Archivo de la categoría: Santoral

6 de abril. San Prudencio Galindo (…- 861)

Español de origen pirenaico, quizás aragonés o catalán, y posiblemente emparentado con los condes de Aragón, Prudencio salió de su patria invadida por los musulmanes, y como otros españoles ilustres de su tiempo, encontró asilo en la corte carolingia. Destacó como teólogo e historiador, capellán y consejero de Ludovico Pío y Carlos el Calvo, y desde mediados de siglo hasta su muerte, obispo de la ciudad de Troyes, en la Champaña.

Dejó escritas dos obras, Anales reales, resonantes polémicas sobre la predestinación, y Breviarium psalterii y Florilegium ex Sacra Scriptura, estas dos últimas sobre la piedad. Se enorgullecía de su hispánico origen, de hecho adoptó su primer nombre como homenaje al gran poeta de la España cristiana primitiva.

Admirable pastor de almas, prelado fuerte con exigencias y sin blandura, pero entregado a la caridad, San Prudencio Galindo, fue venerado como santo por la ciudad de Troyes desde muy poco después de su muerte.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de abril. San Vicente Ferrer (1359-1419)

Fraile dominico, predicador, catedrático de teología, a fray Vicente no se le resistían las almas. Con sus sermones logró conversiones en masa, atraía al cristianismo a judíos y moros, e impulsaba a que le siguieran muchedumbres de hasta diez mil personas.

Apóstol de Europa, que desde su Valencia natal, de la que es popularísimo patrón, recorrió Francia, Italia, Suiza Y Alemania haciéndose entender por gentes que ignoraban la lengua materna del orador, Suscitó vocaciones semejantes a la suya, como la de San Bernardino de Siena, y su recuerdo va unido a toda una milagrería de incierta comprobación.

También fue consejero político siendo uno de los grandes defensores de Benedicto XIII, el Papa Luna, a quien poco antes de morir retiró su apoyo para poner fin al cisma de Occidente. En 1412 sería uno de los protagonistas del compromiso de Caspe, preludio de la unidad de España. A San Vicente se le admira por el don de la palabra, que él consideraba de Dios y no mérito suyo.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

4 de abril. San Benito el Negro (1526-1589)

Siciliano de nacimiento y negro de piel, hijo de unos esclavos africanos que trabajan en una propiedad cercana a Messina, Benito nació esclavo como ellos y de niño fue pastor. Su amo le dio la libertad y a los veintitrés años se unió a un grupo de eremitas franciscanos, convirtiéndose en un fidelísimo seguidor del santo de Asís. Después de que el grupo se dispersara en 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en un convento de Palermo, y como no sabía leer ni escribir se le confiaron las tareas de la cocina.

Fue un cocinero singular por su admirable piedad, por su humildad y por las curaciones prodigiosas que prodigaba. Su singularidad se puso de manifiesto en 1578 cuando a pesar de ser lego y analfabeto, se le eligió superior. Costó mucho convencerle de que aceptara, y luego tal vez más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque San Benito impuso la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde fue maestro de novicios y, al parecer, otra vez cocinero, que era lo que el prefería, un santo literalmente entre pucheros, asediado por multitudes de enfermos que invadían la cocina conventual pidiéndole sanación con su infalible oración entre el vaho de las cacerolas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de abril. San Ricardo (1197-1253)

Campesino inglés, nacido cerca de Worcester e hijo de labriegos, Richard Wych conoció muy bien la dureza de las tareas del campo. Se dice que pudo hacer un matrimonio ventajoso, pero prefirió ir a estudiar a Oxford, donde vivió años de intenso trabajo en la pobreza más absoluta.

Estudió también en París y en Bolonia. Volvió a su patria ya doctor y en 1235 fue nombrado canciller de su universidad convirtiéndose en colaborador directo del arzobispo de Canterbury, su amigo Edmund Rich, es decir, San Edmundo. Ambos se opusieron a las pretensiones del rey Enrique III, que se apoderaba de los beneficios eclesiásticos vacantes. Como la pugna se enconó, juntos conocieron el destierro en Francia, y allí, tras la muerte de San Edmundo, Ricardo fue ordenado sacerdote.

