Archivo del Autor: @RaúlMayoral

27 de junio. San Cirilo de Alejandría (380-444)

En el año 412, cuando sucede a su tío Teófilo como obispo de Alejandría, le vemos con una intransigencia poco simpática: expulsa a los judíos, cierra los templos donde ha habido brotes de herejía, aplasta a los rebeldes, y, más aún, se enemista con multitud de monjes e incluso con el prefecto imperial. Evidentemente lo suyo no era la diplomacia.

Y en el Concilio de Efeso (431) hace condenar la doctrina de Nestorio, patriarca de Constantinopla que declaraba inaceptable el término de Theotokos o Madre de Dios. Efeso se pronunció solemnemente sobre el misterio de la Encarnación contra Nestorio, y nuestro Cirilo pasa a la historia como el gran defensor de la maternidad divina de María. Empezamos a comprenderle: no se discutía un bizantinismo teológico sino algo fundamental que todos recordamos en el Avemaría: «Santa María, Madre de Dios».

Fue, sin duda, mejor teólogo que obispo, es posible que hubiese podido defender de igual manera la ortodoxia sin ser tan extremado en sus actitudes, pero es que los santos distan mucho de ser impecables, y sus defectos, sus exageraciones son la garantía de su condición humana. En Efeso, San Cirilo tenía miel en los labios al hablar de Nuestra Señora.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

26 de junio. San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975)

Al principio, no era santo ni se llamaba Josemaría ni se apellidaba de Balaguer. Toda santidad depende del desbordamiento de la Gracia de Dios, pero San Josemaría la buscó a conciencia, con ahínco, por las bravas, a la aragonesa. Hijo legítimo de su siglo XX, comparte con los mejores filósofos, poetas y científicos de su siglo el interés analítico de sus propios ámbitos: la gnoseología, la metapoesía, la filosofía de la ciencia… San Josemaría predica una metasantidad.

En 1928 funda el Opus Dei, camino de santificación, explícitamente. Se alcanzaría, en la parte que nos toca, gracias al cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano en la vida civil, en los puestos de trabajo, ya fuese el despacho de un ministro o un taller mecánico, da igual, sin dejar de ser contemplativos en el fragor de la acción. Se trataba de una locura. El cardenal Ratzinger lo retrató: «Se atrevía a ser algo así como un don Quijote de Dios. ¿O acaso no parece quijotesco enseñar, en medio del mundo de hoy, la humildad, la obediencia, la castidad, el desprendimiento de las cosas materiales, el olvido de sí?».

De su vida a apostolado quedan innumerables testimonios y un reguero insondable de almas en las que sembró y siembra las ansias más altas de cumplir la voluntad divina por todos los caminos de la Tierra.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol. E.G.-M

25 de junio. San Guillermo de Vercelli (1085-1142)

Nacido en la ciudad piamontesa de Vercelli, Guillermo inició una vida errante a los catorce años. Peregrinó a Santiago de Compostela descalzo y cargado de cadenas. Posteriormente se hizo eremita en Monte Virgiliano, hoy Monte Vergine en Nápoles, y con los discípulos que se arremolinaron a su alrededor fundó una comunidad de monjes vestidos de hábito blanco que se regían por la regla de San Benito y daban especial importancia al trabajo manual. Se fundaron nuevos monasterios dependiendo de Monte Vergine, pero Guillermo como hombre de soledad continuó sus andanzas penitentes y piadosas por el sur de Italia hasta su muerte.

La anécdota más conocida que se cuenta de él es la tentación carnal que provocaron unos cortesanos de Palermo mandándole una dama de escasa virtud que se dijo enamorada del santo y dispuesta a compartir con él su lecho aquella noche. San Guillermo hizo encender en el patio una enorme pira y se tendió entre las llamas invitando a la mujer a que se acostase a su lado tal como había prometido. Al ver que el fuego no le hacía ningún daño, la pecadora cayó de rodillas, se convirtió y más tarde quiso ser monja.

En el comienzo de los calores del estío, evocar la figura de este incombustible del fuego invita a ver en él su naturaleza ígnea, como instalado en el corazón de la infinita hoguera del amor de Dios, haciéndose insensible a cualquier otra llama, material o metafórica, que debía ser como una candela comparada con el sol.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

24 de junio. San Juan el Bautista (siglo I)

Era hijo de Zacarías, un sacerdote del Templo, y de Isabel, prima de la Virgen, y aún antes de nacer, en el episodio de la Visitación, fue el primero en saludar gozosamente al Mesías; Juan siempre va por delante, siempre es el primero tanto en manifestarse como en desaparecer.

A diferencia de los demás santos, la fiesta de San Juan se celebra no el día de su muerte sino el de su nacimiento, y se acompaña en muchos lugares con un alegre ritual de fogatas. Este es un santo de fuego, de severa figura, que viste ropas tejidas con pelos de camello y se alimenta de langostas y miel silvestre. Es un predicador itinerante y solitario. Jesús se hizo bautizar por él y le dedica un inmenso elogio: «No hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan».

