Basándose en el asalto al Capitolio acaecido hace tres años y protagonizado por los seguidores de Donald Trump, los Estados de Colorado y de Maine han acordado la suspensión de la campaña electoral del candidato republicano, el cual ha recurrido la decisión ante el Tribunal Supremo. A la espera del fallo, otros quince Estados barajan dejar fuera de las elecciones a Trump. Para el actual presidente norteamericano, Joe Biden, Trump es un peligro para la democracia y ésta es “una causa sagrada que hay que defender y salvaguardar”. ¿Y si donde dice Trump, se dijera Puigdemont?
En España, algunos, alegando que no pueden perseguirse ideas, se alarman porque el Partido Popular propone ilegalizar partidos políticos que declaren la independencia de territorios nacionales o promuevan referéndums ilegales. Olvidan que el pensamiento no delinque, pero las acciones esperpénticas derivadas de ese pensamiento sí. Mientras, en Alemania, una dirigente de la socialdemocracia solicita la ilegalización de un partido de extrema derecha denominado Alternativa para Alemania, a la que tilda de “formación antidemocrática”, porque persigue eliminar la democracia.
La verdadera democracia es aquella que no emplea dos varas de medir.
Gutmaro Gómez Bravo es profesor titular de Historia Contemporánea de laUniversidad Complutense, lleva 17 años dando clase. Este curso ha tenido que cambiar su forma de evaluar a sus alumnos porque se ha dado cuenta de que la mayoría, incluso los que se sientan en primera fila en el aula, utilizan ChatGPT (inteligencia artificial), para hacer los trabajos. Ha vuelto al examen tradicional a pesar de que según él, es un retroceso. Así comienza su entrevista en el diario El Mundo de 11 de septiembre de 2023, página 16, por la periodista Olga R. Sanmartín.
Cuando la “rabiosa” actualidad del día viene marcada por noticias como el terremoto en Marruecos, la dimisión del presidente de la Real Federación Española de Fútbol o la exigencia de amnistía del separatismo catalán, conviene leer entre líneas para dar con informaciones del máximo interés, no tanto para «el día a día», pero sí para «el década a década». De la citada entrevista del profesor Gómez Bravo les resumo lo que ha llamado mi atención:
Que tras la pandemia y debido al exceso de clases on line, los alumnos llegan a la universidad peor preparados. “Si pones una imagen o un PowerPoint te siguen, pero, si les mandas leer, hay un vacío: desconectan. Veo que no resuelven problemas y no reconocen los bulos”.
Que la lectura y la escritura han sido desplazadas. “A mis clases de 3º y 4º vienen estudiantes con faltas de ortografía, e incluso se cometen en las tesis doctorales. Utilizan un lenguaje coloquial y hay un uso constante de la primera persona en los trabajos”.
Que como profesor, él usa la tecnología en apoyo a la docencia, pero hay que poner un límite. “El problema es que(la tecnología), está sustituyendo la capacidad crítica de los alumnos”.
De lo descrito me inquietan dos circunstancias: A los alumnos no les resulta posible reconocer los bulos y la tecnología está sustituyendo su capacidad crítica. Un ciudadano con un perfil así está intensamente expuesto a la intemperie de la manipulación, resultando fácilmente ser sometido y controlado por el poder.
Aunque hace años no se hablaba de tecnología, sino de técnica, sin embargo, el efecto es el mismo. Por ello, les traigo dos botones de muestra
“Las dictaduras de otros tiempos precisaban de hombres de grandes cualidades, incluso en los puestos inferiores, hombres que supieran pensar y actuar por su cuenta. El sistema autoritario de los tiempos de la técnica puede prescindir de ellos; los medios de telecomunicaciones permiten mecanizar el trabajo del mando inferior. La consecuencia de todo ello es el tipo de hombre que se limita a obedecer órdenes sin cuestionarlas. Los hechos criminales de aquellos años no se debían solo a la personalidad de Hitler. La enormidad de aquellos delitos también debía atribuirse a que Hitler fue el primero en poder servirse de los medios de la técnica para multiplicarlos. Pensé en las consecuencias que podía tener en el futuro un poder ilimitado que actuara en complicidad con el de la técnica, dejándose asistir pero también dominar por ella. Nada impediría a una técnica y a una ciencia que hubieran escapado a nuestro control, consumar la obra de aniquilación del ser humano que han iniciado ya en esta guerra tan terrible. Todos los Estados del mundo corren hoy riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una dictadura ese peligro me parece ineludible. Cuanto más se tecnifique el mundo, será más necesario que, en contrapartida se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre a su propia dignidad” (Albert Speer, Memorias).
“¿Y cuál es el gran peligro que nos amenaza a todos?, preguntó el magistrado. El esclavo técnico, prosiguió Traian Koruga. El esclavo técnico es el criado que nos hace cada día mil servicios de los cuales no sabríamos prescindir. Empuja nuestro auto, nos da luz, nos echa agua para lavarnos, nos da mensajes, nos cuenta historias para divertirnos en cuanto damos la vuelta al botón de la radio, traza carreteras y desplaza montañas. Los esclavos técnicos obran con leyes propias, diferentes a las de los humanos. Su influencia se hace sentir cada vez más. Con el fin de poder tenerlos a su servicio los hombres se esfuerzan en conocer e imitar sus hábitos y sus leyes. Y así, poco a poco, sin darnos si quiera cuenta renunciamos a nuestras cualidades humanas, a nuestras leyes propias. Nos deshumanizamos, adoptamos el estilo de vida de nuestros esclavos técnicos y terminamos por imitarlos. El primer síntoma de esa deshumanización es el desprecio al ser humano. Y ahí es donde comienza el drama. Los seres humanos están obligados a vivir y comportarse según leyes técnicas, extrañas a las leyes humanas. Y quienes no respetan las leyes de una máquina, llevadas a rango de leyes sociales, son verdaderamente castigados. Es acaso la época más sombría de toda la historia de la Humanidad. Jamás ha estado tan bajo el nivel del hombre. Desde el momento en que el hombre ha sido reducido a la sola dimensión de valor técnico social puede sucederle cualquier cosa. Pueden detenerle y enviarle a hacer trabajos para un plan quinquenal, para la mejora de la raza u otros fines necesarios a la sociedad técnica sin ningún miramiento para su persona. Sin la complicidad de un hombre, los esclavos técnicos no pueden atacar a los seres humanos. Teniendo como cómplice a un ciudadano, que no es un ser humano, los esclavos técnicos se convierten automáticamente en monstruos del Apocalipsis. ¿Qué entiendes por ciudadano? Ciudadano es el ser humano que no vive la dimensión social de la vida. Posee la crueldad del hombre y del animal y la fría indiferencia de la máquina. Los rusos han logrado crear el tipo más perfecto de toda la especie: el comisario” (Gheorghiu C. Virgil, La hora 25).
Ojala no perdamos el sentido crítico ante esta vida tan tecnológica y una tecnología tan enaltecida.
En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao escribe: “Nuestra enseñanza está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.
“La educación es un tema crucial para todas las generaciones, ya que de ella depende, tanto el sano desarrollo de cada persona, como el futuro de toda la sociedad. Por esta razón, representa una tarea de primer orden en estos tiempos difíciles y delicados. La educación necesita de lugares. El primero es la familia. En la familia, la persona se abre al mundo y a la vida, y la apertura a la vida es signo de la apertura al futuro. El segundo son las instituciones educativas, las primeras instancias que colaboran con la familia; y para desempeñar esa tarea adecuadamente sus objetivos han de coincidir con los de la realidad familiar”. Quien así se expresa es el Papa Benedicto XVI.
Sostiene Fernando Savater que “España es uno de los países más habitables de Europa, sólo nos falta educación cívica, lo que nos ha llevado a la corrupción”. Yo añadiría: y al acoso escolar o laboral, y a la violencia machista, y a la okupación de viviendas, y al ultraje a los símbolos de la nación, y a la injuria vía Twiter y, por supuesto, al insulto en los terrenos de juego, que en muchos casos presupone un comportamiento racista. Son claros ejemplos de faltas de educación que nos retrotraen a estadios asilvestrados. ¿Hay algo peor que un político cargado de ideología y sin educación? Sí, un aficionado cargado de fanatismo y sin educación.
