Hijo del duque de Baviera, Enrique heredó el ducado a la muerte de su padre, y en el 1002, al morir sin descendientes directos Otón III, le sucedió en el trono del Imperio Romano-Germánico; posteriormente su apoyo al Papa Benedicto VIII, que tuvo que enfrentarse a un antipapa, le valió ser coronado en Roma.
De San Enrique se decía que tenía una firme vocación de monje y que repetidas veces intentó ingresar en un monasterio. Si está en el santoral no es por ser religioso frustrado, sino emperador reinante al que se le recuerda por favorecer a los cluniacenses y por su empeño en contribuir a la reforma del clero y sus fundaciones eclesiásticas, entre ellas el obispado de Bamberg, en cuya catedral está enterrado.
Canonizado en 1146, aun suponiéndole una indudable piedad y un fervoroso celo por la causa de la Iglesia, hoy se le evoca por santificarse al frente de un imperio, haciendo política, en el altísimo puesto humano que se le asignó, sin renunciar a sus turbiedades y peligros. Santo emperador para que de todo haya.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.


