Archivo de la categoría: Santoral

2 de noviembre. Fieles difuntos

Después de la fiesta universal de Todos los Santos, existe en la Iglesia desde San Odilón de Cluny este recuerdo particularizado para «los que no precedieron con la señal de la fe», como dice la liturgia, y esperan en un misterioso ámbito, más allá de esta vida, su purificación para entrar en el Reino de los Cielos.

¿Quién habrá sido completamente fiel? Fundándose en una creencia de la que hay testimonios en el Antiguo Testamento y que aparece en numerosos autores de los primeros siglos, como San Agustín, Trento definió el dogma del Purgatorio como lugar de expiación definitiva, último crisol de las almas.

Los fieles difuntos, «nuestras amigas, las almas del Purgatorio», no se evocan entre brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe. Imaginamos un inmenso espacio de sombras, ausente de la luz que ya se conoce con certeza y y que se ansía. A tientas, con una dolorosa impaciencia de Bien, el ejército de la purificación es nuestro valedor, como nosotros pedimos «que brille pronto para ellos la luz eterna de la Gloria»

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de noviembre. Todos los Santos

La fiesta de hoy se dedica a lo que San Juan describe como «una gran muchedumbre que nadie puede contar, de todas las naciones tribus y lenguas»; los que gozan de Dios, canonizados o no, desconocidos las más de las veces por nosotros, pero individualmente amados y redimidos por Dios, que conoce a cada uno de sus hijos por su nombre y su afán de perfección.

Hay quien pone reparos a éste o aquél, reduce el número de las legiones de mártires, supone un origen fabuloso para tal o cual figura venerada. La Iglesia puede permitirse esos lujos, un solo santo en la tierra bastaría para llenar de gozo al universo entero y hay carretadas. ¡Aquellos veinticuatro carros repletos de huesos de mártires que Bonifacio IV hace trasladar al Panteón del paganismo para fundarlo de nuevo sobre cimientos de santidad!

Por eso hoy se aglomeran en la gran fiesta común. Los humanamente ilustres, Pedro, Pablo, Agustín, Jerónimo, Francisco, Domingo, Tomás, Ignacio y los oscuros: el enfermo, el niño, la madre de familia, un oficinista, un albañil, la monjita que nadie recuerda, gente que en vida parecía tan gris, tan irreconocible, tan poco llamativa, la gente vulgar y buena de todos los tiempos y todos los lugares.

Cualquiera que en cualquier momento y situación supo ser fiel sin que a su alrededor se enterara casi nadie, cualquiera sobre quien, al morir, alguien quizá comentó una frase convencional: Era un santo. Y no sabíamos que se había dicho con tanta propiedad. Cristianos anónimos que a su manera, a escala humana, se parecían a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Como los fallecidos bajo las aguas. Hoy nos acordamos, especialmente, de ellos. Que El Altísimo los acoja en su Gloria.

31 de octubre. San Wolfgango (995-994)

El del extraño nombre, significa el que anda como un lobo, pero él se lo latinizó en Lupámbulo. Era de noble familia suaba, en la Alemania del sur, se educó en la abadía de Reichenau, junto al lago de Constanza, y en el 956, ya famoso por su saber, fue nombrado director de las escuelas de la catedral de Tréveris. En este oscuro período de la cultura de Occidente es una de las luminarias de Europa.

Wolfgango dejó atrás la luz de la fama para encerrarse en un monasterio benedictino, el de Einsiedeln. Más tarde se le encomiendan tareas misionales, primero en la Panonia, entre los feroces húngaros paganos, y luego como obispo de Ratisbona, en donde tiene que ponerse al frente de una enorme diócesis gran parte de cuyos habitantes están aún por cristianizar. El recuerdo que nos deja no es ni de sabio ni de monje, sino de misionero, de organizador, de obispo que ha de mandar, predicar ante multitudes, reprimir abusos y proveer a mil necesidades de orden práctico.

Su actividad se funda en un criterio de puro sentido común: para evangelizar a las gentes hay que asegurarse primero que están evangelizados los monjes, y en consecuencia la reforma monástica y la rigurosa sujeción a la regla de San Benito es el punto de partida de San Wolfgango. Cristianizar a los cristianizadores puede ser aún el primer paso para cualquier empeño de que el mundo se parezca un poco más a Jesucristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de octubre. San Alonso Rodríguez (1531-1617)

En medio de una tan larga lista de jesuitas ilustres, éste es el jesuita insignificante por antonomasia, un don nadie, un Rodríguez cualquiera que sin dejar de serlo se elevó a las alturas de la mística. Alonso era segoviano, hijo de un pañero, cuando Castilla era famosa por sus telares. Muy joven aún tuvo que ponerse al frente del negocio para el que parece que no tenía aptitudes comerciales.

