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10 de octubre. Santo Tomás de Villanueva (1488-1555)

Castellano de la tierra de Don Quijote, serio, obstinado, consciente, dulce e inflexible, Tomás de Villanueva es uno de esos espíritus maravillosos que en la época de Lutero hacen la Reforma al revés, con fidelidad a la Iglesia, con una caridad sin límites, con una enorme exigencia, primero consigo mismo y luego con los demás.

Deja la universidad por el claustro y se hace agustino, cambia la cátedra por el púlpito y resulta un predicador de fuego, pero sobrio, ajustado, exigente («Tomás no pide nunca, siempre ordena», decía de él el emperador, que le quiso por consejero), valeroso y decidido, pero humilde en todas sus facetas: profesor, predicador, místico, reformador, asceta, limosnero. Obligado a aceptar una dignidad arzobispal, la de Valencia, que puso en sus manos grandes medios económicos, se apresuró a gastarlos íntegramente no sin escándalo de quienes le rodeaban. Y antes de morir quiso repartir hasta el jergón en el que descansaba su cuerpo enfermo: «No me moriré hasta que sepa que no me queda nada en este mundo avisó.

La anécdota que mejor retrata a Santo Tomás de Villanueva, el anti-Lutero, es su manera de proceder con los que rebelaban contra la Iglesia, encerrarse con ellos en su despacho de arzobispo y flagelarse las espaladas ante un crucifijo diciéndoles: «Hermano, mis pecados tienen la culpa de todo, es justo que sea yo quien sufra el castigo».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

9 de octubre. San Dionisio (…-¿258?)

Es el Saint Denis francés. Dionisio fue enviado a evangelizar las Galias, hacia el 250, siendo consagrado obispo de Lutecia, la actual París, y poco después murió mártir. En cuanto al lugar del martirio, quizá fue Catuliaco, aldea próxima a París por el norte, que hoy es un barrio de la capital que lleva el nombre de Saint Denis.

En Catuliaco se construyó una primera basílica, posteriormente catedral, para acoger sus reliquias, y el lugar, convertido en monasterio en el siglo VII, acabará siendo el panteón de los reyes de Francia, de los que San Dionisio es patrono. Como Santiago entre los españoles, es el santo invocado bélicamente por los franceses de antaño en las batallas y forma parte sustancial del pasado de Francia.

Se le representa a menudo con la cabeza en las manos, origen de la leyenda de que, tras su decapitación, se levantó y cogiendo su cabeza echó a andar hasta desplomarse donde una piadosa mujer le dio sepultura.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

8 de octubre. Santas Tais y Pelagia

Pecadoras que se arrepintieron: Tais, la meretriz de Alejandría, y Pelagia, bailarina de Antioquía, de quien decía un obispo: Esta joven es una lección para nosotros, ¡si pusiéramos tanto afán en cuidar de nuestras almas y de nuestra grey como ella de su cuerpo y de su baile!

Pafnucio, monje del desierto, fue a Alejandría para convertir a Tais, y la cortesana más bella y rica de Egipto hizo una pira con su palacio y se recluyó en un convento de la Tebaida para hacer penitencia hasta su muerte. Es patrona de Alejandría, y sus emblemas son un espejo y una sarta de perlas, la coquetería y el lujo a los que renunció por Dios. Pelagia (o Margarita, en latín, perla, también por sus collares) fue a Jerusalén tras su bautismo y vivió tres años en un monasterio del Monte de los Olivos bajo disfraz de hombre y haciéndose llamar fray Pelagio. Es patrona de cómicas y arrepentidas, y tiene por atributo una máscara teatral.

Entrevemos a estas dos pecadoras de Oriente entre fulgores de perlas y asfixiantes perfumes voluptuosos, hasta su caída en las redes de Dios, Santa Tais abriendo la puerta a un supuesto cliente que cambiará su vida, Santa Pelagia purgando sus culpas sin dejar de ejercer sus dotes de actriz, disfrazada, aunque ahora su ficción sea la verdad del camino hacia Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

7 de octubre. Santo Rosario

El otoño nos trae una fiesta de santidad instrumental en la que se homenajea a un objeto llamado santo con el nombre de plantel de rosas. Es de madera, metales nobles o modestísimos, hueso o nácar, tanto da, y aunque conocido desde antiguo, sin embargo, no adopta las características hoy comunes hasta el siglo XVI, cuando su rezo se vincula a la victoria cristiana de Lepanto.

