Archivo de la categoría: Santoral

27 de marzo. San Juan de Egipto (304-394)

Nacido en Licópolis, hoy Asiut, de profesión carpintero, Juan se dedicó en edad madura, a hacer vida de ermitaño, adquiriendo una reputación de santidad solo inferior a la del famosísimo San Antonio, y profetizando las victorias del emperador Teodosio.

Cierto día el eremita acogió en su caverna del desierto a una mujer errante y extenuada que le conmovió con la dulzura de sus palabras; siguieron otras más dulces aún, mezcladas con risas y caricias, y hasta la mujer tuvo el atrevimiento de tocar las barbas y el mentón de Juan. Y cuando éste, cediendo a los impulsos de una pasión desordenada, tendió sus brazos hacia ella, el demonio, revestido de aquella apariencia, pero cuyo cuerpo fantasmagórico no era más que aire, se esfumó lanzando alaridos espantosos, y un tropel de malos espíritus acudió para presenciar entre burlas la confusión del hombre de Dios.

Para el recuerdo nos queda la escena pintada por el sienés Pietro Lorenzetti en un fresco del camposanto de Pisa: una mujer de hermosura extraña y glacial fija su mirada obsesionante en el monje barbudo que le aprieta la mano. Una atmósfera como de sueño, voluptuosa y fatídica, envuelve a la bella y al solitario. Es la imagen de la debilidad, la compasión peligrosa que permite la caída y que el Diablo le enternezca. No es malo ver también a los santos apeados de sus altares y de su impasibilidad aparente, turbados y zarandeados por el instinto, débiles como todos hasta querer incluso abrazar la fantasmagoría que se deshace en un estrépito infernal, en humo y arrepentimiento.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

26 de marzo. San Braulio (590-651)

Se ignora donde nació. Sí se sabe que se educó con su hermano Juan, obispo de Zaragoza. Braulio fue muy versado en humanidades y completó su formación en Sevilla, junto al gran San Isidoro. A la muerte de su hermano (631), Braulio le sucede en la sede episcopal zaragozana. Dos años más tarde se encuentra por última vez en el Concilio de Toledo con su amigo y maestro Isidoro rogándole que le envíe el libro de las Etimologías, al parecer compuesto a petición suya.

Uno y otro intercambian cartas admirables de piedad, cariño y bibliografía, porque Braulio es un incansable bibliófilo. Tras la muerte de San Isidoro, será en un nuevo concilio toledano, donde su amigo se revela como heredero y sucesor de aquella lumbrera, figura de mayor reputación dentro de la Iglesia española.

En los años finales de su vida, San Braulio multiplica su actividad: influye en los reyes, responde al Papa Honorio con tanto respeto y veneración como energía, ya que el pontífice reprocha injustificadamente a los obispos de España su supuesta lenidad, es autor de himnos que se incorporan a la liturgia mozárabe, atiende a todo género de consultas y gobierna su diócesis con bondad y criterio firme. Ya casi ciego y con la salud muy quebrantada, sigue buscando afanosamente códices para adquirir y copiar. Encabezaba sus cartas como «siervo inútil de los Santos de Dios».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

25 de marzo. La Anunciación

Nueve meses antes de la Navidad se conmemora la visita del arcángel Gabriel a una virgen de Nazaret llamada María, según cuenta San Lucas, el evangelista, a quien Nuestra Madre y Señora debió de contar tan singular episodio. Ella está en su casa y un enviado de Dios se hace visible como luz radiante en forma de muchacho celeste y le manifiesta un mensaje. De él dirá el insigne escritor José María Pemán que fue el primer cuerpo diplomático de la Historia.

El mensajero la saluda y habla de sucesos futuros: «Concebirás y darás a luz a un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo». Ella objeta: «No conozco varón». El ángel explica: «Nada hay imposible para Dios», recordándole que la esterilidad de su prima Isabel no le ha impedido concebir. Pero lo cierto, más que afirmar, el mensajero pregunta. Dios no quiere ser hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.

Dios haciéndose hombre en un lugar de Galilea es un irrepetible prodigio trascendental que depende de la respuesta de María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra», es la contestación. Y el Verbo se hizo carne con aquél sencillo asentimiento.

