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11 de abril. San Estanislao de Cracovia (1030-1079)

De origen polaco, estudió en París, regresó a Polonia y una revolución interior cambió sus planes de saber y conocimiento. Estanislao se ordenó sacerdote y más tarde, en 1072, fue elegido obispo de Cracovia.

Desde su diócesis, tuvo que enfrentarse al rey Boleslao II el Atrevido, de vida desordenada, de vicios monstruosos, para quien no había depravación ni atropello que no considerase lícito. El obispo le amonestó una y otra vez, siendo por ello objeto de escarnios y humillaciones. Como aquel no se doblegaba ante el poder regio, provocó la cólera de éste que hacía temblar a toda Polonia. Cuando Boleslao fue excomulgado, se dio la orden de matar al insolente que desafiaba su poder. Nadie se atrevió a cumplir los deseos del monarca, siendo éste mismo quien dio muerte al prelado.

San Estanislao murió ante el altar, estaba celebrando misa en la iglesia de San Miguel de Cracovia. Su cadáver, lleno de sangre y despedazado a golpes de espada, se expuso como escarmiento en plena calle. El asesino partiría después hacia el destierro, donde murió. El mártir, nueve siglos después, permanece en la memoria de los polacos como símbolo de la verdad indomable que no se silencia y que hace libres a quienes la proclaman.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

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10 de abril. San Dimas (siglo I)

Es el Buen Ladrón, crucificado a la derecha de Jesús en el Gólgota. Dimas, patrón de los ladrones, debió de ser alguien poco recomendable, un salteador de caminos, un criminal; desde luego un individuo del que desconfiaríamos y al que no invitaríamos a nuestra casa. Y esto es, precisamente, lo que hace Jesús, invitarle a su casa: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Para ello bastó arrepentirse, reconociendo que era justo su castigo, y pedírselo al Señor: «Acuérdate de mi cuando llegues a tu reino». ¡Qué oración tan sencilla, tan pura! Dimas no pidió nada terrenal, a diferencia del otro ladrón, Gestas, no pide que se le salve de la cruz. Dimas tampoco invocó ningún merecimiento personal, como acostumbramos a hacer en nuestras plegarias.

San Dimas, el bandolero ajusticiado, que inspiraría horror o tal vez compasión a cualquier cristiano honorable, resulta que sabe rezar mejor que nosotros. Y Jesús, que aún en su agonía seguía abriendo corazones, primero el de Dimas, luego el de Longinos, le promete a aquél lo que no prometió a nadie tan explícitamente, la gloria eterna. Por saber pedir, cuando todo estaba perdido, con infinita humildad y con gozosa esperanza.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de abril. Santa Casilda de Toledo (siglo II)

Se supone que era hija del rey moro de Toledo, Aldemón o Almamún. Casilda, adaptación castellana del árabe «Casida», era una princesa muy compasiva que se apiadaba de la suerte de los cautivos cristianos. La tradición cuenta que daba de comer a los presos llevándoles comida en los pliegues de su vestido. Al sorprenderla su padre y preguntarle qué ocultaba entre sus ropas, ella dijo que rosas, y en flores se convirtieron las viandas. Así la inmortalizó Zurbarán en un bello lienzo.

Era ya cristiana de corazón por el trato con aquellos cautivos, pero ¿cómo iba a bautizarse en Toledo? Comenzó a padecer flujos de sangre que ningún médico acertó a curar. Una voz del cielo dijo a Casilda que sólo sanaría bañándose en el lago de San Vicente que hay en tierras de Briviesca. Aldemón consintió el viaje de su hija y ésta tras bañarse y sanar su mal, se bautizó e hizo construir una ermita en aquel mismo lugar donde vivió santamente hasta su muerte.

«La virgen mora que vino de Toledo», muy venerada en Burgos, reposa en aquel cerro que domina un valle, lugar de peregrinación durante siglos y que no deja de frecuentar la piedad de nuestros contemporáneos. Santa Casilda se invoca contra el flujo de sangre, y dicen que basta que una mujer pruebe las aguas del lago y eche una piedra en él para tener asegurada la descendencia.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

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8 de abril. San Dionisio de Corinto (siglo II)

Mucho menos vistoso y popular que su homónimo de París, de éste San Dionisio sólo sabemos que fue griego, obispo de Corinto hacia el año 171 y que escribió varias cartas pastorales, algunos de cuyos fragmentos hoy se conservan.

Destacó por sus dignidad episcopal y por su encendido celo por comunicar la verdad, por escribir y escribir. Escribió a los lacedemonios con el título de La paz y la unidad sobre la doctrina católica; a los atenienses sobre la vida evangélica que deben observar, a la iglesia de Nicomedia contra las herejías de Marción, y también a los cristianos de Candía y del Ponto.

No solo se ocupó de los fieles de su diócesis, sino también exhortaba a los de regiones más apartadas, considerándose a sí mismo responsable de ellos. Apóstol sin fronteras que viaja sin moverse de Corinto por obra de la pluma y el papel, su voz se oye en todo el Mediterráneo para que sea mar de nuestra fe.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol,

7 de abril. San Juan Bautista de la Salle (1651-1719)

Hijo de un magistrado de Reims, con quince años, a Juan le regalan una canonjía para que disfrute de una buena carrera eclesiástica. Pero el joven se ordena sacerdote y empieza a complicarse la vida. Se pone a trabajar en escuelas populares, enseñando a los pobres de los que nadie se ocupaba. Funda la congregación de Hermanos de la Doctrina Cristiana. Pero eso ya es demasiado, ha ido peligrosamente lejos según su familia, que ve defraudada sus esperanzas de que fuera ascendiendo cómoda y seguramente los peldaños de la cumbre de la diócesis.

La oposición que recibe es violenta, con pleitos, calumnias, persecuciones, ataques… Hay que hacer frente a la rivalidad de los que tienen por profesión la enseñanza. Incluso la autoridades eclesiásticas le ponen trabas y sufre desaires de su obispo. Para sacar adelante aquella empresa, que necesitaba mucho dinero, San Juan Bautista de la Salle, comete el absurdo que caracteriza a la santidad: renuncia a lo material; renuncia a la canonjía y a sus bienes personales: O su obra se pone exclusivamente en manos de Dios o no es de Dios.

Con ese despropósito tan humano, pero tan divino, se hace tan pobre como sus compañeros a los que quiere ayudar. ¿En quién hay que confiar, en el dinero o en la voluntad divina? ¿Hay que vivir por sí mismo o por otro? Por algo es el patrón de los educadores: dar todo lo que tiene a los demás.

Fuente. La casa de los Santos. Un santo para cada día. Carlos Pujol.

6 de abril. San Prudencio Galindo (…- 861)

Español de origen pirenaico, quizás aragonés o catalán, y posiblemente emparentado con los condes de Aragón, Prudencio salió de su patria invadida por los musulmanes, y como otros españoles ilustres de su tiempo, encontró asilo en la corte carolingia. Destacó como teólogo e historiador, capellán y consejero de Ludovico Pío y Carlos el Calvo, y desde mediados de siglo hasta su muerte, obispo de la ciudad de Troyes, en la Champaña.

Dejó escritas dos obras, Anales reales, resonantes polémicas sobre la predestinación, y Breviarium psalterii y Florilegium ex Sacra Scriptura, estas dos últimas sobre la piedad. Se enorgullecía de su hispánico origen, de hecho adoptó su primer nombre como homenaje al gran poeta de la España cristiana primitiva.

Admirable pastor de almas, prelado fuerte con exigencias y sin blandura, pero entregado a la caridad, San Prudencio Galindo, fue venerado como santo por la ciudad de Troyes desde muy poco después de su muerte.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de abril. San Vicente Ferrer (1359-1419)

Fraile dominico, predicador, catedrático de teología, a fray Vicente no se le resistían las almas. Con sus sermones logró conversiones en masa, atraía al cristianismo a judíos y moros, e impulsaba a que le siguieran muchedumbres de hasta diez mil personas.

Apóstol de Europa, que desde su Valencia natal, de la que es popularísimo patrón, recorrió Francia, Italia, Suiza Y Alemania haciéndose entender por gentes que ignoraban la lengua materna del orador, Suscitó vocaciones semejantes a la suya, como la de San Bernardino de Siena, y su recuerdo va unido a toda una milagrería de incierta comprobación.

También fue consejero político siendo uno de los grandes defensores de Benedicto XIII, el Papa Luna, a quien poco antes de morir retiró su apoyo para poner fin al cisma de Occidente. En 1412 sería uno de los protagonistas del compromiso de Caspe, preludio de la unidad de España. A San Vicente se le admira por el don de la palabra, que él consideraba de Dios y no mérito suyo.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

4 de abril. San Benito el Negro (1526-1589)

Siciliano de nacimiento y negro de piel, hijo de unos esclavos africanos que trabajan en una propiedad cercana a Messina, Benito nació esclavo como ellos y de niño fue pastor. Su amo le dio la libertad y a los veintitrés años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose en un fidelísimo seguidor del santo de Asís. Después de que el grupo se dispersara en 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en un convento de Palermo, y como no sabía leer ni escribir se le confiaron las tareas de la cocina.

Fue un cocinero singular por su admirable piedad, por su humildad y por las curaciones prodigiosas que prodigaba. Su singularidad se puso de manifiesto en 1578 cuando a pesar de ser lego y analfabeto, se le eligió superior. Costó mucho convencerle de que aceptara, y luego tal vez más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque San Benito impuso la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde fue maestro de novicios y, al parecer, otra vez cocinero, que era lo que el prefería, un santo literalmente entre pucheros, asediado por multitudes de enfermos que invadían la cocina conventual pidiéndole sanación con su infalible oración entre el vaho de las cacerolas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de abril. San Ricardo (1197-1253)

Campesino inglés, nacido cerca de Worcester e hijo de labriegos, Richard Wych conoció muy bien la dureza de las tareas del campo. Se dice que pudo hacer un matrimonio ventajoso, pero prefirió ir a estudiar a Oxford, donde vivió años de intenso trabajo en la pobreza más absoluta.

Estudió también en París y en Bolonia. Volvió a su patria ya doctor y en 1235 fue nombrado canciller de su universidad convirtiéndose en colaborador directo del arzobispo de Canterbury, su amigo Edmund Rich, es decir, San Edmundo. Ambos se opusieron a las pretensiones del rey Enrique III, que se apoderaba de los beneficios eclesiásticos vacantes. Como la pugna se enconó, juntos conocieron el destierro en Francia, y allí, tras la muerte de San Edmundo, Ricardo fue ordenado sacerdote.

De nuevo en Inglaterra se le elige obispo de Chichester, pese a la oposición del rey, y es entonces cuando da toda la medida de su personalidad: prelado inflexible que combate la simonía, el nepotismo y lucha por limpiar de impurezas y bajos intereses la Iglesia de Inglaterra. Era la humildad personificada y dejó el recuerdo de un hombre sencillo y bondadoso con gran amor hacia los pobres. San Ricardo murió en el asilo de Dover que él mismo había fundado. Ya agonizando hizo repetir a los que le rodeaban: «María, madre de Dios y madre de misericordia».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de abril. Santa María Egipcíaca (siglo V)

También conocida como María la egipcia, ha sido siempre, junto con su homónima la Magdalena, patrona de las pecadoras públicas arrepentidas. Porque en su juventud durante diecisiete años fue ramera en Alejandría.

Un día quiso ir a Jerusalén con unos peregrinos, no por devoción, sino por curiosidad, pagó el pasaje prostituyéndose con su cuerpo, y una vez en la Ciudad Santa se dispuso a entrar mezclada con la muchedumbre en la iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza sobrenatural la rechazó una y otra vez, mientras los demás entraban sin obstáculos en el templo.

Comprendió que era a causa de sus pecados, y arrepentida y desecha en lágrimas prometió a una imagen de la Virgen «dar mano a todas las cosas del siglo y entrar por la senda de la salvación más estrecha». Entonces pudo entrar en la iglesia, pero de rodillas. Mas tarde se dirigió al Jordán, y en el lugar donde fu bautizado Cristo, desató su hermosa, cabellera sumergiéndola en el río como una purificación. De allí se fue al desierto para llevar una vida penitente en soledad.

Más de cuarenta años después, la encontró allí el abad Zósimo y era, según nos dice la Leyenda Dorada, un bulto errante, con el cuerpo denegrido por el sol y los cabellos blancos como la lana. Santa María la Egipcíaca, «pecatriz sin mesura», en palabras de Berceo, murió poco después en aquel yermo, desmedida primero en vicios y luego en mortificaciones.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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