Esta Corona a la Virgen, repetitiva y humilde como una cantinela infantil, es un Evangelio en miniatura al alcance de todas las inteligencias y de las memorias más torpes, así como de las situaciones espirituales más desangeladas y frías. Es la devoción que María recomendó en Lourdes y Fátima, a manera de gran arma para la paz de nuestro tiempo. La Virgen da la razón a los Papas prefiriendo esta modalidad tan sencilla de adorar y pedir (la oración de los tontos, según los que tiene una idea muy elevada de sí mismos) en la que se nos da todo hecho menos la actitud interior, y que obliga a poner el alma en lo que se dice, como introduciendo el sentido de Dios en la monotonía de las cosas de la vida cotidiana.

Plegaria personal por el impulso que cada cual le dé, pero también voz del coro de la Iglesia, como un murmullo de niño que no se cansa de repetir lo archisabido que no puede decirse mejor. Unas palabras que suenan a eternas de pura sencillez y profundidad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

6 de octubre. San Bruno (1033-1101)

Alemán de Colonia, teólogo y profesor en Reims, aplaudido y famoso, a los cuarenta años, angustiado por sí mismo y por la corrupción eclesiástica se va con seis compañeros a la soledad, al lugar más abrupto que encuentra: La Chartreuse o Cartuja, cerca de Grenoble, en los Alpes del Delfinado. Y allí instaura una vida religiosa entre solitaria y común: mitad de eremita, mitad de cenobita.

El combate espiritual de Bruno por la Iglesia comienza por la renuncia (se le suele representar con el báculo y la mitra a los pies, los honores pisoteados) y consiste en la oración, el trabajo y la penitencia. La gran batalla se libra por medios que parecen incongruentes. Ser cartujo es morir al mundo, abrazar el silencio, la mortificación extremada, reducir la existencia a un pequeño huerto, a una vida rigurosa, a la prioridad de Dios.

¿No será más efectivo recorrer Europa catequizando, predicando, convenciendo? Para San Bruno la Iglesia se salva no en medio del mundo, sino desasido de cualquier interés terrenal en medio de la soledad, las asperezas de una vida durísima, el ideal más severo. Sin embargo, años después un antiguo discípulo hecho Papa le llamará como consejero a Roma, la mayor penitencia que podía imponérsele. Obedecerá muerto de añoranza por su Cartuja, y morirá en otra fundación italiana muy lejos de su valle de Grenoble.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de octubre. San Mauro y San Plácido (siglo VI)

A ellos se refiere San Gregorio en sus Diálogos al describir la comunidad de Subiaco reunida en torno a San Benito. Son figuras muy distintas pero complementarias. Mauro es un monje serio y concienzudo, ejemplar, el otro un muchacho de corta edad muy impulsivo. «Mauro es la paz serena, Plácido la alegría que canta; el uno, el hombre de la confianza del maestro, el otro, la joya de su más tierno amor. Los dos, iguales en generosidad de su sacrificio, descendientes de ilustres familias romanas, lo dejan todo por seguir a Cristo«, así los describe Fray Justo Pérez de Urbel.

San Mauro dio nombre a la congregación francesa de Saint-Maur, famosa por su saber. San Plácido fue uno de los discípulos predilectos del Santo de Nursia, de uno de cuyos milagros ambos Santos fueron protagonistas. Cierto día San Benito pidió a Plácido que le trajera agua, al cabo de un rato vio en espíritu que el niño se estaba ahogando en el lago y entonces ordenó a Mauro que fuera a salvarle; el monje así lo hizo, obedeciendo tan ciegamente que su fe le permitió andar sobre las aguas.

La regla pide a los monjes una obediencia pronta, alegre y fervorosa, lo de «hágase su voluntad» que decimos en el Padrenuestro quizá maquinalmente, tomado muy en serio, es lo que ilustra la anécdota de San Mauro y San Plácido.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de octubre. San Francisco de Asís (1181-1226)

Francisco es «el varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial…», diríase que es el santo más para todo el mundo. Ateos, agnósticos, herejes, anticlericales, todos sienten una ternura especial por el Poverello, y de esta manera quizá se abarata un poco su santidad, hecha sentimentalismo laico, como de hippy a lo divino. Quede claro que no era un bohemio caprichoso, como hijo de mercader sabía muy bien lo que costaba el dinero, pero también que el camino hacia Dios pasa por la renuncia, por lo que suele llamarse pobreza.

Mientras tengamos cosas, éstas nos alejan de Dios, y una vez libres de las cosas y de su deseo, sólo queda darse, y eso es lo que significa la Pobreza. Lo que todos queremos rehuir: prescindiendo cómodamente de lo exterior y de lo superfluo, hasta que desnudos de todo, se acaba dando el último reducto, se da uno mismo, lo que se es.

