Nacido en la aldea toscana de Bagnorea, Juan de Fidanza llega a París para completar sus estudios y se hace franciscano, pasando a ser fray Buenaventura. En la capital francesa se vivía por entonces una enconada guerra entre teólogos rivales que derrochan orgullo y hasta violencia. Frailes que iban a la greña entre injurias, calumnias y hasta palizas discutiendo sobre Aristóteles y Averroes.
En este guirigay tan poco ejemplar se forma Buenaventura. Esa experiencia inolvidable le proporcionaría un santo equilibrio: sin renunciar a la inteligencia y al saber, insistió siempre en que cualquier mujeruca ignorante puede amar y conocer mejor a Dios que un sabio teólogo. Él y Tomás de Aquino serán el Doctor Seráfico y el Doctor Angélico resumiendo fraternalmente en aquel agitado París el esfuerzo por unir verdad y caridad.
San Buenaventura será un franciscano antes que nada, y cuando le elijan general de su orden, también muy dividida, y se convierta en una gran personalidad (obispo de Albano, cardenal y legado pontificio), antepondrá a todos los honores el espíritu de sencillez del fundador. Lavaba la vajilla de su convento, cerca de Florencia, cuando los enviados del Papa fueron a anunciarle que era cardenal, y según la tradición les pidió que colgaran el capelo de la rama de un árbol porque él tenía las manos grasientas y sucias. Esto será más duro, suspiró.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol


