Archivo de la categoría: Santoral

26 de mayo. San Felipe Neri (1515-1595)

Era de Florencia, hijo de un notario, y estaba destinado a heredar a un rico tendero tío suyo, pero a los dieciocho años Felipe, atraído por la espiritualidad dominica, marchó a Roma, de donde ya no se iba a mover. Su gran ilusión era ser misionero, pero una voz le avisó: «Tus Indias están en Roma». A los treinta y seis años recibió las órdenes sagradas, afluyen los discípulos, que se reúnen en una especie de desván, el oratorio de San Girolamo della Caritá, habilitado para rezos, cánticos e instrucción religiosa.

Años después, Felipe funda su obra visible más perdurable, una congregación de sacerdotes regulares, los oratorioanos, para vivir en comunidad sin votos especiales. Los papas quieren hacerle obispo y cardenal, él no acepta. Su ejemplo y sus milagros hacen que el pueblo le venere en vida. En Roma, le conocía todo el mundo, «Pippo buono», Felipe el Bueno, era el conversador más simpático y bromista del barrio de los peregrinos, su humor excéntrico y bondadoso era como un imán. De madrugada se dedicaba a una vida contemplativa, pasaba largas horas rezando en la catacumba de San Sebastián, y experimentando éxtasis, trepidaciones y reacciones cardíacas tan violentas que en una ocasión se le rompieron dos costillas, hecho comprobado en su autopsia.

San Felipe Neri será hasta que muera, el hombre más alegre de la ciudad, que se sirve del humor como arma de mortificación personal y como medio de sabotear las tentaciones del orgullo: la risa a costa de uno mismo que libera de la hinchazón vanidosa y atrae divertidamente a todos hacia Dios.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

25 de mayo. Santa Magdalena Sofía Barat (1779-1865)

Borgoñona, hija de un rico propietario de viñedos, Magdalena Sofía se formó con dureza y rigor bajo la tutela de su hermano, el abate Louis Barat, quien le hizo adquirir una cultura y un temple que parecían desproporcionados con su situación y su época, pero que la forjaron como una mujer fuerte y llena de celo por las almas en medio de la convulsión revolucionaria que rodeó Francia y en la que vivió durante su juventud.

Su propósito era hacerse religiosa contemplativa e ingresar en un convento de carmelitas, pero el encuentro con el padre Joseph Varin, futuro jesuita, y otro carácter de hierro, como su hermano, hizo que se inclinara hacia otra vida diferente. En 1801, funda en Amiens las Damas del Sagrado Corazón de Jesús para la educación de las jóvenes.

Durante veintitrés años fue superiora de esta comunidad, fundando ciento once casas en toda Europa, y enfrentándose con todo tipo de disensiones internas, incomprensiones y persecuciones. Su respuesta fue siempre una cita del Evangelio: «Iesus autem tacebat» (Sin embargo, Jesús callaba). «Estas tres palabras son toda mi fuerza», solía decir. El silencio que une a la voluntad de Dios para ganar las grandes batallas. Poco antes del 25 de mayo, Santa Magdalena Sofía anunció: «El jueves vamos al cielo». Y así fue.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

24 de mayo. San Vicente de Lérins (…- 450)

Su singularidad estriba en haber sido un santo que se equivocó en materia teológica, pero se equivocó, todo hay que aclararlo, cuando lo que se discutía ara aún una cuestión abierta, y sólo después de su muerte la Iglesia se pronunció en contra de su tesis.

Natural del Norte de Francia, Vicente fue una de las luminarias intelectuales del famoso monasterio de Lérins, fundado por San Honorato. Fue un gran sabio que se hizo religioso una vez ahuyentados los vientos de la vanidad y de la soberbia. Hombre docto en las Escrituras y con profundos conocimientos de las letras clásicas. Un temible polemista que se lanza al fragor de la discusión teológica, oponiéndose a San Agustín, con quien intercambia vehementes latines y complicados argumentos sobre el delicadísimo problema de armonizar gracia divina y libertad.

En la querella del semipelagianismo parece que San Vicente se inclinó por soluciones que más tarde el magisterio había de rechazar, pero ahí está en la lista de los santos, apaciguado por el amor de Dios, que está más allá de las polémicas de los teólogos.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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23 de mayo. San Juan Bautista de Rossi (1698-1764)

Natural de Voltaggio, cerca de Génova, Juan Bautista fue cura en tiempos de Voltaire en la basílica de Santa María in Cosmedin, en Roma. Uno de esos lugares que en la ciudad eterna visitan inevitablemente los turistas con el popular mascarón de la Bocca della Veritá, que según se dice, muerde la mano a los mentirosos.

