Archivo de la categoría: Santoral

3 de octubre. San Francisco de Borja (1510-1572)

El duque jesuita, de la noble y turbulenta estirpe de los Borgia, bisnieto del Papa Alejandro VI, de no muy feliz memoria, gran señor, cortesano, amigo del emperador Carlos, dichoso en su matrimonio del que tuvo ocho hijos, admirado por todos, virrey de Cataluña, rico en títulos, dignidades, saber, palacios y buena fama, no podía pedirse más.

La muerte de la emperatriz Isabel, su bienhechora, provocó una de las frases más célebres en los anales de la santidad: «No servir a señor que se pueda morir», y años después, al enviudar, Francisco ingresa en la Compañía de Jesús con gran escándalo, porque según San Ignacio «el mundo no tiene orejas para oír tal estampido». Se convertirá en el tercer general de la Compañía, tras San Ignacio y Laínez, contribuyendo al crecimiento de la orden: Noviciado, multitud de colegios (ocho en Francia, once en España, tres en Alemania), nueva edición de las reglas, misiones en América y en el Lejano Oriente, en sólo siete años demostró ser un organizador formidable. No sin razón se le conoce como el segundo fundador.

San Francisco de Borja ilustró así el apellido de su familia, puntal de la leyenda negra de la Iglesia, en un sentido opuesto al de sus famosos antepasados; no sólo porque opuso santidad a libertinaje y cinismo, sino también porque contrapesa la pompa mundana y señorial de los suyos con su aniquilamiento voluntario, desgastándose en ingratas tareas que le consumen hasta morir. Siglos después, como para borrar cualquier residuo de grandezas visibles, los revolucionarios aventarán sus reliquias en el Madrid bárbaro de 1936.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de octubre. Los Ángeles Custodios

«Dios te enviará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos», dice el Salmo 91, y un poeta moderno glosando la oración infantil de «cuatro ángeles tiene mi cama», precisa más la intimidad individual con el Custodio: «Pero un solo ángel/ tiene mis espíritu./ Un solo ángel/ (el más amigo)».

Antes, a los niños, después de enseñarles a rezar a Dios y a la Virgen María, se les enseñaba a invocar todas las noches al ángel de la Guarda, hermano mayor espiritual, compañero aventajado por la visión de Dios, tutor, guía, centinela, escudo, discretísimo e invisible maestro en los peligros cotidianos, aliento, aguijón, consejo, confidencia. Y esa figura angélica, venerada por la Iglesia por lo menos desde hace quince siglos, acoplada a nuestra debilidad como un plus sobrenatural de sostén y ayuda, sigue siendo un punto de la fe para chicos y grandes.

Delegados celestiales junto a nosotros, para creer en los custodios se necesita la fe que nos hace niños; nos los imaginamos como mensajeros de Dios, radiantes y alados, con una hermosura que no es de este mundo, incondicionales del alma, dulces e inflexibles como un amigo que nos quiere bien. «Fuerte compañía» dice el poeta, que no nos desampara ni de día ni de noche, atento a cada segundo de nuestra titubeante existencia. Y sabiendo que al fin nos va a presentar ante el Señor con la serena sonrisa del trabajo bien hecho (y en silencio) para que podamos llegar de su mano a la Ciudad de la Luz.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de octubre. Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897)

La santa más popular de los tiempos modernos y también la menos vistosa; sólo la fuerza interior de Teresa ha impresionado a los contemporáneos, porque de puertas para afuera fue la monjita más oscura y vulgar, una más en el Carmelo normando de Lisieux, callada, obediente, gris, débil de cuerpo, tísica en sus últimos años, que ni siquiera gozaba de buena reputación entre sus compañeras y sus superioras.

Nunca hizo nada aparente ni extraordinario, nunca se movió de su sitio. Aquí no hay nada que contar, nada periodístico, llamativo, brillante. Se limitó a seguir lo que ella llamaba el caminito, «la petite voie». Adorar, rezar, trabajar, obedecer, encomendar. Su reino pertenece a lo invisible, a lo sobrenatural, y murió ignorada de todos. La gran santa de los últimos siglos vivió de espaldas al relumbrón de la modernidad, conjurando con su entrega silenciosa el estruendo diabólico que nos rodea.

Sólo después de su muerte su libro, Historia de un alma, y sus milagros la hicieron famosa, y la Iglesia la ha hecho patrona de las misiones. Asombroso patronazgo el suyo, al menos a primera vista. Santa Teresa de Lisieux, patrona de la actividad misionera, motor de la evangelización, ella, de horizontes humanos tan cortos, sin medios, sin dinero, sin salud. Sólo poniéndose en manos de Dios para todo y no conformándose con menos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de septiembre. San Jerónimo (342-420)

Es el gran traductor de la Biblia al latín, la estupenda Vulgata y formidable comentarista de la Escritura. Pero lo que más nos admira de Jerónimo es el fogoso hombre de Dios, un corazón arrebatado en el que la santidad no anula la desbordante pasión de intelectual y artista. Hace cuatro siglos Fray José de Sigüenza escribía sobre él: «tiene mucha libertad en el decir, es muy desenvuelto para santo».

Basta leer sus memorables cartas para conocer el talante iracundo de este santo leonino (la imagen del león, que ha pasado a la iconografía, es legendaria, pero le define muy bien. Lleno de fiereza, encrespado, incómodo por sus intransigencias. Lengua afiladísima, temible y certera, que maneja las palabras con un arte cuidadoso y mortífero. ¡Ay del hereje que se ponía al alcance de su pluma, porque lo aplastaba como un insecto! Pero también muy tierno con los que se entregan a Dios sin condiciones, ardiente de caridad, lanzado inconteniblemente hacia la altura con un ímpetu que lo arrasa todo y que le transforma a él.

Nos narró el sueño o visión de su juicio de ultratumba. Interrogado ante el tribunal de las postrimerías. ¿Qué eres?, se ve respondiendo muy seguro: Cristiano. Y se le corrige: Cristiano no, ciceroniano. Porque leía con entusiasmo a los autores de la antigüedad pagana: No, no, soy cristiano; y sigue oyendo la misma voz acusadora: ¡Ciceroniano! Duro trance para San Jerónimo, santo y escritor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

29 de septiembre. San Miguel, San Rafael y San Gabriel

El Santoral reúne en este día a tres Santos que carecen de sustancia humana, los Arcángeles. Son un poco más que nosotros, más puros, más aéreos, más disponibles, pero también menos comprometidos con la tarea cotidiana de la difícil santidad en este mundo, tras rechazar el luciferino Non serviam.

Miguel, caudillo de los ejércitos más santos, capitán del Cielo, vencedor del dragón en el Apocalipsis, el arcángel guerrero que se enfrenta al amotinado Lucifer al grito de ¡Quién como Dios! que es lo que significa su nombre y que dice fidelidad, ya que es el prototipo de siervo leal y poderoso que ha de sostenernos con su fuerza. Es protector y defensor justiciero de los hombres asegurando en el Juicio Final que las almas den su peso de fe, esperanza y caridad en las balanzas, frente a las muecas del Maligno.

Rafael es el buen acompañante del hijo de Tobías, a quien conduce, sabio, cariñoso y firme, por entre las asechanzas del mal, hasta un feliz matrimonio y la curación del propio Tobías. Es el arcángel de los novios y casados, cómplice del amor que es una chispa del gran incendio divino que busca abrasarnos a todos en caridad.

Gabriel es el conmovido mensajero de la Anunciación, el primer cuerpo diplomático de la Historia, según el insigne José María Pemán, y sólo podemos imaginarle como le pintó Fra Angélico, de rodillas, según dicen: rubio, aureolado de belleza, con alas de mariposa celeste, rindiéndose ante la doncella que acababa de decir Hágase y comunicando el gran misterio de la Salvación.

Los tres nos valgan, capitán, guía y nuncio, para hacer la voluntad de Dios, que es la sabiduría. En la batalla, en el camino incierto y en la oscuridad del debate interior ellos están presentes.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

28 de septiembre. San Wenceslao (907-929)

En checo Václav, es uno de esos santos en quien el poder se cristianiza hasta la propia desaparición que acepta el martirio, como si viese incompatibles las grandezas humanas y el Evangelio, y aunque sin buscarla encontrase la salida de la muerte como el golpe que corta el nudo gordiano.

El joven duque de Bohemia huérfano de padre, se educa en el cristianismo gracias a su piadosa abuela Santa Ludmila, pero vive rodeado de las intrigas y conjuras del partido pagano que encabeza su madre, la perversa Drahomira, mujer como una furia infernal, cuyo favorito es el hijo menor Boleslao. Santa Ludmila muere asesinada, su nieto se decide a tomar el poder y durante unos años, desde su palacio de Praga, da ejemplos de santidad a toda Bohemia: es pacífico, caritativo, mortificado y espiritual. Sólo falta el previsible y sangriento desenlace.

Boleslao le tendió una celada invitándole a su provincia y le hizo apuñalar en el umbral de una iglesia, dicen que pudo defenderse pero eligió ser víctima. San Wenceslao es el santo patrón de Bohemia y de todos los soberanos incómodos con las apariencias y las necesidades de la majestad, porque su reino no era de este mundo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

27 de septiembre. San Vicente de Paul (1580-1660)

Monsieur Vincent, el gran santo de la caridad en la Francia de Luis XIII, el más popular y simpático de los hombres de su tiempo. Mientras los demás discuten y riñen con jansenistas, protestantes y libertinos incrédulos, él tiende la mano a los necesitados, a los pobres, a los galeotes, a los más desamparados de Francia.

A los ojos de hoy la caridad sólo está bien vista como beneficencia, si es que ésta no se repudia en favor de la lucha de clases. Pero para San Vicente (por algo era cristiano) la caridad se asentaba necesariamente en la verdad, la Iglesia y la doctrina de Jesucristo, y abarcaba una doble acción, primero espiritual y luego material. Socorrer a los necesitados, pero evangelizándolos, ser compasivo con todos pero hablándoles de Dios.

Esta caridad interesada, la única concebible para el santo, informa la célebre sociedad caritativa de seglares que lleva su nombre, fundada por Ozanam en el siglo pasado. San Vicente estará rodeado de gigantes de la espiritualidad, hombres brillantes e inteligentísimos, unos ortodoxos, otros heréticos, él será siempre un campesino gascón, rústico y desmañado que se consume en la tarea de asistir al prójimo en el alma y en el cuerpo, dando pan y vida eterna con una sonrisa inmortal por la que aún le recordamos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

26 de septiembre. San Cosme y San Damián

Hermanos gemelos según la tradición, llamados «anárgiros», es decir, sin dinero, porque sanaban enfermedades sin aceptar pago alguno por sus servicios. Su culto procede de Oriente, quizá de Siria, y se fija sobre todo en el hecho de curar, y por eso se les hace los santos patronos de médicos y boticarios. El fervor que despertaron Cosme y Damián primero en Jerusalén, Bizancio y Egipto, y luego en todo el Occidente es un impresionante fenómeno de piedad que la Iglesia consagró introduciendo sus nombres nada menos que en el canon de la misa.

Todavía, pues, les oímos mencionar en medio del Santo Sacrificio, sus imágenes bendicen el ajetreo de nuestras farmacias y podemos visitar centenares de templos dedicados a su memoria, como la bella iglesia primitiva de Roma, en pleno Foro, en la que conviven armoniosamente elementos del antiguo lugar pagano con el arte de la fe.

Así, hermanos o no, médicos o no, mártires sin duda alguna, obradores de curaciones milagrosas desinteresadas, San Cosme y San Damián traspasan los siglos como un testimonio matizado de ambigüedades, trayéndonos desde una lejanísima antigüedad un cúmulo de santos prodigios que se confunden con la leyenda, ocupando un lugar simbólico en la piedad cristiana.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

25 de septiembre. San Cleofás (siglo I)

El sepulcro del Señor está vacío y unos ángeles reprochan a las santas mujeres que querían ungir su cuerpo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?». Ha resucitado, anuncian, pero Pedro y los demás apóstoles no se atreven a creer una cosa así. Ese mismo día dos discípulos van en dirección a Emaús, que dista de Jerusalén sesenta estadios, unos doce kilómetros, y por el camino «conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado». Uno de ellos, nos dice San Lucas, se llamaba Cleofás.

Se les une otro viajero al que no conocen «porque sus ojos estaban ofuscados», y cuando se interesa por lo que hablan, Cleofás se sorprende hasta casi increpar al caminante: «¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido?». Y le resumen los hechos tan increíbles y turbadores. Él exclama: «¡Oh insensatos y tardos de corazón!», y les recuerda que todo estaba previsto en los profetas.

«Se acercaban a la aldea adonde iban y Él fingió seguir adelante. Le rogaron con insistencia: Quédate con nosotros porque es tarde, y el día ya declina». Se sentó a la mesa con ambos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio, y entonces le reconocieron. Cleofás y su compañero no saben ver más que lo que ven, achaque muy común, ni siquiera reconocen a Jesús cuando les habla, pero tienen un impulso magnífico: «Quédate con nosotros» Y esto tan simple parece bastar.

Uno piensa a menudo que todo está perdido, que no entiende nada, que es tarde y el día ya declina, y entonces se le ocurre esta humilde petición sabiendo que será escuchada: Quédate con nosotros.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

PD: A mis Hermanos de Emaús.

24 de septiembre. San Pacífico de San Severino (1653-1721)

Nacido en San Severino de la Marca, Carlo Antonio Divini es un santo del dolor y la frustración. Varón de fracasos que desde la primera niñez solamente conoció adversidades y que malogró cada uno de sus intentos sucesivos de hacer lo que se proponía. Huérfano a los cuatro años, pobre, maltratado por los parientes que le acogieron, pareció que iba a encontrar en el claustro lo que el mundo le negaba, y en 1670 ingresó en un convento de franciscanos reformados.

Su camino parecía claro, ser profesor de filosofía, pero según él mismo «no se necesitan doctores, sino apóstoles» y pide una ocupación más activa. Sería predicador en tareas misionales, hasta que este servicio se le hace imposible por tener los pies hinchados y cubiertos de llagas. ¿Qué va a hacer un apóstol si no puede caminar? Dedicarse a la confesión, pero la sordera le impide ejercer este ministerio. Un confesor que no puede oír. Más aún, quedará ciego, ya ni celebrar misa, ni salir de su celda.

En este desamparo le falta incluso el consuelo de sus hermanos de religión, y el sacristán y el enfermero que le cuidan le maltratan de palabra y de obra, como acosándole en su último refugio. Así durante años hasta la muerte, como un nuevo Job, desposeído de todo excepto de paciencia y de amor a Dios. San Pacífico nos valga en esta época en la que el deseo más comúnmente expresado es el de «realizarse», él que fue la encarnación de un fracaso, del que hizo su gloria.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.