14 de diciembre. San Juan de la Cruz (1542-1591)

Juan de Yepes, el poeta del santoral, patrón de todos los poetas. De palabra angélica y estremecida que hace que a su lado los grandes líricos del idioma parezcan bastos, con demasiada tosquedad. Su verso es un soplo de inspiración y de música levemente vestida con apariencias de este mundo.

Muy joven aún conoció a Santa Teresa de Jesús, que andaba en sus tareas reformadoras de los carmelitas. El encuentro sería capital para ambos, la Santa le llamaba su «medio fraile», porque era corto de estatura, y también su «senequita», por ser muy leído y sabio. Guiados por un afán de Dios trabajarán juntos y sufrirán juntos. «Terriblemente trata Dios a sus amigos, escribe Teresa al enterarse de las tribulaciones que sufre Fray Juan por la reforma: persecuciones durísimas, y hasta cárcel, por sus hermanos de religión, desdichas corporales y morales.

Por eso cuando Juan habla de la noche oscura del alma no es lucimiento poético de su pluma, sino la misma experiencia vivida hasta la muerte. San Juan de la Cruz reza, sufre, calla, escribe cuando puede sobre lo que puede y busca al Amado en medio de la noche. Es un altísimo artista en quien la palabra, que aspira a ser eterna, comunica con un Dios inefable que no se puede expresar

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

13 de diciembre. Santa Lucía (…-304)

Siciliana de origen y napolitana por fervor popular, Lucía protege de la ceguera y de las enfermedades oculares. Su nombre significa luz y resplandor. Sobre ella hay un prodigio que revela que defendió su pureza cuando la iban a arrastrar a un burdel. Su iconografía la representa con los ojos ofrecidos a Dios en una bandeja, estampa que nos familiariza con la entrega de lo más necesario y valioso para ganar el tesoro que no muere.

Así vive en el recuerdo, y en los altares la devoción, continúa encendiendo candelas, y en Suecia hay un vistoso rito que asocia la virginidad y sus blancos ropajes simbólicos con una corona de velitas para pedir luz, más luz, a la virgen siciliana.

Luz de los ojos del cuerpo para ver las maravillas de lo creado y luz del alma, la claridad, para distinguir los caminos de Dios en medio de la noche. Que Santa Lucia nos ilumine ante el cortejo de tinieblas del mundo, el demonio y la carne. Nos dé luz que es pura como la doncella mártir, alegre como el sol en los día de invierno e impalpable como las certidumbres de Dios, el Padre de la Luz.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

12 de diciembre. Nuestra Señora de Guadalupe

En 1531 una Señora del Cielo se apareció a un pobre indio llamado Juan Diego en el cerro Tepeyac al noroeste de la actual ciudad de México; se identificó como la siempre-Virgen María, Madre del verdadero Dios, el Creador de todas las cosas: Señor del cielo y de la tierra. Le manifestó que era su deseo que una iglesia le fuera construida en ese lugar, y le encargó transmitir su deseo al obispo local. Como el obispo dudara sobre la autenticidad del mensaje y le pidió una prueba, Ella obedeció prontamente y envió a Juan Diego a la cima del cerro a recoger, en medio del invierno, un ramo de rosas de Castilla para el prelado.

Juan Diego entregó las flores y la Virgen dejó una imagen de sí misma impresa milagrosamente en la tilma del indiecito, un tejido de cactus de poca calidad que se debió haber deteriorado en veinte años pero que no muestra señales de corrupción casi quinientos años después y aún desafía toda explicación científica sobre su origen. Su mensaje universal de compasión y amor, y su promesa de ayuda y protección para toda la Humanidad, se encuentra relatado en el Nican Mopohua, documento escrito en el siglo XVI en el lenguaje nativo, Nahuatl.

Todos los Papas posteriores al hecho milagroso han honrado a Nuestra Señora de Guadalupe. San Juan Pablo II visitó la Basílica en cuatro ocasiones. En una de ellas, en 1999 y durante su homilía de la Misa Solemne declaró la fecha del 12 de diciembre con el rango litúrgico de Fiesta para todo el continente de las Américas.

Fuente: Santopedia. Nuestra Señora de Guadalupe.

11 de diciembre. Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)

De alta cuna y educación exquisita, Maravillas Pidal no dejaba de destacar su afán de austeridad y caridad: «Hermanas, quisiéramos abarcar el mundo entero, pero como esto no es posible, que no quede sin atender nada de lo que pase a nuestro lado». Dotada de inteligencia superior, firme voluntad, carácter explosivo y alegre, y una singular bondad de corazón, fue una enamorada de Cristo que hizo voto de castidad a los cinco años.