Asistir hoy a un campo de fútbol y presenciar un partido da para doctorarse cum laude en una escuela de salvajismo. La situación se agrava cuando a los cafres no se les impone una severa lección de autoridad que detenga la humillante catarata de gritos o gestos malsonantes y ofensivos con que se retratan partido tras partido. Y las bestias campan a sus anchas con total impunidad. Porque de esta sociedad hemos expulsado a la autoridad: en la familia, en la escuela, en las calles…y por supuesto, en los estadios de fútbol. La autoridad ha ido achicándose, encerrándose en su área, a la defensiva y renunciando a su noble ejercicio bien por complejo (autoridad no es autoritarismo), por un malentendido espíritu de apaciguamiento (no queriendo molestar a la fiera, hemos sido devorados por ella), o por impotencia (¡qué se la va a hacer! como dice Viñao en su citada obra). Y cuando nos disponemos a actuar con contundencia, además de cometer torpemente una cadena de despropósitos, lo hacemos con retraso. Hemos tardado tanto en cargar la escopeta, que la perdiz ya está fuera de tiro. Los bárbaros terminan ganando y los civilizados perdiendo.
Pero en ocasiones, surge un héroe civilizado entre mil, no, diez mil que planta pie en pared y dice: “Por ahí no paso”. Como hizo Guus Hiddink, una tarde de 1992 siendo entrenador del Valencia, en el campo de Mestalla. En los prolegómenos de un partido entre su equipo y el Albacete, al observar que unos aficionados de una peña albaceteña portaban una bandera con la cruz gamada nazi, ordenó rápidamente su retirada advirtiendo que su equipo no disputaría el encuentro con aquél escalofriante símbolo en los graderíos. Ojala hubieran surgido tiempo atrás muchos Hiddink para acabar con la barbarie de tanto odio y fanatismo acumulados en los gradas de los estadios de fútbol, convertidas en cuadras con abundancia de coces más que de voces. Hoy habría más gente educada en el fútbol. Más héroes civilizados como Hiddink.
El que fuera portero del Athletic de Bilbao y de la Selección española, José Angel Iríbar, nos legó esta instructiva y enriquecedora reflexión: “La educación es la única riqueza que no le pueden quitar a un hombre”. Hay magníficos futbolistas que juegan magistralmente, corren como la pólvora y driblan con exquisita destreza al rival, resultando muy difícil quitarles el balón. Que cuando lo pierdan, al menos, retengan la educación.
El antojo del yo, previamente adoctrinado, encumbrado, endiosado acarrea consecuencias irreparables.
La hija de quince años del carpintero comunista Lange volvió del campo de trabajo ganada para el nacionalsocialismo y enajenada de sus padres. La jefa reunió al grupo de niñas en el andén y les soltó un conminatorio discurso de despedida: “Sois personas autónomas, obrad conforme a lo que os he dicho, no os dejéis inducir a error por vuestros padres”. Cuando la señora Lange quiso apelar a la conciencia de su hija, recibió esta respuesta: “Estás ofendiendo a mi jefa”. Yo me imagino ese caso multiplicado por cientos de miles y me quedo deprimidísimo»
No veo ya mucho a mis hijos, están siempre en su organización; además, tengo que ser prudente cuando hablo delante de ellos; han sembrado la desconfianza en las familias. Ese colectivismo: la escuela primaria, el servicio militar obligatorio, los clubes deportivos, las asociaciones estudiantiles, pero existía la posibilidad de contrarrestarlo en la vida privada, individual y familiar.
¿Son los nazis maestros en el manejo de la opinión pública? Ellos especulan claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a la nueva generación de las clases más altas deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria y logran entremezclar verdades con mentiras. ¿Cuánto tiempo llevará el alejar de esas mentes infantiles la basura nacional socialista?
(Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios de Victor Kemplerer. Tomo I. 1933-1941)
Todos los regímenes totalitarios han coincidido en la pretensión de controlar la educación de niños y jóvenes. Quien controla a la infancia y a la juventud domina el futuro. Su obstáculo ha sido siempre la familia. Sobre familias estables puede alzarse una sociedad robusta. Donde la familia permanece sana, la sociedad puede reconstruirse a pesar de haber sufrido quebrantos, ya que los cimientos están firmes. Allí donde la familia se disuelve, la sociedad, sea cual fuere su aparente solidez, está amenazada de próxima ruina. Hay en marcha un calculado proceso de desintegración de la familia asentada en los postulados del respeto a la dignidad y a la libertad de la persona, como criatura de Dios.
Lo cotidiano no cesa de movernos a la perplejidad aunque sea en espacios tan poco relevantes para la existencia humana como el apasionado mundo del fútbol. Reconocía un entrenador de las categorías inferiores de un laureadísimo equipo de primera división que hoy su función no consiste solo en enseñar a jugar al balón, sino también a ejercer una tutela a mitad de camino entre la paternidad y el magisterio. Explicaba que actualmente son muchos los chicos que, en lugar de motivarse y centrarse con el enorme sacrificio y la dedicación constante necesarios para alcanzar su sueño, suelen, en cambio, estar más fascinados con firmar algún día el gran contrato profesional de sus vidas. Y ya desde chavalines tratan de imitar a las estrellas del balompié imaginando ser propietarios de flamantes automóviles deportivos o reproduciendo en sus propias carnes un variadísimo sinfín de tatuajes. Lo triste, se lamentaba el entrenador, es que al advertir a los padres de esa desafortunada tendencia a la emulación por parte de los hijos, aquellos respondían enérgicamente: Tú dedícate a entrenar, haz de mi hijo un perfecto futbolista y olvídate de lo demás.
El déficit de enseñanza y educación que padecen actualmente la escuela y la familia se ve agravado, en ocasiones fatalmente, con pésimos ejemplos que abundan en la sociedad. Los referentes sociales en ámbitos como el deporte o la música pop ejercen una enorme influencia sobre la infancia y la adolescencia condicionando sus actitudes y preferencias. Recientemente, al obtener uno de los más prestigiosos galardones del universo futbolístico, un magnífico jugador ha manifestado con sorprendente inmodestia: “no veo a nadie mejor que yo. No hay un jugador más completo que yo. Soy el mejor jugador de la historia, tanto en los buenos como en los malos momentos”. Palabras que en boca de un comentarista del fútbol hubieran sonado acertadísimas y merecidísimas pues el homenajeado practica dicho deporte de forma sobresaliente. Pero la acumulación de dosis excesivas de vanidad, jactancia y engreimiento en un magnífico futbolista siempre resultará letal en la cabeza y el corazón de un niño. Y es que la ley de la gravedad afecta también a los astros del esférico. Está escrito en El Quijote: Llaneza muchacho, no te encumbres.
Antes de que la Unesco declarara a la cerámica de Talavera de la Reina y El Puente del Arzobispo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, los nombres de Sevres, Talavera o China denominaban a la delicada y hermosa cacharrería de muchas partes del globo. Y sin esa declaración todavía, eran ya un auténtico patrimonio artístico de alcance universal; un embajador idóneo para representar a esta tierra en todo el orbe. Tradicionalmente, el azul puro y el verde rural conformaron los colores vivos e intensos de la alfarería toledana en un empeño por mimetizar el discurrir del Tajo entre jaras y tomillos. Ambos tipos de cerámica se revelan como un mosaico de preciosas piezas con tonos elegantes y matices austeros.
En la historia de ambas villas ocupa un lugar destacado la artesanía del barro. Con barro se elabora el cacharro. Artesanía popular en su triple faceta: utensilio doméstico, ornamento decorativo y producto comercial. La cerámica ha dado en ambos lugares sobresalientes artistas y ha proyectado al mundo estilo, figuras y tonalidades artesanas. Fabricar cacharros constituye en estas tierras del Tajo un goce y un modo de vida. El artista se deleita al crear y se siente orgulloso de su creación. El industrial asegura el sustento de los suyos y con su negocio aporta riqueza y dinamismo a su entorno. El obrador, el horno de leña árabe, hoy arrumbado por el avance tecnológico y los modernos hornos, los atifles, el baño y los pinceles son piezas sin las cuales no se puede componer el puzzle de la historia de Toledo. La loza de El Puente del Arzobispo y de Talavera de la Reina ha entrado ya en la historia cultural de la Humanidad.
Pero, además del arte, hay otros dos factores que configuran la trayectoria vital de ambos municipios: camino y devoción. El nacimiento e historia de El Puente y, en parte, también de Talavera, han estado ligados permanentemente a la peregrinación al Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue éste, santuario nacional y atracción de creyentes en tiempo de los Austrias, comparable en muchos aspectos a Santiago de Compostela. La devoción y la veneración con las que miles de peregrinos acudían al Monasterio de Guadalupe hicieron camino, abrieron camino. También, la devoción de sus habitantes, devoción, principalmente mariana, a la Virgen de Bienvenida y a la Virgen del Prado. Porque la cerámica es dedicada como ofrenda al Señor, a la Virgen y a los Santos.
Hay un viejo dicho en El Puente del Arzobispo que revela una sutil, casi imperceptible, pero intensa vinculación existente entre la artesanía del barro y la creencia religiosa. “Oficio noble y bizarro entre todos el primero pues en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre, su primer cacharro”.
Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.
Dos
inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la
voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de
la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender,
en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a
término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite
medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en
circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.
Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.
No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad. No hay trabajo posible, sea intelectual o físico, si no es mantenido y sostenido por la fuerza de la voluntad.
En la serie La Casa de papel, de Netflix, uno de los personajes exclama muy enfadado “Me cago en la madre que parió a Paneque”. Expresión muy típica de la comarca del Campo Arañuelo que denota ofuscamiento. Se ha suscitado un debate sobre quién era Paneque. Algunos han rebobinado la cinta porque aseguraban haber oído Panenka, mítico lanzador de penaltis de peculiar estilo, pero no, el film dice Paneque y no Panenka.
¿Quién fue Paneque? El verdadero nombre de este personaje era René Rocheteau, original de Castellane, en la Provenza francesa. En 1800, a la edad de 18 años, se enroló en la sección de intendencia del ejército napoleónico como aprendiz de panadero. Además de estar metido en harina, René siempre soñó con conocer mundo.
El 18 de octubre de 1807 René Rocheteau cruza el Bidasoa junto con la primera división del Ejército de Napoleón. Por fin, cumple uno de sus sueños: pisar suelo español, lo que le permitirá conocer la excelente calidad de los cereales y de la harina de Castilla, a la que siempre consideró, aunque fuera nominalmente, tierra cercana a su villa de origen.
A las pocas semanas de su estancia en España, René advirtió la excelente calidad del trigo español. Los habituales tipos de panes que elaboraba para la tropa (pain brié, baguette, fougasse o bougnat…), resultaban más tiernos y sabrosos que los hechos con la harina que siempre manejó en el cuartel de Sevigné. Lo confirmaba la opinión mayoritaria de la soldadesca. René estaba seguro de que en España perfeccionaría su oficio y pericia sobre el pan.
Panes franceses
En una escaramuza a orillas del Ebro, a pocas leguas de Zaragoza, Laurent Fablet, oficial panadero del Ejército napoleónico, obsérvese que digo napoleónico y no francés, fue muerto por esquirlas de pólvora procedente del sector donde operaban las tropas del general Palafox. Para René había llegado la hora de su ascenso: panadero mayor de la Grande Armée. Ahora sí que podría innovar en la elaboración de panes y crepes y galettes.
Transcurridos varios meses de su llegada a España, nuestro protagonista se mostraba pletórico. Y no tanto por el adquirido alto grado en la jerarquía de Intendencia, como por estar pisando suelo español. René siempre admiró a España y tuvo un elevado concepto de los españoles. Gracias a su abuelo Philippe, quien viajó por España como comerciante de telas, René supo que los españoles siempre fueron bravos guerreros. Desde El Cid Campeador hasta Hernán Cortés, pasando por el Gran Capitán. Incluso, tuvo egregios hombres de armas y de letras como Cervantes, o soldados que terminaron llevando el Evangelio a Oriente como San Ignacio de Loyola. En verdad, René vivía sus días con gran alborozo y entusiasmo.
El 2 de diciembre de 1808 René pudo, por fin, conocer Madrid. Napoleón llega a las puertas de la capital de España, por el norte, en el villorrio de Chamartín. Por su excelente quehacer como panadero del ejército imperial, René se aloja en el mismo palacio que Napoleón, propiedad de la princesa de Salm Salm. Ello le permitió conocer algo de la Villa y corte y le hizo ser testigo de excepción de todo cuanto se fraguó en el cuartel general esos días hasta la Navidad de 1808.
Sería al mediodía del 28 de julio de 1809 cuando René Rocheteau, junto a la plana mayor de la Intendencia francesa, cayó prisionero a manos de las tropas españolas mandadas por el comandante Gregorio Cuesta, cuya posición estaba cercana al pueblo toledano de Mejorada.
Cautivo tras las líneas enemigas, René presenció la derrota de su ejército en la batalla llamada de los Montes de Talavera. Nuestro protagonista temió por su vida, sin embargo, su buen hacer en el oficio de panadero haría de él un tipo con suerte. La cuerda de prisioneros en la que marchaba René Rocheteau fue conducida a la prisión de Talavera de la Reina. Allí el alcaide decidió que los cautivos que tuvieran destreza en algún oficio fueran llevados bajo vigilancia a reparar y compensar muchos de los destrozos que los franceses habían causado a su paso por las villas y aldeas del contorno.
Uno de los pueblos que más castigo había sufrido fue El Puente del Arzobispo, en donde tuvo lugar una batalla, quizás más sangrienta que la acontecida en los montes próximos a Talavera, y en la que el impío Ejército napoleónico había quemado gran parte de las casas, incluida la iglesia, matado a varones y mancillado a mujeres. Aquí vino a parar nuestro protagonista.
El oficio de panadero de René Rocheteau fue su mejor salvoconducto. En la villa de El Puente del Arzobispo no había sobrevivido ningún habitante capacitado para elaborar el pan. Por ello fue muy apreciado. Además, los franceses habían arrasado los campos de cereales próximos al municipio. Fue gracias a las tropas inglesas del duque de Wellington, que surtieron a la población con varios quintales de trigo, traídos desde campos extremeños, como pudo alimentarse a los puenteños. Eso y la maestría de René que muy pronto se hizo popular y hasta querido entre los moradores del pueblo. Elaboraba todo tipo de panes, tal y como él los conocía en su país natal. Pero lo que más entusiasmaba a sus nuevos vecinos fueron los crepes o dulces hechos con trigo candeal así como las galettes, piezas de sabor salado a base de trigo sarraceno o alforfón.
El Puente del Arzobispo
La gente se agolpaba ante la tahona y alborozada pedía a gritos y a su manera tan exquisitos productos:
– ¡ René, un pané !
René, negando con la cabeza, respondía:
– ¡ No pané ! ¡Crepé y galette !
Tras varios días repitiéndose aquellas imágenes y sonidos, lo cierto es que algún jovenzuelo con atinado gracejo y sumo desparpajo comenzó a llamar a René con el apodo de Panequé.
Sus panes y sus crepes y galettes se hicieron muy deseados por aquellos contornos. De la villa de Oropesa, de Belvís de Monroy o de la propia Talavera de la Reina acudían personas a adquirir y degustar el producto elaborado por un René cada vez más españolizado.
Cierto día, René enfermó y aunque el aprendiz de panadero pudo, a duras penas, cocer el suficiente pan para abastecer al pueblo, sin embargo, por unos días dejaron de ahornarse en la tahona aquellas deliciosas crepes y galettes marca René.
Por entonces, un capitán del Regimiento de Coraceros, que había sido ayudante de campo del Marqués de la Romana, se acercó a El Puente del Arzobispo con el objeto de saborear los dulces y salados géneros de René, al que todos nombraban por Panequé.
Cuando al militar se le informó de que el mostrador de la tahona estaba falto del delicioso manjar debido a la baja de Panequé, exclamó:
– Y ¿para esto me he desandado yo del camino a Navalmoral de la Mata, perdiendo media jornada? ¡maldita sea mi suerte! ¡Me cago en la madre que parió a Paneque!
Berlín, 1948. Un soldado norteamericano hace guardia todas las noches en el puesto fronterizo entre la zona estadounidense y la rusa. Al otro lado de la valla cumple el mismo deber un soldado soviético con el cual el americano entabla relación amistosa. Todos los días, al avisarle el mando de que está a punto de finalizar su guardia y de su inminente relevo, el soldado norteamericano dice: “Sólo faltan cinco minutos, gracias Dios mío”. El ruso responde también diariamente: “Sí, solamente cinco minutos, gracias Stalin”. Una noche el americano preguntó a su compañero soviético ¿Qué vas a decir cuando muera Stalin? El ruso contestó con alivio filosófico: Entonces diré ¡Gracias Dios mío!
Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Ya lo decía Jean Monnet: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres.Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa. En Occidente, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error. Los dirigentes europeístas han decidido despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. La fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.
Consecuencia de esta deriva es la democracia secularizada, un ordenamiento estrictamente laico de la vida pública que excluye la visión religiosa y certifica la incompatibilidad entre religión y democracia. Se impone así un laicismo agresivo con máscara de neutralidad que no es sino una vulgar nueva forma de totalitarismo. Al excluir la religión de la plaza pública ésta no se vacía, sino que se llena de sucedáneos, de religiones al revés. Y el laicismo es una religión al revés. Es la religión del Estado, una nueva religión política que pretende controlar las conciencias, imponer sus opciones haciéndolas pasar por verdades, decidir lo que ha de enseñarse en la escuela, tergiversar el significado de los hechos históricos del pasado y atribuir a los Parlamentos la facultad de pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, como si las leyes estuvieran por encima de la verdad.
La clarividente Angela Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa. Hasta un anónimo soldado soviético lo sabía.
Alcanzamos a distinguir que una cosa es tener esperanza y otra estar en la creencia firme. Y, sin embargo, como afirmaba Péguy, la esperanza produce verdadera admiración. Para Jerome Groopman, además, desempeña una estimable función en el proceso de curación de las enfermedades. Incluso, si la sanación deviene científicamente imposible, la esperanza se revela como un gran aliado para la entereza y la serenidad.
En su libro La anatomía de la esperanza, este profesor de Medicina de la Universidad de Harvard, estudioso de patologías como el cáncer y el sida, nos enseña ciencia y emociones en situaciones límite, pero también trascendencia. Afirma que tan sólo estamos empezando a ser conscientes del alcance de la esperanza y no hemos definido sus límites, ya que puede ayudar a algunos a vivir más tiempo, y a todos, a vivir mejor”. Groopman no describe la esperanza como un remedio ñoño y almibarado ni tampoco como si fuera un bálsamo de fierabrás. La define como “el sentimiento que experimentamos cuando vemos -con los ojos de la mente- un camino hacia un futuro mejor”. Un sentimiento que “nos da el coraje de enfrentarnos a nuestras circunstancias y la capacidad de superarlas”. Y es que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la bioquímica cerebral.
Además de ser un poderoso recurso psicológico, la esperanza también genera efectos físicos. Las tesis de este investigador de Harvard son base para toda una auténtica biología de la esperanza. La creencia y la expectativa, elementos clave en la esperanza, ejercen influencia sobre el propio cuerpo humano, ya que posibilitan el bloqueo del dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. También puede tener efectos significativos sobre procesos fisiológicos fundamentales como la respiración, la circulación y la función motora. Groopman afirma que “la esperanza nos cambia profundamente el espíritu y el cuerpo, y que puesto que nada está absolutamente determinado, no sólo hay razones para tener miedo, sino también para la esperanza. Así que debemos buscar maneras de sujetar las riendas del miedo y soltarlas para la esperanza”.
Juan Pablo II y Benedicto XVI, dos Papas tan actuales como el periódico del día, nos dicen lo mismo: “No tengáis miedo” y “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”. Y es que como decía Gabriel Marcel, “donde hay esperanza, hay cristianismo”. Será porque la esperanza se basa en la bondad de Dios.
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