Archivo de la categoría: Santoral

5 de julio. San Miguel de los Santos (1591-1625)

Miguel Argemir, hijo de un notario, nació en Vic, «la ciudad de los santos», la más levítica de las ciudades catalanas. Fue educado en un ambiente de gran piedad, lo cual influyó en que siendo aún niño hiciese voto de virginidad perpetua. Los psicólogos modernos y la gran mayoría de los curas de hoy pondrían graves reparos a una decisión como ésta. ¿Qué sabe un niño de corta edad, cómo puede comprometerse para toda la vida? Una cosa así, ¿no puede representar un trauma incurable? Miguel no parece un hombre traumatizado, pero sí alguien que tiene mucha prisa, como si previera que tiene poco tiempo por delante.

Su primera vocación es la de ser eremita solitario en Montseny, pero aquello no puede ser, es aún un chiquillo, los conventos de Vic también lo rechazan, hay que esperar a que crezca y madure, él no quiere esperar, sabe muy bien adonde va, y a los doce años consigue que le admitan en los trinitarios calzados de Barcelona. No le gusta la orden por demasiado blanda, y en 1608 hace profesión con diecisiete años en los trinitarios descalzos de Oteiza, en Navarra. Luego estudiará en Alcalá de Henares, Baeza y Salamanca, y siendo aún un simple colegial maravillará con los prodigios de sus éxtasis públicos que le levantan del suelo y le mantienen suspendido en el aire.

En 1622 se le nombra superior del convento de Valladolid y allí muere en olor de santidad a los treinta y tres años. San Miguel de los Santos, hombre de gobierno, escritor místico, predicador, fue canonizado en 1862 y es patrono de su ciudad natal.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de julio. Santa Isabel de Portugal (1270-1336)

Nacida en el Reino de Aragón, hija de Pedro III el Grande, y sobrina nieta, por su abuela paterna, Violante de Hungría, de la otra Santa Isabel, cuyo nombre llevaba. A los doce años la casaron con Don Dionisio de Portugal, matrimonio que puso a prueba una paciencia sin límites, por el carácter violento del soberano y sus continuas infidelidades.

Tampoco su hijo Alfonso, bien llamado el Bravo, era precisamente apacible, y después de mediar en la guerra que se hacían padre e hijo (por lo que sufrió destierro acusada de favorecer la rebelión), ya viuda (1325), tras retirarse a su fundación de Santa Clara, en Coimbra, habiendo ingresado en la orden tercera de San Francisco, tuvo que reconciliar al rey Alfonso con su nieto el rey castellano.

Eso fue en el último verano de su vida, agotada por ayunos y penitencias, con fama de santidad por sus inagotables caridades y su solicitud para los enfermos, Santa Isabel patrona de Coimbra y de todo Portugal sigue muy viva en el recuerdo popular.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de julio. Santo Tomás (siglo I)

Hasta la Resurrección, Tomás, uno de los Doce, parece que es uno más, casi inidentificable entre las figuras apostólicas. Pero en el Capítulo veinte del Evangelio de San Juan se distingue del resto de sus compañeros con una actitud terca y desconfiadísima, negándose a creer que el Señor ha resucitado porque él no estaba entre los discípulos a los que se apareció: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré».

Se resiste a admitir aquello sin pruebas evidentes, sin comprobaciones. Ver para creer. Pasados ocho días, Jesús se presta a lo que le pide, y Tomás pronuncia anodadado la famosa confesión de fe: «Señor mío y Dios mío. El incrédulo es así uno de los que llegan más lejos en la formulación explícita de la fe». También Santo Tomás fue quien llevó más lejos la predicación del Evangelio, hasta la India. «Dichosos los que creyeron sin ver», fueron las palabras de Cristo.

Es decir, dichosos nosotros, a pesar de nuestra tentación constante de pedir pruebas o, por qué no, milagros, que nos confirmen en medio de la debilidad, sin comprender el don que se nos brinda, el de creer, esperar y amar a Dios más allá del alcance de los sentidos. Creer envueltos en la noche y en el silencio de Dios, que aquí está su Luz y su Palabra.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

2 de julio. San Proceso y San Martiniano (siglo I)

Según una tradición muy romana, eran dos soldados que custodiaban a Pedro y a Pablo cuando los apóstoles estuvieron presos en la cárcel Mamertina; los milagros que presenciaron les movieron a la conversión, se les bautizó allí mismo y más tarde, firmes en su nueva fe, sufrieron martirio por ella y fueron decapitados en la Via Aurelia.

Fueron muy venerados en la Edad Media, y sobre ellos se conserva una homilía de San Gregorio Magno que pondera los innumerables milagros hechos por su intercesión. Ambos tienen un altar en la basílica de San Pedro, honor poco frecuente que indica el respeto de la Iglesia por su recuerdo. Como el centurión Longinos, también en la basílica de San Pedro, Proceso y Martiniano cumplían órdenes, tropezaron inesperadamente con Dios, y ahí les tenemos en un rincón del santoral y en la primera iglesia de la Cristiandad.

Estos humildes soldados montando guardia en la tenebrosa cárcel Mamertina, que hoy visita fugazmente horripilado el turismo, debieron presenciar escenas grandiosas e inolvidables que transformaron sus vidas. San Proceso y San Martiniano, santos por contagio, estaban allí, cumpliendo su deber, y la Gracia hizo todo los demás. Sólo fueron dóciles a la evidencia interior de la fe, camino seguro que recorrieron hasta el martirio.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de julio. San Simeón el loco (…-590)

Una de las figuras más extrañas del santoral la de este hombre de Oriente que en su juventud abandona a su madre para hacerse anacoreta. Apariencia de filósofo cínico, rasgos de perturbado, chistes tremendos que desconciertan a todos, paradojas que desarman. Simeón, llamado «Salo», el lunático, debería ser el santo de los clowns y de los humoristas, con sus ocurrencias grotescas y transcendentales que anticipan el mundo contrastado, irreverente a la manera sublime, de los personajes de Dostoievski.

Profeta, taumaturgo, excéntrico escandaloso, payaso, comparte su vida con las prostitutas, los mendigos, los desechos de la sociedad, riéndose de todo y de todos, saboteando la lógica de los que le rodean con una rara alegría inexplicable que viene de arriba; así escarnece Simeón las seguridades de nuestra vida y se transforma en caricatura de nuestra precaria fe, tan envarada y solemne.

¿Para qué estar tan serios, para qué tomarnos tan en serio, para qué respetar tantas normas y convenciones? Todo es como una gigantesca broma que sólo tiene sentido si sabemos vivirla con humor, porque la voluntad de Dios y su Providencia, vista con ojos humanos, es un absurdo, y nuestras certezas, a la luz de Dios, deben de ser de una suprema comicidad. El más sensato de los hombres, que vuelve al revés todo prejuicio, San Simeón el loco, nos valga a la hora de tomarnos a burla a nosotros mismos y a los demás, para ser fieles, para corresponder con abandono y humor a la sonrisa del Cielo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de junio. Protomártires de la Santa Iglesia romana (año 64)

En el verano del año 64 se declaró en la capital del Imperio un enorme incendio, «el más grave y el más atroz de cuantos han sucedido en Roma, según palabras de Tácito, «no se sabe hasta ahora si por desgracia o por maldad del príncipe», Nerón, quien para acallar el rumor popular de que él era el responsable de la desgracia, «dio por culpados de ella y empezó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos».

Según el historiador de los Anales: «El autor de este nombre fue Cristo, el cual imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma».

«Fueron, pues, detenidos al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por delaciones de aquellos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por hallarse convictos de aborrecimiento al género humano. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos la burla y escarnio con que se les daba la muerte».

«A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña a los que pegaban fuego para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche». Por primera vez se persigue y se aniquila a esos hombres «aborrecidos del vulgo por sus excesos», esos exagerados del amor de Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

29 de junio. San Pedro y San Pablo (siglo I)

Las dos caras de la medalla de la Iglesia: el discípulo y el converso, el hombre que vivió día a día con Cristo y el que solo le oyó en la ceguera del camino de Damasco; el pescador y el intelectual, el judío fiel a la tradición de sus mayores y el judío abierto al universo entero; la llave y la espada, la piedra y el viento. Y en ambos la culpa, traición y persecución, que reparar. Y los nombres distintos: Simón, Pedro, Saulo, Pablo.

¡Qué extraños fundamentos! La fidelidad del que fue débil en la prueba y el ardor proselitista del que había sido perseguidor. El que se entierra en Roma, piedra angular del edificio de la Iglesia, y el que esparce por el mundo el Evangelio para ir a morir a Roma. Pedro crucificado boca abajo por humildad, y Pablo haciendo el prodigio póstumo con su cabeza recién cortada, que brinca tres veces sobre el suelo, incansable después de la muerte y alumbrando tres fuentes. Ambos contribuyen a a la alegoría de la salvación. Todo es alegoría y ambos forman las dos vertientes complementarias de la fe: permanecer en el arraigo y dispersarse para la multiplicación.

San Pedro y San Pablo ilustran así la historia de la Iglesia con sus contrastes, incluso con sus divergencias, como su enfrentamiento en Antioquía. ¿Hay que hacerse judíos para ser cristianos? Ésta es la cuestión que les enfrenta. Y entonces la amplitud de criterio de Pablo da nombre a su iglesia naciente: católica, universal. Los hermanos se reconcilian en ellos, y en el calendario esta fraternidad en Cristo se sella en el mismo día festivo, emparejados eternamente en la Gloria.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

28 de junio- San Ireneo (130-202)

Procedía de Asia Menor y en Esmirna fue discípulo de San Policarpo, cuyas enseñanzas, dice, «atesoro no en el papel, sino en mi corazón, porque lo que se aprende en la niñez forma parte de nuestra alma». De su maestro que había conocido a San Juan Evangelista, recibe una doble lección apostólica, la de la fidelidad y la manera de ser fiel siendo bueno.

Sin duda estuvo en Roma y más tarde fue enviado a Lyon donde la persecución se ensañaba con la joven Iglesia, y en el 177 lleva al Papa una carta de los cristianos lioneses encarcelados, lo cual posiblemente le salvó de la hecatombe en la que iba a perecer el obispo San Potino. A su regreso de Lyon será su sucesor, haciendo renacer de sus cenizas las comunidades de las Galias, sin dejar de vigilar el depósito de la fe, como cuando escribe contra los herejes gnósticos, «deshaciendo a sus tinieblas y errores», lo cual le convierte en el primer teólogo de la Iglesia.

Es dudosa la tradición que le supone mártir, pero sí está atestiguada la delicadeza y el tacto de sus afanes por la unidad y el bien de las almas. Media con el Papa Víctor, que se disponía a excomulgar a los orientales por celebrar la Pascua en la misma fecha que los judíos, y recomienda someterse a la costumbre romana, pero usando procedimientos de persuasión y concordia. El pontífice atendió su ruego.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

27 de junio. San Cirilo de Alejandría (380-444)

En el año 412, cuando sucede a su tío Teófilo como obispo de Alejandría, le vemos con una intransigencia poco simpática: expulsa a los judíos, cierra los templos donde ha habido brotes de herejía, aplasta a los rebeldes, y, más aún, se enemista con multitud de monjes e incluso con el prefecto imperial. Evidentemente lo suyo no era la diplomacia.

Y en el Concilio de Efeso (431) hace condenar la doctrina de Nestorio, patriarca de Constantinopla que declaraba inaceptable el término de Theotokos o Madre de Dios. Efeso se pronunció solemnemente sobre el misterio de la Encarnación contra Nestorio, y nuestro Cirilo pasa a la historia como el gran defensor de la maternidad divina de María. Empezamos a comprenderle: no se discutía un bizantinismo teológico sino algo fundamental que todos recordamos en el Avemaría: «Santa María, Madre de Dios».

Fue, sin duda, mejor teólogo que obispo, es posible que hubiese podido defender de igual manera la ortodoxia sin ser tan extremado en sus actitudes, pero es que los santos distan mucho de ser impecables, y sus defectos, sus exageraciones son la garantía de su condición humana. En Efeso, San Cirilo tenía miel en los labios al hablar de Nuestra Señora.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

26 de junio. San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975)

Al principio, no era santo ni se llamaba Josemaría ni se apellidaba de Balaguer. Toda santidad depende del desbordamiento de la Gracia de Dios, pero San Josemaría la buscó a conciencia, con ahínco, por las bravas, a la aragonesa. Hijo legítimo de su siglo XX, comparte con los mejores filósofos, poetas y científicos de su siglo el interés analítico de sus propios ámbitos: la gnoseología, la metapoesía, la filosofía de la ciencia… San Josemaría predica una metasantidad.

En 1928 funda el Opus Dei, camino de santificación, explícitamente. Se alcanzaría, en la parte que nos toca, gracias al cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano en la vida civil, en los puestos de trabajo, ya fuese el despacho de un ministro o un taller mecánico, da igual, sin dejar de ser contemplativos en el fragor de la acción. Se trataba de una locura. El cardenal Ratzinger lo retrató: «Se atrevía a ser algo así como un don Quijote de Dios. ¿O acaso no parece quijotesco enseñar, en medio del mundo de hoy, la humildad, la obediencia, la castidad, el desprendimiento de las cosas materiales, el olvido de sí?».

De su vida a apostolado quedan innumerables testimonios y un reguero insondable de almas en las que sembró y siembra las ansias más altas de cumplir la voluntad divina por todos los caminos de la Tierra.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol. E.G.-M