De nuevo en Inglaterra se le elige obispo de Chichester, pese a la oposición del rey, y es entonces cuando da toda la medida de su personalidad: prelado inflexible que combate la simonía, el nepotismo y lucha por limpiar de impurezas y bajos intereses la Iglesia de Inglaterra. Era la humildad personificada y dejó el recuerdo de un hombre sencillo y bondadoso con gran amor hacia los pobres. San Ricardo murió en el asilo de Dover que él mismo había fundado. Ya agonizando hizo repetir a los que le rodeaban: «María, madre de Dios y madre de misericordia».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de abril. Santa María Egipcíaca (siglo V)

También conocida como María la egipcia, ha sido siempre, junto con su homónima la Magdalena, patrona de las pecadoras públicas arrepentidas. Porque en su juventud durante diecisiete años fue ramera en Alejandría.

Un día quiso ir a Jerusalén con unos peregrinos, no por devoción, sino por curiosidad, pagó el pasaje prostituyéndose con su cuerpo, y una vez en la Ciudad Santa se dispuso a entrar mezclada con la muchedumbre en la iglesia del Santo Sepulcro, pero una fuerza sobrenatural la rechazó una y otra vez, mientras los demás entraban sin obstáculos en el templo.

Comprendió que era a causa de sus pecados, y arrepentida y desecha en lágrimas prometió a una imagen de la Virgen «dar mano a todas las cosas del siglo y entrar por la senda de la salvación más estrecha». Entonces pudo entrar en la iglesia, pero de rodillas. Mas tarde se dirigió al Jordán, y en el lugar donde fu bautizado Cristo, desató su hermosa, cabellera sumergiéndola en el río como una purificación. De allí se fue al desierto para llevar una vida penitente en soledad.

Más de cuarenta años después, la encontró allí el abad Zósimo y era, según nos dice la Leyenda Dorada, un bulto errante, con el cuerpo denegrido por el sol y los cabellos blancos como la lana. Santa María la Egipcíaca, «pecatriz sin mesura», en palabras de Berceo, murió poco después en aquel yermo, desmedida primero en vicios y luego en mortificaciones.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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1 de abril. San Hugón (1053-1132)

Modelo de obispos, uno de los más santos que registra la historia y posiblemente el de mayor vocación. Se le puso al frente de la diócesis de Grenoble a los veintisiete años, rigiéndola durante más de medio siglo, siempre suspirando que le librasen de aquel honor del que se sentía indigno e incapaz.

Muy llenos de espinas y malezas halló Hugón los campos de la Iglesia de Grenoble: concubinatos de clérigos, simonía, usura, pésima moralidad entre los fieles, deudas y mala administración en el obispado… A todo quiso poner remedio el nuevo obispo pero a los dos años consideró que nada había que solucionar.

Se retiró entonces a un monasterio, pero el Papa le obligó a volver a su diócesis y su gran labor dio frutos: reformó las costumbres, puso coto a los desmanes, construyó un hospital y edificó a todos con una vida tan ejemplar que se le canonizó a los dos años de su muerte. Tuvo tiempo para ayudar a San Bruno a establecerse con sus monjas en la Gran Cartuja. San Hugón pidió insistentemente que le sucedieran en su cargo, pero no quisieron atender sus peticiones muriendo siendo obispo de Grenoble.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

31 de marzo. Santa Balbina (siglo II)

Quizás fuera una mártir, pero no hay datos que avalen esta tesis. Los testimonios más antiguos sobre ella ponderan su virginidad y su perseverancia en servir y agradar a su Esposo Jesús, hasta que acabada en paz esta vida mortal, se fue al descanso de la gloria.

Sí debió de ser, en cambio, una conversa, como su padre, el tribuno militar San Quirino, quien tuvo encarcelado por orden del emperador al Papa San Alejandro I. Sin embargo, habiendo oído decir que el pontífice obraba curaciones milagrosas, Quirino le llevó a la cárcel a su hija Balbina, enferma. El Papa accedió a las súplicas disponiendo que le quitaran la argolla que llevaba al cuelo y se la pusieran a Balbina. Al sanar repentinamente la muchacha, se convirtieron padre e hija, junto con sus familiares y todos los demás presos que habían presenciado el milagro. A todos los bautizó San Alejandro e instruyó a Balbina para que supiese cómo conservar la virginidad perpetua, como era su deseo.

Dice la tradición que Santa Balbina besaba siempre con mucho amor la argolla que había encadenado el Papa y que había sido como un yugo suave de Cristo por el cual obtuvo curación y recibió la fe.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

30 de marzo. Juan Clímaco (… – 649)

Conocido como Juan el de la escalera, era un monje y abad del monasterio Monte Sinaí, que gozó de una fama inmensa como director de almas en la primera mitad del siglo VII. Su recuerdo no está vinculado a una biografía, sino a un libro, Escala santa, que ha tenido tanta influencia entre los monjes de Oriente y de Occidente.

Es una obra excepcional, que une la elevación a la sencillez, el rigor a la serenidad, los impulsos más espirituales a la agudeza psicológica y al sentido común. En treinta escalones hace recorrer el camino que lleva desde el hombre a Dios, empezando por la renuncia a sí mismo y concluyendo en el amoroso Absoluto.

Ascensión en la que cada peldaño es un desprendimiento, desde el simple ruido («oponer el silencio de los labios al tumulto del corazón»), y las pasiones exteriores hasta la última fortaleza den encastillado orgullo: «Los hombres pueden sanar a los voluptuosos, los ángeles a los malvados, pero a los soberbios solamente Dios».

La iconografía bizantina difundió la imagen de la mística escalera por la que trepan las almas, tironeadas, empujadas por demonios que pretenden precipitarlas en las abiertas fauces de un dragón. Entre un revuelo de ángeles luminosos y una atmósfera de intenso colorido sobrecogedor, el alma ligerísima y trémula que tras subir por la vertiginosa escalera, llega a las alturas y cae como una pluma en el regazo de Dios, empujada por el último soplo de la Gracia.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

29 de marzo. Santos Jonás y Baraquicio (… – 327)

Dos mártires persas, tal vez hermanos, procedían una aldea llamada Jassa, y fueron víctimas de la persecución que desató contra los cristianos el rey sasánida Sapor II. Habían sido condenados a muerte nueve cristianos, y Jonás y Baraquicio salieron de su aldea para visitarles en las mazmorras y transmitirles aliento. Pero se vieron comprometidos y se les encarceló, exigiéndoles que adoraran al soberano y rindiesen culto a los elementos de la naturaleza.

Ante su negativa, fueron azotados y finalmente martirizados: Jonás aplastado en una prensa para la uva y Barasquicio sufrió el vertido de plomo derretido en su garganta. Un devoto varón llamado Absidotas rescató los santos cuerpos por quinientos mil daries, la moneda del país, y tres vestidos de seda, y les dio cristiana sepultura.

Mientras en Occidente, Constantino protegía a los cristianos, en Oriente, la persecución hacía mártires; unos tenían que resistir el halago, y otros la tortura; en Roma la absorción, en Persia el exterminio; en Europa las tentaciones de la influencia y del poder; en Asia las de la apostasía, doble experiencia complementaria que los católicos del siglo XXI conocen también. Aprendamos de San Jonás y de San Baraquicio.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

28 de marzo. San Esperanza (… – 517)

El Papa San Gregorio Magno nos habla de él en el cuarto libro de sus Diálogos, y empieza por sorprendernos un nombre poco frecuentemente impuesto a un varón: Spes o Esperanza, como si fuese una virtud teologal personificada. San Esperanza fue un monje fundador de un monasterio próximo a Nursia, abad del cenobio, hombre piadosísimo y de gran serenidad que sufrió sin una palabra de impaciencia o desconsuelo la desgracia de ser ciego durante cuarenta años.

Pasado el tiempo, recobró la vista. Y Dios le mandó entonces que visitase los monasterios vecinos predicando a los monjes, para que se viese que el Señor, que le había devuelto la luz, le convertía en instrumento a fin de que los demás le recibiesen en los ojos del alma. A su regreso, tras haber recibido la Eucaristía, murió cantando salmos con la comunidad. Dicen que se vio salir de su boca el alma en forma de paloma blanca que, volando por el oratorio, rompió el techo y se perdió en las aturas.

San Esperanza es el Job cristiano que no pide cuentas a Dios por su desdicha, ya que su humildad le impide hacer reclamaciones, y solo ve en la adversidad una misteriosa prueba de amor que no puede entenderse.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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