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9 de mayo, San Gregorio ostiense (siglo XI)

Procedente de Ostia, Roma, Gregorio fue un obispo que vivió durante un tiempo en Navarra, tal vez como legado del Papa. En el año 1039, estaba en Nájera, capital del reino, y ya causaba admiración por su bondad, su sabiduría y sus milagros. Uno de ellos, haciendo desaparecer una plaga de langostas, explica que se le invoque en casos parecidos. Por eso, el relicario de su cabeza en una urna de plata es llevado a menudo por tierras navarras y riojanas para proteger el campo. De ahí la frase hecha: «Andar más que la cabeza de San Gregorio«. Muy venerado en Navarra y La Rioja, el santo debió morir en Logroño.

Su vida se cruza providencialmente con la de un hombre que buscaba a Dios con una gran ansiedad y que era rechazado en todas partes, Santo Domingo de la Calzada, que fue paje y discípulo de San Gregorio, iniciándose en la vida religiosa junto a éste. Por eso, a su muerte, el casi desconocido obispo de lejanas tierras dejo en herencia a los españoles, más que sus prodigios y las grandiosa basílica erigida en su recuerdo en Los Arcos, entre Estella y Viana, el prodigio viviente de otro gran santo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

8 de mayo. San Pedro de Tarantasia (1102-1174)

Nacido en Saint-Maurice, aldea próxima a Vienne, de una familia de labradores, Pedro se hizo cisterciense en Bonaval, y la fuerza de su ejemplo arrastró a todos los suyos, sus padres y tres hermanos, moviéndoles a abrazar también la vida religiosa.

En el 1132 fue elegido abad de Tamié, en la región de Tarantasia, que se encuentra en las faldas de los Alpes saboyanos, y diez años después, a pesar de resistirse tenazmente a ello, se le nombró obispo de Tarantasia. Sin embargo, no renunció a seguir siendo un monje.

Conociendo su diplomacia, el Papa Alejandro III le encomendó misiones políticas, como establecer la concordia entre Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra. San Pedro de Tarantasia no era feliz fuera de su monasterio, visitaba con frecuencia la Gran Cartuja, suspirando con quedarse con los severos discípulos de San Bruno, y en una ocasión se escondió durante un año en una remota abadía, argucia que no le sirvió de nada, ya que volvieron a llevarle, muy mohíno, a su palacio episcopal.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

7 de mayo. Santa Flavia Domitila (siglo I)

A veces el rostro de la santidad resulta evasivo. Tal es el caso de Flavia Domitila. Casada con Flavio Clemente, un cristiano de estirpe senatorial en Roma que era sobrino del emperador Vespasiano y primo carnal de quienes llegarían a ser también emperadores, Tito y Domiciano.

Al carecer de herederos varones directos, Domiciano adoptó a dos hijos de su sobrino Flavio Clemente para que le sucedieran. Ambos habían sido educados en el cristianismo por sus padres. Y a punto estuvo Roma de tener un emperador cristiano a fines del siglo I. Pero no sucedió tal cosa. Sería Domiciano el que accedería finalmente al título de emperador, decretando una persecución contra los judíos y los seguidores de Jesús.

En el año 95, Flavio Clemente, que era cónsul, fue denunciado ante la autoridad imperial. A pesar de que, según el historiador Suetonio, las acusaciones eran muy endebles, fue condenado a muerte. Su esposa fue deportada a la Isla Pandataria, en la costa del Lacio. Nada más se supo de ella.

En Tor Marancia, a las afueras de Roma, una propiedad funeraria de Flavio Clemente conserva inscripciones en las que se menciona a la Flavia Domitila que recordamos hoy. ¿Se la ejecutó más tarde como a su marido? La incertidumbre de la Historia difumina cualquier posible relumbrón. Pero lo cierto es que fue sólo una cristiana que lo siguió siendo en la fortuna y en la adversidad. Su misterio solo Dios lo conoce.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

Libercast

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6 de mayo. San Eadberto (siglo VII)

De él sólo sabemos lo que cuenta San Beda que lo presenta como sucesor de San Cutberto (año 687), en la sede episcopal de Lindisfarne, el islote llamado «isla santa» que hay frente a la costa de Northumberland, en el noroeste de Inglaterra.

Hombre bien conocido por sus conocimientos de las Escrituras, su obediencia a los mandamientos de Dios y su generosidad en las limosnas, todos los años durante la Cuaresma y en los cuarenta días que preceden a la Navidad, San Eadberto se retiraba a un lugar solitario para ayunar, rezar y hacer penitencia.