Se había casado y era padre de dos hijos. Su esposa, María Juárez, le reprochaba su poco espíritu comerciante, así no vamos a llegar a ninguna parte, y en efecto, Alonso no llegó a ser nada; peor aún, enviudó, sus hijos murieron, y entonces renunció a los paños y quiso entrar en religión. Pero los jesuitas de Valencia dudaron de aquél hombre cercano a la cuarentena, de pocas letras, ausencia de capacidad para los estudios y escasa salud. Por fin, como simple hermano coadjutor fue enviado al colegio de Montesión en Palma de Mallorca.

En la isla permaneció cuarenta y seis años haciendo de portero. Sus atributos son una llave y un Rosario al cinto. La llave para cumplir alegremente con su modesta obligación («obediencia a lo asno», decían que era la suya), pensando que cada vez que sonaba la campanilla quien llamaba era Cristo; el Rosario para rezar y meditar, convirtiéndose desde aquel puesto tan oscuro y humilde en una gran místico que hoy asombra los estudiosos. Hopkins, el poeta inglés de la Compañía de Jesús, dedicó a San Alonso Rodríguez un soneto que termina así:

«Se acumulan los años sin que nada pasase

cuando Alonso en Mallorca atendía la puerta.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

29 de octubre. San Narciso (siglo II)

En el santoral de hoy es posible elegir entre dos santos homónimos que fueron obispos de la misma época, pero de características muy dispares. Uno fue obispo de Jerusalén y en el año 195 contribuyó a decidir que la Pascua se celebrase siempre en domingo. Parecer ser que murió a los ciento dieciséis años.

El otro San Narciso, más popular, tiene una historia más enredada; quizá de origen centroeuropeo, durante la persecución de Diocleciano tuvo que huir y refugiarse en la ciudad de Augsburgo. Allí se alojó en casa de una «mujer principal, pero deshonesta», una cortesana famosa cuyo nombre era Afra, incluida en el santoral el 5 de agosto. Siendo idólatra, la oración de Narciso la convirtió junto con su madre y tres criadas suyas.

Más tarde, el santo en unión de su diácono Félix, llega a Gerona, que convierte en su centro apostólico. Años después cuando iba a celebrar misa fue asesinado con su diácono. Murió a consecuencia de tres heridas en el hombro, en la garganta y en el tobillo. En Gerona, de donde es patrón, además de serlo de Augsburgo, es conocido como el santo de las moscas, ya que se dice que en 1285 de su sepulcro salieron enjambres de tábanos que con sus picaduras mortales hicieron huir al ejército francés invasor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol,

28 de octubre. San Judas Tadeo (siglo I)

Fue uno de los Doce, tal vez el hermano de Santiago el Menor, citado en la lista apostólica en penúltimo lugar, inmediatamente antes del traidor. Se supone que tras la muerte de Jesús, Judas Tadeo predicó el cristianismo en Siria y Mesopotamia, y quizá murió en Persia con San Simón, martirizado a golpes de maza.

Durante la antigüedad y casi toda la Edad Media fue un santo ignorado, quizá porque la ingrata homonimia hacía repeler funestamente su nombre, pero en el siglo XIV Santa Brígida de Suecia contó en sus revelaciones que el Salvador le había instado a dirigirse con confianza a San Judas, y desde entonces pasó a tener una grande y dramática veneración, especialmente, en Reims y Toulouse, y su culto llegó a ser muy popular en Polonia, donde abundaban los Tadeos.

San Judas Tadeo es el patrón de las causas desesperadas, el abogado de las causas que uno mismo declara perdidas, es sobre todo la última tabla de salvación para los que ya no esperan anda, más allá de la esperanza aún está él. «Es más final que la desesperación y sólo sana a los que mueren. Es Judas quien tirando de un solo cabello salva y mete en el Cielo al literato, al asesino y a la prostituta.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

27 de octubre. San Frumencio (…-380)

Frumencio fue el primer evangelizador entre los etíopes, siendo hasta su muerte el guía espiritual de la novísima cristiandad. No se sabe con certeza qué fue lo que le llevó desde su Tiro natal, en Fenicia, hasta el interior de África, más allá de Egipto e incluso del remoto Sudán. El hecho es que nuestro hombre se encontró en Etiopía, y allí acabó en presencia del rey Eskendi, que tenía su corte en Aksum, al norte del país, no lejos de Asmara.

Frumencio se hizo indispensable al monarca, fue su secretario y consejero, posiblemente también algo parecido a su juglar, ya que dominaba el arte de la narración y sabía mantener en suspenso a sus oyentes con historias maravillosas, por ejemplo, las que se contaban en unos libros llamados Evangelios. Eskendi se convirtió al cristianismo antes de morir, y su hijo y sucesor, Ela-San, fue más lejos aún: se construyó una iglesia y quiso también ser alimentado con aquel Pan del Cielo de que le hablaba el misionero blanco.

Como Frumencio no había sido ordenado sacerdotes, emprendió viaje a Alejandría para pedir a San Atanasio que enviara sacerdotes a aquellas tierras, pero el patriarca consagró obispo al mismo enviado, y desde entonces San Frumencio es recordado en Abisinia con el nombre de Abba Salama, padre de la paz.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

26 de octubre. San Virila (siglo X)

Virila o Virilio es el más famoso de los abades de Leyre, el más importante de los centros monásticos de Navarra. Ya se le cita como abad en un documento del año 928. La tradición sitúa su nacimiento en el pueblo vecino de Tiermas, sus reliquias se veneran en la catedral de Pamplona y aún los viajeros pueden visitar la fuente de San Virila.

De él se cuenta que era un alma tan contemplativa que encontrándose en la sierra oyó el canto de un pajarillo, y aquellos trinos maravillosos le sumieron en tal éxtasis que permaneció allí en un místico ensueño, como escuchando al voz de un ángel que cantara la gloria divina, durante trescientos años. Pasados tres siglos, cuando volvió al monasterio quedó atónito: los monjes ya no llevaban el hábito negro de San Benito, sino el blanco de los cistercienses, porque en el curso de este tiempo había habido violentísimas y escandalosas luchas entre ambas órdenes por la posesión de Leyre. San Virila no se había enterado de nada, tres siglos habían pasado para él, como suele decirse en un vuelo , o mejor, en un trino.

La belleza que identificaba con Dios le permitió a Virila olvidarse del tiempo y sobrevolar la política, actitud según algunos poco recomendable (aunque en el Evangelio Cristo dice a María que ella ha elegido bien).

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

25 de octubre. Cuarenta mártires de Inglaterra y Gales (siglos XVI y XVII).

En 1970 la Iglesia canonizó conjuntamente a todos estos católicos ingleses y galeses que perseveraron en su fecha hasta el martirio durante las persecuciones decretadas por diversos monarcas (sobre todo, la reina Isabel I) desde que Enrique VIII se separó de la obediencia de Roma. Ser católico era considerado como una traición a la Corona y estos súbditos desleales por el solo hecho de sus creencias tenían que morir en la horca. Y así murieron estos cuarenta mártires que representan a otros muchos ingleses fieles a Roma.

Entre ellos hay madres de familia como Margaret Clitherow, viudas como Anne Line, nobles como Philip Howard, conde de Surrey, oscuros seglares como el maestro galés Richard Gwyn, y sacerdotes como Cuthbert Mayne, John Payne, John Almond o John Kemble. Está luego una larga lista de religiosos entre los que figuran cartujos, agustinos, benedictinos y franciscanos, sin olvidar a los jesuitas, la orden más activa y arriesgada en la defensa y mantenimiento de lo que se llamaba oficialmente la antigua fe: Robert Southwell, Henry Walpole, Nicholas Owen, Thomas Garnet, Henry Morse y el más célebre de todos, Edmund Campion (1540-1581), cuya vida escribió Evelyn Waugh.

Como se ve, apellidos muy ingleses y galeses, una prodigiosa constelación de obstinados que no renuncian a su fe cuando el poder civil decide que ahora hay que dejar de creer en aquello y creer en esto otro porque así lo manda.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

24 de octubre. San Antonio María Claret (1807-1870)

Empieza siendo un joven entregado al trabajo con un ardor singular, luego hay como una conversión, con dos intentos de entrar en órdenes tan dispares, cartujos y jesuitas, hasta quedarse en cura de pueblo, que es donde Antonio María da toda su medida de apóstol. El arzobispado de Cuba es una ampliación gigantesca de su actividad en Viladrau. Por fin, llega a Madrid, etapa que termina con el destierro y con su intervención, ya al borde la muerte, en el Concilio Vaticano I.

Fue el último confesor de reyes que hay en el santoral, el último confesor regio en una época en la que parece que no hay ya monarcas santos; confesor además de una reina, la española Isabel II, que no se distinguió por su ejemplaridad. Toda una hazaña la de este catalán de aspecto campesino y algo tosco en cuya vida se ha cebado la calumnia. Lo cual era inevitable, porque en pleno siglo XIX y en la turbulenta España isabelina, vivir en el centro de la corte, aun sin querer hacer política, era influir en la política nacional. Al Padre Claret no se lo perdonaron.

La santidad entre las intrigas de una historia muy reciente le hizo ser uno de los hombres más odiados del país, víctimas de numerosos atentados. Su ejemplo lo dio San Antonio María Claret en el más ingrato y resbaladizo de los terrenos que puede pisar un santo: las cercanías al poder humano, siempre frágil, discutido y corrupto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol