la que el autor, diagnosticando la enfermedad de la época que sufría la juventud de la Rusia zarista, inventa el nihilismo. Un nihilismo que dejaría de creer en el padre biológico para convertirse años después en materialismo ateo que sí creería en progenitores ideológicos. Se cuenta que la hija de Stalin escribió un día al rellenar una ficha escolar que le pedía la profesión de su padre, las palabras “revolucionario profesional”. La divinización de Stalin, como la de los emperadores romanos, fue un hecho pagano constatable en la URSS. El mensaje dirigido por las juventudes comunistas al zar rojo, comenzaba siempre con estas palabras: “Al gran jefe de los pueblos soviéticos, nuestro muy amado padre, nuestro maestro lleno de sabiduría”. Tanto fervor en un hombre y no en Dios explica el episodio en una escuela rural húngara durante un examen oficial y ante la pregunta de un inspector a los alumnos “¿Quién es Stalin?” el niño, a quien de antemano le han enseñado las respuestas, responda sin titubear: “Stalin es mi padre”. “¿Y quién es tu madre?” pregunta de nuevo el inspector. “Mi madre es el Estado”. “¿Qué quieres ser de mayor?” Ante esa pregunta, ahora el niño titubea y, en lugar de la respuesta correcta que se le ha enseñado, la de ser un trabajador leal y disciplinado de la revolución bolchevique, contesta valientemente: “Quiero ser huérfano”. Huérfanos, así definió un cura a unos jovenzuelos irreverentes con los que coincidió en el compartimento de un tren y que trataron de burlarse de él: “Padre, tengo que darle una mala noticia: Ha muerto el diablo”. “Lo siento mucho y os doy mi más sentido pésame”, respondió serena pero decididamente el cura. “¿El pésame? ¿y por qué?” replicaron a coro los dos jóvenes, que llevaban un buen rato blasfemando con el propósito de importunar al sacerdote. “Por la pena que me dais, que os habéis quedado huérfanos”, respondió aquel hombre de Dios.
Cierto es que últimamente llevamos percibiendo algo de SAM que rebasa todos los límites. Vivimos tiempos en que le han echado los perros a la paternidad y a la familia como corazón vivo de la sociedad. No es que pretendamos reivindicar aquello de “la vida padre”, pero resulta indudable que la figura paternal está siendo cuestionada por un fenómeno, novedoso para algunos en la denominación: “ingeniería social”, pero tan viejo como el mundo: los intentos de subvertir la realidad mediante la disolución de costumbres y tradiciones, desplazando los cimientos de una civilización. Ya La República de Platón enumera los signos de la decadencia democrática: “los gobernantes son aceptados por los súbditos solo a condición de que autoricen los peores excesos; al que obedece a las leyes le llaman estúpido; los padres no se atreven a corregir a sus hijos; los hijos ultrajan a sus padres; el maestro teme al alumno y el alumno desprecia al maestro; los jóvenes adoptan aire de ancianos y los ancianos se hartan de gastar bromas para imitar a los jóvenes; las mujeres en el vestir, se parecen a los hombres”.
En este siglo XXI, vuelven legiones de pedagogos, sociólogos y psicólogos, esa trastornada tropa de ingenieros sociales, a pretender salvar a la Humanidad como colectividad, números en una base de datos, máquinas que manejan números, olvidándose de cada ser humano considerado individualmente, con su libertad, responsabilidad y conciencia. Masa frente a individualidad personal, individuo como peón en un tablero ideológico frente al hombre libre y digno. Insisten con infamia y ánimo destructivo en negar la libertad y el derecho de los padres a la educación de sus hijos para acabar abriendo las puertas al caos. Pretenden impedir que las aulas sean una continuación del hogar para convertirlas en espacios donde los niños no son instruidos por representantes de los padres en lo que los padres quieren que sean instruidos, sino por agentes del Estado, comisarios políticos, que les enseñan lo que al Estado interesa: sexo, orientación sexual, discernimiento sobre sus valores, raza o religión. Materias todas que desde siempre han sido, son y serán competencia de los padres. El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Después de los padres, son catequistas los maestros de primera enseñanza. Nada más grande que un maestro de primera enseñanza. Si no nos aprovechamos de las enseñanzas de otros, perderemos mucho tiempo buscando las verdades adquiridas. Queda clara la intención: Usurpar los derechos de los padres y arrebatarles su autoridad. Para mayor escarnio, los disolventes afirman que el fin es hacer de los niños buenos ciudadanos y trabajadores productivos.
