Anglosajón de la Nortumbria, educado desde niño en el monasterio de Lindisfarne, siente muy pronto el imperioso deseo de peregrinar a Roma. Wilfrido conoce el corazón de la Cristiandad, y de regreso a su país funda el monasterio de Stanford, es abad de Ripon, se le ordena sacerdote y luego obispo de York, desarrollando una intensa labor convirtiendo paganos, fundando iglesias y dando el máximo esplendor posible al culto litúrgico.
En su accidentada vida abundan episodios de viajes, naufragios, grandes peligros y constantes disputas con las autoridades eclesiásticas y civiles, que en una ocasión le valieron la cárcel. Una y otra vez aparece como el luchador infatigable por la unidad con Roma, por ser fiel a Roma contra las particularidades nacionales, raciales, de tradición, que representan los monjes escoceses. No ha habido inglés más tenazmente romano que él, defensor más encarnizado de la comunión de Inglaterra con la Iglesia universal.
No era blando ni acomodaticio, sino intransigente en su ideal católico. Ya muy anciano hizo su última peregrinación a Roma a pie, como queriendo reforzar antes de morir su vínculo que preveía débil y quebradizo. En esta Inglaterra que caería del lado de la Reforma, San Wilfrido es una fuerte llamada a la unidad: ser muy romano da una dimensión universal que completa la índole de inglés.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
PD. Feliz día de la Virgen del Pilar y de la Hispanidad.