Ingresó en el Carmelo de El Escorial. Su época es la de los mártires españoles del siglo XX. Con su comunidad tuvo que recorrer la España de la Guerra Civil, teniendo muy cerca el martirio, aunque nunca cumplido. Los milicianos que las acosaron seguro quedaban siempre impactados por estas mujeres: «no, si miedo estos milicianos dan, como para no tenérselo, pero como lo más que pueden hacer es quitarnos la vida…»

Ayudó a muchos monasterios, además de fundar diez nuevos de carmelitas descalzas: Mancera de Abajo, Duruelo, Cabrera, Arenas de San Pedro, San Calixto, Aravaca, La Aldehuela, Torremolinos-Montemar, y, por expreso deseo del Papa, en Kottoyam, India. La Madre Maravillas fue canonizada en 2003 por San Juan Pablo II junto a Pedro Poveda, Sor Ángela de la Cruz, Genoveva Torres y José María Rubio.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

10 de diciembre. Santa Eulalia de Mérida (…-¿304?)

La niña mártir de Mérida que a los doce años desafía a los verdugos y con santa elocuencia (su nombre significa la bien hablada) dice: «¿Qué furia es la que os mueve a perseguir a Dios? Pero si estáis sedientos de sangre cristiana, aquí me tenéis». Las torturas destrozan su cuerpo y después de morir una súbita nevada le sirve de sudario celestial.

Muy pronto Prudencio, inspirado cantor, dedica a Eulalia un himno de su Peristéfanon: «Cortad las violetas púrpuras, recoged los azafranes sangrientos, nuestros dulces inviernos tendrán flores». Desde Mérida su fama se extenderá por toda la península, sus reliquias son llevadas a Austria, y, lejos ya de tierras hispánicas, aparece en el cortejo de vírgenes de San Apolinar de Rávena; en África, San Agustín le dedica un panegírico; entre los ingleses San Beda exalta su recuerdo; Venancio Fortunato compone un poema en su honor.

De Santa Eulalia de Mérida, la bien hablada, se habló mucho y bien en todo el mundo, el sacrificio de una niña en los confines de España resonó en toda Europa; y todavía nos acordamos de su reto impetuoso a la muerte, que la vistió de blanco como a un ángel destruido por los garfios y el fuego.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de diciembre. San Pedro Fourier (1565-1640)

Lorenés nacido en Mirecourt, Pedro Fourier es el Santo de la Francia del este, un revuelto territorio fronterizo agitado por la Reforma y las ambiciones políticas. No pudo sustraerse a esos conflictos viéndose envuelto en ellos, aunque siempre guiado por la norma superior de apóstol: «Ganar una sola alma es más que crear un mundo».

A los veinte años se hace canónigo agustino regular en la abadía de Chaumozey, cerca de Epinal, recibe las órdenes sagradas y en 1589 estudia Teología en Pont-à-Mousson. Aunque brillante teólogo, elige la parroquia más oscura y difícil de los Vosgos: la aldea de Mattaincourt, mísera y abandonada, conocida por «la pequeña Ginebra» por los enormes progresos que los calvinistas han hecho en la comarca. Allí Pedro vivirá treinta años; y con sus sermones, su caridad y su ejemplo evangeliza y transforma milagrosamente la villa, funda una caja de socorros mutuos, pone paz entre los belicosos lugareños y organiza escuelas gratuitas llegando a ser comparado con San José de Calasanz.

Las escuelas para niñas conducen en 1598 a la fundación de la congregación de las canonesas agustinas de Nuestra Señora. En 1621, el obispo de Toul le encomienda también la reforma de los canónigos regulares. Al estallar la Guerra de los Treinta Años, la lealtad de San Pedro Fourier al duque de Lorena le mueve a desterrarse voluntariamente muriendo en el exilio del Franco Condado.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

8 de diciembre. La Inmaculada Concepción.

El dogma fue proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854, pero los cristianos no habían esperado la solemne definición para tener la certeza de que Dios había eximido de toda mancha a su Madre haciéndola desde su concepción purísima y, en palabras del arcángel al dirigirle el primer saludo «llena de gracia», rebosante de los dones del Altísimo.

Mientras los teólogos discutían, los artistas, sobre todo españoles, Murillo, Zurbarán, Ribera, Valdés Leal, Velázquez, pero también fuera de España, Rubens, Tiepolo, ponen ante los ojos la imagen simbólica de la Inmaculada: túnica blanca y manto azul, coronada por doce estrellas, pisando con dominio la media luna y la serpiente sobre un fondo teatral de cielo y nubes. Los poetas no le van a la zaga, por ejemplo Cristóbal de Virués: «Una doncella de perfección hermosa, de claro sol vestida y adornada».

Este singular privilegio mariano está en el calendario como abriendo el ciclo de la Navidad en pleno adviento. La Purísima se adelanta en este tiempo de diciembre como un signo maternal de la humana santidad que cabe en nuestra historia y precede a la fiesta de la primera mujer, Eva, el día diecinueve, de la que es sublimación y contrafigura. Eva es la pecadora madre de los vivientes, y la Virgen es la madre según el nuevo nacimiento por la gracia, del mismo linaje, pero hecha luz en medio de las contradicciones del mundo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

7 de diciembre. San Ambrosio (334-397)

Hijo de un magistrado, buen conocedor del Derecho y la Administración, gobernador de las provincias del norte, todo inclinaba a Ambrosio hacia la virtud cardinal de la justicia. Pero en Milán es elegido obispo por aclamación y a viva fuerza, y su idea de lo justo se verá corregida por una ley superior.

Como obispo y consejero de emperadores, defiende la fe con una energía inflexible ante paganos y herejes, salvaguarda los derechos de la Iglesia ante intromisiones del poder y se enfrenta al emperador Teodosio exigiéndole penitencia pública por la bárbara matanza de Tesalónica antes de admitirle en el templo. Pero es también un enamorado de los pobres hasta vaciar sus arcas una y otra vez, compasivo y tierno hasta el llanto con los pecadores que iban a reconciliarse con Dios y eficaz convertidor de almas como la de San Agustín.

La Iglesia ha hecho de San Ambrosio uno de los cuatro grandes doctores de Occidente, con Agustín, Jerónimo y Gregorio el Grande, pero por profundas que sean sus enseñanzas y su saber, la biblioteca milanesa aún le debe su nombre, su figura sigue siendo la de un maestro de la caridad, un pastor que administra justicia y misericordia con un equilibrio evangélico. Al morir, nos dejó una confesión memorable: «No tengo miedo a morir porque tenemos un Señor bueno».

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

6 de diciembre. San Nicolás (siglo IV)

Nicolás es el Santo que da cosas materiales, palpables, comestibles incluso, porque a veces lo del pan nuestro de cada día es una petición literal y por eso se le invoca en los apuros económicos, como en la historia de la triple dote, que a escondidas proporcionó a tres doncellas cuyo padre, al no poder casarlas por insuficiencia económica, iba a dedicar a la mala vida.

Quizá por su advocación tan deseable este Santo, obispo de Mira, es el más popular del mundo, sobre todo para los nórdicos que esperan de él, ya como obispo o disfrazado de panzudo Papa Noel, Santa Claus, no sólo lo necesario para el cuerpo y el alma, sino también lo superfluo, como lo que sirve para jugar: dulces caprichos.

San Nicolás encarna la misericordia de Dios vista por lo ojos infantiles, de esos niños que somos todos. El Dios de amor que da la vida y la gracia. Él debe de sonreír entre sus barbas ante esos niños tontos, sin dejar de ser generosísimo con el pan, el dinero y las chucherías del vivir cotidiano que reparte en nombre de su Señor.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de diciembre. San Sabas (439-532)

La suya es una historia impresionante de larguísimos años de penitencia, ejemplo, dirección espiritual y lucha por la ortodoxia amenazada por los herejes. Al dominio de sí mismo y a la renuncia al mundo se unió así, en los tiempos finales, la intransigencia heroica y batalladora por la fe.

Capadocio de Asia Menor, Sabas, de muy joven, decidió alejarse a Palestina para hacer vida ascética y solitaria. En 478 construyó y fundó un monasterio, Mar-Saba, en el desierto de Judea que separa Jerusalén del Mar Muerto, aún ocupado y reliquia de los primeros siglos de la Iglesia. Su bárbara tosquedad armoniza con la aspereza y desolación de un paisaje inhumano. Allí, se convirtió en el maestro y modelos de los eremitas de la región, y su nombre fue el más venerado e ilustre de aquellas tierras.

En su última estancia en Constantinopla, San Sabas, ya nonagenario, pretende que Justiniano le reciba para urgirle que defendiera el cristianismo en toda su pureza. El emperador le escucha, atiende sus razones y antes de que se vaya quiere darle dinero, que el eremita, como era de esperar, rechaza porque dice no necesitarlo. Entonces Justiniano pide su bendición, que desciende sobre la cabeza imperial con el añadido de una propina profética que le anuncia conquistas en África, Italia y España. Como quien regala un sueño de poder efímero, mientras él vuelve a su caverna para esperar la muerte.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.