Agnese Segni forma con Catalina de Siena y Rosa de Lima el gran trío de las santas dominicas. Era toscana de nacimiento, entró en un convento a los nueve años y a los diecisiete era ya fundadora y superiora de una nueva comunidad en Proceno, cerca de Orvieto. Pero el nombre con que se la recuerda se debe a la fundación de Montepulciano, ciudad donde, sobre las ruinas de unas casas de lenocinio, en un lugar de pecadoras, sin nada, solo contando con la Providencia, junto con dieciocho doncellas funda un monasterio en el que iba a vivir el resto de sus días, poniéndose bajo la tutela de los dominicos.
Raimundo de Capua cuenta los prodigios que se vinculan con Santa Inés a su paso por la tierra: las flores que nacían donde ella se arrodillaba o el favor que le concedió la Virgen poniendo en sus brazos al Niño Jesús. Llevó una mortificada vida que iluminaron éxtasis, visiones y milagros.
Santa Catalina de Siena, que era muy devota de esta santa, hizo una peregrinación a su tumba, y en su Diálogo pone en boca de Jesucristo un conmovido elogio de Inés de Montepulciano: «La dulce virgen Santa Inés, que desde la niñez hasta el fin de su vida me sirvió con humildad y firme esperanza sin preocuparse de sí misma». Con pocas palabras queda resumida mucha santidad.
Fuente: La vida de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Papa alsaciano de noble familia, Bruno de Egisheim-Dagsbur destacó como sacerdote por sus virtudes hasta el punto de ser conocido como «el buen Bruno», capellán de su primo el emperador Conrado II, más tarde obispo de Thoul y, por fin, elegido papa a mediados del siglo XI.
Muy activo y enérgico, León IX peregrinó por media Europa corrigiendo abusos, oponiéndose a herejías, defendiendo la supremacía pontificia, impulsando la reforma de Cluny, sentando las bases de lo que será el Derecho canónico y llamando a su lado como canciller al gran Hildebrando.
Una trayectoria ejemplar de padre que defiende la pureza de la fe y de las costumbres, y la independencia de la Iglesia interviniendo en la política mundial para poner paz con un talante de bondad evangélica que desarmaba a sus mismos enemigos. Un gran papa, pero su trayectoria se vería empañada por la imprudencia, el fracaso y el error de la polémica iniciada con el patriarca de Constantinopla que conduciría después de su muerte al cisma de Oriente, y su desafortunada guerra defensiva contra los normandos en el sur de Italia concluyó con una derrota y con el cautiverio del propio San León IX.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Primero de los mártires de la Córdoba califal, reinando Abderramán II, Perfecto tuvo como biógrafo a San Eulogio, quien lo presenta así: «Presbítero de venerable memoria, cordobés, instruido en la basílica de San Acislo, muy versado en las ciencias eclesiásticas, bien impuesto en las letras humanas y bastante docto en la lengua de los árabes».
Iba Perfecto por las calles de Córdoba cuando unos musulmanes le detuvieron para hacerle preguntas acerca de Jesucristo y de Mahoma. El expuso elocuentemente el poder divino de Cristo, diciendo que era Dios de todos, pero para no ofender a sus oyentes prefirió callar su opinión sobre el Profeta. No obstante, ante la insistencia de los interrogadores, les dijo finalmente lo que pensaba de Mahoma: un embustero dado a los falsos ritos y esclavo de los deleites carnales.
Fue llevado ante el cadí, juez mahometano, que aunque honrado y virtuoso, pero a causa de la denuncia, no tuvo más remedio que condenarle a muerte, siendo decapitado un 18 de abril al otro lado del Guadalquivir, en el llamado Campo de la Verdad. Nombre adecuadísimo para este mártir tan sincero como imprudente al que hoy en nuestra listeza llamaríamos tonto. San Perfecto nos interpela con un ejemplo que los listos no solemos seguir: El de un hombre que cuando abre los labios sólo sabe decir la verdad.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Inglés, del condado meridional de Dorset, formado en la abadía de Sherborne, Esteban Harding pasó al continente siendo muy joven y se hizo monje en Molesme, en la Borgoña, donde San Roberto buscaba fórmulas de observancia más estrictas de la regla benedictina. Insatisfechos con los resultados, Esteban, Roberto y otros se trasladaron a Citeaux, no lejos de Dijon, para fundar una nueva comunidad. Así, nacería el Císter, los monjes de hábito blanco por contraste con el negro del entonces floreciente hasta el anquilosamiento de Cluny.
En 1109 San Esteban fue durante veinticinco años el tercer abad del Císter, siendo maestro de un novicio, San Bernardo, que daría horizontes más amplios al ideal cisterciense. Redactó la Carta de caridad, una nueva regla que lleva su sello personal, con una espiritualidad austera y exigente.
«Siempre alegre en el Señor», según dice de él su primer biógrafo, es el santo que en toda situación sabe estar en su sitio; buscando mayor rigor y perfección cuando el alma lo pide, gobernando cuando hay que gobernar, eclipsado en cierto modo por el brillo genial de San Bernardo, con la humildad sin lucimiento al servicio de Dios.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
En su libro La masa enfurecida el periodista Douglas Murray se refiere a la conferencia “Labor, trabajo, acción” que Hannah Arendt pronunció en la Universidad de Chicago en 1964 en el marco del congreso “El Cristianismo y el hombre económico: Decisiones morales en una sociedad acomodada”. Hacia el final de su ponencia, la filósofa reflexiona sobre algunas de las consecuencias de participar de forma activa en el mundo, consecuencias que pueden resultar imprevisibles e ilimitadas. Y es que todos actuamos dentro de “una red de relaciones en la que toda acción provoca no solo una reacción sino una reacción en cadena”, lo que significa que todo proceso es la causa de nuevos procesos impredecibles.
Por tanto, afirma Arendt “nunca podemos realmente saber qué estamos haciendo (…) pero además no tenemos ninguna posibilidad de deshacer lo que hemos hecho. Los procesos de la acción no sólo son impredecibles, son también irreversibles; no hay autor o fabricador que pueda deshacer, destruir lo que ha hecho si no le gusta o cuando las consecuencias muestran ser desastrosas”. Sin embargo, Arendt indica un medio para paliar la irreversibilidad de nuestras acciones: la facultad de perdonar. “Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra facultad de actuar estaría, por así decirlo, confinada a un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos; seríamos para siempre las víctimas de sus consecuencias, semejantes al aprendiz de brujo que carecía de la fórmula para romper el hechizo”.
Este pasaje del libro de Murray recuerda al episodio del comentarista televisivo que durante la retransmisión de un partido de fútbol realizó un comentario calificado como “discriminador”, siendo despedido de la cadena, aún después de haber emitido por las redes sociales un comunicado en el que manifestaba que no fue su intención ofender a nadie, sino halagar las virtudes futbolísticas de un jugador, y en el que pedía perdón por sus palabras. https://www.instagram.com/p/C5nLIzkLZfF/?utm_source=ig_embed&ig_rid=5d9f8ba3-f17e-4716-a136-7cab816ff4eb .
Se pregunta Murray si en casos como este, algunos de los cuales suelen ir acompañados del programado linchamiento digital del autor, ¿existe alguna vía hacia el perdón? Porque vivimos en un mundo donde todos corremos el riesgo de tener que pasarnos el resto de la vida lamentando un chiste desafortunado. Un mundo donde nadie sabe en quién reside la potestad de atenuar las ofensas, pero en el que todos tienen incentivos para hacerlas suyas. Un mundo donde a cada momento se ejerce una de las formas más abrumadoras de poder: el poder de enjuiciar (y potencialmente arruinar) la vida de otro ser humano por motivos que no siempre son sinceros. El propio Murray considera una curiosidad de nuestro tiempo el que, cuando las cosas parecen estar mejor que nunca, se quiere hacer creer que nunca han estado peor. Termino con Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura: «Si la sabiduría consiste en seguir la razón, la necedad aconseja dejarse llevar por las pasiones».
El jueves 11 de febrero de 1858 su madre la envía a recoger leña a orillas del Gave acompañada por su hermana menor y la amiga de ambas, Jeanne Abadie; es entonces cuando la niña, de catorce años, débil complexión y sufriendo asma, ve a una bella Señora en la gruta de Massabielle. «Soy la Inmaculada Concepción», le dirá la Virgen. Es la primera de las dieciocho apariciones que se sucederán hasta el 16 de julio.
Empieza un calvario de desconfiados interrogatorios, amenazas, coacciones e insultos. Bernadette lo resiste todo con una dignidad y una paciencia que acaban por impresionar a sus jueces; hasta que Lourdes se convierte en un hecho de dimensiones universales. A los veintidós años ella se retira a convento de las hermanas de la Caridad de Nevers convirtiéndose en sor María Bernarda. Continúan importunándola («Vienen a verme como un bicho raro»), pero la hija del humildísimo molinero Soubirous será una monja más, siempre luchando contra el asma («Mi trabajo es estar enferma»), hasta que muere tras una dolorosa enfermedad a los treinta y cinco años.
La privilegiada Santa Bernadeta desaparece en seguida en lo oscuro mientras Lourdes pasa a ser el mayor centro de peregrinaciones de los tiempos modernos, dejando toda la luz, la gran estela de milagros, para la Virgen; ella se oculta en la insignificancia y muere besando el crucifijo para vencer su miedo a la muerte «¡Cuánto se tarda en llegar al Cielo»!
Por su nombre y apellidos, Pedro González Telmo, apenas se le reconoce, pero llamándole simplemente San Telmo en seguida se recuerda a un santo de gran devoción entre la gente del mar, que dicen ver su figura en las ráfagas luminosas que aparecen durante las tormentas sobre los mástiles.
Fue hombre de tierra adentro, leonés, quizá de Astorga. Hizo brillantes estudios en la Universidad de Palencia, y, bajo la protección de su tío el obispo, se ordenó sacerdote para ser posteriormente, canónigo y deán. En suma, un eclesiástico con buen rumbo, y por ello, muy presumido. Un día de Navidad, cuando formaba parte de una cabalgata entre la admiración de los palentinos, su caballo resbaló en la nieve y Pedro acabó en el fango en medio de la rechifla general.
Este episodio de vanidad humillada, en el que la arrogancia y su lujo tienen una especie de camino de Damasco, le hizo reflexionar, ingresó en un convento y, una vez convertido en el más humilde de los frailes, fue por obediencia un gran predicador itinerante de su orden. Aún tuvo tiempo de estar con las tropas de San Fernando en las campañas del sur. Recorrió Castilla, Portugal y Galicia. Se asentó en Tuy, donde murió después de dedicarse al apostolado de los marineros. Su tumba en la catedral de la villa gallega obró infinitos milagros.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
La más paciente de todo el santoral y con una biografía terrible que espeluzna, Liduvina (Lidvina, Lydvid o Lidia), era de Schiedam, cerca de La Haya. De padres pobres y con ocho hermanos. Hasta los quince años parece que gozó de una salud normal, pero a partir de un accidente en el que se rompió una costilla, se acumularon en su pobre cuerpo todas las desgracias imaginables: llagas, calenturas, huesos desencajados, fortísimas jaquecas, continuos vómitos de sangre, dolores por todo el cuerpo… un largo martirio sin tregua, inmovilizada en el lecho.
La que había sido una atractiva jovencita no era más que piel y huesos, la cara cenicienta y tumefacta por las lágrimas, en un quejido incesante sin que los médicos acertasen a aliviarla. Un sacerdote le indicó cual creía que era su misión, sufrir para completar la Pasión de Cristo, y desde entonces sus tormentos se transfiguraron espiritualmente.
El venerable Tomás de Kempis y otros de sus primeros biógrafos describen sus milagros, profecías y visiones, y ella misma decía que se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del ángel de la guarda, lo cual la hacía suponer cuál no sería la hermosura del rostro de Dios. Sus reliquias están en Santa Gúdula de Bruselas.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol
Hijo del rey Leovigildo, Hermenegildo era gobernador de la Bética en 573 cuando influido por su mujer y por el arzobispo San Leandro, abjura del arrianismo y se hace católico. Luego, se rebela contra su padre, pide ayuda a los suevos y a los bizantinos, y se titula rey. Los aliados le abandonan, Leovigildo toma Sevilla, Hermenegildo cae en sus manos y, tras resistirse heroicamente a renunciar a su fe, es asesinado en Tarragona.
En tan remoto laberinto, sólo se advierte una luz clara; alguien muere por la fe de la Iglesia. Así lo proclama mil años después Sixto V al canonizar a San Hermenegildo, y Góngora apela a toda la fastuosidad de su lenguaje para describir la gloria celestial del mártir: «En tanto que tú alcanzas ver a Dios, vestir luz, pisar estrellas».
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Al parecer, Sabas fue lector en la iglesia, no debía ser considerado como una lumbrera. Cantaba y decía los oficios del culto divino, pero no era muy elocuente en palabras. Sí, en cambio, en testimonio, en ejemplo.
Durante una persecución fue prendido y soltado al poco tiempo por juzgársele persona insignificante; no valía la pena ensañarse con un infeliz como él, de cortas luces y de muy escasa instrucción. Un don nadie en la comunidad cristiana de aquella turbulenta tierra del norte del Danubio, posiblemente Tirgoviste, en la actual Rumania.
Prendido por segunda vez le azotaron y al ver que su actitud era de mansedumbre y de alegría, una fe tan elocuente exasperó a sus verdugos que le torturaron hasta dejarle por muerto. Una piadosa mujer le desató de noche y le llevó a su casa, pero volvió a caer en manos de sus perseguidores. Se le exigió que comiese manjares sacrificados a los ídolos a fin de que se convirtiera en un apóstata. San Sabas Se negó y aceptó el martirio. Se le ató a un tronco y murió ahogado en el río Buzau.
Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.