Archivo por meses: marzo 2024

12 de marzo. San Inocencio I (… – 417)

Pontífice número cuarenta de los sucesores de Pedro, Inocencio debió de ser elegido como tal en el año 401. Era un monje natural de Albano y aunque no se sabe mucho de su vida, sin embargo se le recuerda por su enérgica actitud ante dos acontecimientos históricos.

El primero, su combate frente a la mayor herejía de su tiempo, el pelagianismo, que negaba la necesidad de la gracia. Atendió así las peticiones que le había hecho San Agustín. En ese contexto, condena también a los perseguidores de San Juan Crisóstomo (13 de septiembre), y se enfrenta al emperador Arcadio.

El gran acontecimiento de su pontificado fue la tragedia del 24 de agosto de 410, cuando las hordas del bárbaro Alarico entraron en Roma por la Puerta Salaria y saquearon la ciudad destruyéndola por completo. El desastre apocalíptico e inconcebible sacudió los cimientos del mundo cristiano. San Agustín escribe el más profundo y ambicioso de sus libros, La ciudad de Dios, para explicar a la luz de la fe un hecho de tanta magnitud.

¿Cómo ha permitido Dios una cosa semejante? ¿Por qué ha entregado a sus enemigos para que lo pisotearan el mismo corazón de su Iglesia? La historia, tejida de fracasos y contradicciones que desmienten nuestras certezas humanas, sigue: San Agustín nos da La ciudad de Dios, y San Inocencio, tras la catástrofe, vuelve a Roma, porque la vida y la Iglesia continúan su misterioso camino hacia el Absoluto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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11 de marzo. Santa Oria (1042-1070)

Nadie recordaría a esta santa de no ser por Gonzalo de Berceo, que en la primera mitad del siglo XIII versificó una biografía latina obra de un tal Munio o Muño, sobre esta virgen de Burgos.

Natural de Villavelayos, Oria, castellanización del nombre latino Aúrea, se presentó aún muy joven en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla y solicitó del prior «prender orden e velo vevir en castidat». Desde entonces fue una «reclusa» por voluntad propia y si antes era buena, fue después mejor. Frente al altar mayor y el coro, donde cantaban los monjes, en una angosta celdilla construida junto al muro de la iglesia, rezaba, leía una y otra vez las Escrituras y las vidas de santos, recitaba el salterio e hilaba y cosía para la comunidad.

Santa Oria tuvo estupendas visiones, según nos cuenta Berceo con encendidas palabras de devoción, resistió los embates del maligno, aconsejó espiritualmente a los que iban a consultarla de toda la comarca, y por fin, la «reclusa leal», cuya oración horadaba los Cielos, abriendo brecha en los más alto, murió junta a su madre en olor de santidad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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10 de marzo. San Juan de Ogilvie (1579-1615)

Estamos en la Inglaterra de Shakespeare, brillante y despótica, entre los reinados de Isabel la Grande y Jacobo I, emergiendo un gran imperio con sangrientas intrigas y persecución a los católicos. El señor de Ogilvie, noble escocés adherido a la Reforma en una Escocia que el calvinista Knox ha hecho férreamente presbiteriana, teme que su esposa, que es católica en secreto, pueda influir en la formación de su hijo John. Por ello, con trece años, lo envía al continente para que sea educado rodeado de los hugonotes franceses.

Y lo que son las cosas, allí es precisamente donde John conoce el catolicismo. En Lovaina abraza la fe católica, se hace novicio jesuita y en 1610 es ordenado sacerdote en París. Su primer destino será Ruán, pero él sueña con volver a su tierra desafiando la persecución. En 1613 desembarca en Edimburgo bajo el nombre supuesto de Watson y fingiéndose capitán. Sigue un período breve pero intenso de disfraces, escondrijos, misas en la clandestinidad y arriesgadísimos auxilios espirituales a los diezmados fieles, hasta que una traición le pone en manos de su mayor enemigo, el arzobispo Spottiswood, quien recurre a todos los medios para hacerle apostatar.

