Las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino de los Cielos. Una de las sentencias más agresivas del Evangelio. ¿Las rameras antes que nosotros, que más o menos cumplimos la ley, vamos a misa, rezamos, damos limosnas, somos honorables? Ahí queda dicho. María Magdalena es la ilustración viva de este anuncio escandaloso. La pecadora que derrocha ungüento aromático a los pies de Jesús en una mixtura de nardo y lágrimas, don de lo que se tiene porque se puede comprar, y don de uno mismo, el más valioso como dolor y arrepentimiento.
Antes que a Pedro o a cualquier otro apóstol, Cristo se aparece a esta mujer, llamándola por su nombre, María, y no tiene que añadir nada más. Entre los bienaventurados (y además de primera fila), hay que contar con presencias insólitas: andrajosos, bandidos, chiflados, recaudadores de impuestos, mujeres públicas. Al Hijo de Dios siempre se le reprochó tratar a gentes de mal vivir, a quienes no solo invita al Cielo, sino que además les da preferencia.
Según la ley esto es disparatado e injusto, pero un sentimiento puede suspender toda la legislación humana y divina, una lágrima pesa más que todos los pecados del mundo, un brusco ademán de generosidad abre las puertas del Paraíso. Por eso, Santa María Magdalena vale más que todos nosotros, que solemos mirar por encima del hombro a los ladrones y a las prostitutas.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
El 6 de febrero de 1934, Francia vivió una jornada convulsa, consecuencia de la grave situación por la que atravesaba la política francesa. Ligas Patrióticas, de carácter paramilitar y tendencia profascista, intentaron disolver violentamente la Asamblea Nacional, siendo duramente reprimidas por la policía. Los disturbios causaron una quincena de muertos y dos mil trescientos heridos provocando la dimisión del primer ministro Daladier, de centro izquierda, y la formación de un Gobierno de unidad nacional. La izquierda se agruparía en torno a un Frente Popular, alcanzando el poder en 1936.
Ante un escenario que se revelaba trágico, un grupo de más de cincuenta escritores e intelectuales católicos, entre los cuales se encontraban Gilson, Maritain, Du Bos, G. Marcel, Madaule, Roland Manuel, J. Hugo, Copeau, Mounier… publicó un manifiesto bajo el título Por el bien común, definido y concretado por el subtítulo Las responsabilidades del cristiano y el momento presente. Los autores exponían sus inquietudes ante la hora crítica de Francia, haciendo un llamado de conciencia con miras al porvenir. “Nosotros luchamos, afirman al inicio del texto, contra un antiguo error mortal, que es el que pretende levantar una barrera infranqueable entre lo político y lo espiritual, como entre lo humano y lo divino. Es necesario hacer que este error desaparezca. Tienen, lo político y lo temporal, muchos más recursos a que acudir que aquellos tan sólo debidos a las energías exclusivamente materiales, que son las que no escapan nunca al juego de las combinaciones y de las complicidades si no es para pasar a las violencias de la guerra civil. Será reintegrar al orden político en toda su fuerza y su dignidad, acrecentándolas, el destacar aquellos otros recursos espirituales, de más alto rango, recordándole que son los que deben penetrarle y envolverle con una vida superior”. Estas primeras líneas ya advierten de los posibles riesgos latentes en el país vecino, que dos años después se materializarían trágicamente en España, desembocando en una fratricida contienda civil, seis años más tarde, ya en plena II Guerra Mundial, desembocarían en dos Francias: la de Vichy y la de la Resistencia, y expondrían al mundo a caer en las garras de dos diablos: el totalitarismo nazi-fascista o el totalitarismo comunista.
