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25 de julio. Santiago el Mayor (siglo I)

Es uno de los que el Evangelio llama «hijos del Trueno», un hombre de violencia explosiva, de una pieza, pero que tras muchas pruebas y revolcones se encauza. Santiago es uno de los que al ver pueblos que se cierran a la palabra del Maestro reclama fuego de las alturas para aniquilarlos como Sodoma y Gomorra. Luego no parece conformarse con lugar secundario en el Paraíso, quisiera estar a la diestra de Jesús. «¿Puedes beber el cáliz que yo beberé?», se lo pregunta. «Puedo», responde muy seguro.

Impaciente, ambicioso a lo divino y mártir, este apóstol es el que la tradición vincula con España, haciendo de él, hasta en sus excesos reales o atribuidos, tanto da, un santo a la desmesurada medida de los españoles, sustancia sobrenatural de esta tierra, como Patricio lo es de Irlanda. Santiago de los españoles «raíz de España», es el caballero celestial que aparece en las batallas de la Reconquista acuchillando infieles y ganando victorias para la cruz, el que en la hora del desaliento es confortado por la visita de la Virgen, sobre un pilar, en Zaragoza, y cuyo sepulcro en Compostela atrae a peregrinos de toda la Cristiandad.

«Apóstol canicular», según el poeta, «entre los dos meses ardientes», Santiago el Mayor tiene una presencia de fuego, levanta la espada sobre las cabezas; es un santo salvador, como todos, pero también terrible, como un huracán de justicia que tarde o temprano no ha de venir del Cielo. «Toda oración es siempre por el hombre, pero ¿quién dirá por Vos mismo esta plegaria pura y sencilla: Hágase tu voluntad?».

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

24 de julio. Santa Cristina (… – ¿300?)

Nacida en el villorrio de Bolsena, junto al lago de este nombre al norte de Lacio, en cuyos alrededores hubo una ciudad etrusca y una primitiva necrópolis cristiana. De tal espesor de pasado surge esta mártir. Era hija de una autoridad local y desde niña se aficionó a la fe de Cristo, y por la devoción de su santo nombre se llamó Cristina contra la voluntad de su padre.

El progenitor procuró con todas sus fuerzas y mañas apartar a su hija de aquella creencia que él tenía por locura, mas no pudo hacer mella en aquel pecho sagrado y fuerte, y ella, tomando los ídolos de oro y plata que su padre tenía, los quebró e hizo pedazos y los repartió a los pobres.

El muy bárbaro la hace azotar y rasga sus carnes con garfios de hierro, luego se enciende una hoguera… Es mejor omitir las crueles torturas que siguen, interrumpidas por manifestaciones milagrosas, hasta que se la ata a un madero y es asaetada. Santa Cristina, la de Bolsena, nos deja su nombre admirable y un perfume extraño de antiguos y cándidos prodigios.

Fuente: La casa de los santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

23 de julio. Santa Brígida de Suecia (1303-1373)

Su padre la casó con el príncipe Ulfo Godmarsson, siendo un matrimonio feliz muy piadoso, ambos fueron terciarios franciscanos. Tuvieron ocho hijos (uno de ellos Santa Catalina de Vadstena) y contribuyeron a cristianizar las costumbres de la corte del rey Magnus II. Se sabe también de una peregrinación suya a Santiago de Compostela.

En 1344 Brígida enviudó y fundó en Vadstena la orden del Salvador, los brigitinos, pero la última parte de su vida transcurrió en Roma, dando ejemplo de gran austeridad y ocupándose de los pobres y enfermos. También fundó en Roma una residencia para estudiantes y peregrinos suecos. Fue consejera de papas y figura muy admirada por sus virtudes en la Ciudad Eterna.

Murió en Roma, tras una peregrinación a Tierra Santa, y al año siguiente su hija Catalina trasladó sus restos a la Suecia natal. El libro de sus revelaciones, publicado póstumamente, fue muy discutido, «por haberle querido tachar y reprender algunos teólogos, que midiendo las cosas divinas con prudencia humana, no acaban de entender que Dios reparte sus gracias a quien Él es servido», pero al fin Santa Brígida tuvo la aprobación del sapientísimo cardenal dominico fray Juan de Torquemada.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

22 de julio. Santa María Magdalena (siglo I)

Las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino de los Cielos. Una de las sentencias más agresivas del Evangelio. ¿Las rameras antes que nosotros, que más o menos cumplimos la ley, vamos a misa, rezamos, damos limosnas, somos honorables? Ahí queda dicho. María Magdalena es la ilustración viva de este anuncio escandaloso. La pecadora que derrocha ungüento aromático a los pies de Jesús en una mixtura de nardo y lágrimas, don de lo que se tiene porque se puede comprar, y don de uno mismo, el más valioso como dolor y arrepentimiento.

Antes que a Pedro o a cualquier otro apóstol, Cristo se aparece a esta mujer, llamándola por su nombre, María, y no tiene que añadir nada más. Entre los bienaventurados (y además de primera fila), hay que contar con presencias insólitas: andrajosos, bandidos, chiflados, recaudadores de impuestos, mujeres públicas. Al Hijo de Dios siempre se le reprochó tratar a gentes de mal vivir, a quienes no solo invita al Cielo, sino que además les da preferencia.

Según la ley esto es disparatado e injusto, pero un sentimiento puede suspender toda la legislación humana y divina, una lágrima pesa más que todos los pecados del mundo, un brusco ademán de generosidad abre las puertas del Paraíso. Por eso, Santa María Magdalena vale más que todos nosotros, que solemos mirar por encima del hombro a los ladrones y a las prostitutas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Francia, Europa, el mundo: Nada es seguro, todo está en riesgo

El 6 de febrero de 1934, Francia vivió una jornada convulsa, consecuencia de la grave situación por la que atravesaba la política francesa. Ligas Patrióticas, de carácter paramilitar y tendencia profascista, intentaron disolver violentamente la Asamblea Nacional, siendo duramente reprimidas por la policía. Los disturbios causaron una quincena de muertos y dos mil trescientos heridos provocando la dimisión del primer ministro Daladier, de centro izquierda, y la formación de un Gobierno de unidad nacional. La izquierda se agruparía en torno a un Frente Popular, alcanzando el poder en 1936.

Ante un escenario que se revelaba trágico, un grupo de más de cincuenta escritores e intelectuales católicos, entre los cuales se encontraban Gilson, Maritain, Du Bos, G. Marcel, Madaule, Roland Manuel, J. Hugo, Copeau, Mounier… publicó un manifiesto bajo el título Por el bien común, definido y concretado por el subtítulo Las responsabilidades del cristiano y el momento presente. Los autores exponían sus inquietudes ante la hora crítica de Francia, haciendo un llamado de conciencia con miras al porvenir. “Nosotros luchamos, afirman al inicio del texto, contra un antiguo error mortal, que es el que pretende levantar una barrera infranqueable entre lo político y lo espiritual, como entre lo humano y lo divino. Es necesario hacer que este error desaparezca. Tienen, lo político y lo temporal, muchos más recursos a que acudir que aquellos tan sólo debidos a las energías exclusivamente materiales, que son las que no escapan nunca al juego de las combinaciones y de las complicidades si no es para pasar a las violencias de la guerra civil. Será reintegrar al orden político en toda su fuerza y su dignidad, acrecentándolas, el destacar aquellos otros recursos espirituales, de más alto rango, recordándole que son los que deben penetrarle y envolverle con una vida superior”. Estas primeras líneas ya advierten de los posibles riesgos latentes en el país vecino, que dos años después se materializarían trágicamente en España, desembocando en una fratricida contienda civil, seis años más tarde, ya en plena II Guerra Mundial, desembocarían en dos Francias: la de Vichy y la de la Resistencia, y expondrían al mundo a caer en las garras de dos diablos: el totalitarismo nazi-fascista o el totalitarismo comunista.

Sobre la jornada del 6 de febrero, los firmantes sostienen que Francia corre el riesgo de hallarse, mañana, dividida en dos campos enemigos, cada uno de los cuales olvida que el otro es también Francia. Cada una de estas dos formaciones políticas se define mucha más por su hostilidad a la otra que por su propio programa respectivo. Cada una de ellas aparenta estar decidida o poner en juego contra la otra todo cuanto la violencia encierra de pasión más exasperada. Ninguna de las dos, sin embargo, desea dar el primer paso cargando con la responsabilidad de lo que pudiera suceder. A pesar de todo, las enemistades van creciendo durante este tiempo, reforzándose cada vez que la incertidumbre es mayor. El adversario se aparece para ambas partes como la encarnación de todos los males. Las pasiones no han desarmado; al contrario, se arman. Se ha impuesto una tregua a los partidos, pero no hay que hacerse ilusiones sobre su carácter precario. Una tregua no es una paz.

Los manifestantes prosiguen: “Nosotros estimamos que, frente a la situación descrita, el cristianismo no puede servir de fuerza de apoyo a ninguno de los partidos en lucha. Las fuerzas espirituales no deben ceder bajo el peso de los elementos sociológicos: lo que deben es dominarlos, llevándolos consigo; y si los hombres no quieren entenderlo así, señalar, por lo menos, cuál es la verdadera dirección que debe seguirse. Nunca el cristianismo ha callado. Tiene el deber de recordar su mensaje de paz y amor con tanto más empeño cuando este mensaje se vea desconocido. No podemos aceptar el dilema que el presente estado de cosas parece querer obligarnos a que aceptemos cuando nuestra conciencia nos lo prohíbe. Lejos de ser una deserción o una retirada, nuestra negativa lo es a la ambigüedad y a la claudicación. Debemos responder con un NO a todos aquellos que, tratando de cortarle el paso al fascismo, pretenden arrastrar a Francia al comunismo, Pero también debemos responder con un NO a aquellos otros, que para cortarle el paso al comunismo enrolen a Francia en el fascismo”. Sería una quiebra moral para los católicos franceses si confundieran la violencia con la virtud de la fortaleza que les corresponde, y que no existe fuera, ni separada, de la justicia y de las demás virtudes del alma; si se dejaran embaucar en esas reacciones biológicas, por las cuales un mundo anticristiano trata de defenderse de sus propias contradicciones internas. De este modo, se encontrarían prisioneros de ese mismo mundo corrompido, y en un momento en el que más que nunca necesitan ser ellos mismos lo que son, dispuestos para el porvenir.

Noventa años después, Francia parece hallarse inmersa de nuevo en el juego de las combinaciones y de las complicidades. Cierto es que en aquel tiempo el totalitarismo era una moda y la democracia un anatema. También es cierto que hoy la democracia está expuesta a toda suerte de fraudes y vulneraciones. Y se tiene la sensación de que nada es seguro y todo está en riesgo. No solo en Francia, también en España, en Europa. Acaso, en el mundo. Impera la fragmentación social, la división en banderías y grupos humanos, culturales, ideológicos. Porque como diría Mounier, uno de los firmantes del manifiesto, vivimos bajo la tiranía de “un desorden establecido» que compromete en provecho propio los valores espirituales mientras asistimos a una crisis natural de las formas de la civilización contemporánea. Como católicos, debiéramos permanecer en alerta, en vela, decía el Cardenal Newman. Somos indispensables en esta humanidad en crisis. La hora actual parece favorable para proponer soluciones cristianas a un mundo fatigado por el espectáculo de desórdenes políticos, económicos, sociales… Cuando en la encrucijada actual, se repliegan los pueblos hoscamente tras sus fronteras empeñándose en descubrir al enemigo en el colindante, nosotros, los cristianos, los católicos, exaltamos el valor universal de una caridad que ya supo enlazar al griego y al judío, al romano y al bárbaro. Y es que la más grande falta de los cristianos del siglo XXI será dejar que el mundo se haga sin Dios o contra él. Por eso, la tarea fundamental es la insistencia en el dinamismo de nuestra propia posición y no la oposición estéril. Los católicos debemos ser una minoría preñada de cultura y no una cultura fríamente intelectual, sino sabrosa y vitalmente humana. Tenemos el deber de sacar otra vez a la Iglesia al primer plano de la eficacia apostólica, recuperar el tiempo perdido y aspirar a un puesto de vanguardia en España, en Europa y en el mundo. Esa es nuestra responsabilidad como cristianos, como católicos en el momento presente.

21 de julio. San Lorenzo de Brindis (1559-1619)

Natural de Brindis, en el tacón de la bota italiana, Cesare de Rossi se crió en Venecia, lugar más seguro que su ciudad natal, amenazada por los turcos. A los dieciséis años se hizo capuchino adoptando el nombre de Lorenzo, y estudió en la Universidad de Padua, donde adquirió un profundo saber bíblico. Ocupó altos cargos en su orden, pero se le conocía sobre todo como predicador, dedicándose de manera especial a la conversión de judíos; su ciencia, su poliglotismo y su fuerte personalidad le hicieron desempeñar importantes misiones evangelizadoras, políticas y diplomáticas.

En 1599 pasó a Austria, donde fundó los conventos de Viena, Praga y Gratz, distinguiéndose por su labor entre los luteranos, y años después le encontraremos en Alemania, España y Portugal (murió en Lisboa) infatigable y persuasivo como un embajador, valiente como un guerrero y sencillo y humilde como un fraile. La Historia le recuerda principalmente por el episodio bélico de 1601, cuando durante la guerra contra los turcos en Hungría desempeñó un papel semejante al de San Juan de Capistrano, arengando a las tropas, aconsejando a los generales y conduciendo el ejército cristiano a la batalla sin más arma que un crucifijo.

San Lorenzo, que desde 1959 es Doctor de la Iglesia, puede parecer desconcertante en su mezcla de espíritu evangélico y actuación política; no se conforma con llevar almas a Dios, también quisiera mejorar un poco el mundo, y es posible que este último ideal sea la corona de su gloria.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

20 de julio. San Elías (siglo IX a. de C.)

Conocido como «Príncipe de los profetas», «sol de Israel», Elías es originario de Tisbé, al otro lado del Jordán. Intérprete de la voluntad de Dios , instrumento de milagros, juez y reformador de su pueblo, maestro de la soledad, suyo es el privilegio excepcional de no morir, sino de ser arrebatado a las alturas por un carro de fuego.

Se ocultó durante la persecución de la fenicia Jezabel, esposa del rey Ajab, que favorecía la idolatría; y cuando Dios como castigo negó el agua a aquella tierra infiel, Elías compitió con los profetas de Baal en el Monte Carmelo; después de dejar que éstos fracasaran en sus intentos de atraer el fuego celestial para un sacrificio, la oración del santo hizo que descendiera milagrosamente el fuego de Yavé.

Los elementos de la naturaleza le sirven dialogan con él: primero es el fuego en el Monte Carmelo, luego la respuesta de Dios consiste en lluvia que pone fin a la sequía, y cuando ha de refugiarse en el Monte Horeb, perseguido por la infame reina, espera la voz de Dios, que no descubre ni en el viento impetuoso ni en el terremoto ni en el fuego, sino en la suave brisa. Dios evita los clamores para hablar a su elegido en un murmullo íntimamente. Al final, transmite sus poderes a Eliseo y mientras habla con su discípulo «he aquí que un carro de fuego con caballos ígneos separa a uno de otro, y San Elías sube al cielo en el torbellino». Este incombustible profeta de llama volverá a aparecer en Transfiguración del Monte Tabor, junto a Moisés, hablando familiarmente con Cristo.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

19 de julio. Santas Justa y Rufina (… – 287)

Eran hermanas, hijas de un alfarero que vivía en la Trajana de entonces, la Triana actual. Su padre era gentil pero ellas habían abrazado el cristianismo, de forma discreta para evitar conflictos familiares y alborotos en la vecindad. Cierto día entró en su tienda un hombre pidiendo donativos para el ídolo que llevaba. En ese momento, la discreción puede convertirse en traición. Justa y Rufina se niegan rotundamente a participar en la idolatría, declarando que adoran a un Dios que «no es semejante al oro o a la plata o a la piedra» (San Pablo dixit), «obra de arte o del ingenio humano».

Criadas en un alfar, ¿quién va a saber mejor que ellas lo que vale y lo que significa un objeto, lo que han visto salir del barro informe y sucio, aunque luego se venere? Les rompen todas sus vasijas, ellas a su vez destrozan al ídolo, y el escándalo, el sacrilegio de pulverizar lo que el mundo adora hace que se las conduzca a presencia de Diogeciano, gobernador de la ciudad. Al negarse a renegar de su fe, se las atormenta, se las obliga a andar descalzas por los caminos y acaban en una mazmorra donde Justa muere. Rufina será arrojada a las fieras, que se amansan prodigiosamente a sus pies, y por fin la decapitan y queman sus restos.

Un poeta andaluz cantó:

Itálicas y alfareras

nimbadas de luz la sien

con la palma entre las manos

con el león a los pies.

Y el pintor Murillo las inmortalizó en un lienzo como patronas de Sevilla rodeadas de cacharrería y sosteniendo las dos, anacronismo delicioso en el que casi no reparamos, nada menos que la Giralda. El recuerdo de estas santas alfareras sigue vivo en Sevilla y en El Puente del Arzobispo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

18 de julio. Santa Sinforosa (siglo II)

Matrona romana, cuyo esposo, San Getulio, que era tribuno militar, murió mártir en la época de Adriano. El matrimonio tenía siete hijos varones cuyos nombres conserva la tradición: Crescencio, Juliano, Nemesio, Primitivo, Justino, Estacteo y Eugenio. Todos, junto con la madre viuda, se retiraron a la ciudad de Tívoli, donde se mostraba a los visitantes de siglos después una cisterna seca en la cual parece que estuvieron escondidos durante un tiempo mientras arreciaba la persecución.

Por fin, cayeron en manos de sus enemigos, y como Sinforosa no se dejó persuadir con promesas y amenazas para sacrificar a los ídolos, comenzaron a martirizarla. Pero ella animaba a sus hijos a permanecer firmes en la fe. Se le ató al cuello una pesada piedra y se la arrojó al río Teverone, afluente del Tíber que pasa por Tívoli, y sus hijos recibieron muerte al siguiente día.

En su memoria se levantó una iglesia en la Vía Tiburtina. Algunos sostienen que la historicidad de tales hechos es discutible. Cierto que los antiguos cristianos confundían a menudo historia y símbolo, pero su equívoco además de noble se acercaba más a las verdades últimas. San Sinforosa y sus hijos que permanecieron en la Verdad hasta sus último momentos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

17 de julio. San Alejo (siglo V).

Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador romano. Estaba adornado con todas las gracias y virtudes. El mismo día que se casa, Alejo abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eufrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.

Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patrio de su casa. Allí, ejemplo de paciencia y de humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.

La historia de San Alejo es como una novela bizantina y desde la Edad Media, la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje. Otro mendigo de Dios, en medio del esplendor de Roma, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.