Prosiguen deconstruyendo la realidad a base de una contraposición que se lleva al extremo del enfrentamiento entre hombre y mujer con el consiguiente aplastamiento de aquél. En los círculos del feminismo radical, el varón no es que tenga mala prensa, es que se encuentra en busca y captura. Para esta obra de albañilería laica, erigida por un mocerío masónico, solo hay dos modelos: el hombre bruto y el hombre amanerado, lo que supone negar la existencia de un hombre justo y caballeroso, un padre entregado, un esposo enamorado. A fin de cuentas, salvo los hombres que viven de las mujeres, los hombres vivimos para las mujeres y, probablemente, por las mujeres. Si además el varón es católico, el empeño en combatirlo es mayor porque la pieza a cobrar es también mayor: Si acabamos con la figura del padre, acabamos con la figura de Dios. Ya Marx propugnó que para acabar con la imagen de Dios en el cielo, hay que acabar con la imagen de Dios en la tierra. Constatamos la burda estrategia de puesta en práctica consistente en cancelar la figura del padre.
De san José, “era un hombre justo” según el Evangelio de Mateo, se ha dicho que hizo calladamente y sin entenderlo lo que Dios le pidió que hiciera. Es el Patrón de los padres de familia. A quienes somos hombres, maridos y padres, y además, católicos, nos tachan de peligro para la sociedad. Sabemos que nuestra tarea es a largo plazo, silenciosa, minuciosa y sin brillo. Nadie nos ve ni nos aplaude. Lentamente, con fatiga y de forma anónima, vamos preparando el futuro, llenando lagunas, rectificando con paciencia, indulgencia, comprensión y, sobre todo, amor. Pastor que va en busca de oveja descarriada. Padre bueno que se abraza al cuello del hijo pródigo. Quizás en la desolación inevitable de los que niegan a Dios, este culto a los ídolos se suscite para llenar ese hondo abismo que en su alma deja la ausencia divina del Padre.
“En febrero de 1943, una segunda operación, la Estrella Polar, tenía como objetivo romper por completo el asedio rodeando el 18º Ejército alemán por el oeste y cortando la comunicación ferroviaria con la retaguardia, emplazada en Pskov. Fracasó a causa de la lluvia, de la actitud de Hitler (por fin cautelosa después de Stalingrado), y de la División Azul española, que defendió la posición en una feroz guerra de trincheras cuerpo a cuerpo. (Hockenjos, quien con anterioridad había despreciado a los españoles como «un hatajo de quijotes, caballeros adeptos al puñal y tenores de opereta», seguramente tuvo que comerse sus palabras)”.
Quien así escribe es Anana Reid en Leningrado. El asedio más épico de la Segunda Guerra Mundial, y está haciendo referencia a la batalla de Krasni Bor, así conocida en la historia bélica española, que se libró entre el 10 y el 13 de febrero de 1943 en la periferia de Leningrado y en la que 5.000 españoles frenaron en épica hazaña la ofensiva de 38.000 soldados del Ejército Rojo. Aquellas palabras que quizás tuvo que comerse el oficial alemán Fritz Hockenjos, según la autora del libro, encajan en la descripción que sobre los españoles recogiera Angel Ganivet en Idearium Español acerca de la diferencia entre espíritu guerrero y espíritu militar: “Son términos que suelen emplearse indistintamente, pero son opuestos entre sí. El espíritu guerrero es espontáneo y el espíritu militar es reflejo. El uno está en el hombre, y el otro en la sociedad. Uno es un esfuerzo contra la organización, y el otro es un esfuerzo de organización. España es, por esencia, un pueblo guerrero, no un pueblo militar; un pueblo que lucha sin organización”.
El modo tan desconcertantemente español de hacer la guerra rezuma en ciertos detalles relatados por el divisionario Dionisio Ridruejo en Cuadernos de Rusia: “En los muros exteriores de una isba hay pegados unos carteles de toros de Córdoba y Sevilla. Los carteles taurinos españolizaban simbólicamente los puestos de mando de los regimientos y batallones de la División Azul”. También cuenta Ridruejo que los soldados españoles se mostraban refractarios al idioma local. Apenas unas palabras sabían pronunciar y los nombres de las poblaciones y aldeas rusas son castellanizados de inmediato. “Los nativos y, especialmente, los niños, nuestros mejores amigos, van, en cambio, tomando nuestro lenguaje con creciente generalidad. Un muchacho que iba atizando al caballo de un trineo lo hacía acompañando de buenas palabrotas castellanas: “Arre cabrón, me cago en la madre que te parió”. Huella indeleble impresa por el soldado español en tierra extraña.
En su libro Berlín, años cuarenta recoge Ramón Garriga la anécdota contada por el agregado militar de la embajada española, teniente coronel Jose Luis Roca de Togores sobre un sargento de la División Azul que encontró a Rusia demasiado fría y decidió hacer turismo en moto por países de clima más cálido hasta llegar a Grecia: “Mi sorpresa fue enorme, relata Roca de Togores, cuando un día me comunicaron del Alto Mando alemán que desde Atenas informaban que había llegado en moto un combatiente de la División Azul que decía ser hijo del general Muñoz Grandes”. La respuesta del agregado militar fue inmediata: “El general Muñoz Grandes no tiene un hijo en edad militar; envíenme a Berlín a este individuo de la División Azul”. El sargento debidamente custodiado fue entregado a las autoridades militares españoles y Roca de Togores se encontró con un andaluz cerrado que no sabía aclarar bien la aventura que había vivido. Sin embargo, había que reconocer la extraordinaria proeza realizada por aquel hombre, pues sin saber ni una palabra de alemán, ni poder exhibir papel de ninguna clase, había logrado pasar por media docena de controles militares, viajado por media docena de países, logrado comida para él y gasolina para su moto y alcanzado la meta que se había propuesto. Roca de Togores fue escuchando el relato de aquel andaluz simpático y heredero de la antigua casta de aquellos españoles lanzados a recorrer el mundo. No le interrumpía porque se divertía con aquel personaje de la vieja y clásica picaresca, pero en un momento dado tuvo que cortar su verborrea y advertirle: “lo que no te perdonaremos es que dijeras a los alemanes que eras hijo del general Muñoz Grandes”. La respuesta del andaluz desarmó a nuestro agregado militar: “Con perdón de mi teniente coronel, yo no me presenté como hijo del general Muñoz Grandes; solo dije a los alemanes que el general nos trataba a todos como hijos suyos. No es culpa mía si los alemanes son unos brutos e interpretaron mal mis palabras”. Genuino arrojo de un guerrero de estirpe hispánica.
Al margen de la estricta acción de combate, episodios anecdóticos como los narrados constituyen, según Ridruejo, “estupenda riqueza cuando se recuerde, eliminados los sinsabores como los elimina siempre, defensivamente, la memoria que trabaja para la esperanza”. Pero entre los sinsabores hay que recordar que cientos de soldados españoles murieron en aquella cruenta y feroz batalla de Krasni Bor, y muchos miles más dejaron su vida en tierra rusa, sin olvidar a los que quedaron prisioneros en el Gulag soviético sometidos a una vida infrahumana. Que conste también para la historia que en aquellos campos de la muerte tendría lugar la primera reconciliación entre españoles de los dos bandos de la Guerra Civil, treinta años antes de la que fue sellada en la Transición de 1978. Aquellas siniestros campos con sus hostiles alambradas y asesinas torres de vigilancia fueron testigos del encuentro y la convivencia entre soldados de la División Azul y republicanos, en particular, pilotos, marinos y “niños de la guerra”, todos encerrados por la barbarie comunista. Contra esta se revolvieron un día ambos bandos de españoles organizando una huelga contra sus carceleros. Hermanados ante la injusticia, sin diferencias en sus ideales y unidos por una causa común: su amor a España y por el mismo deseo de volver. Solo unos cientos lo lograrían en legendaria resurrección.