Sobre la jornada del 6 de febrero, los firmantes sostienen que Francia corre el riesgo de hallarse, mañana, dividida en dos campos enemigos, cada uno de los cuales olvida que el otro es también Francia. Cada una de estas dos formaciones políticas se define mucha más por su hostilidad a la otra que por su propio programa respectivo. Cada una de ellas aparenta estar decidida o poner en juego contra la otra todo cuanto la violencia encierra de pasión más exasperada. Ninguna de las dos, sin embargo, desea dar el primer paso cargando con la responsabilidad de lo que pudiera suceder. A pesar de todo, las enemistades van creciendo durante este tiempo, reforzándose cada vez que la incertidumbre es mayor. El adversario se aparece para ambas partes como la encarnación de todos los males. Las pasiones no han desarmado; al contrario, se arman. Se ha impuesto una tregua a los partidos, pero no hay que hacerse ilusiones sobre su carácter precario. Una tregua no es una paz.
Los manifestantes prosiguen: “Nosotros estimamos que, frente a la situación descrita, el cristianismo no puede servir de fuerza de apoyo a ninguno de los partidos en lucha. Las fuerzas espirituales no deben ceder bajo el peso de los elementos sociológicos: lo que deben es dominarlos, llevándolos consigo; y si los hombres no quieren entenderlo así, señalar, por lo menos, cuál es la verdadera dirección que debe seguirse. Nunca el cristianismo ha callado. Tiene el deber de recordar su mensaje de paz y amor con tanto más empeño cuando este mensaje se vea desconocido. No podemos aceptar el dilema que el presente estado de cosas parece querer obligarnos a que aceptemos cuando nuestra conciencia nos lo prohíbe. Lejos de ser una deserción o una retirada, nuestra negativa lo es a la ambigüedad y a la claudicación. Debemos responder con un NO a todos aquellos que, tratando de cortarle el paso al fascismo, pretenden arrastrar a Francia al comunismo, Pero también debemos responder con un NO a aquellos otros, que para cortarle el paso al comunismo enrolen a Francia en el fascismo”. Sería una quiebra moral para los católicos franceses si confundieran la violencia con la virtud de la fortaleza que les corresponde, y que no existe fuera, ni separada, de la justicia y de las demás virtudes del alma; si se dejaran embaucar en esas reacciones biológicas, por las cuales un mundo anticristiano trata de defenderse de sus propias contradicciones internas. De este modo, se encontrarían prisioneros de ese mismo mundo corrompido, y en un momento en el que más que nunca necesitan ser ellos mismos lo que son, dispuestos para el porvenir.
Noventa años después, Francia parece hallarse inmersa de nuevo en el juego de las combinaciones y de las complicidades. Cierto es que en aquel tiempo el totalitarismo era una moda y la democracia un anatema. También es cierto que hoy la democracia está expuesta a toda suerte de fraudes y vulneraciones. Y se tiene la sensación de que nada es seguro y todo está en riesgo. No solo en Francia, también en España, en Europa. Acaso, en el mundo. Impera la fragmentación social, la división en banderías y grupos humanos, culturales, ideológicos. Porque como diría Mounier, uno de los firmantes del manifiesto, vivimos bajo la tiranía de “un desorden establecido» que compromete en provecho propio los valores espirituales mientras asistimos a una crisis natural de las formas de la civilización contemporánea. Como católicos, debiéramos permanecer en alerta, en vela, decía el Cardenal Newman. Somos indispensables en esta humanidad en crisis. La hora actual parece favorable para proponer soluciones cristianas a un mundo fatigado por el espectáculo de desórdenes políticos, económicos, sociales… Cuando en la encrucijada actual, se repliegan los pueblos hoscamente tras sus fronteras empeñándose en descubrir al enemigo en el colindante, nosotros, los cristianos, los católicos, exaltamos el valor universal de una caridad que ya supo enlazar al griego y al judío, al romano y al bárbaro. Y es que la más grande falta de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin Dios o contra él. Por eso, la tarea fundamental es la insistencia en el dinamismo de nuestra propia posición y no la oposición estéril. Los católicos debemos ser una minoría preñada de cultura y no una cultura fríamente intelectual, sino sabrosa y vitalmente humana. Tenemos el deber de sacar otra vez a la Iglesia al primer plano de la eficacia apostólica, recuperar el tiempo perdido y aspirar a un puesto de vanguardia en España, en Europa y en el mundo. Esa es nuestra responsabilidad como cristianos, como católicos en el momento presente.