Por fin será decapitado como venganza de la verdad que no puede callar «la voz que clama en el desierto». La Redención estaba en puertas, y Juan, que sólo debía allanar los caminos, voceando la presencia y la excelencia del que estaba a punto de manifestarse, desaparece una vez cumplida su misión. Le matan, sus discípulos se unen a los de Jesús y su vida entera se convierte en prólogo. En los umbrales del Cristianismo, El Bautista es, pues, el arquetipo de todos los santos, los que se niegan a sí mismos para representar a Cristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

23 de junio. San Jacob (Antiguo Testamento)

Uno de los grandes patriarcas de la Biblia, nieto de Abraham, hijo de Isaac y de Rebeca, y padre de los que darán origen a las doce tribus de Israel. El es quien da nombre al pueblo elegido. El Génesis le describe como «hombre apacible y amante de la tienda» ¡caramba, menos mal que era apacible! pues se nos presenta como un «suplantador ladino y astuto, prototipo de un jeque beduino aprovechado» dirá un comentarista católico sin pelos en la lengua.

Se aprovecha del hambre del palurdo de su hermano Esaú para que le venda la primogenitura por un plato de lentejas, luego, valiéndose de una superchería, le suplanta en la bendición de su padre, y más adelante con su suegro Labán tampoco es demasiado escrupuloso en sus procedimientos.

Pero el episodio más misterioso y atractivo es el de Penuel, donde, durante una noche entera pelea con un ángel, que al no poder vencerle le da un golpe en la articulación del músculo. «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con hombres y has vencido.

Delacroix pintó la escena en la iglesia parisiense de Saint-Sulpice como un cuerpo a cuerpo entre atletas que se disputan el Absoluto. Este ambicioso que subvierte el orden humano con estratagemas es vencido por el ángel y se incorpora al plan de Dios. «He visto a Dios cara a cara y sigo con vida», dice. Pero sus afanes, hasta ahora muy terrenos, van a ser utilizados por Dios para un grandioso designio que está muy por encima de todo cuanto él pueda imaginar.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

22 de junio. Santo Tomás Moro (1478-1535)

Es el hombre más metido en lo humano de todo el santoral: casó en segundas nupcias tras enviudar, padre de familia numerosa, rico, gran señor, con reposada elegancia, enamorado ferviente del arte y de la cultura, experto en leyes, político y estadista. No hay vínculos más fuertes con lo terreno. Además, sin ser obispo, cura ni fraile, ni siquiera propiamente teólogo, sólo por ser hombre de fe y convicciones, acepta la muerte, aunque no la busca. No hay en él un átomo de desafío ni imprudencia, sin embargo con dolor y al mismo tiempo con buenos modales y buen humor, Tomás se convierte en el símbolo del intelectual de conciencia ante el tirano.

Moro fue un caballero inglés bien instalado en la vida que no sólo cumple escrupulosamente con su deber, sino que además sueña: su libro, Utopías, lleva un título que es paradigma de quimeras. No le pesan las responsabilidades, no es alguien asustadizo, y su mejor amigo, Erasmo, es el intelectual más inquieto e inquietante de esa Europa en vísperas de Lutero y su Reforma.

Hoy algunos pueden preguntarse ¿No hubo exageración? ¿Morir por un divorcio ajeno, un mártir antidivorcista! ¡La razón de Estado! Santo Tomás Moro creyó que lo que se ventilaba entonces valía su vida y la dio, no por su política, sino por la de Dios, ejemplo raramente imitado. Consideró inconmovibles las palabras del Evangelio, y cuando se le acorraló exigiéndole que renegara de ellas o muriese en la Torre de Londres, no dudó en morir con el fervor de un cristiano y la serenidad sonriente y educadísima de un gentleman.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

21 de junio. San Luis Gonzaga (1568-1591)

Primogénito de una familia nobilísima, su padre es príncipe y marqués de Castiglione, su madre dama de honor de la reina Isabel de España, Luis está destinado, desde su niñez, a lo más alto, se le adiestra para mandar y ser un gran capitán, sin olvidar el lujo y el saber que conviene a un noble de esa Italia guerrera, fastuosa y humanista.

Pero cuando se le lleva de corte en corte, incluso a la de Felipe II en Madrid, el joven Gonzaga se descubre a sí mismo ajeno a aquellos entusiasmos mundanos. El es una figura delicada y espiritual que muy pronto hace voto de castidad y a los dieciséis años quiere ser misionero. Venciendo la dura oposición paterna, en Roma es modelo de novicios jesuitas, asombrando a todos con su santidad y tras un heroico comportamiento durante una epidemia de peste, muere muy joven aún, como el polaco Estanislao de Kotchka y el brabanzón Juan Berchmans, los otros dos donceles de la Compañía.

Patrono de la pureza adolescente y de la juventud, San Luis Gonzaga maravilló a santos como San Carlos Borromeo y San Roberto Belarmino, y es una de esas glorias auténticas empañadas por una piedad ñoña que se ha ido posando sobre su recuerdo como una espesa capa de polvo, ocultando su ejemplo de cristiano fuerte y decidido en la empresa de dedicación total a Dios con una generosidad y un arrebato que sólo podía tener un joven.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

20 de junio. San Silverio (…-537)

Natural de la Campania, hijo del Papa Hormisdas, Silverio fue elegido Papa por la influencia del rey godo Teododato, y tuvo un pontificado breve y tumultuoso, a causa, según un antiguo hagiógrafo, de «dos mujeres locas y atrevidas», la emperatriz Teodora, casada con Justiniano, y amiga de los herejes condenados en el concilio de Calcedonia, y Antonina, esposa de su general Belisario.

Silverio se negó a revocar las decisiones de su antecesor Agapito, declarando que «antes perdería el pontificado y la vida que deshacer lo que santamente había hecho su predecesor», y por obra de los manejos de estas dos mujeres, aliadas con un clérigo ambicioso, Vigilio, perdió ambas cosas. El Sumo Pontífice fue hecho preso, vestido de monje y conducido al destierro en una isla, donde afligido de pobreza, calamidades y miserias, de puro maltratamiento vino a a morir. Por eso la Iglesia le venera como mártir.

Vigilio, su sucesor, fue menos maleable de lo que esperaba Teodora y acabó renunciando a la cátedra apostólica que había usurpado, aunque a la muerte de Silverio fue elegido papa. Con él Roma tuvo durante un largo período una política titubeante e insegura, que acentuaba aún más la firmeza heroica de que había dado muestras San Silverio.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

19 de junio. San Gervasio y San Protasio (siglo I)

Hijos gemelos de San Vital y Santa Valeria, que tras el martirio de sus padres vendieron todos sus bienes para repartir su importe entre los necesitados y se hicieron bautizar. Por negarse a adorar a los ídolos, se les decapitó bajo Nerón. Siglos después, sus cuerpos serían exhumados por San Ambrosio, obispo de Milán, quien guiado por un presentimiento, sueño o visión sobrenatural descubrió el lugar donde estaban sepultados.

Lo cuenta San Agustín en sus Confesiones: «Fue entonces cuando descubristeis por medio de una visión al obispo de Milán el lugar donde estaban sepultados los cuerpos de los mártires… los habías conservado al abrigo de la corrupción en vuestro misterioso tesoro para hacerlos salir de allí en el momento oportuno». El mismo San Agustín afirma que mientras los restos de ambos mártires eran trasladados a la basílica ambrosiana, obraron milagros, siendo causa de que un ciego recobrara la vista y unos endemoniados se vieran libres del Maligno.

San Gervasio y San Protasio pertenecieron durante mucho tiempo al misterio de lo desconocido, y de pronto una visión divina y la solicitud del obispo de Milán devuelve sus vidas a la luz, hacen milagros, se les erigen iglesias, y en luminoso estilo de San Agustín, su reaparición evoca la opulencia espiritual de la santidad, a menudo opaca para nosotros, que Dios hace visible cuando conviene.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

18 de junio. Santa Isabel de Schönau (1129-1165)

Isabel ingresó en la primera mitad del siglo XII en el monasterio de benedictinas de Schönau, en la Renania-Palatinado, no lejos de la orilla izquierda del Rhin y de la ciudad de Fráncfort. En 1157 fue superiora de la comunidad y murió ocho años después. La vida de esta monja no parece haber tenido gran relieve. Sin embargo, hay muchas cosas en su vida interior que nos resultan conocidas gracias a cuatro libros que compuso y que completó su hermano Egberto. Libros extraños, hechos de visiones, de éxtasis místicos, de momentos indecibles que apenas pueden trasladarse a palabras.

Santa Isabel en realidad no fue canonizada formalmente, pero enseguida se le tributó un culto que la Iglesia no ha desautorizado nunca. En su obra narra los espantosos años de prueba que padeció, con aridez espiritual, hastío y fortísimas tentaciones de dudas sobre la fe, hasta el punto de creerse abandonada por Dios. La prueba termina con la aparición de la Virgen.

Entre sus escritos hay una escena inolvidable en la que se ve el Infierno, y cómo los ángeles acumulan en un platillo de la balanza las buenas obras, mientras el demonio pone en el otro los pecados, que pesan mucho más. Hasta que la justicia divina manifiesta el desbordamiento irresistible de la misericordia: el ángel añade a los méritos humanos una Hostia, y el platillo se vence por su lado como si lo empujara un peso infinito.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol