Archivo de la categoría: Santoral

1 de diciembre. San Eloy (558-660)

También conocido como Eligio, el lemosín, patrón de orfebres, plateros, metalúrgicos y herradores. Lo suyo era el arte de los metales nobles en el que llegó a destacar como unos de los artífices más competentes de su época. También fue orfebre de su propia vida, nombrado consejero de reyes, elegido obispo, haciéndose famoso por su honradez, su piedad, su caridad y su afán limosnero.

En la monarquía ruda y bárbara de aquellos siglos oscuros, Eloy es una centelleante estampa dignísima e insólita. Trabajador de lo perdurable que convierte en belleza superior el oro y la pedrería, la libertad y las almas. Sólo le atrae lo que no desaparece, lo que no se consume, y se dedica a realzarlo. Artesano de la santidad en tiempos turbulentos en los que reina la violencia.

El exigente y fiel San Eloy supo guardar en palabras de San Juan Pablo II «la proporción adecuada entre la belleza de las obras y la belleza de las almas». Hizo bien su trabajo, sin regatear esfuerzos, sabiendo que sólo una cosa es importante, aristocráticamente despreocupado de todo lo que no fuese la voluntad de Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de noviembre. San Andrés (siglo I)

El primero de los llamados, un pescador al que atrae la palabra de Juan el Bautista y que no tarda en seguir a Jesús, llevando hasta Él a su hermano Pedro. Andrés, en griego, el Hombre, tiene el arrebato incontenible de los apóstoles; cuando ha conocido a Cristo, hace que su hermano le conozca también, sin pérdida de tiempo, le arrastra hacia el Maestro, dando así lugar a que se produzca el anuncio fundacional de la Iglesia.

Es el modelo de la evangelización: no querer nada para uno mismo, sino llevar a otros a Jesús sin saber lo que hará con ellos, sólo por ansias de mediar activamente entre los demás y Dios. Aunque fue el primer discípulo, no será el primer Papa. No sabemos cuáles fueron sus caminos tras la dispersión de los discípulos después de Pentecostés, tal vez Asia Menor, Grecia, la Escitia aún salvaje, pero la tradición asegura que fue el primer obispo de Constantinopla.

Viajes, peripecias, predicaciones, extender la luz por lugares desconocidos y paganos, hasta que San Andrés muere mártir en una cruz aspada que tiene forma de equis, letra que alude a la inicial griega del nombre de Cristo, signo para la posteridad de los creyentes y que aparece en los emblemas de Escocia, de donde es patrón, como lo es también de Grecia y Rusia.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

29 de noviembre. San Saturnino (… – 250)

La tradición le supone griego, nacido en Patras. A comienzos del siglo III el Papa San Fabián le envía a las Galias. Es el santo de las canciones infantiles, San Serenín, es también el que da su nombre a una de las iglesias románicas más hermosas del mundo, Saint-Sernín de Toulose o Tolosa del Lenguadoc, ciudad de la que fue primer obispo.

De su vida se sabe muy poco, pero se cree que misionó en un amplio territorio a ambos lados del Pirineo y que mandó a su discípulo Honesto a evangelizar Pamplona; también se cree que el propio Saturnino visitó la capital navarra y que fue maestro de San Fermín. Murió durante la persecución de Decio: los sacerdotes paganos de Tolosa le responsabilizaron del mutismo de sus ídolos, que habían dejado de emitir oráculos, y cuando el obispo pasaba cerca del templo de Júpiter, la muchedumbre se apoderó de él y le ató a un toro que iba a ser inmolado. El animal echó a correr arrastrando al mártir que quedó con la cabeza destrozada.

En torno a sus reliquias se construyó primero una abadía y luego la basílica actual, que visitaban todos los peregrinos de Compostela, y así fue como su culto se extendió por España y por todo el sur de Francia.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

28 de noviembre. Santa Catalina Labouré (1806-1876)

Modesta campesina bretona, no muy instruida pero con el recio sentido común y el sólido equilibrio de las mujeres fuertes y sacrificadas acostumbradas al trabajo más ingrato y más duro. Sustituyó a su madre muerta en la dirección de la granja paterna, cuidando a diez hermanos, atendiendo todo y aún encontrando tiempo para ir a la iglesia y visitar enfermos.

Fue criada y camarera en el café de su hermano en París antes de hacer el noviciado en las Hijas de la Caridad, la fundación de San Vicente de Paul. El resto de su vida no es de un relieve visible, cuarenta y tantos años en un hospital, en medio del anonimato más absoluto, como miles de monjas dedicadas al servicio de los desamparados por amor a Dios. Nadie sabía que en su juventud, en 1830, en la capilla de la rue du Bac había tenido unas visiones de la Virgen. Nuestra Señora, sentada en una silla que aún se conserva, pedía a Santa Catalina que se acuñase una medalla con su imagen de cuyas manos saliesen rayos de luz, las gracias que derrama sobre el mundo.