Nadie glorificó como San Francisco de Asís la Creación, el hermano mundo. Desprendido de todo y amante finísimo de todo, del agua, del fuego, de la tierra, del aire, del hermano lobo, de la hermana ceniza, que es casta, decía, hasta de unos pasteles de almendra que le preparaba cariñosamente una devota. El mundo visto a través de Dios es fraterno y hermoso. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener; no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo y se es libre para señorear alegremente el universo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

3 de octubre. San Francisco de Borja (1510-1572)

El duque jesuita, de la noble y turbulenta estirpe de los Borgia, bisnieto del Papa Alejandro VI, de no muy feliz memoria, gran señor, cortesano, amigo del emperador Carlos, dichoso en su matrimonio del que tuvo ocho hijos, admirado por todos, virrey de Cataluña, rico en títulos, dignidades, saber, palacios y buena fama, no podía pedirse más.

La muerte de la emperatriz Isabel, su bienhechora, provocó una de las frases más célebres en los anales de la santidad: «No servir a señor que se pueda morir», y años después, al enviudar, Francisco ingresa en la Compañía de Jesús con gran escándalo, porque según San Ignacio «el mundo no tiene orejas para oír tal estampido». Se convertirá en el tercer general de la Compañía, tras San Ignacio y Laínez, contribuyendo al crecimiento de la orden: Noviciado, multitud de colegios (ocho en Francia, once en España, tres en Alemania), nueva edición de las reglas, misiones en América y en el Lejano Oriente, en sólo siete años demostró ser un organizador formidable. No sin razón se le conoce como el segundo fundador.

San Francisco de Borja ilustró así el apellido de su familia, puntal de la leyenda negra de la Iglesia, en un sentido opuesto al de sus famosos antepasados; no sólo porque opuso santidad a libertinaje y cinismo, sino también porque contrapesa la pompa mundana y señorial de los suyos con su aniquilamiento voluntario, desgastándose en ingratas tareas que le consumen hasta morir. Siglos después, como para borrar cualquier residuo de grandezas visibles, los revolucionarios aventarán sus reliquias en el Madrid bárbaro de 1936.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de octubre. Los Ángeles Custodios

«Dios te enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos», dice el Salmo 91, y un poeta moderno glosando la oración infantil de «cuatro ángeles tiene mi cama», precisa más la intimidad individual con el Custodio: «Pero un solo ángel/ tiene mis espíritu./ Un solo ángel/ (el más amigo)».

Antes, a los niños, después de enseñarles a rezar a Dios y a la Virgen María, se les enseñaba a invocar todas las noches al ángel de la Guarda, hermano mayor espiritual, compañero aventajado por la visión de Dios, tutor, guía, centinela, escudo, discretísimo e invisible maestro en los peligros cotidianos, aliento, aguijón, consejo, confidencia. Y esa figura angélica, venerada por la Iglesia por lo menos desde hace quince siglos, acoplada a nuestra debilidad como un plus sobrenatural de sostén y ayuda, sigue siendo un punto de la fe para chicos y grandes.

Delegados celestiales junto a nosotros, para creer en los custodios se necesita la fe que nos hace niños; nos los imaginamos como mensajeros de Dios, radiantes y alados, con una hermosura que no es de este mundo, incondicionales del alma, dulces e inflexibles como un amigo que nos quiere bien. «Fuerte compañía» dice el poeta, que no nos desampara ni de día ni de noche, atento a cada segundo de nuestra titubeante existencia. Y sabiendo que al fin nos va a presentar ante el Señor con la serena sonrisa del trabajo bien hecho (y en silencio) para que podamos llegar de su mano a la Ciudad de la Luz.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de octubre. Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

La santa más popular de los tiempos modernos y también la menos vistosa; sólo la fuerza interior de Teresa ha impresionado a los contemporáneos, porque de puertas para afuera fue la monjita más oscura y vulgar, una más en el Carmelo normando de Lisieux, callada, obediente, gris, débil de cuerpo, tísica en sus últimos años, que ni siquiera gozaba de buena reputación entre sus compañeras y sus superioras.

Nunca hizo nada aparente ni extraordinario, nunca se movió de su sitio. Aquí no hay nada que contar, nada periodístico, llamativo, brillante. Se limitó a seguir lo que ella llamaba el caminito, «la petite voie». Adorar, rezar, trabajar, obedecer, encomendar. Su reino pertenece a lo invisible, a lo sobrenatural, y murió ignorada de todos. La gran santa de los últimos siglos vivió de espaldas al relumbrón de la modernidad, conjurando con su entrega silenciosa el estruendo diabólico que nos rodea.

Sólo después de su muerte su libro, Historia de un alma, y sus milagros la hicieron famosa, y la Iglesia la ha hecho patrona de las misiones. Asombroso patronazgo el suyo, al menos a primera vista. Santa Teresa de Lisieux, patrona de la actividad misionera, motor de la evangelización, ella, de horizontes humanos tan cortos, sin medios, sin dinero, sin salud. Sólo poniéndose en manos de Dios para todo y no conformándose con menos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.