Se ocupaba de su ministerio sin brillantez y sin ruido, pero predicaba y confesaba en iglesias y conventos, en hospitales y cárceles, dedicando especial atención a los campesinos que frecuentaban los mercados de los alrededores, particularmente el antiguo foro.

Nadie se dio cuenta que convivía con un santo porque era todo sencillez, prestando humildemente un servicio espiritual, nada más. Lo cual no parece un motivo para pasar a la historia. Hizo lo que debía hacer sin llamar la atención, y sigue sin llamarla en medio de la barahúnda turística que acude a lo que fue su iglesia. A la muerte de San Juan Bautista de Rossi, sus bienes se reducían a unas pocas monedas de cobre, y ni la cama en que murió le pertenecía.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

22 de mayo. Santa Joaquina de Vedruna (1783-1854)

Barcelonesa, nacida en la calle Hospital, no lejos de las Ramblas, y bautizada en Santa María del Pino, iglesia de San José Oriol, a los doce años Joaquina quiere hacerse carmelita, pero no la aceptan por su corta edad. Su vida será muy diferente, y en 1799 casa con Teodoro de Mas, hacendado de Vic y procurador de los tribunales.

Siguen diecisiete años de matrimonio, durante los cuales nacen ocho hijos (cuatro hijas serán religiosas de clausura), y en el curso de la guerra de la Independencia, en la que su marido participa activamente, corre grandes peligros y ha de ocultarse en el macizo de Montseny. Tras enviudar, piensa de nuevo en retirarse al claustro, pero bajo la dirección de un capuchino, fray Esteban de Olot, da un rumbo inesperado a su vida y funda una orden para la enseñanza y la asistencia a los necesitados, las Carmelitas de la Caridad, que desde 1826 se extiende por toda España a pesar de la persecución de ciertos ambientes liberales. Incluso, Joaquina conocerá la cárcel: «Unos días de retiro sentarán muy bien a mi alma».

Durante la guerra carlista la comunidad es disuelta y ella tiene que exiliarse a Francia sin recursos. «Viviremos a costa de la señora más poderosa que hay en el mundo, la divina Providencia». En 1843, retorna a España y restaura la Orden. A su muerte en la Casa de Caridad de Barcelona, víctima del cólera, Santa Joaquina había fundado una treintena de casas con más de trescientas monjas. Fue canonizada por Juan XXIII en 1959.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

21 de mayo. San Hospicio de Niza (siglo VI)

Santo eremita «vestido de áspero cilicio, rodeado de cadenas de hierro y atado a una de ellas dentro de una torre, comiendo sólo un poco de pan con dátiles y algunas raíces de hierbas, y bebiendo sólo agua», así nos habla un hagiógrafo sobre San Hospicio. Junto a la torre había un monasterio que, a pesar de tener un prior, se regía por los consejos espirituales de aquel siervo de Dios, admiración de la ciudad entera y de toda la comarca, que no eran otras que Niza y lo que hoy llamamos la Costa Azul.

La región sobre la que actuó el santo no suele evocar penitencias duras y heroicas, y es posible que ya en aquel lejano siglo los nizardos no se distinguiesen por la práctica de las más altas virtudes. De hecho, según San Hospicio, tenían muy enojado a Dios con su «infidelidad, poca reverencia a los templos, poco amor a los pobres y otros vicios infinitos». De ahí que profetizara la llegada de unos bárbaros que iban a destruir la ciudad y sus alrededores como castigo divino. Los longobardos hicieron realidad el anuncio del eremita, quien desde su torre y encadenado como siempre predicó a los invasores, convirtiendo al parecer a no pocos de ellos.

El extremo de la península de Cap Ferrat lleva aún su nombre, pero, ¿qué pensará hoy San Hospicio en su gloria de sus paisanos de Niza, de la Costa Azul y de los nuevos bárbaros que acuden, más o menos pacíficamente, a broncearse al sol del sur?

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

20 de mayo. San Bernardino de Siena (1380-1444)

Es el gran predicador que no quiso ser obispo porque decía «toda Italia es mi diócesis». Bernardino iba de un lado a otro hablando a las gentes en iglesias, plazas públicas, al aire libre, reuniendo a multitudes que le escuchaban durante cuatro o cinco horas. Se negaba a escribir, a confesar, lo suyo era la palabra de Dios.

Este franciscano de desastrado aspecto había nacido de una noble familia sienesa, los Albizzeschi, y antes de hacerse fraile había sido un heroico cuidador de enfermos durante la peste de 1400. Luego, repartió sus bienes entre los pobres y abrazó la vida de los más estrictos seguidores del Santo de Asís.

Predicaba de modo risueño y violento, familiar y tempestuoso, hablaba de un modo natural e irresistible, colorista y duro. Se empeñaba en que no hubiera güelfos ni gibelinos, enemigos mortales, sino cristianos que levantaran el emblema de Jesús. Por eso sus diatribas contra las discordias civiles eran devastadoras y eficaces.

Hubo sabios que le acusaban de hereje, hasta que el Papa Martín V declaró su absoluta inocencia. En uno de sus interminables recorridos por toda la península italiana, con una alforja de pan duro al hombro y en la mano una esportilla de libros desencuadernados, San Bernardino de Siena encontró la muerte.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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19 de mayo. San Celestino V (1214 -1296)

Caso único en la historia: Un Papa que abdica cinco meses después de haber sido elegido. Se llamaba Pietro Angeleri, y aunque era un monje benedictino llevaba ya mucho tiempo como superior de un grupo de solitarios en los Abruzzos, donde había fundado una orden de eremitas llamados celestinos en su honor. Vivía en Monte Morrone aureolado de fama de santidad, y en el momento de su elección contaba ochenta años.

A la muerte del Papa Nicolás IV, el cónclave no se ponía de acuerdo en designar nuevo pontífice. Se consideró como solución de compromiso designar al bueno de Pietro, que lleno de zozobra, aceptó obedientemente siendo consagrado obispo de Roma como Celestino V. Dicen que sus primeras decisiones fueron desastrosas, convirtiéndose en un juguete de la política de Carlos II de Anjou. El Papa, consciente de su incapacidad y añorando su antigua vida de ermitaño, abdicó quizá siguiendo el consejo de cardenal Gaetani, quien le sucedería a los pocos días con el nombre de Bonifacio VIII.

Por temor a un cisma, el nuevo papa le hizo recluir en el castillo de Fumone («Lo único que quería en este mundo era una celda, y una celda me han dado»), y allí murió diez meses después. A veces, la Iglesia santifica el fracaso y, por ello canonizó, a San Celestino V con su deslucido papel.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

18 de mayo. San Félix de Cantalicio (1513-1587)

Había sido mozo de labranza y pastor por las tierras de su Umbría natal, hasta que un día oyó la lectura de unas vidas de santos y entendió que él quería ser como ellos. Félix ingresó, así, como hermano lego en el convento de Capuchinos que había en Città Ducale en 1543.

Dos años más tarde es enviado a Roma y allí hace de limosnero hasta su muerte. Conocido por el «hermano Deogracias», porque era lo que decía al recibir una limosna, fue muy popular en la ciudad de los papas, barbudo, siempre sonriente y con su talego al hombro. Sentía predilección por los niños a quienes enseñaba el Catecismo con su proverbial sentido del humor, humildad y paciencia.

En el convento no había fraile más mortificado y con más horas dedicadas a rezar que él. Cuando su amigo Felipe Neri y el gran cardenal Carlos Borromeo pidieron consejo a aquel pobre lego acerca de la proyectada reforma del clero diocesano, San Félix recomendó solamente que los curas rezaran con devoción el oficio divino.

«Los ojos en la tierra, el espíritu en el cielo y en las manos el Rosario», como gustaba de repetir a San Félix de Cantalicio al mismo tiempo que recogía limosnas y daba gracias a Dios por todo y rezaba por todos.

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17 de mayo. San Pascual Bailón (1540-1592)

Nacido en el pueblo aragonés de Torrehermosa, en la diócesis de Sigüenza, hijo de humildes colonos, Martín Bailón e Isabel Jubera, Pascual fue hasta los veinte años un extraño pastor que llevaba en el zurrón una breve biblioteca de libros piadosos y bajo la cruz del cayado una imagen de la Virgen tallada en madera.

En 1561 entra como hermano lego en un convento valenciano de la Orden de San Francisco, y allí es portero, cocinero, hortelano y limosnero; pero es tan humilde, tan seráficamente bondadoso, obediente y servicial que se lo disputan muchas comunidades, y en el curso de los años pasa por conventos de Valencia, Elche, Játiva, Villena y Jerez.

Tiene alguna rareza que escandaliza: a veces, después de ordenar la cocina y una vez concluido el trabajo, se pone en oración y de pronto se levanta como movido por un resorte invisible, balbucea loco de alegría, y baila ante una imagen de la Virgen (por eso muchos creen erróneamente que Bailón es apodo y no apellido).

Su rasgo más característico es su devoción a la Eucaristía. Pasaba todo el tiempo posible ante el sagrario. Además, cuando andaba por caminos o pelaba berzas para la cena de los frailes no dejaba de prorrumpir en jaculatorias de adoración al Santísimo Sacramento. Murió en el convento del Rosario de Villarreal de los Infantes, en tierras de Castellón, donde hoy se levanta en su honor un templo votivo eucarístico.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.