Fuente: La casa de los santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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24 de marzo. Santa Catalina de Suecia (1330-1381)

Aún después de hacerse protestantes, los suecos siguen viendo en ella un prototipo nacional de mujer resuelta y animosa, de fuerte personalidad y atraída por el imán espiritual de Roma. Hija de Santa Brígida (23 de julio), Catalina contrae matrimonio con el piadoso conde Edgard Lydersson, haciendo voto de castidad. En 1350, se trasladó a Roma para ayudar a su madre, ocupada en conseguir que los pontífices aprobaran la orden del Santísimo Salvador.

Vivió un cuarto de siglo en la Ciudad Eterna entre grandes austeridades, cuidando a pobres y a enfermos. Tras enviudar, a la muerte de Brígida, volvió a su patria, fue abadesa del monasterio de Vadstena, en la orilla derecha del lago Vättern. Todavía. en 1375, efectuaría de nuevo un largo viaje hasta Roma para activar la aprobación de la orden y promover la canonización de su madre.

Murió en Vadstena como espejo de virtudes, y según la tradición, se vio surgir en el cielo una estrella desconocida que permaneció en el aire sobre el monasterio hasta que llevaron a enterrar a la santa, para luego desaparecer cuando su fatigada humanidad andariega volvió al polvo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

23 de marzo. San Toribio de Mogrovejo (1538-1606)

Debió de nacer en Mayorga, Valladolid. Toribio estudió en ésta ciudad así como en Salamanca y Coimbra. En la universidad salmantina se graduó en Derecho y en la de Coimbra impartió clases, siendo un brillante jurista seglar, al que en 1575 se le nombró presidente de la Inquisición granadina.

¿Cómo se le ocurrió a Felipe II pensar en este hombre que no era sacerdote para arzobispo de Lima? Toribio dudó mucho en aceptar, pero al fin recibe las órdenes, se le consagra obispo de Sevilla y en 1581 llega al Perú, donde tiene una diócesis tan grande como un reino de Europa, con caminos impracticables, indios indóciles y españoles acostumbrados a su capricho y conveniencia.

A todo ello remediará San Toribio, que lleva la fe cristiana y el orden de Trento a aquellas lejanas tierras. Recorre una y otra vez el Perú, aprende varias lenguas indígenas para poder predicar en ellas, publica un catecismo, funda el primer seminario de América y se enfrenta con los privilegios abusivos de las grandes órdenes religiosas y con el absolutismo del virreinato.

El Narigudo, como le llamaban los indios por su prominente nariz, derrocha caridad, inteligencia y vigor, se expone a los mayores peligros, alienta la espiritualidad de Santa Rosa de Lima y la muerte le sorprende en uno de sus numerosos viajes, en Saña Grande, donde se hace cantar por un misionero, al son de un arpa, el salmo In te, Domine speravi.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

22 de marzo. Santa Lea (… – 384)

De Santa Lea solo sabemos lo que nos dice San Jerónimo en una especie de elogio fúnebre que incluyó en una de sus cartas. Fue una matrona romana que al enviudar, aún joven, renunció al mundo e ingresó en una comunidad religiosa de la que llegó a ser superiora, llevando siempre una vida ejemplarísima.

Así lo cuenta su biógrafo: «De un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes, después de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más con el ejemplo que con sus palabras. Fue tan grande su humildad y sumisión, que la que había sido señora de tantos criados parecía ahora criada de todos, aunque tanto más era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero, comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo eso de tal manera que huía en todo la ostentación».

No sabemos más de esta dama penitente. La Roma en la que fue una rica señora de alcurnia no tardaría en ser asolada por los bárbaros, y Lea, cuya vida era tenida por todos como un desatino, llega hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía el tiempo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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21 de marzo. San Nicolás de Flue (1417-1487)

Santo paradójico en todos los aspectos: Guerrero y hombre de paz, padre de familia numerosa y ermitaño, solitario y estadista diplomático, Nicolás de Flue fundó la patria suiza, y es venerado por católicos y protestantes, no siendo canonizado hasta 1947.

Nació en un hogar campesino junto al lago de Lucerna. Participó activamente en dos guerras patrióticas, se casó a los treinta años con Dorotea Wyss y tuvo diez hijos, siendo conocido en la comarca como un granjero próspero, respetado y de singular devoción. Veinte años después, con el consentimiento de su mujer y sus hijos, y ante el escándalo de sus parientes y vecinos, se retiró a hacer vida de anacoreta a la garganta de Ranft, cerca de su casa, y allí entre prolongados ayunos, tuvo extraordinarias visiones y dio consejos a mucha gente que acudía a visitarle.

