Archivo del Autor: @RaúlMayoral

Cínicos

Cínico es Oriol Junqueras, quien desde prisión ha declarado su acendrado amor a España y a los españoles ¡qué lástima no poder corresponderle!. Pero más cínico es Pedro Sánchez, cuya breve deriva presidencial ha tenido mucho de farsa alcanzando su cinismo proporciones descomunales. Y cínicos son aquellos que ante el golpe separatista se resisten a afear ese ataque a la democracia postulándose con supina desfachatez como genuinos demócratas.

Durante la inminente campaña electoral, el rival más incómodo para el candidato socialista será la hemeroteca. Circulan por las redes sociales vídeos del ex presidente que revelan su especialidad en elevar la mentira a sistema de conducta. Desde aquél “nunca seré presidente con el apoyo de los independentistas”, al “si yo tengo en mi dirección un responsable político que crea una sociedad interpuesta para pagar menos impuestos, al día siguiente estaría fuera”, pasando por el “sí hay delito de rebelión”o el reciente “Casado y Rivera piden elecciones, que esperen sentados hasta el 2020”, todo ello es una evidente muestra de su falta de respeto a la ciudadanía. Si la biblioteca Teseo le hizo perder el hilo de la autoría de su tesis doctoral, la hemeroteca puede ser el Minotauro que  empitone a Sánchez acabando con su carrera política.

Suele ocurrir que los partidos en el poder acuden a las urnas fiados más en lo que han hecho que en lo que proyectan hacer. El problema para el PSOE es que durante estos meses en el Gobierno, apenas ha hecho nada bueno. En su discurso de la moción de censura, Sánchez propuso un programa para dar a España estabilidad económica, laboral, presupuestaria y territorial, así como regenerar la democracia. Hoy la economía presenta  signos de desaceleración, el desempleo vuelve a crecer por la subida del SMI, no hay presupuestos y el separatismo continua desbocado. En cambio, se han obtenido logros en regeneración democrática: en Andalucía se ha desalojado del poder al partido de la corrupción. La osadía del sanchismo, al pretender gobernar con 84 diputados, termina pasando factura, la de sus acreedores a quienes prometió pagar una deuda impagable. Resulta paradójico que Sánchez fuera expulsado de la Secretaría General del PSOE por sus propios correligionarios al pretender ser presidente del Gobierno pactando con el independentismo, y ese mismo independentismo rechaza sus presupuestos forzándole a convocar elecciones. Dime con quién andas y te diré de qué careces: de sentido de Estado.

Con el cinismo y el narcisismo que le caracteriza, Sánchez basará su campaña en lo benéfico y demócrata que es y en lo pérfida y fascista que es la derecha, por un lado, y lo extremista y radical que es el separatismo, por otro. Según él, ha sufrido una pinza entre la deslealtad de unos y el abuso de confianza de otros y así resulta imposible gobernar. Lo que verdaderamente resulta imposible es combatir el golpismo con un presidente del Gobierno que ordena a la  Abogacía del Estado suavizar la acusación contra los golpistas y está dispuesto a indultarlos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 17 de febrero de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/198594/opinion/cinicos.html

Paz de ETA

El muro de Berlín no cayó; fue derribado por la libertad. ETA no dejó de matar; fue desarticulada por el Estado de Derecho y deslegitimada por la esperanza, generosidad, constancia, sacrificio, disciplina y cooperación de las víctimas. Sin arrepentimiento de los verdugos no habrá paz porque no hay paz sin justicia. No hay paz si sobre ella se prolonga el rencor de la lucha (Alsasua). No hay paz sin desarme psicológico e ideológico. No se oyen disparos ni explosiones, pero sí voces con resentimiento de quienes jalearon a los pistoleros. El funesto nacionalismo separatista y excluyente pervive incompatible con democracia y libertad.

Que prosiga la acción de la Justicia. Con memoria histórica ochenta años atrás ¿cómo olvidarnos de crímenes de hace cuarenta? Faltan aún procesos judiciales en los que juzgar y sentenciar al terrorismo de ETA. Y faltan delincuentes etarras que cumplan sus condenas. Lo contrario es injusticia e infamia. Como infamantes son la manipulación del lenguaje, el falso pacifismo y el buenismo de los corifeos del terror. Con palabras se inventa un sistema dice Mefistófeles a Fausto. Con sistemática perversión algunos pretenden con buenas palabras disfrazar malas acciones continuando la extensión del mal. Bajo un pacifismo blandengue, recostado en claudicaciones, late el desorden y la injusticia, nunca la verdadera paz.

Con sus desquiciados y acomodaticios dogmas, los criminales de ETA pretenden quebrantar el valladar moral de una civilización. Debemos practicar el análisis minucioso y la crítica implacable ante esa maliciosa y nauseabunda escuela de frivolidad trivial en que se han convertido. Falsos maestros, otrora asesinos, hoy francotiradores agazapados en las trincheras del odio que, desdibujando límites y diferencias patentes, pretenden adoctrinar a una confiada o atemorizada ciudadanía mediante una destructora desviación de los criterios sobre el bien y el mal. Siempre habrá ingenuos proclives a ceder ante la serpiente etarra que se disfraza de paloma de la paz. Y qué decir de esos prelados que todavía creen posible repartir a medias el rancho separatista y el credo católico. Cesen en su desorientación perturbadora de almas con sus sinuosos errores, sus herejías larvadas y su falta de vida profunda. Intégrense en una Iglesia como escuela de santidad. Porque más hacen por el mundo los que oran que los que pelean.

Nacionalismo y populismo, dos virus que aquejaron a Europa en el siglo XX, dos caras de la misma moneda, el totalitarismo, que desgraciadamente vuelve a emerger entre los europeos. En España padecemos a ambos. Dos males que se han apareado para enaltecer otra superchería más de la agonizante banda asesina con esa superficialidad insoportable a que nos tienen acostumbrados: Paz por presos a la calle. La resistencia a tiempo ante quienes pretenden comprar la paz efímera de un día, hipotecando la de los años venideros, es la mejor manera de asegurar la paz justa. Estamos con las víctimas: No deseamos la paz ni aún a costa de la justicia. Porque para defender la civilización no se puede ser profundamente incivilizado.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 6 de mayo de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/189415/opinion/paz-de-eta.html

Fuente grafica: El Confidencial.

Camarada Colau

Sabíamos que la camar-ada Colau detesta a la Iglesia católica y a la Monarquía. No que también aborreciese a Miguel de Cervantes y a Garcilaso de la Vega, hombres de letras y de armas. Ambos usaron la pluma para escribir prosa y verso y emplearon el acero para servir a su patria. De haber sido coetánea de tan magistrales y marciales escritores, Colau y sus hordas les habrían acosado con un escrache imponiéndoles la separación de espacios; como si la educación y la cultura fueran incompatibles con la milicia. ¡Cuánto saber, disciplina, honor y ética encierran las Reales Ordenanzas! Gracias a ello perduran los ejércitos. ¡Cuánto de estos principios escasea en algunos regidores municipales! Tanto de los que había como de los emergentes. Los nuevos pretenden hacernos creer que llegan con resplandores de aurora de tonos rojos, pero éstos no se deben precisamente al reflejo del sol. Esta revenida izquierda decimonónica, que nos asfixia con su insoportable olor a formol, esconde tras la máscara de su postizo pacifismo y su cosmético antimilitarismo la nostalgia por un ejército a su gusto. De tipo partidista, movilizado por consignas políticas y no castrenses, y capitaneado por comisarios políticos como el que fundó Trotsky en 1918, sometido después por Stalin a una constante depuración en aras del partido. A los bolcheviques les ha costado siempre entender que, en ocasiones, las armas pueden ser heraldos de paz; que los ejércitos pueden erigirse en garantía de libertad, precisamente, cuando la paz y la libertad estuvieron amenazadas por el Ejército rojo en el pasado siglo.

La Constitución española consagra la constitucionalidad de nuestra milicia al recoger en su artículo 8 que “las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”. Hoy en España el Ejército sirve al Estado de Derecho. Es una institución demócrata, porque garantiza y promociona la democracia. Afortunadamente, ni sus procedimientos ni su toma de decisiones son democráticos, porque un general no se elige mediante una votación ni tampoco la tropa vota por que se conquiste o no una colina. No solo por su inserción en la Carta magna debieran ser respetadas nuestras Fuerzas Armadas. También porque nuestros soldados atesoran el valor de derramar su sangre por su bandera, cualidad que nos parece heroica y admirable a quienes no abrigamos recelos ni suspicacias propias de una ideología rencorosa.

La alcaldesa de Barcelona cometió una falta de respeto hacia una institución que es parte esencial del ordenamiento constitucional, ya que es su garante. Su actitud miserable, otra más, es propia de un pésimo partidismo, sectario, miope y anclado en el pasado. Quizás la alcaldesa sufrió la traición de su subconsciente y se creyó un comisario político. La camar-ada Colau depurando oficiales.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de marzo de 2016. https://www.elimparcial.es/noticia/162672/opinion/camarada-colau.html

Ciberizquierda

Como vuelve la burra al trigo, así la izquierda española con Franco. No tenemos problemas suficientes en nuestras sociedades tan sofisticadas, entonces va la izquierda y se los inventa con esa insistente obsesión por inflamar la convivencia. En lugar de defender la democracia contra los ciberataques y la corrupción, incluida la moral (que ya infecta hasta la canción de Eurovisión), el izquierdismo se empeña en arremeter contra un militar que lleva más de cuarenta años enterrado en el Valle de los Caídos. Al contrario que Mac Arthur, Franco no dijo que volvería, pero la obsesión de algunos es ganarle al Caudillo la guerra civil. Incapaces de desalojarle del poder, el dictador murió en la cama, pretenden ahora sacarlo de su tumba. Hace tiempo que han perdido su rumbo y sus banderas no solo en España, sino también en el resto de Europa. Ya no se ocupan ni preocupan de la defensa de los débiles. Han dejado de interesarse por los que estamos vivos dedicándose machaconamente a agitarnos y encresparnos mediante el uso y abuso de los muertos, tanto los de las zanjas, como los de los sepulcros y el callejero. Y así no se progresa, sino se regresa. No se gobierna, sino que se  desmanda un país. No se genera concordia sino se reaviva el odio. Ese es el único programa que ellos parecen querer cumplir.

Aquél maestro de la democracia que fue Jean François Revel, denunció, sistemática e inapelablemente, el sinfín de rémoras de que adolece la izquierda: El sectarismo que le induce a anteponer siempre los intereses partidistas a los generales. La incapacidad para el juego limpio despreciando a todo el que no piensa como él. La hipocresía demagógica, ese océano de paradojas, incoherencias y contradicciones en que se sumerge, evidenciando su devoción a la mentira y la manipulación elevadas éstas a sistema de gobierno, de conducta y de victoria. La izquierda es, en fin, el caballo de Troya de los sistemas democráticos. Como esos virus troyanos campando a sus anchas por los terminales informáticos y bloqueando e inutilizando las redes digitales, así se maneja la izquierda en las actuales sociedades democráticas tratando de abatir la estabilidad, el progreso y el bienestar de los ciudadanos.  

La izquierda debiera evitar su extravío y dejar de quebrar viejas telarañas de la historia, abandonar su partidismo estrecho que acarrea locuras extemporáneas y procedimientos anuladores de la libertad humana y ser más propicia para el sentido común y el consenso, tan necesarios y convenientes hoy para una óptima gobernación del país. Debe favorecer un clima conciliador en el que resulte fácil encontrar los términos medios. Si hay diferencias irreconciliables entre los distintos dirigentes, la democracia se convierte en algo corrosivo e inestable. Déjense de desenterrar muertos no vaya a ser que acaben desenterrando los cables de fibra óptica y paralicen el progreso y la prosperidad de la nación. Tendríamos que volver a cultivar helechos como en los koljoses.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 14 de mayo de 2017. https://www.elimparcial.es/noticia/177609/ciberizquierda.html

Virus sin corona

Del nacionalismo dijo Einstein que es una enfermedad infantil, el sarampión de la humanidad. De esta anacrónica patología hizo la mejor descripción el neurólogo y padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, confirmada años más tarde por Michael Ignatieff: “el nacionalismo toma los hechos naturales de un pueblo (lengua, territorio, tradición e historia), y los convierte en una idílica narración con el propósito de crear conciencia dentro de la colectividad, que le conduzca a imaginar una identidad nacional con pretensiones de autodeterminación. El nacionalista toma las diferencias menores y las transforma en grandes distinciones, se embellecen y repulen los pasados gloriosos, y pueblos que nunca habían pensado en sí mismos como tales comienzan, de repente, a imaginarse naciones”. Los enfermos más graves deliran creyendo ver a un camarada posándose en la Luna con la bandera del terruño.

La epidemia parte de un paciente cero: un excéntrico novelero que inventa una historia, narrada con aparatosa fascinación, y termina convenciendo a una legión de incautos e incultos con la mansedumbre del rebaño. Luego, mediante una educación patriotera, lacrimógena y endogámica se construye un entramado de poder, que deviene en totalitario. Porque el nacionalismo no es un problema político ni jurídico, sino moral. Más que una patología, es una inmoralidad. Allí donde predomina el colectivismo y reina la tribu, se anula la libertad del hombre. Antes la lengua, territorio o tradición que la persona, simple número dentro del sujeto colectivo que es la nación. Para el genial Indro Montanelli, conocedor de esta letal calentura, los nacionalistas excluyentes quieren pensar en términos de nación y Estado, pero su actitud es de aldea o tribu; “nacionalismo de colonia”, lo llamó.

En España, ese nacionalismo ha sido siempre insaciable, consecuencia de su victimismo. El victimismo del nacionalismo vasco consiste en creerse que Euskadi ha sufrido la represión del franquismo desde tiempo inmemorial. Viven convencidos de que si el euskera no progresó es por culpa de Franco. Omiten que el propio Sabino Arana aprendió vasco siendo ya un adulto porque sus padres no se lo enseñaron. El nacionalismo catalán sitúa también al franquismo en el origen de sus males. Sin embargo, el que fuera presidente del Barcelona, Agustín Montal, y artífice del lema “más que un club”, solía presumir de que, aún vivo Franco, el Barcelona se adhirió a la campaña “catalá a l´escola”; de que en el Nou Camp se instaló la primera senyera y que los avisos desde los altavoces del estadio eran en catalán; de que el capitán del Barcelona llevaba como distintivo de su rango la bandera catalana y de que en el funcionamiento interior del club se adoptó el catalán como idioma. Enfermiza es su obsesión por la persecución franquista.

Hubo, sin embargo, un regionalismo catalán inspirado y dirigido por Francesc Cambó, que rechazó el separatismo y era opuesto al socialismo, o sea, inmune al virus. Sigamos las instrucciones de un sabio sobre esta epidemia para así disponer de antídoto: Nosotros no tenemos que ser catalanistas, con ser catalanes nos basta: catalanistas que lo sean los charnegos (Josep Pla).

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 1 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/210554/opinion/virus-sin-corona.html

Fuente gráfica: Raúl Arias.

Joselito, un siglo de conmoción

Aquella tarde de infausta memoria los tendidos del coso taurino de Talavera de la Reina,  junto a la venerada Virgen de El Prado, estaban atestados de aficionados. Desde que Joselito y Belmonte, Belmonte y Joselito comenzaron a deleitar con su espléndido toreo, a la vez elegante y brioso, las plazas acogían un volumen enorme de público, gentes que preferían esa emoción estética del nuevo arte a la morbosa del peligro. La lidia, como pelea con el toro, perdía adeptos. Joselito y Belmonte certificaron en los ruedos el final de esa rudimentaria faena de esquivar las acometidas de los astados, trayendo consigo ese arte, incomparablemente bello, que bien pudiera ser el octavo. Si antes giraba el torero alrededor del toro, Joselito y Belmonte obligaron a la fiera a girar en torno al diestro. Lo suyo era un toreo de concepto elevadamente artístico. Y fue entonces cuando las corridas de toros alcanzaron rango multitudinario. Fue entonces, como dice Jiménez Losantos en 100 de los nuestros, cuando las plazas de toros se hicieron monumentales.

Cuentan las crónicas que dos días antes de aquella gran corrida, en apenas dos horas se vendieron las entradas expedidas en la talaverana calle de La Corredera. A la ciudad toledana acudió José Gómez, Gallito, Joselito para fundirse con ella en imperecedera y trágica historia, convirtiéndola en permanente santuario de peregrinaje taurino. La muerte parece caprichosa. Aquél primaveral domingo, 16 de mayo, de hace un siglo llovió en Talavera y a punto estuvo de suspenderse la corrida. Sí se suspendió la de Madrid, cuyo cartel anunciaba a Belmonte y El Gallo, quien realmente debió haber toreado en la ciudad de la cerámica. Para Rafael Gómez estaba acordada aquella corrida, sin embargo, ambos hermanos se reemplazaron el uno al otro. Y finalmente, fatalmente, Joselito hizo cartel con otro matador, otro titán del toreo, su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías. Con g apareció anunciado en la dolorosa tarde, y con j le inmortalizaría García Lorca en una de las más bellas elegías de nuestra literatura. Ambos espadas debían repartirse los seis toros de la ganadería local Viuda de Ortega.  

A las 6 de la tarde, tras anunciar los clarines el cambio de estoque, el toro Bailaor, burriciego, áspero, brusco provocó una verdadera catástrofe nacional. Algunos mozos de espada tuvieron que vaciar sus botijos sobre las nucas de tantos espectadores horriblemente conmocionados. Aquél trauma convulsionó el toreo. Tiempo después cuando dos aficionados se encontraban y recordaban la tragedia se fundían en un abrazo sin acertar a pronunciar palabra alguna hasta que el más resignado o animoso exhalaba un “Todo está perdido”. Tan arraigadas estaban las corridas de toros en las costumbres del pueblo español que merecieron el nombre de fiesta nacional. La fiesta de los toros, además de su inmensa belleza estética, es una verdadera institución, auténtica cultura. Cien años después, millones de españoles estamos conmocionados. Se tiene la impresión de que todo está perdido. Pero ni virus epidémicos ni virus ideológicos podrán con España y su fiesta nacional.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de mayo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/213105/opinion/joselito:-un-siglo-de-conmocion.html

Fuente fotográfica: Archivo Campúa

Buenos políticos

¿Qué está permitido en política? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Contribuir al bien común o al bien propio y particular? Viendo el actual panorama de la política en España la respuesta no está clara. Algunos políticos buscan su bien particular, otros el bien de su partido. Con ello, unos y otros causan perjuicio a los ciudadanos y a la sociedad. Llevamos un tiempo en que nuestros dirigentes no hacen política sino propaganda y viven entregados a sus regateos despreocupándose absolutamente del bien común. Cuando se es político y gobernante hay que subordinarse a las conveniencias superiores del bien público y ofrecer con garantías de honestidad un programa de buena gobernación.

¿Por qué quienes ejercen el poder público no son personas espiritualmente eminentes y de carácter firme? ¿Por qué no son personas de juicio justo y seguro, que resulten coherentes consigo mismo en todas las circunstancias? ¿Por qué no son personas de doctrina clara y sana, de designios rectilíneos y de recta conciencia ¿Por qué no son personas capacitadas para ser guías y dirigentes como genuinos representantes de los ciudadanos y no como simples mandatarios de la cúpula de un partido? La sociedad ya está cansada de políticos que no cesan en ofrecer mesianismos falsos, en forjar vanas ilusiones y en vender humo. Hay un hartazgo en los ciudadanos ante dirigentes que diseñan estrategias de clientelismo para mantenerse en un poder desde el que son incapaces de servir a la comunidad. Echamos de menos a gobernantes que sean promotores de la prosperidad, del orden y de la justicia y funden toda su acción política sobre la verdad.

En la hora presente corremos el riesgo de que los políticos prescindan de la sociedad e ignoren totalmente las necesidades de sus gobernados. Ya no reclamamos que en el gobierno de la nación se acumule una gran sabiduría política. Es un reto de difícil consecución. Tan solo pedimos que quienes gestionan la cosa pública acierten a descubrir los males existentes, remediarlos en lo posible, intensificar los bienes reales y completar y acercar el consenso a un tipo ideal y benefactor para la sociedad. Pero para ello deben olvidarse de que son hombres de partido; que reparen en que no forman parte de un comité político, sino que integran la soberanía nacional. Y esto significa que son los rectores de la vida del país y deben amparar a todos los que quieran vivir dentro de la Constitución y la Ley.

Por eso, un gobernante no debe hacer distinciones desde el poder entre quién es su amigo o su enemigo particular o político. Nada hay más disolvente en una sociedad que la sensación de que los gobernantes, como tales, se guían en el momento de la acción política por criterios partidistas y no de servicio al bien común. Porque el político, el buen político, representa al bien común.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial de 9 de septiembre de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/204680/opinion/buenos-politicos.html

Vivió libre, murió digno

Lo cuenta en sus Memorias el que fuera Secretario de Estado del Papa Pablo VI, Cardenal Villot. En plena guerra fría, y ante el arrollador empuje del comunismo en Europa, algunas voces del Vaticano concluyen que la única vía para la supervivencia de la Iglesia católica era la coexistencia condescendiente con los hijos de Marx. Pablo VI tiene la última palabra. Accedería a plegarse si la jerarquía eclesiástica de las naciones de más allá del telón de acero, consienten unánimemente la claudicación ante el materialismo ateo de la hoz y el martillo. Una voz en Cracovia se alza discrepante y resistente: No caben concesiones a quien te priva de libertad y te arrebata el alma. El tiempo le abastecería de razón. Ese mismo tiempo miniaturizó al dictador que ironizó sobre las divisiones del Papa. Para verdades, el tiempo, para justicia, Dios, pensó Woytila al presenciar los escombros y la polvareda tras el derribo de un infamante muro.

Marcado por el drama familiar y por la tragedia nacional, muerte y muerte en ambos casos, se forja como robusto valedor de la vida. Oprimido como polaco por Oeste y Este se erige en férreo defensor de la libertad. Fuertemente agarrado a asideros inquebrantables, su fe en Cristo y su esperanza en María, Totus Tuus, resulta victorioso en la contienda. En 1978, hora crucial para la Historia, llega con el diagnóstico ya escrito: Todo lo que se intente sin Dios o contra Dios es edificar sobre arena. Aplica la terapia: La fe no se propaga solo misionalmente, en extensión, también culturalmente, en profundidad. No tengáis miedo y abrid las puertas a Cristo. El efecto es sanador. Nos hace libres de temores y de necesidades. No hay mejor tesoro que la Verdad revelada.

Su magna tarea iba finalizando. Anciano, sedente y silente pero presente, sin renuncia y con dignidad. Se nos fue apagando con la satisfacción del deber cumplido, servir veloz y fielmente al mensaje de Cristo, pues la Verdad del Hombre no puede desviarse ni aplazarse. Para nosotros, agradecidos y orgullosos por habernos propuesto, no impuesto, el amor de y hacia el Altísimo, comienza la recogida de su imperecedero fruto. Que los católicos no se entierran, se siembran.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 13 de abril de 2005.

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Auschwitz

Hay dos elementos que han adquirido una importancia particular en la memoria colectiva sobre Auschwitz. El primero de ellos es el tren. El segundo, los zapatos. Frase que preside la entrada de la exposición que puede visitarse en Madrid sobre el mayor campo de concentración nazi. Dos símbolos, la rueda y el calzado, propicios para el camino. Europa se conformó sobre caminos: hacia la fe y hacia el progreso; el Camino de Santiago es un hecho histórico, cultural y religioso. Compostela, atracción de creyentes en peregrinaje, fue, en palabras de Torrente Ballester, Santo, ciudad y camino. El río Danubio, ruta internacional por excelencia, acogió el continuo tránsito de mercaderías transportadas por intrépidos comerciantes. Es el alma comercial del continente europeo. Religión y economía, dos fuerzas motrices del mundo. Ambas articularon una civilización, la occidental, hecha añicos en escalofriantes campos de exterminio y calcinada en espeluznantes hornos crematorios como los de Auschwitz.  Sucursal del infierno en la tierra a la que se llegaba por un camino de hierro directo a una muerte industrializada. 

Escribe Primo Levi en su Trilogía que en enero de 1933 Hitler sube al poder. En marzo, se inaugura Dachau. En mayo se enciende la primera hoguera de libros de autores prohibidos. Cien años antes el poeta judío alemán Heine había escrito: “Quien quema libros termina tarde o temprano por quemar hombres”. No olvidemos y recordemos siempre aquellos horribles tiempos de menosprecio hacia la vida humana; tenebrosos tiempos de ídolos como el poder absoluto o la voluntad del sujeto colectivo. Convirtieron al hombre en un muñeco porque otro hombre, más fuerte y poderoso, se reconoció a sí mismo como único Dios. ¡Qué nocivo es el humanismo que empieza en el hombre y acaba en el hombre también! advirtió Paul Claudel. Auschwitz es la consecuencia de la supresión de Dios por el hombre, quedando éste en posesión de la grandeza y miseria humanas. ¿Qué es en realidad el hombre? Se pregunta y responde Víctor Frankl. Es el ser que siempre decide lo que es. Ha inventado las cámaras de gas pero asimismo ha entrado en ellas con paso firme, cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Israel en sus labios.

La tragedia del prisionero en los campos de exterminio nazis no tiene hipérbole alguna para relatar, porque todo lo imaginable fue posible y porque todo estaba permitido contra la víctima que caía en manos de aquellos monstruos refinados en sadismo y crueldad. Ante el vagón de tren, la alambrada electrificada, el zapato de un niño o la puerta de una cámara de gas se encoge el alma humana. El horror descrito en la exposición resulta sobrecogedor. Sobrecogedor es también el silencio con que los visitantes perciben la espantosa realidad padecida por aquellas vidas infrahumanas. Hay silencios que valen por discursos y el de Auschwitz es la más sonora proclama de la Humanidad contra la barbarie. Seamos implacables contra los Auschwitz que amenazan con volver. Lo afirmó Primo Levi: ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 14 de enero de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/185691/opinion/auschwitz.html

Presencia católica en el espacio público

La expulsión de la religión de la vida pública y su reclusión en una reducida intimidad se presenta hoy como señal de modernidad. Pero semejante operación nos retrotrae a la Europa surgida de la Paz de Westfalia (1648). Entonces, el nuevo orden promovió el destierro de la creencia religiosa del espacio público por ser la fe causa de alteración de la convivencia provocando intolerancia y odio, conflictos y guerras. Posteriormente, la Ilustración certificaría que el progreso y la prosperidad solo requieren de razón y ciencia pudiendo los hombres vivir felizmente sin religión.

Indica el catedrático de Derecho eclesiástico del Estado, Rafael Palomino, en su obra Neutralidad del Estado y espacio público, que actualmente se experimenta un retorno a la concepción westfaliana sobre la religión. En las sociedades democráticas emerge triunfante esa moderna tendencia a juzgar el hecho religioso como una manifestación íntima de la persona, con lo que se admite el valor relativo de todas las religiones facilitando su desalojo de la esfera pública. El resultado son sociedades fuertemente secularizadas de corte, no ya aconfesional, sino netamente laicista, propicias a excluir del debate público las controversias morales de raíz religiosa. Se margina así a grupos sociales que comienzan a generar conciencia de minoría sin serlo numéricamente. Aunque apenas perceptible, se está produciendo un proceso de guetización de sectores católicos que no pueden defender sus ideas y propuestas sin caer en la sospecha de oscurantismo o fundamentalismo, mientras que postulados de otros colectivos sí logran airearse y atravesar el umbral de la reflexión pública. Ante semejante escenario ¿cómo debieran ser las formas de presencia e influencia de los católicos en la sociedad?

El libro La opción benedictina, de Rod Dreher, intensamente debatido en círculos cristianos,  responde al anterior interrogante. La obra acierta en el diagnóstico, el mismo que formulara en la primera mitad del siglo pasado Reinhold Niebhur, teólogo y escritor norteamericano: “Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad, no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura”. La terapia que propone Dreher es la preparación para el fatal desenlace imitando el retiro reconstituyente de San Benito ante los espectaculares desórdenes morales, las grandes crisis materiales y los nuevos bárbaros que se avecinan. Pero, ¿existen más opciones que este repliegue? ¿Podrían los católicos intentar la renovación del mundo mediante su reconversión previa? ¿Somos capaces de mostrar el verdadero cristianismo, el renovador, el revolucionario, el del dinamismo transformador del amor, que es fundamento de las acciones del cristiano?

El verdadero católico es aquél que con amor fraterno y misericordioso alcanza a descubrir al prójimo que no se parece a él. Una de nuestras constantes debilidades es la inclinación a rebajar la fe al mismo nivel de la organización terrenal, arriesgándonos a vivir un catolicismo aprisionado en toda esa atmósfera de realidades demasiado humanas de la nación, las costumbres, o las ideologías. Bajo la capa de la fe, que es la que esencialmente acoge los intereses supremos de Dios, hay cosas humanas que nosotros tratamos de defender, junto a otras cosas auténticamente divinas, que, a veces, tratamos de atacar, por ejemplo, el prójimo. Procuremos que la fe impregne todas nuestras actividades y que nos ayude a asumir nuestras responsabilidades en este mundo (estar en el mundo sin ser del mundo). Si esta fe cuenta verdaderamente para nosotros debe, al mismo tiempo, estar dotada de una fuerza interior, de la que podamos obtener recursos específicamente católicos para ser capaces de comprender la paradoja cristiana de que para enriquecerse el hombre debe perder y para tener debe dar. Basamento del precepto paulino que prohíbe a quien se ha alistado en la milicia de Dios embarazarse con los negocios seculares. La batalla de nuestra época se libra no solamente en el frente civil, también en el espiritual. Y los católicos no podremos ganarla sin estar profundamente arraigados en Cristo y fuertemente unidos en la fe. Dando verdadero testimonio del Salvador, puede ser posible despertar a un mundo que nada quiere con Dios, pero que en el fondo posee valores cristianos, y demostrarle que su felicidad consiste precisamente en cultivar esos valores.

A pesar del retorno a Westfalia, hay derramada por esta cultura moderna una tenue, aunque vehemente noticia de Dios. Y esa cultura, que en su espantosa soledad alcanza a percibir su propia crisis, está llamando desesperadamente a las puertas de la religiosidad. Quizás nuestra opción sea abrírselas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de Hoy el 12 de marzo de 2019.