Este fue el origen de la «medalla milagrosa», que se difundió rápidamente y obró numerosos prodigios sobrenaturales, sin que nadie supiera hasta la muerte de la santa que fue ella quien vio a la Virgen y escuchó sus palabras, cumpliendo el encargo para luego poner el sello del silencio y de la caridad sin nombre a la misión recibida.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

27 de noviembre. San Simeón metafraste (Siglo X)

Simeón, llamado «metafraste», es decir, intérprete, fue un Santo que se ocupó de compilar la vida de Santos. Poco se sabe de él. Era de Constantinopla, nacido de padres ilustres y ricos, mostró desde niño un gran y agudo ingenio. Al servicio del emperador, quizá Constantino VII, mostró bondad y prudencia, sin llegar a ser soberbio. Vivió como un filósofo grave y modestamente.

En los llamados menologios, las relaciones de mártires griegos ordenadas por meses, compiló muchas vidas de santos con su retórica dulce y elegante. Interpretó con buena prosa la vida de los ellos y alcanzó así la santidad.

Se dice que en casa de herrero cuchillo de palo, no es menor la paradoja del que escribe sobre santos y sigue viviendo como un vulgar pecador. ¿No debería contagiarse uno a fuerza de interpretar estas admirables historias? Que San Simeón interceda por los pobres hagiógrafos y les dé verdad, belleza y fuego para ser dignos de lo que llevan entre manos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

26 de noviembre. San Leonardo de Puerto Mauricio (1676-1751)

Nacido en Puerto Mauricio, ciudad en la Liguria italiana, hoy conocida como Impera, Leonardo, que fue bautizado como Paolo-Girolamo, era hijo de marineros, se formó en Roma, franciscano en el convento de San Buenaventura, en el Palatino, donde se conservan sus reliquias. Fue uno de los grandes santos de la era de la Ilustración, contemporáneo de Voltaire, aunque no fue un combatiente de ideas, sino de piedad, porque a pesar de nacer en un siglo atronador de ideas, él no quiso discutir con nadie.

Según la tradición, la Virgen le sanó de una tisis mortal. Entonces, en la treintena, decidió dedicar el resto de su vida a la predicación ambulante, a las misiones, más de trescientas, que le llevaron a recorrer de forma incansable una y otra vez Italia entera, empleando así el tiempo que le había regalado Nuestra Señora en convertir a los demás. «Gran cazador del Paraíso», le llamaba su amigo el Papa Benedicto XIV, porque tenía una palabra irresistible a la que acompañaba con una calidez sencilla y emotiva, produciendo efectos inmensos en su auditorio cuando hablaba sobre la piedad.

El centro de sus pláticas era la Pasión y el Vía Crucis, devoción que se extendió por todo el mundo gracias a él. Asimismo fue un celoso propagador de la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Cuando contrajo su última enfermedad se negó a dejar de celebrar la misa, «que vale más que todos los tesoros de la tierra». San Leonardo no entró en polémicas intelectuales o filosóficas propias del Siglo de las Luces, pero cuidó de la intendencia de la espiritualidad manteniendo viva la fe del pueblo en medio de la tormenta. Voltaire ignoró su nombre, pero no tuvo peor enemigo que este humilde franciscano.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

25 de noviembre. Santa Catalina de Alejandría

Dicen los sabios hagiógrafos que Catalina nunca existió, atribuyendo su historia a un tardío relato de fines edificantes. Es posible, porque no hay pruebas de que existiera, salvo el antiquísimo monasterio ortodoxo levantado en el Sinaí y que lleva su nombre. Sin embargo, es una de las Santas, que más hondo ha calado en la sensibilidad religiosa de Oriente y de Occidente.

En su vida, popularizada por pormenores como el de la rueda, en que sufrió tormento, y cuyas cuchillas acabaron hiriendo a los propios verdugos, concurre el testimonio valiente de la verdad, siendo esto lo más atrayente del personaje. No es su muerte a manos de infames sicarios, sino su ansiosa búsqueda de la verdad en aquel ambiente blando y cosmopolita, corrompido y ecléctico de la Alejandría de su época.

