Archivo de la categoría: Santoral

6 de mayo. San Eadberto (siglo VII)

De él sólo sabemos lo que cuenta San Beda que lo presenta como sucesor de San Cutberto (año 687), en la sede episcopal de Lindisfarne, el islote llamado «isla santa» que hay frente a la costa de Northumberland, en el noroeste de Inglaterra.

Hombre bien conocido por sus conocimientos de las Escrituras, su obediencia a los mandamientos de Dios y su generosidad en las limosnas, todos los años durante la Cuaresma y en los cuarenta días que preceden a la Navidad, San Eadberto se retiraba a un lugar solitario para ayunar, rezar y hacer penitencia.

Cuando murió un 6 de mayo, cumpliendo sus deseos se le sepultó junto a San Cutberto y en la doble tumba donde estaban hermanados los dos obispos florecieron numerosos milagros que se les atribuían conjuntamente. Hecho frecuente en la historia de que la santidad se contagia y arracima.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de mayo. Hilario de Arlés (400-449)

Obispo memorable que solía recorrer su diócesis descalzo aunque nevase, Hilario predicaba horas y horas a sabios y a ignorantes, queriendo que todos compartiesen el tesoro de su fe. Era compasivo y tierno con los pecadores, y duro hasta la denuncia pública y arriesgada con los grandes personajes.

Hombre de letras, de palabra fácil y brillante, con el éxito asegurado por su talento, fue monje de Lérins, donde sería el segundo abad cuando San Honorato sea nombrado obispo de Arlés, y en el 429, es designado maestro en la silla episcopal de Arlés cuando aún no había cumplido treinta años. Su celo era tal que, al menos, dos veces entró en conflicto con el Papa San León I por sobrepasar de buena fe sus atribuciones episcopales. Pero a su muerte este mismo Papa hizo un espectacular elogio de un obispo que entraba fogosamente en la santidad.

Excesivo fue también su amor a los pobres. Para poder hacer más limosnas vendió los vasos sagrados. Trabajaba con sus propias manos, cultivaba los campos y trenzaba las redes y esteras. No parece que la Iglesia se lo tenga en cuenta y le propone como modelo de ímpetu arrollador por la causa del Bien sin contemplaciones.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de mayo. San Gotardo (960-1038)

No confundir este santo con su homónimo suizo, discípulo de San Roque, que hizo penitencia en los Alpes y por el cual se acabó nombrando un macizo montañoso entre Suiza e Italia. El Santo de hoy es otro Gotardo (Godofredo) de tierras germánicas pero más al norte.

Era bávaro, monje benedictino en Nieder Altaich, cerca de su lugar de origen. A los pocos años se le nombró abad de este monasterio, en el que devolvió toda su pureza original a la regla de San Benito, que había sido relajada en muchas comunidades. Su fama llegó a ser de tal envergadura que el emperador San Enrique II le confió la reforma de otros cenobios, como las abadías de Hersfeld y Tergensee. Por fin, en 1022 sucedió a San Bernardo de Hildesheim en su diócesis, muy lejos ya de su Baviera natal.

Tiene muchos devotos en Austria y Prusia, y se le invoca contra la gota y los reumatismos, pero ha pasado a la historia como el gran obispo constructor, que terminó la catedral de Hildesheim, además de erigir en esta ciudad la iglesia de San Miguel. Asimismo fundó asilos para pobres. Se le suele representar con una iglesia en miniatura, impávido y afanoso en medio de las turbulencias del año mil, ante las cuales San Gotardo construye iglesias y reconstruye almas con la serenidad y la firmeza de quien tiene la eternidad por delante.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de mayo. Santos Felipe y Santiago el Menor (siglo I)

Dos de los primeros seguidores del Señor se emparejan hoy en el calendario por una circunstancia histórica puramente fortuita, el traslado de las reliquias de ambos, Felipe y Santiago el Menor, en el siglo VI a la basílica de los Santos Apóstoles de Roma, donde todavía se veneran.

A pesar de su nombre griego, «el que ama los caballos», Felipe era un judío de Betsaida, galileo como Pedro y Andrés, a quien según el Evangelio bastó una sola palabra. «Sígueme», para que lo dejase todo y siguiera al Maestro. Apenas convertido en discípulo, lleva hasta Jesús a otros de los Doce, Bartolomé, y luego se le cita varias veces más en la multiplicación de los panes y en la Ultima Cena. Era fiel, sencillo y dócil, con buena voluntad, aunque no muy agudo, costándole penetrar en el sentido espiritual de lo que oye y ve. Se supone que predicó en Escitia y Frigia, y que murió en Hierápolis crucificado cabeza abajo, como San Pedro.

Santiago, hijo de Alfeo, llamado el Menor, quizá porque se incorporó más tarde al grupo apostólico, se le conocía por «el Justo», presidió de modo tan ejemplar la comunidad cristiana de Jerusalén, alma del primer concilio, que murió lapidado y a quien se atribuye una de las epístolas del Nuevo Testamento.

Lo que más le individualiza es ser primo hermano de Jesús, a quien debía parecerse mucho físicamente; en la Iglesia griega se le llama «el hermano de Dios», y de él dice un autor antiguo que «quien ve a este hombre es como si viera a Cristo, por la gran semejanza que existió entre ellos». Este es el privilegio de Santiago el Menor, ser el vivo retrato de una persona divina.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

2 de mayo. San Atanasio (295-373)

Uno de los doctores de la Iglesia griega, cuyo nombre ha sido siempre en toda la Cristiandad sinónimo de firmeza inquebrantable: inconmovible en la fe como Atanasio, resistiendo coacciones, amenazas, halagos y destierros. Era egipcio de Alejandría, y siendo un joven diácono acompañó a su obispo al Concilio de Nicea (325), donde contribuyó a que se condenaran las doctrinas de Arrio, destacando ya por su tenaz resistencia en asuntos en los que no se podía transigir, que conciliaba con una actitud de brazos abiertos para los arrepentidos.

Pocos años después, sería nombrado patriarca de Alejandría. Debido a las intrigas arrianas, fue desterrado en el 335, se le repone en su sede y vuelve a ser desterrado cuatro veces más, diecisiete años de exilio en total, siempre en pugna con los emperadores tentados por el cesaropapismo. Durante su tercer destierro, en el 356, se refugio en la Tebaida y a ello debemos su Vida de San Antonio, espléndido y asombroso libro sobre el antiguo monacato.

En medio de tantos peligros y violentas discusiones, aún tuvo tiempo de evangelizar Abisinia. San Atanasio dejó un recuerdo imborrable de pastor docto y santo al que guiaba su inalterable fe en Jesucristo, hijo de Dios. Su emblema es un triángulo luminoso, símbolo de la Santísima Trinidad que defendió.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

1 de mayo. San José obrero

En 1955 Pío XII hizo algo que tiene una gran tradición en la Iglesia, superponer su sentido cristiano a la popularidad de las fiestas paganizantes: la jornada internacional del proletariado (en recuerdo de los llamados «mártires de Chicago» de 1886) pasaba a ser también el día de San José obrero, artesano o trabajador. Históricamente hablando, la iniciativa no tuvo éxito y desde entonces no es más que una celebración en familia que no ha cristianizado la fecha, provocando más bien reacciones hostiles e injuriosas. El carpintero de Nazaret, sin comerlo ni beberlo, se ha visto acusado de esquirol.

Ya San Pablo decía a los gálatas que «si buscase agradar a los hombres no sería siervo de Cristo«. La visión sobrenatural no suele ser del gusto de casi nadie, se prefieren cosas más tangibles, como la explotación del hombre por el hombre o la lucha de clases, cuando no ambas a la vez, y el modelo de José, como se dice publicitariamente, no vende.

El primero de mayo unos se lanzan a la calle agitando banderas, otros se acuerdan de San José; hay quien aspira a transformar socialmente el mundo, la Iglesia también, pero sin olvidar que tiene una exigencia mayor en cuanto a la felicidad y que aspira a transformar las almas.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de abril. San José Benito Cottolengo (1786-1842)

Canónigo de Turín que funda en 1831 en Valdocco, a las afueras de la ciudad, la «Piccola Casa della Divina Providenza», casita muy pobre en la que se acogía a los que todo el mundo rechazaba porque eran casos imposibles: enfermos incurables, niños idiotas, sordomudos, tullidos, epilépticos, cancerosos, viejos con males sin curación. Había que ser muy insensato para cargar con todos esos desechos dedicándoles su vida, porque no iba a servir para nada; el sentido práctico más elemental se oponía a esta idea, y si encima era sin dinero, la catástrofe, además de inútil, era segura.

José Benito lo hizo, atender a los que nadie quería, sólo porque eran hijos de Dios, y lo hizo sin dinero y sin más garantía que la oración. Porque el banco de la Providencia no quiebra, solía decir el Santo, a Dios qué más le da mantener a quinientos que a cinco mil. Su apellido se ha hecho ya sinónimo de lugar de acogida para gente desesperada. Aquella pequeña casa fue creciendo hasta convertirse en una de las empresas de caridad más importante de los tiempos modernos.

Se negaba a ser previsor y a pensar en el mañana, no quería hacer ningún cálculo, sabiendo que Dios lleva mejor que nadie la teneduría de libros; había que vivir rigurosamente al día, aceptando todos los enfermos, sin guardar nada, sin prever nada, ya que no hay manos más seguras que las de Dios ni amor más grande que el suyo. Antes de morir agotado por la entrega de su vida, San José Benito Cottolengo suspiró: «El borrico no puede dar ni un paso más».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

29 de abril. Santa Catalina de Siena (1347-1380)

Hija del tintorero sienés Benincasa, terciaria de la Orden de Santo Domingo, Catalina será una virgen penitente sometida a terribles tentaciones, va a alcanzar la unión mística con el Esposo, que pone en su dedo el anillo de oro de los casados y la hiere con los estigmas de la Pasión. Irresistible con la palabra y con la pluma (siempre dictando porque no sabía escribir), se dedicó a los enfermos y murió a los treinta y tres años después de intervenir decisivamente como consejera de los papas divididos entre Aviñón y Roma.

La Iglesia metida en política hasta las cejas, y ante ella, firme y enérgica sin dejar de ser obediente en un singular equilibrio sobrenatural, esta monja dominica que era una mística. Cualquier otro se hubiese guiado por criterios humanos, es decir, políticos o personales, y hubiese añadido más confusión a la confusión, más partidismo al partidismo.

Santa Catalina, doctora de la Iglesia desde 1970, pese a que no sabía escribir, sólo aplicó el remedio del Espíritu. Desde dentro, sin dejar de ser nunca hija sumisa de los papas, inspirándose en Dios y en la oración, cumpliendo inflexiblemente sus deberes. Por eso está allí, en Roma, en los jardines del Castel Sant´Angelo, junto al río, de pie y de cara al Vaticano, como santa vigía del horizonte divino ante la Sede de Pedro para proteger a la Iglesia de sus propios pecados.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

28 de abril. Luis María Grignon (1673-1716)

Bretón, de Montfort, hijo de un abogado, Luis María se formó con los jesuitas de Rennes y después de ordenarse sacerdote en París (1700), quiso ir a evangelizar en tierra de infieles. No se movió de Francia, que por entonces era un país de misión, ya que el jansenismo, la irreligiosidad y el libertinaje eran allí lo moderno. Por eso surgió un apóstol como Luis María, que parece salido de la Edad Media, como si Dios tuviese un capricho anacrónico y anticuado.

De ortodoxia férrea, devotísimo de la Virgen, hombre de sacramentos, de Rosario, de predicación efusiva e irresistible, pero, por encima de todo, muy paciente en las adversidades, activo y enamorado de las vías misteriosas de la Providencia. «Bendito sea Dios pase lo que pase, bendito sea Dios si me da o si me niega, bendito sea Dios si me lo quitan todo».

Fue capellán de un hospital de Poitiers del que se le despidió tres veces, vivió como un mendigo en París cuando se le cerraban todas las puertas, y en 1706 se consagró a sus misioneros populares por la Vendée, la Bretaña y el Poitou en medio de la guerra declarada de los jansenistas que obstaculizaron por todos los medios su labor. En una Francia que entendía las luces de la Ilustración como sucedáneo de Dios, San Luis María de Grignon, con su crucifijo y una estatuilla de la Virgen, «Reina de los corazones», acorazado en su paciencia, volvió a encender las fe en miles de almas como una lamparilla que no se apaga en la tormenta.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

27 de abril. Santa Zita (1218-1278)

Patrona de lo que hoy es el servicio doméstico. Sirviendo a un acaudalado tejedor de Lucca, hay en Zita dos rasgos llamativos. Estaba mal vista por sus compañeros por estimar que trabajaba demasiado, dejándoles en mal lugar. Y tuvo problemas con su amo por ser demasiado generosa con los pobres.

Hacer las cosas bien a menudo no despierta simpatías, es paradójico, pero suele ser así. Hoy Santa Zita provocaría conflictos sindicales. Y es que servir no es cómodo, servir bien engendra envidias y mal humor, descontento por la calidad del servicio, tal vez excesiva, que nos pone en evidencia. ¿Por qué no se conformaba con salir del paso?Y servir bien, no sólo al amo, sino a todos, también empuja a extralimitarse. Primero se da todo lo que uno tiene y luego, con más o menos discreción, lo que sobra a los demás. Imaginamos a Zita poco respetuosa con el derecho de propiedad, con el propio y con el ajeno.

Uno puede exigirse a sí mismo la pobreza, ¿pero a los otros? ¿Hay que obligarles a que den los bienes superfluos? Es mucho decir, pero aquí entrevemos la sisa de Dios, no prevista por la ley, pero clara como la luz. La justicia que hacemos se queda corta si no la alarga la misericordia, que puede no ser legal, pero que es parte de las exigencias del amor.

Fuente. La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.