Amenazas, halagos, torturas, además de una sustanciosa prebenda si renunciaba al catolicismo. San Juan de Ogilvie estuvo sereno, elocuentísimo y pródigo en rasgos de humor, se negó a delatar a sus compañeros, rechazó todas las acusaciones de deslealtad a la Corona y fue ahorcado con una sonrisa. Se le canonizó en 1976.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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Españoles de la sociedad de la nieve

De aprobarse y aplicarse la ley de amnistía, se habrá perpetrado en España un verdadero golpe de Estado contra el régimen de Monarquía parlamentaria, a la que le restarán las últimas estaciones para apearse del viaje iniciado en 1978. Ante semejante disparate inconstitucional, políticos, jueces, periodistas, empresarios, intelectuales y la opinión pública, en general, sostienen esperanzados que al final Europa, la Unión Europea, pondrá fin a esta locura promovida a la limón entre Sánchez y Puigdemont. Confían en que el contubernio de leguleyos, que es la amnistía, choca frontalmente contra la letra y el espíritu del Tratado de la Unión Europea. Y tal vez sea así. Pero como les sucedió a aquellos desesperados, pero heroicos supervivientes del avión estrellado en la Cordillera de los Andes, no esperemos los españoles que venga Europa ni el resto del mundo a rescatarnos del marasmo en el que nos metimos hace cuarenta años y preparémonos para salir por nosotros mismos de este patrio valle de las lágrimas.

La mayor parte de las Cancillerías europeas se frotan las manos presenciando el espectáculo de división que estamos ofreciendo en los últimos meses. Su inquina empezó doscientos años atrás, con la Ilustración francesa. Aquella corte de enciclopedistas, librepensadores, intelectuales, es decir, masones, miraban a la católica España como la pieza a batir. Tanto por ser España como por ser católica. Su codicia era un dos por uno. Europa siguió y sigue sin mirarnos con buenos ojos. Tropezábamos y nos levantábamos. Guerreábamos entre nosotros y terminábamos por hacer las paces. Y de nuevo unidos éramos más fuertes. A Europa no le resultaba grato. Particularmente, Alemania y Francia se asustaron temblorosamente cuando en la segunda mitad del siglo XX ingresamos en el selecto club de las diez potencias mundiales. Aquello ya era demasiado y decidieron venir a por nosotros. Entre la CIA y compañía nos regalaron un caramelo envenenado: El régimen del 78 con la toxicidad del Estado autonómico. Y el veneno ha terminado por hacer efecto.

Actualmente, se libra una batalla a nivel geopolítico para acabar con los llamados Estados-nación. España aún lo es, aunque por poco tiempo. Impulsado por las élites financieras de origen anglosajón, el globalismo oficial ha diseñado una estrategia contra nuestra nación consistente en debilitarnos internamente con la vieja fórmula del “divide y vencerás”. España resulta hoy un obstáculo para la agenda globalista que está en marcha: una gobernanza mundial con un solo Estado mundial, una ciudadanía mundial con una única lengua, un único mercado con una sola moneda, y, ojo, una sola ética que se imponga universalmente mediante la subversión de valores cristianos, mejor dicho, católicos, y su sustitución por principios contrarios a la fe católica y, sobre todo, al concepto de familia tradicional. El nuevo Evangelio será la Agenda 2030, amalgama de ocurrencias de los teóricos de la Escuela de Frankfurt, de los libertinos del Mayo del 68 y, por supuesto, del Grado 33 del Gran Oriente de Francia: democracia, libertad, derechos humanos (aborto libre incluido), ideología de género, cambio climático… y no se descarta alguna que otra aberración de las de cintura para abajo. Todo ello constituye el pasaporte del género humano a la felicidad y a la paz perpetua en un renovado y tecnológico planeta Tierra, que será custodiado y vigilado por el arsenal de la OTAN.

Como son muchos los que están deseosos de vernos caer para no levantarnos más, no esperemos, por tanto, rescate ni ayuda del exterior. Como en la Ilustración francesa, la ofensiva es doble, contra España y contra Dios. Si no nos resignamos a sucumbir, forjemos una sociedad como aquella de la nieve. Con Rosario incluido.