Natural de Brindis, en el tacón de la bota italiana, Cesare de Rossi se crió en Venecia, lugar más seguro que su ciudad natal, amenazada por los turcos. A los dieciséis años se hizo capuchino adoptando el nombre de Lorenzo, y estudió en la Universidad de Padua, donde adquirió un profundo saber bíblico. Ocupó altos cargos en su orden, pero se le conocía sobre todo como predicador, dedicándose de manera especial a la conversión de judíos; su ciencia, su poliglotismo y su fuerte personalidad le hicieron desempeñar importantes misiones evangelizadoras, políticas y diplomáticas.
En 1599 pasó a Austria, donde fundó los conventos de Viena, Praga y Gratz, distinguiéndose por su labor entre los luteranos, y años después le encontraremos en Alemania, España y Portugal (murió en Lisboa) infatigable y persuasivo como un embajador, valiente como un guerrero y sencillo y humilde como un fraile. La Historia le recuerda principalmente por el episodio bélico de 1601, cuando durante la guerra contra los turcos en Hungría desempeñó un papel semejante al de San Juan de Capistrano, arengando a las tropas, aconsejando a los generales y conduciendo el ejército cristiano a la batalla sin más arma que un crucifijo.
San Lorenzo, que desde 1959 es Doctor de la Iglesia, puede parecer desconcertante en su mezcla de espíritu evangélico y actuación política; no se conforma con llevar almas a Dios, también quisiera mejorar un poco el mundo, y es posible que este último ideal sea la corona de su gloria.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Conocido como «Príncipe de los profetas», «sol de Israel», Elías es originario de Tisbé, al otro lado del Jordán. Intérprete de la voluntad de Dios , instrumento de milagros, juez y reformador de su pueblo, maestro de la soledad, suyo es el privilegio excepcional de no morir, sino de ser arrebatado a las alturas por un carro de fuego.
Se ocultó durante la persecución de la fenicia Jezabel, esposa del rey Ajab, que favorecía la idolatría; y cuando Dios como castigo negó el agua a aquella tierra infiel, Elías compitió con los profetas de Baal en el Monte Carmelo; después de dejar que éstos fracasaran en sus intentos de atraer el fuego celestial para un sacrificio, la oración del santo hizo que descendiera milagrosamente el fuego de Yavé.
Los elementos de la naturaleza le sirven dialogan con él: primero es el fuego en el Monte Carmelo, luego la respuesta de Dios consiste en lluvia que pone fin a la sequía, y cuando ha de refugiarse en el Monte Horeb, perseguido por la infame reina, espera la voz de Dios, que no descubre ni en el viento impetuoso ni en el terremoto ni en el fuego, sino en la suave brisa. Dios evita los clamores para hablar a su elegido en un murmullo íntimamente. Al final, transmite sus poderes a Eliseo y mientras habla con su discípulo «he aquí que un carro de fuego con caballos ígneos separa a uno de otro, y San Elías sube al cielo en el torbellino». Este incombustible profeta de llama volverá a aparecer en Transfiguración del Monte Tabor, junto a Moisés, hablando familiarmente con Cristo.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
San Elías
Obispo de Jerusalén, defiende y aplica con decisión el Concilio de Calcedonia. Y es desterrado por el emperador Anastasio I. Con él marchó también al triunfo en el destierro San Flaviano II, obispo de Antioquía.
San Pablo de Córdoba
Como diácono, atiende desde la Iglesia de San Zoilo a quienes sufren necesidad en Córdoba, su ciudad natal. Y sigue a San Sisenando en el martirio, el 20 de julio del año 1851. Su cuerpo es expuesto a los animales; pero los cristianos consiguen recogerlo y sepultarlo en la Iglesia de San Zoilo.
Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez, S.J.
Eran hermanas, hijas de un alfarero que vivía en la Trajana de entonces, la Triana actual. Su padre era gentil pero ellas habían abrazado el cristianismo, de forma discreta para evitar conflictos familiares y alborotos en la vecindad. Cierto día entró en su tienda un hombre pidiendo donativos para el ídolo que llevaba. En ese momento, la discreción puede convertirse en traición. Justa y Rufina se niegan rotundamente a participar en la idolatría, declarando que adoran a un Dios que «no es semejante al oro o a la plata o a la piedra» (San Pablo dixit), «obra de arte o del ingenio humano».
Criadas en un alfar, ¿quién va a saber mejor que ellas lo que vale y lo que significa un objeto, lo que han visto salir del barro informe y sucio, aunque luego se venere? Les rompen todas sus vasijas, ellas a su vez destrozan al ídolo, y el escándalo, el sacrilegio de pulverizar lo que el mundo adora hace que se las conduzca a presencia de Diogeciano, gobernador de la ciudad. Al negarse a renegar de su fe, se las atormenta, se las obliga a andar descalzas por los caminos y acaban en una mazmorra donde Justa muere. Rufina será arrojada a las fieras, que se amansan prodigiosamente a sus pies, y por fin la decapitan y queman sus restos.
Un poeta andaluz cantó:
Itálicas y alfareras
nimbadas de luz la sien
con la palma entre las manos
con el león a los pies.
Y el pintor Murillo las inmortalizó en un lienzo como patronas de Sevilla rodeadas de cacharrería y sosteniendo las dos, anacronismo delicioso en el que casi no reparamos, nada menos que la Giralda. El recuerdo de estas santas alfareras sigue vivo en Sevilla y en El Puente del Arzobispo.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Obispo de Utrecht, donde se había formado sacerdotalmente, tuvo que enfrentarse a una situación de inmoralidad promovida en la corte imperial por la misma emperatriz, la alemana Judit. El 18 de julio del año 838, cuando estaba misionando en las islas zelandesas, fue asesinado a puñaladas en la misma iglesia, por dos enviados ella.
Santa Marina
Virgen y mártir del siglo III, ha sido muy venerada desde antiguo en Orense, junto con otras hermanas suyas en el martirio. Y no sólo en Galicia levantaron templos con su advocación, sino también en otras latitudes, hasta Córdoba y Sevilla.
Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordoñez, S.J.
Santa Sinforosa
Matrona romana, cuyo esposo, San Getulio, que era tribuno militar, murió mártir en la época de Adriano. El matrimonio tenía siete hijos varones cuyos nombres conserva la tradición: Crescencio, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio. Todos, junto con la madre viuda, se retiraron a la ciudad de Tívoli, donde se mostraba a los visitantes de siglos después una cisterna seca en la cual parece que estuvieron escondidos durante un tiempo mientras arreciaba la persecución.
Por fin, cayeron en manos de sus enemigos, y como Sinforosa no se dejó persuadir con promesas y amenazas para sacrificar a los ídolos, comenzaron a martirizarla. Pero ella animaba a sus hijos a permanecer firmes en la fe. Se le ató al cuello una pesada piedra y se la arrojó al río Teverone, afluente del Tíber que pasa por Tívoli, y sus hijos recibieron muerte al siguiente día.
En su memoria se levantó una iglesia en la Vía Tiburtina. Algunos sostienen que la historicidad de tales hechos es discutible. Cierto que los antiguos cristianos confundían a menudo historia y símbolo, pero su equívoco además de noble se acercaba más a las verdades últimas. San Sinforosa y sus hijos que permanecieron en la Verdad hasta sus último momentos.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador romano. Estaba adornado con todas las gracias y virtudes. El mismo día que se casa, Alejo abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eufrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.
Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patrio de su casa. Allí, ejemplo de paciencia y de humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.
La historia de San Alejo es como una novela bizantina y desde la Edad Media, la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje. Otro mendigo de Dios, en medio del esplendor de Roma, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Mártires de Brasil
Con este nombres son venerados cuarenta mártires, representantes de uno de los mayores esfuerzos misioneros de la Iglesia.
De sólo Portugal y España, y de sólo la Compañía de Jesús, salían el 5 de junio de 1570 de la Barra del Tajo 74 misioneros jesuitas, divididos en varias naves. El Superior de todos ellos y de la Misión del Brasil, Padre Ignacio de Acevedo, navegaba con 39 más en la nave Santiago, no lejos de Tazacorte, su última escala en la isla canaria de la Palma. De pronto se ven asaltados por piratas enemigos de la fe católica; y arrojados al mar a golpes de espada y lanza.
El P. Ignacio de Acevedo muere, entre los últimos, animándoles con una imagen de Nuestra Señora que en Roma le había confiado para el Brasil San Pío V. Eran 32 portugueses y 8 españoles; destacaban por la juventud de casi todos, en su mayoría estudiantes universitarios y técnicos. Sólo fue perdonado por los piratas el cocinero, para servirse de él. Pero un sobrino del capitán que había pedido ya su admisión en la Compañía de Jesús, toma la sotana de uno de los mártires y vestido con ella, firma con su sangre la admisión. Era el 15 de julio de 1570.
Santa Teresa de Jesús, que tenía entre los mártires un sobrino suyo, Francisco Pérez Godoy, de Torrijos, comunicó en Avila ese mismo día haber participado en su oración de gloria con que el cielo todo había coronado a aquel invicto escuadrón de mártires misioneros.
San Generoso
En los tiempos difíciles del despliegue primero del cristianismo, da su vida por Cristo en Tívoli, Italia, donde es muy venerado.
Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordoñez, S.J.
Todo tiempo histórico tiene un tipo de hombre con el que se corresponde. El de la hora presente es el tipo del ofendido. La estructura mental de un sujeto ofendido es el victimismo. Todo relato victimista sitúa en su cúspide a un ofensor. Psicológicamente, una víctima suele desconfiar de todo lo que le rodea, proyectando también sus filias y fobias a su alrededor. El ofendido no razona. Su estado permanente es la sinrazón mantenida a base de emociones y sentimientos. Sugestión y obsesión.
La Selección española de fútbol se ha proclamado Campeona de la Eurocopa. Ante semejante logro, los ofendidos se obstinan en demostrar que ello ha sido gracias a dos hijos de inmigrantes y también a uno o dos vascos. En su delirio victimista pareciera que el empeño del ofendido es restregar al resto de españoles que la victoria se ha alcanzado gracias a futbolistas que… ¡son españoles!
En su deriva emocional, al ofendido no le importa aniquilar el espíritu de equipo, propio del fútbol, con tal de enaltecer de manera inconcebible las hazañas individuales de miembros del combinado nacional en el altar identitario, ya sea racial o territorial. En su pronunciada curva martirial, el ofendido derrapa para certificar la conquista del antirracismo y hasta del antifascismo, por encima del éxito de la Selección. Si bien, el expuesto resulta ser el cuadro leve de la enfermedad que padece la persona ofendida, existe un cuadro aún más severo con que se muestra aquélla. Los efectos de mayor gravedad consisten en ofenderse y atacar en manada ante aquel futbolista del equipo nacional que osa ser austero y poco efusivo en el saludo institucional, o excesivamente patriótico al reivindicar la españolidad de una roca. ¡Qué ofensas más ofensivas para los ofendidos!
Los ofendidos no saben ni quieren saber que desde hace años futbolistas negros han integrado la Selección española. No saben ni quieren saber que en el fútbol español han militado decenas de futbolistas de color. Incluso, militó Ben Barek, un negro marroquí, que jugaba como los ángeles, y fue muy querido en España y, especialmente, en Madrid. No saben ni quieren saber que el holandés Johan Cruyff fue expulsado de un terreno de juego por referirse despectivamente a un futbolista argentino llamándolo “indio”. Los ofendidos no saben ni quieren saber que hace años en una concentración de la Selección, un futbolista agarró por el cuello a otro por despreciar y humillar a un tercer futbolista, simplemente porque éste era hijo de Guardia Civil. Además, el protagonista del desprecio, proetarra, y el despreciado, militaban en el mismo equipo. No saben ni quieren saber que los proterroristas de Bildu han señalado como traidores a dos futbolistas vascos de la Selección española. Desde el Gobierno de la nación aún no se ha censurado la infamia. Pero los ofendidos persisten en instrumentalizar con su mezquino manoseo la gloria del fútbol español.
Es el título de la Virgen como Patrona de una de las más célebres Ordenes de religiosos y religiosas. Su hábito significa interiormente: espíritu de retiro al modo de Elías; de contemplación, al modo de Santa Teresa de Jesús; y de apostolado y amor, al modo del inglés San Simón Stock.
La imitación de este espíritu es prenda de las más altas gracias espirituales para esta vida y para la eterna. Esta imitación se ha sensibilizado externamente con frecuencia, por medio del escapulario, una expresión popular del hábito y del espíritu del Carmen, para revestirse de Cristo como fieles hijos de la Virgen. En esta devoción a la Virgen del Carmen han destacado en muchas naciones los hombres del mar.
Santa Reinelda
Peregrinó a Tierra Santa y fue martirizada en Saintes, su ciudad natal, por los invasores hunos el año 680. En el bilingüismo belga es llamada Rainelda, Regnilda, Ernelle y Renelle. Era hermana de Santa Gúdula, la patrona de Bruselas e hija de Santa Amelia.
Con ella padecieron martirio dos cristianos más; uno de ellos subdiácono, de nombre Grimoaldo.
Fuente: Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez, S.J.
Santa María Magadalena Postel
Hija de un cordelero normando, Julie Postel era conocida como «la santita» por las gentes de Barfleur impactadas por su piedad. Se educó con las benedictinas de Valogne, que le propusieron quedarse con ellas, pero la abadía no le pareció suficientemente pobre. Porque su ideal era enseñar a niñas que no pudiesen pagar colegio alguno, quería recristianizar Francia partiendo de la formación de mujeres, y a los dieciocho años se instaló en Barfleur, en una choza, humilde origen de sus futuras escuelas para alumnas también muy humildes.
Durante la Revolución francesa se convirtió en la «virgen-sacerdote», pues estaba autorizada para distribuir la comunión, ocultaba los vasos sagrados, facilitaba lugares de culto clandestino, daba albergue a los curas fugitivos y seguía enseñando el Catecismo en cuevas y graneros. En 1805 fundó en Cherburgo las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Merced, congregación para la que adquirió años después la abadía de Saint-Sauveur-le-Vicomte, cerca de Coutances, y gobernó su orden hasta una edad muy avanzada con criterios tan espirituales y de tanta ternura maternal, que fue canonizada en 1925.
La Hermana María Magdalena, «la santita», que a su muerte había fundado treinta y siete casas, desplegando una enorme actividad a pesar del asma que sufría y de las penitencias que solía imponerse, fue una mujer fuerte y humilde, con la testarudez que se atribuye a los normandos, convencida de ser un pobre instrumento de Dios con el cual Él podía hacer maravillas.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Nacido en la aldea toscana de Bagnorea, Juan de Fidanza llega a París para completar sus estudios y se hace franciscano, pasando a ser frayBuenaventura. En la capital francesa se vivía por entonces una enconada guerra entre teólogos rivales que derrochan orgullo y hasta violencia. Frailes que iban a la greña entre injurias, calumnias y hasta palizas discutiendo sobre Aristóteles y Averroes.
En este guirigay tan poco ejemplar se forma Buenaventura. Esa experiencia inolvidable le proporcionaría un santo equilibrio: sin renunciar a la inteligencia y al saber, insistió siempre en que cualquier mujeruca ignorante puede amar y conocer mejor a Dios que un sabio teólogo. Él y Tomás de Aquino serán el Doctor Seráfico y el Doctor Angélico resumiendo fraternalmente en aquel agitado París el esfuerzo por unir verdad y caridad.
San Buenaventura será un franciscano antes que nada, y cuando le elijan general de su orden, también muy dividida, y se convierta en una gran personalidad (obispo de Albano, cardenal y legado pontificio), antepondrá a todos los honores el espíritu de sencillez del fundador. Lavaba la vajilla de su convento, cerca de Florencia, cuando los enviados del Papa fueron a anunciarle que era cardenal, y según la tradición les pidió que colgaran el capelo de la rama de un árbol porque él tenía las manos grasientas y sucias. Esto será más duro, suspiró.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol