Archivo del Autor: @RaúlMayoral

Selección de ofendidos

Todo tiempo histórico tiene un tipo de hombre con el que se corresponde. El de la hora presente es el tipo del ofendido. La estructura mental de un sujeto ofendido es el victimismo. Todo relato victimista sitúa en su cúspide a un ofensor. Psicológicamente, una víctima suele desconfiar de todo lo que le rodea, proyectando también sus filias y fobias a su alrededor. El ofendido no razona. Su estado permanente es la sinrazón mantenida a base de emociones y sentimientos. Sugestión y obsesión.

La Selección española de fútbol se ha proclamado Campeona de la Eurocopa. Ante semejante logro, los ofendidos se obstinan en demostrar que ello ha sido gracias a dos hijos de inmigrantes y también a uno o dos vascos. En su delirio victimista pareciera que el empeño del ofendido es restregar al resto de españoles que la victoria se ha alcanzado gracias a futbolistas que… ¡son españoles!

En su deriva emocional, al ofendido no le importa aniquilar el espíritu de equipo, propio del fútbol, con tal de enaltecer de manera inconcebible las hazañas individuales de miembros del combinado nacional en el altar identitario, ya sea racial o territorial. En su pronunciada curva martirial, el ofendido derrapa para certificar la conquista del antirracismo y hasta del antifascismo, por encima del éxito de la Selección. Si bien, el expuesto resulta ser el cuadro leve de la enfermedad que padece la persona ofendida, existe un cuadro aún más severo con que se muestra aquélla. Los efectos de mayor gravedad consisten en ofenderse y atacar en manada ante aquel futbolista del equipo nacional que osa ser austero y poco efusivo en el saludo institucional, o excesivamente patriótico al reivindicar la españolidad de una roca. ¡Qué ofensas más ofensivas para los ofendidos!

Los ofendidos no saben ni quieren saber que desde hace años futbolistas negros han integrado la Selección española. No saben ni quieren saber que en el fútbol español han militado decenas de futbolistas de color. Incluso, militó Ben Barek, un negro marroquí, que jugaba como los ángeles, y fue muy querido en España y, especialmente, en Madrid. No saben ni quieren saber que el holandés Johan Cruyff fue expulsado de un terreno de juego por referirse despectivamente a un futbolista argentino llamándolo “indio”. Los ofendidos no saben ni quieren saber que hace años en una concentración de la Selección, un futbolista agarró por el cuello a otro por despreciar y humillar a un tercer futbolista, simplemente porque éste era hijo de Guardia Civil. Además, el protagonista del desprecio, proetarra, y el despreciado, militaban en el mismo equipo. No saben ni quieren saber que los proterroristas de Bildu han señalado como traidores a dos futbolistas vascos de la Selección española. Desde el Gobierno de la nación aún no se ha censurado la infamia. Pero los ofendidos persisten en instrumentalizar con su mezquino manoseo la gloria del fútbol español.

16 de julio. Santa María Magdalena Postel (1765-1846).

Hija de un cordelero normando, Julie Postel era conocida como «la santita» por las gentes de Barfleur impactadas por su piedad. Se educó con las benedictinas de Valogne, que le propusieron quedarse con ellas, pero la abadía no le pareció suficientemente pobre. Porque su ideal era enseñar a niñas que no pudiesen pagar colegio alguno, quería recristianizar Francia partiendo de la formación de mujeres, y a los dieciocho años se instaló en Barfleur, en una choza, humilde origen de sus futuras escuelas para alumnas también muy humildes.

Durante la Revolución francesa se convirtió en la «virgen-sacerdote», pues estaba autorizada para distribuir la comunión, ocultaba los vasos sagrados, facilitaba lugares de culto clandestino, daba albergue a los curas fugitivos y seguía enseñando el Catecismo en cuevas y graneros. En 1805 fundó en Cherburgo las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Merced, congregación para la que adquirió años después la abadía de Saint-Sauveur-le-Vicomte, cerca de Coutances, y gobernó su orden hasta una edad muy avanzada con criterios tan espirituales y de tanta ternura maternal, que fue canonizada en 1925.

La Hermana María Magdalena, «la santita», que a su muerte había fundado treinta y siete casas, desplegando una enorme actividad a pesar del asma que sufría y de las penitencias que solía imponerse, fue una mujer fuerte y humilde, con la testarudez que se atribuye a los normandos, convencida de ser un pobre instrumento de Dios con el cual Él podía hacer maravillas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

15 de julio. San Buenaventura (1221-1274)

Nacido en la aldea toscana de Bagnorea, Juan de Fidanza llega a París para completar sus estudios y se hace franciscano, pasando a ser fray Buenaventura. En la capital francesa se vivía por entonces una enconada guerra entre teólogos rivales que derrochan orgullo y hasta violencia. Frailes que iban a la greña entre injurias, calumnias y hasta palizas discutiendo sobre Aristóteles y Averroes.

En este guirigay tan poco ejemplar se forma Buenaventura. Esa experiencia inolvidable le proporcionaría un santo equilibrio: sin renunciar a la inteligencia y al saber, insistió siempre en que cualquier mujeruca ignorante puede amar y conocer mejor a Dios que un sabio teólogo. Él y Tomás de Aquino serán el Doctor Seráfico y el Doctor Angélico resumiendo fraternalmente en aquel agitado París el esfuerzo por unir verdad y caridad.

San Buenaventura será un franciscano antes que nada, y cuando le elijan general de su orden, también muy dividida, y se convierta en una gran personalidad (obispo de Albano, cardenal y legado pontificio), antepondrá a todos los honores el espíritu de sencillez del fundador. Lavaba la vajilla de su convento, cerca de Florencia, cuando los enviados del Papa fueron a anunciarle que era cardenal, y según la tradición les pidió que colgaran el capelo de la rama de un árbol porque él tenía las manos grasientas y sucias. Esto será más duro, suspiró.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

14 de julio. San Francisco Solano (1549-1610)

Nacido en Montilla, Córdoba, Francisco estudia en los jesuitas y en 1659 se hace franciscano, pasa al convento de Nuestra Señora de Loreto, cerca de Sevilla, y luego se hace maestro de novicios y superior en San Francisco del Monte.

En 1589 embarca en Cádiz con once religiosos más y empieza la ventura americana, en la que se suceden naufragios, calamidades y peligros, llega a Tucumán por la ruta de los conquistadores y durante diez años misiona entre los indios convirtiendo a muchísimos de ellos. Aprendió la lengua de la tierra peruana y su predicación popular y sencilla causaba un efecto imborrable en sus oyentes. Desde 1601 le encontramos en Lima, donde sus superiores tienen que amonestarle porque sus palabras conmueven de tal manera que se suscitan tumultos.

En los altares se representa a este fraile con un violín, instrumento del que se servía para atraer a los indios americanos, quizás entonando también alguna canción porque se sabe que además de ser aficionado a la música tenía muy buen voz. En Lima, San Francisco Solano morirá tras una breve enfermedad. Ya tenía entonces fama de santo este fraile viajero del violín y del crucifijo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de julio. San Enrique (973-1024)

Hijo del duque de Baviera, Enrique heredó el ducado a la muerte de su padre, y en el 1002, al morir sin descendientes directos Otón III, le sucedió en el trono del Imperio Romano-Germánico; posteriormente su apoyo al Papa Benedicto VIII, que tuvo que enfrentarse a un antipapa, le valió ser coronado en Roma.

De San Enrique se decía que tenía una firme vocación de monje y que repetidas veces intentó ingresar en un monasterio. Si está en el santoral no es por ser religioso frustrado, sino emperador reinante al que se le recuerda por favorecer a los cluniacenses y por su empeño en contribuir a la reforma del clero y sus fundaciones eclesiásticas, entre ellas el obispado de Bamberg, en cuya catedral está enterrado.

Canonizado en 1146, aun suponiéndole una indudable piedad y un fervoroso celo por la causa de la Iglesia, hoy se le evoca por santificarse al frente de un imperio, haciendo política, en el altísimo puesto humano que se le asignó, sin renunciar a sus turbiedades y peligros. Santo emperador para que de todo haya.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de julio. San Juan Gualberto (… -1073)

Este santo florentino protagonizó una llamativa anécdota a la que se atribuye su decisión de abrazar el estado religioso. Su familia andaba enzarzada en sangrientas venganzas, y cierto día topó en un camino solitario con el mayor enemigo de los suyos, que se encontraba inerme ante él. El hombre se arrodilló para suplicarle que le perdonase la vida por amor de Jesucristo en la cruz, y Juan Gualberto, conmovido, le abrazó diciéndole que no podía haberse buscado un abogado mejor. Luego, al entrar en una iglesia, vio que el crucifijo inclinaba la cabeza ante él, dándole las gracias.

Ingresó en San Miniato de Florencia, pero se dice que huyó de allí cuando los monjes quisieron elegirle abad, prefiriendo obedecer que mandar, y huir del peligro en que están los que ocupan lugares altos. Con un compañero fue en busca de otros parajes y fundó una comunidad en Vallombrosa, en la Toscana, con una adaptación personal de la regla de San Benito, extendiéndose por toda la península italiana. En Vallombrosa tuvo que resignarse a la dignidad abacial.

Manso, benigno, grave, modesto, severo con los rebeldes y suave con los flacos, muy compasivo con los enfermos, celoso de la santa pobreza, San Juan Gualberto presenta una estampa de monje que sólo vive para la oración y la caridad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

11 de julio. San Benito de Nursia (480-547)

Monje barbudo de hábito negro, con el rostro iluminado por una luz indecible, con ojos limpios y profundos, pendientes de una lejanía que está más allá de lo que podemos ver, y portando una pluma en la mano con la que escribe santas palabras sobre la humildad y la obediencia, así retrató un anónimo español del siglo XVI a Benito en un cuadro que se conserva en el monasterio de Leyre. Nacido en Nursia, en la Umbría, estudió en Roma, cuyo ambiente debió sentir tan amenazador para su fe que prefirió retirarse a la soledad para hacer vida ascética. En Subiaco, se le unen discípulos y funda doce monasterios de los que es superior.

Hasta que, después de graves vicisitudes ente las que no faltan la calumnia y un intento de envenenamiento, se instala en las alturas de Montecasino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levante el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí escribe su famosísima regla que iba adoptar todo el orbe cristiano, modelo de espiritualidad y discreción, que es como uno de los documentos fundacionales de la antigua Europa.

Patrón de Europa le nombró precisamente el Papa Pablo VI, ya que su regla, por la que se rigen millares de monjes en todo el mundo, ha hecho que el patriarca del monacato occidental fuera uno de los grandes constructores de la personalidad europea; como Montecasino es nuestro símbolo de cultura cristiana, sobre cimientos paganos, arrasado por los bárbaros y destruido nuevamente en la Segunda Guerra Mundial, persistiendo en medio de las peores tormentas como una lámpara encendida por San Benito y que no se apaga.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

10 de julio. San Cristóbal (¿siglo III?)

Mártir de Asia Menor, a quien ya se rendía culto en el siglo V. Su nombre griego, Cristóbal, «el portador de Cristo«, es enigmático y se empareja con una de las leyendas más bellas y significativas de toda la tradición cristiana, siendo patrono de viajeros, que, al viajar hoy en automóvil, son, más bien, automovilistas. De estatura colosal, con gran fuerza física y con el orgullo de no conformarse con servir a amos que no fueran dignos de él. Primero un rey, aparente señor de la tierra, y luego el Diablo, verdadero príncipe de este mundo, le defraudan, uno y otro se vanaglorian de no temer a nadie, pero el rey tiene miedo al Diablo, y el Diablo tiembla ante la sola mención de una cruz donde murió un tal Jesucristo.

¿Quién podrá ser ese raro personaje tan poderoso aun después de morir? Se lanza a los caminos en su busca y termina por apostarse al vado de un río por donde pasan incontables viajeros a los que él, por su hercúlea corpulencia, lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas. Nadie le da la razón del hombre muerto en la cruz que aterroriza al Diablo.

Hasta que un día cruza la corriente cargado con un insignificante niño a quien no se molesta en preguntar. ¿Qué va a saber aquella frágil criatura? A mitad del río su peso se hace insoportable y sólo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla: San Cristóbal llevaba a hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a Aquél a quien buscaba.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de julio. Santa Verónica de Julianis (1660-1727)

De pequeña se llamaba Úrsula, era la menor de siete hermanas y huérfana de madre desde los cuatro años, su padre, instalado en Plasencia como intendente general de Hacienda, hacía planes para casarla adecuadamente, contando con sus atractivos. Caprichosa vehemente, terca y traviesa, nada parecía anunciar en ella una futura mística.

A los diecisiete años se hizo capuchina en un convento de Cittá di Castelo, en la Umbría, y adoptó el nombre de Verónica, el espejo de Dios. Siendo maestra de novicias, llamó la atención porque protagonizaba fenómenos inexplicables que alarmaron a las autoridades eclesiásticas. Tenía visiones y éxtasis, pero, además, llevaba impresos en manos y pies los estigmas de la Pasión. El obispo de la diócesis, de acuerdo con la abadesa y con la ayuda de un docto jesuita y de tres médicos, estudió el caso con la desconfianza que es de rigor. Pero las heridas se renovaban tras ser curadas.

Ante la imposibilidad de aclarar los hechos, se impuso a la monja el severo castigo de ser recluida en su celda, sin oír misa ni comulgar. Se la consideraba una impostora. Sin embargo, los fenómenos persistían y ella los vivía con una actitud serena, confiada y alegre, de absoluta obediencia y humildad. Más tarde fue abadesa hasta su muerte. Santa Verónica gobernó el convento con un espíritu práctico, una solicitud por los detalles de la vida cotidiana, una sensatez y un buen humor que desconcertaban a quienes creían que la unión íntima con Dios incapacita para vivir en este mundo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

8 de julio. San Procopio (… – 303)

Nacido en Jerusalén, Procopio vivía en Scitópolis, donde era lector, exorcista y traductor de las Escrituras. Hombre muy espiritual y mortificado que solo vivía de pan y agua. Al comenzar la persecución de Diocleciano, fue conducido junto con otros cristianos a Cesárea, y allí el gobernador Flaviano le ordenó que sacrificase a los dioses. Al negarse, citando unos versos de Homero, Procopio fue decapitado.

La tradición cristiana no se conformó con esto, y en torno a él se tejió una absurda leyenda que le supone personaje principal y pagano con la misión de perseguir al cristianismo, y no lejos de Antioquía se le atribuye una visión semejante a la de San Pablo en el camino de Damasco. Una vez convertido, su historia se despeña de disparate en disparate, con prodigios bélicos que consigue con la ayuda de una cruz que es casi un amuleto y otros aparatosos milagros, hasta que muere entre terrible torturas.

Pero hay que quedarse con nuestro sencillo San Procopio, el verdadero, y sus claras y sólidas virtudes, no con el fantoche que parece un supermán a lo divino. Hay que recordar al clérigo que sólo hizo lo que debía hacer, entre otras cosas morir mártir, eso sí, citando a Homero, como quien se permite humorísticamente un adorno heredado del paganismo porque le sobra fe ante el verdugo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.