Cuando murió un 6 de mayo, cumpliendo sus deseos se le sepultó junto a San Cutberto y en la doble tumba donde estaban hermanados los dos obispos florecieron numerosos milagros que se les atribuían conjuntamente. Hecho frecuente en la historia de que la santidad se contagia y arracima.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de mayo. Hilario de Arlés (400-449)

Obispo memorable que solía recorrer su diócesis descalzo aunque nevase, Hilario predicaba horas y horas a sabios y a ignorantes, queriendo que todos compartiesen el tesoro de su fe. Era compasivo y tierno con los pecadores, y duro hasta la denuncia pública y arriesgada con los grandes personajes.

Hombre de letras, de palabra fácil y brillante, con el éxito asegurado por su talento, fue monje de Lérins, donde sería el segundo abad cuando San Honorato sea nombrado obispo de Arlés, y en el 429, es designado maestro en la silla episcopal de Arlés cuando aún no había cumplido treinta años. Su celo era tal que, al menos, dos veces entró en conflicto con el Papa San León I por sobrepasar de buena fe sus atribuciones episcopales. Pero a su muerte este mismo Papa hizo un espectacular elogio de un obispo que entraba fogosamente en la santidad.

Excesivo fue también su amor a los pobres. Para poder hacer más limosnas vendió los vasos sagrados. Trabajaba con sus propias manos, cultivaba los campos y trenzaba las redes y esteras. No parece que la Iglesia se lo tenga en cuenta y le propone como modelo de ímpetu arrollador por la causa del Bien sin contemplaciones.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de mayo. San Gotardo (960-1038)

No confundir este santo con su homónimo suizo, discípulo de San Roque, que hizo penitencia en los Alpes y por el cual se acabó nombrando un macizo montañoso entre Suiza e Italia. El Santo de hoy es otro Gotardo (Godofredo) de tierras germánicas pero más al norte.

Era bávaro, monje benedictino en Nieder Altaich, cerca de su lugar de origen. A los pocos años se le nombró abad de este monasterio, en el que devolvió toda su pureza original a la regla de San Benito, que había sido relajada en muchas comunidades. Su fama llegó a ser de tal envergadura que el emperador San Enrique II le confió la reforma de otros cenobios, como las abadías de Hersfeld y Tergensee. Por fin, en 1022 sucedió a San Bernardo de Hildesheim en su diócesis, muy lejos ya de su Baviera natal.

Tiene muchos devotos en Austria y Prusia, y se le invoca contra la gota y los reumatismos, pero ha pasado a la historia como el gran obispo constructor, que terminó la catedral de Hildesheim, además de erigir en esta ciudad la iglesia de San Miguel. Asimismo fundó asilos para pobres. Se le suele representar con una iglesia en miniatura, impávido y afanoso en medio de las turbulencias del año mil, ante las cuales San Gotardo construye iglesias y reconstruye almas con la serenidad y la firmeza de quien tiene la eternidad por delante.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de mayo. Santos Felipe y Santiago el Menor (siglo I)

Dos de los primeros seguidores del Señor se emparejan hoy en el calendario por una circunstancia histórica puramente fortuita, el traslado de las reliquias de ambos, Felipe y Santiago el Menor, en el siglo VI a la basílica de los Santos Apóstoles de Roma, donde todavía se veneran.

A pesar de su nombre griego, «el que ama los caballos», Felipe era un judío de Betsaida, galileo como Pedro y Andrés, a quien según el Evangelio bastó una sola palabra. «Sígueme», para que lo dejase todo y siguiera al Maestro. Apenas convertido en discípulo, lleva hasta Jesús a otros de los Doce, Bartolomé, y luego se le cita varias veces más en la multiplicación de los panes y en la Ultima Cena. Era fiel, sencillo y dócil, con buena voluntad, aunque no muy agudo, costándole penetrar en el sentido espiritual de lo que oye y ve. Se supone que predicó en Escitia y Frigia, y que murió en Hierápolis crucificado cabeza abajo, como San Pedro.

Santiago, hijo de Alfeo, llamado el Menor, quizá porque se incorporó más tarde al grupo apostólico, se le conocía por «el Justo», presidió de modo tan ejemplar la comunidad cristiana de Jerusalén, alma del primer concilio, que murió lapidado y a quien se atribuye una de las epístolas del Nuevo Testamento.

Lo que más le individualiza es ser primo hermano de Jesús, a quien debía parecerse mucho físicamente; en la Iglesia griega se le llama «el hermano de Dios», y de él dice un autor antiguo que «quien ve a este hombre es como si viera a Cristo, por la gran semejanza que existió entre ellos». Este es el privilegio de Santiago el Menor, ser el vivo retrato de una persona divina.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

2 de mayo. San Atanasio (295-373)

Uno de los doctores de la Iglesia griega, cuyo nombre ha sido siempre en toda la Cristiandad sinónimo de firmeza inquebrantable: inconmovible en la fe como Atanasio, resistiendo coacciones, amenazas, halagos y destierros. Era egipcio de Alejandría, y siendo un joven diácono acompañó a su obispo al Concilio de Nicea (325), donde contribuyó a que se condenaran las doctrinas de Arrio, destacando ya por su tenaz resistencia en asuntos en los que no se podía transigir, que conciliaba con una actitud de brazos abiertos para los arrepentidos.

Pocos años después, sería nombrado patriarca de Alejandría. Debido a las intrigas arrianas, fue desterrado en el 335, se le repone en su sede y vuelve a ser desterrado cuatro veces más, diecisiete años de exilio en total, siempre en pugna con los emperadores tentados por el cesaropapismo. Durante su tercer destierro, en el 356, se refugio en la Tebaida y a ello debemos su Vida de San Antonio, espléndido y asombroso libro sobre el antiguo monacato.

En medio de tantos peligros y violentas discusiones, aún tuvo tiempo de evangelizar Abisinia. San Atanasio dejó un recuerdo imborrable de pastor docto y santo al que guiaba su inalterable fe en Jesucristo, hijo de Dios. Su emblema es un triángulo luminoso, símbolo de la Santísima Trinidad que defendió.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

1 de mayo. San José obrero

En 1955 Pío XII hizo algo que tiene una gran tradición en la Iglesia, superponer su sentido cristiano a la popularidad de las fiestas paganizantes: la jornada internacional del proletariado (en recuerdo de los llamados «mártires de Chicago» de 1886) pasaba a ser también el día de San José obrero, artesano o trabajador. Históricamente hablando, la iniciativa no tuvo éxito y desde entonces no es más que una celebración en familia que no ha cristianizado la fecha, provocando más bien reacciones hostiles e injuriosas. El carpintero de Nazaret, sin comerlo ni beberlo, se ha visto acusado de esquirol.

Ya San Pablo decía a los gálatas que «si buscase agradar a los hombres no sería siervo de Cristo«. La visión sobrenatural no suele ser del gusto de casi nadie, se prefieren cosas más tangibles, como la explotación del hombre por el hombre o la lucha de clases, cuando no ambas a la vez, y el modelo de José, como se dice publicitariamente, no vende.

El primero de mayo unos se lanzan a la calle agitando banderas, otros se acuerdan de San José; hay quien aspira a transformar socialmente el mundo, la Iglesia también, pero sin olvidar que tiene una exigencia mayor en cuanto a la felicidad y que aspira a transformar las almas.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de abril. San José Benito Cottolengo (1786-1842)

Canónigo de Turín que funda en 1831 en Valdocco, a las afueras de la ciudad, la «Piccola Casa della Divina Providenza», casita muy pobre en la que se acogía a los que todo el mundo rechazaba porque eran casos imposibles: enfermos incurables, niños idiotas, sordomudos, tullidos, epilépticos, cancerosos, viejos con males sin curación. Había que ser muy insensato para cargar con todos esos desechos dedicándoles su vida, porque no iba a servir para nada; el sentido práctico más elemental se oponía a esta idea, y si encima era sin dinero, la catástrofe, además de inútil, era segura.

José Benito lo hizo, atender a los que nadie quería, sólo porque eran hijos de Dios, y lo hizo sin dinero y sin más garantía que la oración. Porque el banco de la Providencia no quiebra, solía decir el Santo, a Dios qué más le da mantener a quinientos que a cinco mil. Su apellido se ha hecho ya sinónimo de lugar de acogida para gente desesperada. Aquella pequeña casa fue creciendo hasta convertirse en una de las empresas de caridad más importante de los tiempos modernos.

Se negaba a ser previsor y a pensar en el mañana, no quería hacer ningún cálculo, sabiendo que Dios lleva mejor que nadie la teneduría de libros; había que vivir rigurosamente al día, aceptando todos los enfermos, sin guardar nada, sin prever nada, ya que no hay manos más seguras que las de Dios ni amor más grande que el suyo. Antes de morir agotado por la entrega de su vida, San José Benito Cottolengo suspiró: «El borrico no puede dar ni un paso más».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.