Cuando el país estuvo al borde de la guerra civil por un conflicto entre cantones urbanos y rurales, San Nicolás, que ya había sido juez de cantón y diputado de la Dieta federal, propuso una solución política que fue aceptada en el acto unánimemente (Pacto de Stans de 1481), consiguiendo salvar la unidad suiza. Murió en su cabaña rodeado de su familia después de hacer el prodigio de armonizar maravillosamente la mística y la política, la familia y la dedicación religiosa, las cosas de este mundo y la entrega absoluta a Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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20 de marzo. San Martín dumiense (515-580)

Nacido en las lejanas tierras de Panonia, la actual Hungría, Martín fue monje en Palestina, viajó a Roma, luego visitó la Galia y el sepulcro de su paisano, el otro Martín de Tours; allí conoció a San Gregorio, y, por fin, atravesando los «anchos mares», según sus propias palabras, fue al reino de los suevos, en Galicia, donde consiguió la conversión del rey Teodomiro, que era arriano.

En el año 550 funda el monasterio de Dumio, cerca de Braga; en el 570 es arzobispo de dicha ciudad portuguesa, y tras asentar el catolicismo en el ángulo noroccidental de la península, muere allí dejando un imborrable recuerdo de hombre piadoso y sabio, (conocía bien el griego y el latín).

Este apóstol de los suevos, fue un hombre múltiple: monje, viajero, moralista, poeta que componía hexámetros virgilianos, y católico preocupado por la evangelización. Escribió un curioso tratado De correctione rusticorum sobre las supersticiones de los campesinos idólatras a los que logró convertir. «Restauré la religión y las cosas sagradas», dijo San Martín en su epitafio. Con eso basta para ascender a la Santidad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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19 de marzo. San José (siglo I)

José es el primero de los Santos. Patriarca de la vara florida. Padre nutricio del Niño Dios, casto esposo de la Virgen, Patrón de la Iglesia universal y de los padres de familia. Su nombre se invoca junto a los de Jesús y María formando lo que se ha llamado la trinidad de este mundo.

Los Evangelios son muy parcos al hablar de él: era del linaje de David, cuidó de la Sagrada Familia en Belén, Egipto y Nazaret, y debió de morir antes de las bodas de Caná, sin duda asistido por Jesucristo, de ahí que sea también Patrón de la buena muerte. Su culto, muy tardío, no se generaliza hasta la Contrarreforma, y en él influyen tres Santos muy devotos de San José: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco de Sales. En los tiempos modernos ha adquirido una difusión extraordinaria en todo el orbe católico.

La suya es una Santidad discretísima, tenue («era un hombre justo», se limita a decir San Mateo). No hay en todo el Evangelio una palabra suya. Este del silencio es su rasgo más significativo. «El hombre del silencio», escribe Hello. Hace calladamente lo que Dios le pide que haga, aunque no lo entienda. Un silencio vale más que mil palabras.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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18 de marzo. San Salvador de Horta (1520-1567)

Nacido de padres sardos de muy modesta condición, Salvador, al quedar huérfano, se traslada a Barcelona, en donde fue payés hasta su ingreso en el convento franciscano de Jesús. En la comunidad fue portero, hortelano, limosnero, sacristán, cocinero, hiciera lo que hiciese fray Salvador era siempre un vivo ejemplo de piedad y humildad, de alegría y santa despreocupación, que a veces perturbaba a sus superiores, como en el famoso milagro de los ángeles que guisaron por él la mejor de las cenas mientras estaba abstraído rezando.

Empezó a ir de convento en convento, entre ellos el de Horta de San Juan, en Tarragona, de donde tomó el nombre, porque resultaba engorroso en todas las comunidades haciendo enormes y estupendos milagros, no habiendo orden ni paz allí donde estuviera por la afluencia de multitudes. Se le prohibió que hiciese milagros, pero en vano, porque aquél chorro de prodigios era incontenible e involuntario. Se amotinaron los fieles cuando no se le dejaba aparecer en público, fue procesado por la Inquisición, que declaró purísimos sus actos y su doctrina. El propio rey Felipe II quiso conocerle y le llamó a Madrid. «¿Qué ganaréis con ver a un pobre cocinero del padre San Francisco?», le dijo al gran monarca en catalán, la única lengua que hablaba.

Por fin, en uno de sus traslados, San Salvador de Horta murió en Cagliari, la tierra de sus padres, y el recuerdo de aquél frailecito de los milagros alegres con un candor en la fe que le hacía omnipotente, ha llegado hasta nosotros como un conmovedor testimonio de la unión con Dios.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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