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9 de marzo. San Domingo Savio (1842-1857)

Cuando Pío XII le canonizó en 1954, San Domingo Savio se convierte en el Santo más joven de todos los reconocidos por la Iglesia, excepción hecha de los mártires. La anécdota es famosa: Un matrimonio piamontés, de un pueblo de la provincia de Turín, lleva a su hijo de doce años a San Juan Bosco; éste hace unas preguntas al chiquillo y comenta, dirigiéndose a la madre, que es costurera: «Me parece que el tejido es bueno». «¿Qué se puede hacer con él?», pregunta la madre. «Un buen traje para regalárselo a Nuestro Señor», responde el sacerdote. Y el niño dice: «De acuerdo, yo soy el tejido y usted es el sastre».

Así ingresó Domingo Savio en el colegio de Don Bosco, y en él vivió muy poco tiempo, porque iba a morir a los quince años de edad. Este santito precoz siguió al pie de la letra los consejos de su director espiritual, el propio San Juan Bosco, resumidos en una máxima: cumplir alegremente los deberes de su estado, esto es, santa alegría en el servicio de Dios, piedad, estudio, aceptación de las contrariedades y hacer todo el bien posible a sus compañeros.

Programa sencillo y asequible para un santo moderno, lleno de virtudes heroicas de carácter ordinario. Domingo no llegó a ser sacerdote pero fue un niño que subió a los altares sin dejar de ser niño (practicaba deporte y cantaba en el coro), solo siéndolo muy bien y con miras muy altas.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

8 de marzo. San Juan de Dios (1495-1550)

Fundador de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Juan Ciudad (así se llamaba), nació de padres muy humildes en la población portuguesa de Montemayor el Nuevo, en la diócesis de Evora. A los ocho años deja el hogar familiar para ver mundo. Se hace pastor en la toledana villa de Oropesa, en donde quieren casarle con la hija del amo, pero vuelve a echarse a los caminos prefiriendo la aventura de la guerra. Toma parte en la campaña de Fuenterrabía, vuelve a Oropesa, luego va a Austria a luchar contra los turcos, y a su regreso peregrina a Santiago.

Sus padres han muerto, y ese hombre inquieto y sin arraigo continúa sus vagabundeos cada vez más movido por la piedad y la caridad. En Ceuta es peón de albañil para ayudar a una familia necesitada; en Gibraltar vende estampas religiosos y libros devotos, y en 1537, en Granada, recibe el empujón definitivo oyendo predicar a San Juan de Avila. El triunfo del amor de Dios parece tener síntomas de locura, hace extravagancias, se le toma por loco y le encierran en un manicomio.

Cuando sale de allí, ya no vacila. Acude a ponerse bajo la protección de la Virgen de Guadalupe y con la ayuda del arzobispo de Granada recoge en un asilo a desesperados de toda clase. El mismo pide limosna por las calles gritando: Hermanos, haced bien por vosotros mismos». Alguien le dijo: «Si se perdiese la misericordia, se hallaría en vos».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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7 de marzo. Santa Perpetua y Santa Felicidad (… – 203)

Dos mártires de la persecución anticristiana de Septimio Severo en Turba, muy cerca de Cartago, Vibia Perpetua, matrona de alta cuna, que tenía un hijo que aun criaba a sus pechos, y Felícitas o Felicidad, una esclava que se encontraba en cinta, son prendidas junto a otros catecúmenos, Revocato, Saturnino, Secúndolo y el diácono Sáturo.

En la cárcel de Cartago, Santa Felicidad da a luz a una niña, que es adoptada por una familia cristiana. Ambas mujeres han de vencer las exigencias del amor materno, que sus hijos no sean motivo de traición a Dios. El grupo de mártires morirá en un anfiteatro, con una multitud por público, y antes de ser despedazados por bestias feroces, se dan un beso en señal de paz.

Al caer herida, Santa Perpetua, en un último rasgo de pudor, se cubre la pierna sangrante con la túnica, y luego se sujeta el revuelto cabello para no morir desgreñada, símbolo de tristeza y luto. Como le faltaba el golpe de gracia, con su propia mano guio la espada del verdugo hacia su cuello. Tal vez, una mujer tan grande no podía morir a menos que ella misma lo quisiese.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

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6 de marzo. San Olegario (1060-1136)

Barcelonés de familia ilustre, Olegario (Oleguer en catalán), es consagrado sacerdote en 1094. Pero renuncia a sus prebendas de canónigo para llevar vida de monje agustino en San Adrián, junto al río Besos, donde fue elegido prior. Posteriormente, pasó a San Rufo de Provenza, de donde fue abad en 1100. Luego obispo de Barcelona, metropolitano de Tarragona y legado papal en la Península entera.

Los honores le perseguían. Pero él siempre repetía que era indigno y sin méritos para los cargos. Un día, unió la acción a la palabra y cuando lo hacen obispo, huye de noche, siendo perseguido por el clero de la ciudad hasta alcanzarlo en Perpiñán, donde es obligado a la fuerza a regresar.

Los papas le llevan de un lado a otro, le hacen presidir concilios y sínodos, le dan cargos de gobierno, le encomiendan misiones dificilísimas (como la reedificación de Tarragona, entonces lugar desierto y asolado), le ordenan que predique, tiene que poner paz entre reyes como Alfonso de Castilla y Ramiro de Aragón. En fin, San Olegario, cuyo sepulcro se venera en la catedral de Barcelona, tenía más pasta de rebelde, de rebelde al mundo y a sí mismo, siendo quizás ese el secreto de su santa humildad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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5 de marzo. San Focas (… – ¿320?)

Este nombre no sonaba raro en Oriente, en donde lo llevó un emperador bizantino. Y hay varios santos llamados así. Focas fue un hortelano de Sinope que vive en las afueras de la ciudad, trabajando su huerto. Era alegre, acogedor y hospitalario como pocos. Al decretarse una persecución contra los cristianos, no se altera lo más mínimo, no huye, sino que sigue con su vida de siempre, como si la cosa no fuera con él, ya que uno de sus rasgos más característicos es la serenidad o, mejor dicho, la sangre fría.

Llegan a su cabaña unos soldados que no le conocen, y él, según su costumbre, les invita a entrar y les sirve de comer. Al preguntarles qué les trae por allí, le responden que buscan a un tal Focas, hortelano, y que su misión es quitarle la vida por hechicero y encantador. Ellos le proponen que si ayuda en la captura, recibiría una recompensa y honores.

Focas sigue sin inmutarse y les responde que conoce muy bien al hombre que buscaban, asegurando que lo pondría en sus manos, pero ahora era mejor que descansaran, pues él se encargaría de todo. Se marchó para cavar su propia sepultura y disponer sus últimos preparativos. A la mañana siguiente, se presentó ante sus perseguidores diciendo que él era quien andaban buscando. Los soldados no sabían qué hacer con él, pero finalmente cumpliendo órdenes le cortaron la cabeza. San Focas parece un personaje sacado de una película de Hitchcock, con su singular sentido del humor negro que revierte en santidad.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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4 de marzo. San Casimiro (1458-1484)

Príncipe de Polonia, nacido en Cracovia, Casimiro es la imagen arquetípica del príncipe cristiano. Tuvo una vida breve y hecha de esperanzas que no llegaron a cuajar. Su muerte prematura hace de él un ejemplo truncado. Todo en el fue esbozado, infructuoso, con una impertinente sensación de inacabamiento, como si la Providencia interrumpiese o frustrase cada uno de sus proyectos o ilusiones.

En 1471 se intentó coronarle por la rama materna rey de Hungría. No pudo ser. Más tarde, durante la ausencia de su padre, es virrey de Polonia, y en 1483 le proponen matrimonio con la hija del emperador Federico III. Es ahora él quien se niega a aceptar y muere tísico a los veintiséis años. Se le enterró en Vilna y los milagros en torno a su sepulcro hacen que sea nombrado patrón de Polonia.

¿Qué príncipe es este que no llegó a nada? Pero Dios no atiende a los frutos visibles, sino a una fidelidad interior a un deslucido camino en el fracaso. San Casimiro alecciona sobre el buen uso de las cosas que salen mal. Carreras, nobles ambiciones, objetivos, todo puede torcerse. Pero ¿y cuándo lo que se estropea es la propia vida? ¿A qué agarrarse? ¿A la desesperación o a la fe? El prefirió la calidad del amor de Dios a sus éxitos personales.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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Jóvenes y salud mental.

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