Insatisfecha con las ideas comúnmente admitidas, fluctuantes, acomodaticias, un poco de Platón, unas gotas de panteísmo, algo de misticismo barato, los Evangelios adaptados, residuos de la enseñanza pagana, todo bien aderezado, Santa Catalina estudia, investiga y una vez bautizada confunde en un debate público a los teólogos a la moda y muere por lo que cree. Si Catalina no existió, hubiera debido existir entonces y ahora, sin conformarse con la mezcla impura que todos dan por buena, y pagar con su vida la proclamada Verdad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

24 de noviembre. Santas Flora y María de Córdoba (851)

Flora era cordobesa, huérfana de un padre musulmán y educada por una madre cristiana. El fanatismo de su hermano mayor la condujo a presencia del cadí, quien la hizo azotar sin conseguir que renegara de su fe. Así lo cuenta su biógrafo San Eulogio que la conoció. María era de padres cristianos que se retiraron a un pueblo de las montañas cordobesas con sus dos hijos, ella y Walabonso; éste fue confiado a un sacerdote para que le educase en un monasterio y María entró en el cenobio de Cuteclara. Tras el martirio de Walabonso, María se lanzó a la calle para proclamar su fe y entró a orar en la iglesia de San Acisclo, donde estaba Flora, quien también se encomendaba a los mártires tras oír a Cristo que le decía: «Otra vez vengo a ser crucificado».

Las dos doncellas se dan el ósculo de la paz, se descubren una a otra su propósito y se juran amistad indisoluble y no separarse por ninguna causa hasta que las dos vayan a reunirse en el Cielo. Luego se presentan resueltamente ante los jueces desafiándolos con la proclamación de su fe. De los calabozos, donde se mezclan con prostitutas, las sacan para el martirio.

«Ellas se santiguaron», escribe San Eulogio, «después alargando los cuellos al verdugo cayó Santa Flora y a continuación Santa María. Sus sagrados cuerpos quedaron expuestos allí para pasto de los perros y de las aves, y un día después los arrojaron al Guadalquivir. Sus santas cabezas se conservan en la basílica del mártir San Acisclo. Allí el pueblo cristiano siente visiblemente su protección».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

23 de noviembre. San Clemente I (…-97)

Tercer sucesor de San Pedro, Clemente I fue papa durante diez años a fines del siglo I. Se le recuerda por la espléndida carta que como obispo de Roma dirige a los cristianos de Corinto (ya San Pablo se lamentaba de las pugnas internas que había en esta comunidad), exhortándoles a poner fin a sus disensiones y a vivir según el Evangelio en un tono dignísimo y de gran solicitud paternal.

Según Eusebio de Cesárea esta carta «universalmente admitida, larga y admirable se leyó en la mayor parte de las iglesias, no sólo antiguamente sino también en nuestro días», y es un testimonio indiscutible de la autoridad del papa que, en medio de persecuciones y herejías, es la voz suprema del magisterio.

Se le atribuyen una multitud de hechos prodigiosos y se supone que el emperador Trajano le desterró al Quersoneso, en Crimea, condenándole a trabajos forzados en una cantera. Como su atributo es un ancla, símbolo de la firmeza de la fe, también se decía que fue arrojado al Mar Negro con un ancla atada al cuello, y que unos ángeles construyeron en el fondo del mar un magnífico sepulcro de mármol; todos los años en el aniversario del martirio de San Clemente las aguas se retiraban para que los devotos pudieran llegar a pie enjuto hasta esta capilla submarina (cuando una madre olvidó allí a su hijo, al siguiente volvió a encontrarlo vivo al pie del altar).

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

22 de noviembre. Santa Cecilia

De esta Santa no se sabe casi nada. Su devoción data tan sólo del siglo VI. Ni siquiera su patronazgo sobre los músicos tiene bases muy sólidas, ya que procede de un equívoco: «cantaba a Dios en su corazón», lo que hizo suponer que era cantante y que se acompañaba con música instrumental, y así se la representa por lo común con un órgano.

Según la tradición era una doncella patricia que se desposó con un joven pagano, Valeriano, a quien en su noche de bodas informó que había consagrado su virginidad a Dios; Valeriano y su hermano Tiburcio, ambos documentados como mártires en Roma, abrazaron la fe y murieron por ella, y algo después Cecilia fue condenada también a muerte por decapitación, aunque los tres primeros golpes del verdugo milagrosamente no cortaron su cabeza.

En el altar mayor de la iglesia de Santa Cecilia, en el Trastévere romano, junto a las reliquias de la mártir, puede admirarse la escultura de la santa, esculpida por el artista Stefano Maderno. La doncella muerta que parece dormir, tendida sobre el costado derecho ocultando modestamente el rostro, con las rodillas un poco dobladas por pudor. Tres dedos de una mano y uno en la otra indican su fe inquebrantable en Dios y en la Santísima Trinidad. Refiriéndose a los cuerpos gloriosos, dice San Agustín que serán «como música», y así podemos imaginar a Santa Cecilia, convertida en su propio himno y cantando la eterna alabanza del Señor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.