Archivo de la categoría: Santoral

17 de marzo. San José de Arimatea (siglo I)

Este hombre fue lo que hoy en una plaza de toros llamaríamos un espontáneo. Pero con tanto valor que oscurecería a los mismos toreros. Jesús acababa de morir ignominiosamente, Pedro ha renegado de Él por tres veces en público, los apóstoles, acobardados y vencidos por el desaliento, se esconden o dispersan, como hoy tantos cristianos de salón y escaparate; y en la prueba, el único que da la cara, el único que se arma de valor y se presenta ante Pilatos, pidiéndole autorización para sepultar al Maestro, es José de Arimatea. ¡Torero! Es como si San José le pidiera a un tocayo suyo que hiciera ese gesto tan descomunalmente humano de rescatar el Cuerpo de Cristo, su hijo.

Los cuatro evangelistas le mencionan, aunque muy brevemente, pero todos coinciden en señalar su intervención en el mismo episodio, el único episodio por el cual este notable de Jerusalén, «hombre rico pero también discípulo de Jesús» según San Mateo, «persona buena y honrada» según San Lucas, pero «clandestino, por miedo a las autoridades judías», según San Juan, «ilustre pero discípulo vergonzante que se arma de valor» según San Marcos, aparece de un modo fugaz en la historia de Cristo.

Con la ayuda de Nicodemo, José desclava el cuerpo de la cruz y lo lleva a un sepulcro excavado en la roca (por eso es patrón de embalsamadores y sepultureros). San José de Arimatea inspira un gran respeto por esa dignidad que sale de la sombra en el peor momento con una valentía que no tuvieron los más fieles. Él, quizá mal visto por los apóstoles, que podían reprocharle que no se comprometiera, tiene el incontenible arrojo de los tímidos, la impensada serenidad de los nerviosos, la brusca decisión de los titubeantes, y por eso se le venera, por haber hecho valientemente misericordia con el Señor. Un torero. Un líder.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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16 de marzo. San Abraham (… – 360)

Debió de nacer en Edesa, en la Mesopotamia del norte. El primer episodio conocido de la vida de Abraham es extraño y escandaloso: en su noche de bodas abandonó a la novia y huyó muy lejos, hasta la región de Helesponto, lo que hoy es el Estrecho de los Dardanelos, para convertirse en un penitente ermitaño. Allí vivió en una gruta durante diez años en la más completa soledad.

El obispo de Lampsaco (hoy, ciudad turca de Lapseki), le suplicó que accediera a evangelizar a un pueblo de aquellos contornos, cuya barbarie era proverbial y que se distinguía por su tenacidad en el paganismo. Muy a pesar suyo, el eremita acabó aceptando tal misión y, tras ordenarse sacerdote, se dirigió hacia allí.

Lo primero que hizo Abraham fue levantar una suntuosa iglesia, para que el verdadero Dios tuviera una casa digna de Él, y luego destruyó los ídolos a los que tan apegados estaban los lugareños; éstos, como era de esperar, montaron en cólera, le dieron una soberana paliza y le echaron de allí. Al día siguiente, él volvió para predicar, repitiéndose la misma escena con palos e injurias.

Pero Abraham insistía una y otra vez lleno de mansedumbre y caridad, recibiendo los malos tratos con una sonrisa, hasta que al cabo de tres años su ejemplo inaudito conmovió a los idólatras, que pidieron hacerse cristianos. Él les instruyó en la fe, bautizó a un millar de personas y en seguida huyó a su gruta para seguir viviendo hasta su muerte en la bendita soledad de Dios.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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15 de marzo. San Longinos (siglo I)

Es el centurión que traspasó con una lanza ( de ahí su nombre, que deriva de lanza en griego), el costado de Jesucristo. «Verdaderamente este hombre era justo», cuenta San Lucas que eso manifestó Longinos al ver el oscurecimiento del sol y el terremoto, glorificando a Dios. Después de convertirse, renunció a la milicia y se retiró a Ceasárea de Capadocia, donde hizo vida monástica.

Un simple soldado que cumplía órdenes, no era un perseguidor como Saulo, sino que estaba allí por razón de su oficio. Fue el deber el que lo hizo coincidir con Jesús, que le esperó en la cruz cuando un requisito técnico para comprobar la muerte del Crucificado provocó en Longinos un gran cambio.

La lanza de Longinos, conservada en Constantinopla, fue un regalo del sultán Bayaceto al Papa Inocencio VIII, y la reliquia se conserva en San Pedro sobre la hornacina para la cual Bernini esculpió su mármol como un atleta glorioso que contempla deslumbrado la luz de la altura con un gesto de énfasis en el que pone toda su vida.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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14 de marzo. Santa Matilde (895-968)

Hija del conde Teodorico, nacida en la Westfalia, educada en el monasterio de Herford, del que saldría en el año 909 para contraer matrimonio con el duque de Sajonia, Enrique el Pajarero, que diez años después se convertiría en rey de Germania, la piadosa reina Matilde fue de una belleza deslumbrante, pero también de una caridad inconmensurable, tanto que inclinó a su marido a hacer limosnas a los necesitados y suavizar su violento talante de monarca («Tú mitigaste mis cóleras y me apartaste a menudo de la iniquidad», le dijo en el lecho de muerte).

Serán sus hijos: Otón el Grande, emperador de Alemania; Enrique, duque de Baviera; Bruno, arzobispo de Colonia; Gerberga, esposa de Luis de Outremer; y Eduvigis, la madre de Hugo Capeto. El periodo más grande de su vida fue el de sus treinta y cinco años de viudez, durante los cuales no le faltaron humillaciones y enfrentamientos con dos de sus cinco hijos: Otón I y Enrique. Retirada en los monasterios de Engern, en Westfalia, y de Nordhausen, en Turingia, su preocupación constante fueron los pobres y las almas, los hospitales y los templos.

Quiso ser enterrada junto a la tumba de su esposo en el monasterio de San Gervasio de Quedlinburg, que había fundado. Murió septuagenaria el 14 de marzo del año 968, en Halberstad, asistida por su nieto, Guillermo, arzobispo de Mainz, llena de honores y colmada de buenas obras.

 Fue madre de los pobres repartiendo cuanto tenía entre los menesterosos. Fue precisamente ese afán suyo por dar lo que motivó calumnias y conflictos con sus hijos. Tanto desprendimiento parecía de loca. En Santa Matilde se da, una vez más, el caso de quien atrae incomprensión e injurias por ejercitar virtudes tan altas que resultan inconcebibles para la mayoría.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol y Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez.

San Arnaldo

Abad del monasterio benedictino de Santa Justina de Padua, muere en la cárcel el año 1225, víctima de la tiranía de Azzelino.

Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez.

 

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13 de marzo. Santa Eufrasia (382-412)

Nacida en Constantinopla, hija de un senador llamado Antígono, Eufrasia, que significa alegría, se trasladó con su madre a Egipto al morir su padre. Allí, en un monasterio femenino de la Tebaida, la niña con siete años abrazó el estado religioso, llevando una vida santísima y con severas penitencias.

Dicen que el demonio la tentó de mil maneras, con «sueños importunos», turbaciones interiores, malquerencia de otras hermanas e incluso con ataques físicos, para tratar de dejarla lisiada. Pero Santa Eufrasia siempre vencía al Maligno con las armas de la oración, la humildad y la obediencia, pidiendo para sí los trabajos más ingratos y aceptando con la alegría que anunciaba su nombre tareas inútiles destinadas a probar su paciencia.

Ya en vida, los milagros florecieron en torno a ella como sonrisas prodigiosas de Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Santos Rodrigo y Salomón

Se encuentran en la cárcel de Córdoba durante la persecución del emir Mohamed I, hijo de Abderramán II

San Rodrigo había nacido junto a la ciudad de Egabro, llamada posteriormente Cabra, y allí curso los estudios eclesiásticos y recibe la ordenación sacerdotal. Maltratado por un hermano suyo musulmán, ejerce su ministerio en la sierra cordobesa. Hasta que su mismo hermano lo entrega al cadí, acusándolo de no seguir a Mahoma

Por la misma causa está en la cárcel un cristiano mozárabe, de nombre Salomón. El juez quiere atraérselos, primero con promesas, luego con amenazas. Pero San Rodrigo responde con una contestación consignada por San Eulogio: «Nosotros sólo vivimos en Jesucristo; y morir por El es la mejor ganancia. A más furor en el tormento, más feliz Gloria nos deparas».

Y el 13 de marzo del año 857, los San Rodrigo y San Salomón aprestan sus cuellos a la cimitarra con tanta firmeza como alegría.

Santa Cristina

Virgen y mártir, es venerada en Persia desde los primeros siglos, al igual que los griegos y maronitas honran a Santa Cristina de Tiro y, desde el siglo XIII, los belgas a Santa Cristina de Brusthem, junto a Lieja, con la denominación de «la asombrosa», a causa de sus dones de oración. De una pureza tal que el menor atisbo de pecado llegaba a causarle náuseas durante su juventud. El idea de su vida se iba a realizar en el convento de Santa Catalina en Saint-Trond, hasta su muerte , con 40 años, en 1224.

Fuente: Los Santos, noticia diaria. Valeriano Ordóñez 

 

 

12 de marzo. San Inocencio I (… – 417)

Pontífice número cuarenta de los sucesores de Pedro, Inocencio debió de ser elegido como tal en el año 401. Era un monje natural de Albano y aunque no se sabe mucho de su vida, sin embargo se le recuerda por su enérgica actitud ante dos acontecimientos históricos.

El primero, su combate frente a la mayor herejía de su tiempo, el pelagianismo, que negaba la necesidad de la gracia. Atendió así las peticiones que le había hecho San Agustín. En ese contexto, condena también a los perseguidores de San Juan Crisóstomo (13 de septiembre), y se enfrenta al emperador Arcadio.

El gran acontecimiento de su pontificado fue la tragedia del 24 de agosto de 410, cuando las hordas del bárbaro Alarico entraron en Roma por la Puerta Salaria y saquearon la ciudad destruyéndola por completo. El desastre apocalíptico e inconcebible sacudió los cimientos del mundo cristiano. San Agustín escribe el más profundo y ambicioso de sus libros, La ciudad de Dios, para explicar a la luz de la fe un hecho de tanta magnitud.

¿Cómo ha permitido Dios una cosa semejante? ¿Por qué ha entregado a sus enemigos para que lo pisotearan el mismo corazón de su Iglesia? La historia, tejida de fracasos y contradicciones que desmienten nuestras certezas humanas, sigue: San Agustín nos da La ciudad de Dios, y San Inocencio, tras la catástrofe, vuelve a Roma, porque la vida y la Iglesia continúan su misterioso camino hacia el Absoluto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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11 de marzo. Santa Oria (1042-1070)

Nadie recordaría a esta santa de no ser por Gonzalo de Berceo, que en la primera mitad del siglo XIII versificó una biografía latina obra de un tal Munio o Muño, sobre esta virgen de Burgos.

Natural de Villavelayos, Oria, castellanización del nombre latino Aúrea, se presentó aún muy joven en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla y solicitó del prior «prender orden e velo vevir en castidat». Desde entonces fue una «reclusa» por voluntad propia y si antes era buena, fue después mejor. Frente al altar mayor y el coro, donde cantaban los monjes, en una angosta celdilla construida junto al muro de la iglesia, rezaba, leía una y otra vez las Escrituras y las vidas de santos, recitaba el salterio e hilaba y cosía para la comunidad.

Santa Oria tuvo estupendas visiones, según nos cuenta Berceo con encendidas palabras de devoción, resistió los embates del maligno, aconsejó espiritualmente a los que iban a consultarla de toda la comarca, y por fin, la «reclusa leal», cuya oración horadaba los Cielos, abriendo brecha en los más alto, murió junta a su madre en olor de santidad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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10 de marzo. San Juan de Ogilvie (1579-1615)

Estamos en la Inglaterra de Shakespeare, brillante y despótica, entre los reinados de Isabel la Grande y Jacobo I, emergiendo un gran imperio con sangrientas intrigas y persecución a los católicos. El señor de Ogilvie, noble escocés adherido a la Reforma en una Escocia que el calvinista Knox ha hecho férreamente presbiteriana, teme que su esposa, que es católica en secreto, pueda influir en la formación de su hijo John. Por ello, con trece años, lo envía al continente para que sea educado rodeado de los hugonotes franceses.

Y lo que son las cosas, allí es precisamente donde John conoce el catolicismo. En Lovaina abraza la fe católica, se hace novicio jesuita y en 1610 es ordenado sacerdote en París. Su primer destino será Ruán, pero él sueña con volver a su tierra desafiando la persecución. En 1613 desembarca en Edimburgo bajo el nombre supuesto de Watson y fingiéndose capitán. Sigue un período breve pero intenso de disfraces, escondrijos, misas en la clandestinidad y arriesgadísimos auxilios espirituales a los diezmados fieles, hasta que una traición le pone en manos de su mayor enemigo, el arzobispo Spottiswood, quien recurre a todos los medios para hacerle apostatar.

Amenazas, halagos, torturas, además de una sustanciosa prebenda si renunciaba al catolicismo. San Juan de Ogilvie estuvo sereno, elocuentísimo y pródigo en rasgos de humor, se negó a delatar a sus compañeros, rechazó todas las acusaciones de deslealtad a la Corona y fue ahorcado con una sonrisa. Se le canonizó en 1976.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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9 de marzo. San Domingo Savio (1842-1857)

Cuando Pío XII le canonizó en 1954, San Domingo Savio se convierte en el Santo más joven de todos los reconocidos por la Iglesia, excepción hecha de los mártires. La anécdota es famosa: Un matrimonio piamontés, de un pueblo de la provincia de Turín, lleva a su hijo de doce años a San Juan Bosco; éste hace unas preguntas al chiquillo y comenta, dirigiéndose a la madre, que es costurera: «Me parece que el tejido es bueno». «¿Qué se puede hacer con él?», pregunta la madre. «Un buen traje para regalárselo a Nuestro Señor», responde el sacerdote. Y el niño dice: «De acuerdo, yo soy el tejido y usted es el sastre».

Así ingresó Domingo Savio en el colegio de Don Bosco, y en él vivió muy poco tiempo, porque iba a morir a los quince años de edad. Este santito precoz siguió al pie de la letra los consejos de su director espiritual, el propio San Juan Bosco, resumidos en una máxima: cumplir alegremente los deberes de su estado, esto es, santa alegría en el servicio de Dios, piedad, estudio, aceptación de las contrariedades y hacer todo el bien posible a sus compañeros.

Programa sencillo y asequible para un santo moderno, lleno de virtudes heroicas de carácter ordinario. Domingo no llegó a ser sacerdote pero fue un niño que subió a los altares sin dejar de ser niño (practicaba deporte y cantaba en el coro), solo siéndolo muy bien y con miras muy altas.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

8 de marzo. San Juan de Dios (1495-1550)

Fundador de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Juan Ciudad (así se llamaba), nació de padres muy humildes en la población portuguesa de Montemayor el Nuevo, en la diócesis de Evora. A los ocho años deja el hogar familiar para ver mundo. Se hace pastor en la toledana villa de Oropesa, en donde quieren casarle con la hija del amo, pero vuelve a echarse a los caminos prefiriendo la aventura de la guerra. Toma parte en la campaña de Fuenterrabía, vuelve a Oropesa, luego va a Austria a luchar contra los turcos, y a su regreso peregrina a Santiago.

Sus padres han muerto, y ese hombre inquieto y sin arraigo continúa sus vagabundeos cada vez más movido por la piedad y la caridad. En Ceuta es peón de albañil para ayudar a una familia necesitada; en Gibraltar vende estampas religiosos y libros devotos, y en 1537, en Granada, recibe el empujón definitivo oyendo predicar a San Juan de Avila. El triunfo del amor de Dios parece tener síntomas de locura, hace extravagancias, se le toma por loco y le encierran en un manicomio.

Cuando sale de allí, ya no vacila. Acude a ponerse bajo la protección de la Virgen de Guadalupe y con la ayuda del arzobispo de Granada recoge en un asilo a desesperados de toda clase. El mismo pide limosna por las calles gritando: Hermanos, haced bien por vosotros mismos». Alguien le dijo: «Si se perdiese la misericordia, se hallaría en vos».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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